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Las virtudes sobrenaturales y los dones

Dios llama al ser humano a un fin sobrenatural: a participar como hijo en la vida de conocimiento y amor interpersonal entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Con la gracia, Dios infunde en la inteligencia y en la voluntad, las virtudes sobrenaturales y los dones (hábitos infusos), que otorgan al hombre la posibilidad de obrar como hijo de Dios, en conformidad con el fin sobrenatural.

Lo mismo que las virtudes naturales, las sobrenaturales no son “cosas” añadidas a la inteligencia y a la voluntad, sino despliegue ordenado de esas potencias. En el caso de las virtudes sobrenaturales y los dones, ese despliegue es causado por la presencia de la Trinidad en el alma, en virtud de la gracia creada. «Cada virtud sobrenatural intensifica –con un actualización divinizante- la energía del alma, capacitando a la persona a mejor conocer y amar el bien divino y los diversos bienes creados, mediante una participación gratuita y sobrenatural en el conocimiento y amor intratrinitarios. De ahí, la íntima conexión que guardan entre sí y con las virtudes adquiridas: son nuevo y más rico poder de conocer y amar, generado por la acción divinizante del Espíritu»[i].

Las virtudes infusas otorgan a la inteligencia y a la voluntad una capacidad que antes no poseían: obrar sobrenaturalmente; sin la fe, la esperanza y la caridad, el hombre no podría creer, esperar y amar como un hijo de Dios.

Pero, además de otorgar la capacidad, inclinan a la persona a la realización de sus actos propios: creer, amar y esperar. Esta inclinación, sin embargo, no significa plena facilidad para obrar: hay que vencer las inclinaciones contrarias (el egoísmo, el orgullo, la autosuficiencia, etc.), y para ello no basta con la gracia; se necesita también la lucha personal por desarrollar las virtudes humanas, en las que se asientan las sobrenaturales.

Son dones gratuitos, es decir, se adquieren y crecen no por las fuerzas naturales, sino por el don de la gracia y por los medios que Dios ha dispuesto para su aumento: oración y recepción fructuosa de los sacramentos. El hombre debe desearlos, pedirlos, no poner obstáculos para recibirlos y, una vez recibidos, cooperar con sus obras buenas y merecer así su aumento, siempre causado gratuitamente por Dios.

No disminuyen directamente por los propios actos, pero pueden disminuir indirectamente por los pecados veniales, porque enfrían el fervor de la caridad. Las virtudes sobrenaturales desaparecen con la gracia por el pecado mortal, excepto la fe y la esperanza, que permanecen en estado informe e imperfecto, a no ser que se peque directamente contra ellas (por ejemplo, por infidelidad, desesperación, etc.).

En el campo de las virtudes sobrenaturales, la iniciativa y el crecimiento dependen, sobre todo, de Dios. Los dones de Dios tienen la primacía no solo ontológica, sino también histórica: «Nosotros amamos, porque Él nos amó primero» (1Jn 4, 19).

Pero como los dones de Dios no anulan la libertad humana, requieren  la colaboración del hombre. De ahí que la vida moral sea a la vez e inseparablemente don y tarea: «Don, pues Dios no solo llama al hombre, sino que lo eleva hasta Él con su gracia, dándole, con las virtudes teologales, la capacidad de participar de su conocimiento y su amor, y por tanto, de su vida. Tarea, porque ese don se transforma en vida en la medida en que es personal y libremente asumido»[ii].

Una consecuencia de que el desarrollo de las virtudes sobrenaturales sea fruto de la iniciativa divina, es que, por su parte, la persona debe cultivar particularmente la humildad y la docilidad, es decir, vaciar el corazón del amor desordenado a sí mismo para que Dios pueda colmarlo con su amor.

