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¿Qué es exactamente la santidad?




Catecismo de la Iglesia Católica


2012 “Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman…a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a )sos también los glorificó” (Rm 8,28-30).

2013 “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (LG 40). Todos son llamados a la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48):

Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40).

2014 El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística”, porque participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos -“los santos misterios”- y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para así manifestar el don gratuito hecho a todos.


Explica san Josemaría en Conversaciones, nº 62 cuando le preguntan:

—¿Cuál es pues el elemento común que caracteriza la vocación a la Obra? ¿Qué compromisos asume cada socio para realizar los fines del Opus Dei?

—Voy a decírselo en pocas palabras: buscar la santidad en medio del mundo, en mitad de la calle. Quien recibe de Dios la vocación específica al Opus Dei sabe y vive que debe alcanzar la santidad en su propio estado, en el ejercicio de su trabajo, manual o intelectual. He dicho sabe y vive porque no se trata de aceptar un simple postulado teórico, sino de realizarlo día a día, en la vida ordinaria.

Querer alcanzar la santidad –a pesar de los errores y de las miserias personales, que durarán mientras vivamos– significa esforzarse, con la gracia de Dios, en vivir la caridad, plenitud de la ley y vínculo de la perfección.

La caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de todos los hombres; de ese Dios, que nos habla en el silencio de la oración y en el rumor del mundo; de esos hombres, cuya existencia se entrecruza con la nuestra.

Viviendo la caridad –el Amor– se viven todas las virtudes humanas y sobrenaturales del cristiano, que forman una unidad y que no se pueden reducir a enumeraciones exhaustivas. La caridad exige que se viva la justicia, la solidaridad, la responsabilidad familiar y social, la pobreza, la alegría, la castidad, la amistad…

Se ve en seguida que la práctica de estas virtudes lleva al apostolado. Es más: es ya apostolado. Porque, al procurar vivir así en medio del trabajo diario, la conducta cristiana se hace buen ejemplo, testimonio, ayuda concreta y eficaz; se aprende a seguir las huellas de Cristo que coepit facere et docere (Act 1, 1), que empezó a hacer y a enseñar, uniendo al ejemplo la palabra. Por eso he llamado a este trabajo, desde hace cuarenta años, apostolado de amistad y de confidencia.

Todos los socios del Opus Dei tienen este mismo afán de santidad y de apostolado. Por eso, en la Obra no hay grados o categorías de miembros. Lo que hay es una multiplicidad de situaciones personales –la situación que cada uno tiene en el mundo– a la que se acomoda la misma y única vocación específica y divina: la llamada a entregarse, a empeñarse personalmente, libremente y responsablemente, en el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada para cada uno de nosotros.

Como puede ver, el fenómeno pastoral del Opus Dei es algo que nace desde abajo es decir, desde la vida corriente del cristiano que vive y trabaja junto a los demás hombres. No está en la línea de una mundanizacióndesacralización de la vida monástica o religiosa; no es el último estadio del acercamiento de los religiosos al mundo.

El que recibe la vocación al Opus Dei adquiere una nueva visión de las cosas que tiene alrededor: luces nuevas en sus relaciones sociales, en su profesión, en sus preocupaciones, en sus tristezas y en sus alegrías. Pero ni por un momento deja de vivir en medio de todo eso; y no cabe en modo alguno hablar de adaptación al mundo, o a la sociedad moderna: nadie se adapta a lo que tiene como propio; en lo que se tiene como propio se está. La vocación recibida es igual a la que surgía en el alma de aquellos pescadores, campesinos, comerciantes o soldados que sentados cerca de Jesucristo en Galilea, le oían decir: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48).





El estudio: trabajo y servicio

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Alocución de Juan Pablo II a los estudiantes

El término “servicio” es toda una clave de lectura para comprender los otros dos vocablos que lo preceden. El estudio y el trabajo, en efecto, presuponen una actitud personal de disponibilidad y de entrega que es lo que llamamos precisamente servicio. Se trata de una dimensión que debe caracterizar el modo de ser de la persona, como pone de evidencia el Concilio Vaticano II al afirmar que solamente a través del sincero don de sí puede la criatura humana realizarse plenamente (cfr Gaudium et spes, n. 24).

