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6.3. El Concilio Vaticano II

Las líneas maestras trazadas por el Concilio Vaticano II, que señala como objeto de la teología moral «mostrar la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo», apuntan a un enfoque en el que las virtudes y los dones vuelvan a ocupar el lugar que les corresponde en la vida cristiana.

La Const. Lumen gentium recuerda que la vocación de los fieles en Cristo es vocación a la santidad, y ésta supone vivir las virtudes humanas y sobrenaturales. De modo especial, muestra que la caridad es la nota distintiva de la praxis cristiana: «El don principal y más necesario es el amor con el que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo a causa de Él». Para que este amor pueda crecer y dar fruto, el cristiano debe escuchar la palabra de Dios, obedecer a su voluntad, participar en los sacramentos… y dedicarse «a la práctica de todas las virtudes».

Estas y otras orientaciones del Concilio impulsaban una fecunda perspectiva: la del desarrollo armónico del sujeto moral, enriquecido por las virtudes y los dones que le permiten realizar el propio proyecto de hijos de Dios en Cristo. Sin embargo, durante los años posteriores se avanzó poco en esta línea, debido, en parte, a que la atención se desvió hacia diversas polémicas teológicas centradas en torno a la autonomía moral, la existencia o no de normas específicamente cristianas en el ámbito de las relaciones intramundanas, y a la autoridad, en dicho ámbito, del magisterio de la Iglesia.

Vocación y misión

La Sagrada Escritura nos revela que, cuando Dios llama, confiere una misión determinada: Dios siempre llama a alguien para algo (cfr Gen 12,1-2; Ex 3,4-10; Is 6,1-10; Rom 1,1; Gal 1,15-16). El concepto de vocación incluye el de misión: toda vocación comporta una misión concreta (Cfr Juan Pablo II, Redemptoris missio, 7-XII-1990, n. 2).

Pero estos dos conceptos no se identifican. El de vocación es más amplio que el de misión, porque comprende tanto la llamada a la plena comunión con Dios en el Cielo, como la tarea concreta que se ha de sacar adelante aquí en la tierra. La santidad es el aspecto de la vocación destinado a durar siempre; la misión, en cambio, está limitada a nuestra existencia terrena, si bien se da también una cierta misión entre los “salvados” a través de la comunión de los santos. La conexión entre vocación y misión –santidad y apostolado– se sigue que ese modo de ser cristiano al que llama una vocación peculiar consiste en un determinado estilo de vida cristiana –espiritualidad– y un modo peculiar de participar en la misión única de la Iglesia.

Según el Nuevo Testamento, los klétoi (“llamados”), son llamados a vivir en comunión, a formar la Ekklesía, la asamblea santa de los creyentes: «Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9,1).

Así, pues, la vocación personal tiene una dimensión eclesial, no es nunca individualista. La vocación confiere a cada cristiano una misión concreta o manera específica de participar en la misión salvífica de la Iglesia, ya que en ésta –debido a su carácter de comunidad orgánicamente estructurada– hay diversidad de funciones, dentro de su única misión (cfr Conc. Vaticano II, Apostolica actuositatem, n. 2). La misión, por tanto, dice relación a la Iglesia in terris. Toda misión finalizará cuando la Iglesia alcance su perfección definitiva al final de los siglos, esto es, en la Iglesia in Patria.

¿A quiénes llama Dios a buscar la santidad en la Iglesia?

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  • Dios llama a todos los hombres, católicos y no católicos, cristianos y no cristianos, porque Dios quiere salvar a todos los hombres. Y los llama a

    todos a la santidad en la Iglesia, algo que hace por caminos que sólo Él conoce. Es un misterio.

  • Dios llama a todos —bautizados y no bautizados— a la santidad :

en la Iglesia, Misterio de Comunión;

—y a través de la Iglesia, que sirve de instrumento al plan amoroso de Dios.

Escribe Miras que “todo hombre está penetrado por aquel soplo de vida que proviene de Cristo”. Y concluye: “A la luz de este misterio de vocación deben contemplarse incluso las existencias humanas más oscuras e inadvertidas, y también aquellas otras que parecen haber sido abandonadas sin sentido alguno: parias, víctimas, despreciados e ignorados de la humanidad.

Quizá los designios de la misericordia de Dios llaman a unos a identificarse con Cristo compasivo, llamando a otros a pasar su existencia terrena con la única misión de identificarse con Cristo, Siervo doliente, para mover a compasión. La parábola del pobre Lázaro, arroja una luz, aunque misteriosa, sobre ese enigma de la existencia humana”.

Jorge Miras, Fieles en el mundo. La secularidad de los laicos cristianos

  • El Bautismo es una vocación a la santidad. Es una semilla que hay que hacer fructificar en el alma, que tiene un fruto: la santidad.

    La ambición es alta y nobilísima: la identificación con Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si se desea ser coherente con la vida divina que, por el Bautismo, Dios ha hecho nacer en nuestras almas.

    El avance es progreso en santidad; el retroceso es negarse al desarrollo normal de la vida cristiana. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse.

    Recordad las palabras de San Agustín: Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes (S. Agustín, Sermo 169, 15 (PL 38, 926).). San Josemaría, Es Cristo que pasa,n. 58

  • Por eso, la vocación cristiana se llama también vocación bautismal.

“Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo”. (Catecismo de la Iglesia, 784).