Las virtudes sobrenaturales suelen dividirse en teologales y morales. La existencia de las virtudes morales sobrenaturales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza infusas, es doctrina común entre Padres y teólogos[iii]. Por una parte, en muchos pasajes de la Escritura las virtudes morales se presentan como dones que se piden a Dios y se reciben de Él. Por otra, como el cristiano camina hacia su fin sobrenatural a través de todas sus acciones, parece necesario que las virtudes humanas sean elevadas al plano sobrenatural, a fin de que pueda realizar con sentido divino todas las tareas de su vida.


[i] R. GARCÍA DE HARO, La vida cristiana, EUNSA, Pamplona 1992, 657.

[ii] J.L. ILLANES, Tratado de teología espiritual, EUNSA, Pamplona 2007, 399-400.

[iii] Por ejemplo, S. Gregorio Magno (Moralia in Iob, 2, 49) y Sto. Tomás de Aquino (S.Th., I-II, q. 51, a. 4; q. 63, a. 3). En cuanto al Magisterio, véase CONC.  DE VIENNE, Const. Fidei catholicae: DS 904; Catecismo Romano, II, 2, 51.

La dimensión ejecutiva

Una vez elegida la acción buena, hay que ejecutarla: convertir en vida la verdad sobre el bien que la razón ha conocido y que la voluntad quiere. Además, hay que ejecutarla bien, de modo oportuno, acertado y eficaz, porque la bondad del acto interior se refleja precisamente en la perfección externa de la acción. Para ello se necesitan también las virtudes, sobre todo cuando se trata de acciones difíciles, complejas o de larga duración.

En el caso de las acciones que se extienden mucho en el tiempo, las virtudes permiten que la persona no decaiga en su propósito de obrar bien; que supere los obstáculos internos y externos, tal vez imprevistos, que se puedan presentar; que mantenga la rectitud de intención; y que no se desanime si en algún momento desaparece el entusiasmo con el que contaba al comienzo.

El siguiente apartado puede considerarse como un tratamiento más amplio de esta cuestión.

La dimensión electiva

Para actuar bien no basta desear un fin bueno; es necesario, además, que sean buenos los medios elegidos para alcanzar el fin, y esta es precisamente la función esencial de la virtud moral: ser hábito de la buena elección. El acto propio de la virtud moral es la elección recta[i]. Una de las definiciones aristotélicas de virtud subraya este aspecto: «La virtud es un hábito electivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón, tal como decidiría el hombre prudente»[ii].

Gracias al deseo firme de tender a la buena intención, la razón puede deliberar sin obstáculos sobre los medios adecuados que hay que poner para conseguirla. Como fruto de esta deliberación, la razón juzga cuál es la acción concreta que está conforme con el fin virtuoso e impera su puesta en práctica. Si la persona elige libremente esa acción, se hace buena y virtuosa. De este modo, la razón, guiando y mandando a las potencias apetitivas (voluntad y afectividad sensible), forma en ellas las virtudes morales.

Para llegar al juicio sobre la acción concreta que se debe realizar, la persona debe contar con el conocimiento de las normas (ciencia moral). Este conocimiento es importante, y deben ponerse los medios para adquirirlo; pero no es suficiente: se puede conocer muy bien la ciencia moral y, a pesar de ello, juzgar mal y elegir una acción mala por influencia de una pasión. Por ejemplo, al avaro le parece bueno lo que desea, aunque sepa que es contrario a la norma moral. Para elegir aquí y ahora una acción buena, es preciso que la persona la “vea” como buena, no solo en general, sino también como buena para ella, aquí y ahora, y para eso necesita tener connaturalidad afectiva con el bien[iii]. Por eso, además de la ciencia moral, se necesitan las virtudes morales (naturales y sobrenaturales), que proporcionan esta connaturalidad, gracias a la cual la razón se hace prudente, es decir, capaz de un conocimiento concreto, directo y práctico, que le permite juzgar rectamente, de modo sencillo y con certeza, sobre la acción que se debe realizar en cada momento[iv]. De este modo, las virtudes morales hacen posible que la deliberación y la elección sean rectas[v].