Con esta apertura a los hermanos, cada uno de vosotros, queridos jóvenes, perfecciona —gracias también al estudio y al trabajo— los aspectos fundamentales de la propia misión, utilizando los talentos que Dios generosamente le ha confiado.

¡Qué útiles resultan, a este propósito, las enseñanzas del beato Josemaría Escrivá, de quien este año se celebra el centenario del nacimiento! Muchas veces subrayaba que en el Evangelio Jesús es conocido como el carpintero (cfr Mc 6, 3), más aún, como el hijo del carpintero (cfr Mt 13, 55). Aprendiz en la escuela de José, el Hijo de Dios hace del trabajo manual no sólo una necesaria fuente de subsistencia, sino un “servicio” a la humanidad y, en la práctica, un elemento integrante del designio salvífico. Y es así un ejemplo y un estímulo para que cada uno de nosotros, siguiendo su vocación específica, haga rendir sus propias facultades, poniéndolas al servicio del prójimo.

3. En estos días de la Semana Santa, la reflexión de los creyentes está centrada en el misterio de la Cruz. A su luz podemos comprender mejor el valor del servicio, del trabajo y, para vosotros, queridos jóvenes, también del estudio. La Cruz es símbolo de un amor que se hace don total y gratuito.

¿Acaso no es precisamente la Cruz el testimonio del amor de Cristo por nosotros? La Cruz es una silenciosa cátedra de amor junto a la que se aprende a amar de verdad. Siguiendo a Cristo, Rey Crucificado, los creyentes aprenden que “reinar” es servir buscando el bien de los demás, y descubren que en el don sincero de sí se expresa el sentido auténtico del amor. San Pablo nos repite que Jesús nos ha amado y se ha dado a sí mismo por nosotros (cfr Gal 2, 20).

“Esta dignidad del trabajo —decía el Beato Escrivá— está fundada en el Amor”. Y continuaba: “El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido (…) El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor” (Es Cristo que pasa, 48).

Cuando, siguiendo este itinerario espiritual, se estudia y se trabaja con seriedad, se es realmente sal de la tierra y luz del mundo
(cfr Mt 5, 13-14). Y es ésta la invitación que dirige a vosotros jóvenes el tema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud: ser sal de la tierra y luz del mundo en la existencia cotidiana.

Se trata de un camino difícil, que con frecuencia contrasta con la mentalidad de vuestros coetáneos. Supone ciertamente ir contracorriente respecto a los comportamientos y las modas hoy dominantes.

4. ¡Queridos jóvenes! No os maraville todo esto: el misterio de la Cruz educa en un modo de ser y de obrar que no se ajusta al espíritu de este mundo. Por esto el Apóstol nos pone bien en guardia: “Y no os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto” (Rm 12, 2).


Resistid, queridos jóvenes del UNIV, a la tentación de la mediocridad y del conformismo.

Sólo así podréis hacer de la vida un don y un servicio a la humanidad; sólo de este modo contribuiréis a aliviar las heridas y los sufrimientos de tantos pobres y marginados como sigue habiendo en este mundo nuestro tecnológicamente avanzado.

Dejad, por tanto, que sea la Ley de Dios la que os oriente hoy en el estudio y mañana en la actividad profesional. Así resplandecerá “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 16).

Para que todo esto sea posible es necesario poner en primer lugar la oración, diálogo íntimo con Él, que os llama a ser sus discípulos. Sed chicos y chicas de actividad generosa, pero también, al mismo tiempo, de profunda contemplación del misterio de Dios.

Haced de la Eucaristía el centro de vuestra jornada. En unión con el sacrificio de la Cruz, que en la Eucaristía se representa, ofreced el estudio y el trabajo para ser vosotros mismos “victimas espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pt 2, 5).

Junto a vosotros, como junto a Jesús, está siempre María. A Ella, Ancilla Domini y Sedes Sapientiae, confío vuestros propósitos y deseos. Por mi parte, os aseguro un constante recuerdo en la oración y os deseo un fecundo Triduo Pascual y una Santa Pascua. Con estos sentimientos, de corazón os bendigo a todos. (Congreso UNIV)