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3. Las virtudes en la Patrística

Los Padres y escritores cristianos de los primeros siglos no elaboran un tratado sistemático sobre las virtudes. Su interés fundamental es la predicación de las virtudes que se señalan en la Sagrada Escritura, para instruir a los files o para defender la fe. Sus enseñanzas no tienen, sin embargo, un carácter exclusivamente pastoral: la especulación teológica también tiene en ellas una parte importante.

La reflexión de los Padres sobre las virtudes asume el pensamiento griego y romano, especialmente el platónico y el estoico, sobre todo a partir de Orígenes. Pero su fuente más importante es la Sagrada Escritura. Por eso, para ellos, por encima de las virtudes humanas están siempre las virtudes teologales. La consecuencia es que, en este organismo de virtudes a cuya cabeza están la fe, la esperanza y la caridad, las virtudes humanas adquieren un nuevo relieve, y algunas que, como la humildad o la penitencia, apenas eran consideradas por el pensamiento pagano, pasan a ejercer un papel de primer orden.

Probablemente haya sido S. Ambrosio (339-397) –que tomó como modelo el De Officiis de Cicerón para su escrito del mismo nombre-  el primero en llamar «cardinales» a las cuatro virtudes platónicas. A ellas se refiere en su interpretación de Gn 2,10: «De Edén salía un río que regaba el jardín, y desde allí se repartía en cuatro brazos». El río representa a Cristo, la Sabiduría divina, fuente de la vida, de la gracia espiritual, y también de las cuatro virtudes que, representadas por los cuatro torrentes que nacen del primero, están íntimamente conexas y unidas, de modo que el que posea una posee también las otras tres. La virtud es, para S. Ambrosio, el mayor bien, que dispone de medios sobreabundantes para garantizar el gozo de una vida feliz en esta tierra, y con la que se conquista al mismo tiempo la vida eterna.

En el pensamiento teológico de S. Agustín (354-430), la virtud ocupa un lugar primordial: «Es el arte de llegar a la felicidad eterna». De él procede la definición de virtud como «una buena cualidad del alma por la cual se vive rectamente, que no puede ser usada para el mal, y que Dios produce en nosotros sin nosotros». Cristo es la fuente de todas las virtudes: «Es Él, Cristo, quien nos da en esta vida las virtudes; es Él quien en el lugar y el puesto de todas las virtudes necesarias en este valle de lágrimas, nos dará una sola virtud, a Él mismo».

Para San Agustín, la caridad es el centro de todas las virtudes y de toda la moral cristiana, hasta tal punto que define la virtud como «el orden del amor», y considera las virtudes cardinales como distintas funciones del amor: «Como la virtud es el camino que conduce a la verdadera felicidad, su definición no es otra que la de un perfecto amor a Dios. Su cuádruple división no expresa más que varios afectos de un mismo amor, y por eso no dudo en definir estas cuatro virtudes –que ojalá estén tan arraigadas en los corazones como sus nombres en boca de todos- como distintas funciones del amor. La templanza es el amor que se entrega totalmente al objeto amado; la fortaleza es el amor que todo lo soporta por el objeto de sus amores; la justicia es el amor esclavo únicamente de su amado y que ejerce, por lo tanto, señorío conforme ala razón; finalmente, la prudencia es el amor que con sagacidad y sabiduría elige los medios de defensa contra toda clase de obstáculos».

Otro de los Padres que es preciso tener en cuenta en la historia de las virtudes, es San Gregorio Magno (540-604), sobre todo su Comentario al libro de Job (Moralia in Iob), en el que sus reflexiones morales se orientan a la práctica cotidiana de las virtudes. También en él encontramos la idea de la conexión y entrelazamiento de las virtudes: todas se ayudan unas a otras, de modo que no existe una virtud, por pequeña que sea, si no se sostiene en las demás. «Si la humildad descuida la castidad, o la castidad abandona la humildad, ¿que valor tiene ante el Autor de la humildad y de la pureza una castidad soberbia o una humildad contaminada?».

En conclusión, los Padres ponen de relieve el carácter sobrenatural de las virtudes cristianas: si deben conducir al hombre a Dios, deben tener su origen en Dios; presuponen, por tanto, la fe y la esperanza, y no serían nada sin la caridad, que las engendra y orienta a su verdadero fin.

Ascética

Es el ejercicio, el continuo entrenamiento de las virtudes cristianas. No es una especie de tercer grado de presión interior, ni una acumulación de tensión interna por hacer las cosas bien , sino el esfuerzo cotidiano, confiado, humilde, gozoso, para enamorarse cada día más, para unir el alma con Dios.

La ascética es un ejercicio positivo: lleva a amar a Dios sobre todas las cosas. Supone renuncia, abnegación, lucha y combate para la conquista del Cielo, pero no tiene nada que ver con el masoquismo amargo.

El fruto de la ascética es la felicidad de la entrega, el gozo del amor.

El fin de la ascética no es lograr unas metas cada vez más altas y más difíciles, como en el atletismo. El fin es el amor. El Cielo se conquista con amor.

La verdadera ascética lleva a un constante comenzar y recomenzar, por amor, con esperanza, una vez y otra, día tras día, aunque parezca que no se avanza, aunque no se vean los frutos.

Un caso específico: ¿Qué significa la expresión: soy aspirante en el Opus Dei?



  • Significa, en esencia, que soy un joven cristiano que ha entregado su vida a Dios, por Amor; y que quiero hacer durante mi vida, libremente, ante todo y sobre todo, la Voluntad de Dios, como Cristo hizo la voluntad de su Padre.
  • San Mateo: Oración de Jesús en el Huerto: “De nuevo se apartó por segunda vez y oró diciendo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. [43]
  • Diálogo de san Josemaría con Sofia Varvaro sobre la Voluntad de Dios.

  • Ahora estoy entregado a Dios, en la Iglesia, empeñado en la tarea de la Evangelización.

  • Pero no formo parte jurídicamente de esa partecica de la Iglesia que es el Opus Dei, aunque esté tan unido afectivamente con los ideales de las personas del Opus Dei.
  • No soy del Opus Dei. Aspiro a serlo. Pero tanto ahora como cuando pida la admisiónpitar(si se confirma que ésa es la Voluntad de Dios para mí) y cuando, con la mayoría de edad, me comprometa jurídicamente, como es mi deseo, lo único que me importa es cumplir la Voluntad de Dios.

  • Eso supone vivir la abnegación cristiana: quiero que Cristo viva en mí.
  • Durante este tiempo de discernimiento de mi vocación, estoy luchando para santificarme día a día, en cada momento concreto, sin sensación de provisionalidad, viviendo las virtudes humanas y cristianas —especialmente la reciedumbre, la sinceridad, la laboriosidad, la Santa Pureza, la generosidad— preparándome para realizar en mi vida la Voluntad de Dios para mí, y disponiéndome a seguir con fidelidad a Cristo.
  • Mi situación actual no puede ser de media entrega a Dios, o de simple espera, ya que, aunque no tengo ningún deber ni obligación jurídica con el Opus Dei, debo poner ahora –como durante toda mi vida- los medios sobrenaturales y humanos para cumplir el Primer Mandamiento de la Ley de Dios: amar a Dios con todas mis acciones, con mi alma, con mi mente y mi corazón.