La connaturalidad con el bien es indispensable para que la persona pueda deliberar rectamente sobre la acción que debe elegir, como medio, en cada caso concreto, es decir, para que sea prudente[vi]. Así como los primeros principios especulativos son los presupuestos, las bases, del conocimiento científico, los deseos de alcanzar los fines virtuosos son los principios del conocimiento práctico o moral. Y del mismo modo que sin los primeros principios especulativos no puede haber ciencia, sin las virtudes morales –que consolidan el deseo de los fines virtuosos- no puede haber prudencia. La influencia de la voluntad y de los afectos sensibles sobre la razón es decisiva para que ésta juzgue acertadamente sobre los medios. Es necesario que los apetitos estén bien ordenados por las virtudes, para que la razón pueda deliberar sin obstáculos sobre la acción que se debe realizar en cada momento, para que pueda “ver” la verdad sobre el bien; si la voluntad y los afectos están bien dispuestos por las virtudes morales, estimulan a la razón a conocer mejor la verdad sobre el bien; en cambio, si están mal dispuestos por los vicios, la razón se vuelve “ciega” para reconocerla. Por eso afirma Santo Tomás que «el hombre que tiene corrompida la voluntad, como conformada con las cosas mundanas, carece de rectitud de juicio sobre el bien; por el contrario, quien tiene su afecto sano, juzga acertadamente del bien»[vii].

Para juzgar acertadamente sobre el bien concreto, es decir, para ser prudente, el hombre necesita, como se acaba de ver, las virtudes morales en la voluntad y en los apetitos sensibles. Pero, a la vez, para adquirir las virtudes morales, necesita las virtudes intelectuales: la sindéresis, que le indica el fin bueno que debe buscar, y la prudencia, que señala la acción verdaderamente buena, excelente, para alcanzar el fin propuesto. De este modo, la razón “racionaliza” a la voluntad y a los apetitos sensibles, formando las virtudes morales.

Se puede concluir, por tanto, que las virtudes morales son el mismo orden de la razón implantado en las facultades apetitivas, la racionalización de la conducta determinada por la voluntad y los apetitos para que concuerde con la razón[viii]. Si se olvida o niega esta dimensión esencial, las virtudes quedan reducidas necesariamente a costumbres o automatismos, y pierden su puesto clave en la ciencia y en la vida moral.


[i] Cf. S.Th., I-II, q. 65, a. 1.

[ii] ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, II, 6. Sto. Tomás recoge esta definición en S.Th., II-II, q. 47, a. 5.

[iii] Cf. JUAN PABLO II, Encíclica Veritatis splendor, n. 64 (en adelante VS).

[iv] Cf. S.Th., I-II, q. 58, a. 5. Cf. VS, n. 64. Cf. M. RHONHEIMER, La perspectiva de la moral, cit., 218.

[v] No se debe olvidar, sin embargo, que hacer posible la elección recta no quiere decir garantizarla plenamente. Desear de modo firme un fin virtuoso es necesario, pero no suficiente, para que la elección de la acción concreta sea recta. En el estudio particular de la virtud de la prudencia se examinarán los pasos que han de darse a fin de superar los obstáculos que impiden llegar a un juicio recto sobre la acción y a su efectiva realización.

[vi] Cf. S. TOMÁS DE AQUINO, De virtutibus in communi, aa. 6 y 12.

[vii] S. TOMÁS DE AQUINO, In Epistola ad Romanos, c. 12, lect. 1. Para profundizar en esta cuestión, remitimos a: A. SARMIENTO-T. TRIGO-E. MOLINA, Moral de la Persona, EUNSA, Pamplona 2006, capítulo XIX, donde se trata de la importancia de las buenas disposiciones morales para el conocimiento de la verdad moral.

[viii] Cf. S. TOMÁS DE AQUINO, De virtutibus, q. 1, a. 9c.; In Ethicorum, l. II, lect. 4, n. 7.