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Las virtudes se pierden libremente

Las virtudes pueden disminuir y perderse por la falta prolongada de ejercicio y por la libre realización de acciones contrarias. De este modo se genera el vicio, que es un hábito contrario a la virtud.

Los vicios también se adquieren libremente. Pero se trata de un modo moralmente malo de ejercer la libertad, que produce la ceguera para ver el bien sobre la verdad, y convierte a la persona en esclava de sus pasiones desordenadas. En efecto, la capacidad para ver la verdad sobre el bien, para discernir lo que es bueno, disminuye. La prudencia se corrompe, y si no se rectifica, tienden a corromperse también la ciencia moral y la sabiduría. Por otra parte, la persona viciosa pierde capacidad para elegir el bien, y en este sentido es menos libre. Pero en la medida en que se trata de una esclavitud voluntaria, la persona es responsable de su situación. De ahí la importancia de una actitud vigilante, que implica el examen de las propias acciones, y de renovar una y otra vez la lucha, a pesar de los errores.

LA EXPRESIVIDAD DEL CUERPO HUMANO

Al encarnarse en la materia, el espíritu la eleva en posibilidades hasta entonces insospechadas. No hay antagonismo entre materia y espíritu; ambos son criaturas de Dios. Y al unirse sustancialmente en el hombre, la materia — las fuerzas materiales y orgánicas — adquieren un nuevo modo de ser, tan nuevo, que no cabe hablar de continuidad entre el cuerpo del animal y el cuerpo del hombre.

Las tesis evolucionistas son insuficientes al llegar a la formidable novedad que es el ser humano si se compara con el resto de criaturas más o menos semejantes por lo que al aspecto externo se refiere. Sobre todo cuando uno no se limita a ver sino que mira y reflexiona sobre lo que acontece en el hombre y lo que sucede en la vida animal, observa diferencias tan hondas que la semejanza palidece ante la desemejanza.

Y la razón llega a comprender lo que la fe católica afirma: hay en el hombre algo más, algo nuevo y superior en el cuerpo del hombre; algo que sólo puede ser creación directa de Dios: el alma espiritual, que al ser infundida en una materia (la que sea), ésta queda transfigurada. En realidad quizá nunca vemos el cuerpo humano como simple cuerpo, sino siempre como una forma cargada de alusiones a una intimidad, a un mundo rigurosamente personal.

En este caso, el cuerpo no es término de nuestra percepción, sino que él mismo mismo nos transporta a un profundo más allá. Sucede que el cuerpo humano es lo que es: un cuerpo; y, además, expresa lo que no es: un alma. La carne del hombre manifiesta algo latente, tiene significación, expresa un sentido.

Lo que percibimos al mirarnos en los ojos de una persona, es el alma y un complejo de sentimientos, actitudes y deseos que se asoman a los ojos que miramos. Una sonrisa no es sólo el despliegue de determinados músculos faciales. Es un acontecimiento espiritual que nosotros descubrimos sin necesidad de especiales indagaciones. Cada día resulta más claro, además, que en la unidad que es el ser humano, el espíritu es el que domina los procesos vitales vegetativos y sensitivos y que labra — hasta cierto punto — la personal fisonomía desde que asume la pequeña masa que es el óvulo fecundado.

Este hecho se explica filosóficamente porque, como se sabe, es el alma la que da el ser al cuerpo, de manera que éste participa en el ser del alma. Pero no vamos a ahondar ahora en este punto que exigiría largas y arduas consideraciones que si bien resultarían apasionantes para el filósofo, podrían fatigar a otros, a los que sin embargo interesa cuanto sigue.

El caso es que el alma consigue darse una cierta imagen de sí misma al modelar el cuerpo suyo y — como dice J. Mouroux — inscribe en él, poco a poco, su propia historia, por medio de la actitud general de sus miembros o el aspecto de su semblante… El rostro del santo y el del libertino reflejan dos mundos, y sin grandes esfuerzos de análisis sino por un sentido natural más profundo que la misma razón, adivinamos la santidad o el vicio sobre sus rostros.

Entre esos dos extremos — continúa Mouroux — se sitúa ese rostro enigmático, variable, mediocre, que muchas veces es el nuestro; pues somos unos pobres hombres que no estamos hundidos en el vicio por pura misericordia de Dios, pero que — oprimidos por la debilidad humana — nos hallamos lejos de la santidad. Todo lo cual confirma el adagio: el semblante es el espejo del alma.

El cuerpo, en efecto, puede llegar a ser completamente una imagen del alma, un signo de nuestro misterio personal. Un buen amigo mío, solía decir, entre bromas y veras, que el hombre, a los treinta años, es ya responsable de su cara. Quería decir con ello, que a esa edad, ha transcurrido el tiempo suficiente para que la persona haya plasmado su personalidad en el rostro. Y yo tengo para mí que, al menos hablando en general, cuando alguien tiene lo que se dice cara de malas pulgas es que en verdad las pulgas las tiene dentro.

En nuestra figura y gestos — decía Ortega — no se deja ver toda nuestra intimidad, pero ¿es que alguien ha visto todo un cuerpo? ¿Quién ha visto, por ejemplo, entera una naranja? Desde cualquier sitio que la miremos encontraremos sólo en ella la cara que nos da a nosotros; su otro haz queda siempre fuera de nuestra visión. Lo único que podemos hacer es dar vueltas en torno al objeto corporal y sumar los aspectos que sucesivamente nos presenta; pero entero y de un golpe, con auténtica e inmediata visión, no lo vemos nunca.

Conviene no olvidar esta sencilla observación, porque de ordinario creemos que el mundo material nos es por completo patente y que, en cambio, el mundo íntimo nos es por completo inasequible. En ambos sentidos se exagera. Los jóvenes, sobre todo, suponen que su persona interior, los vicios de su carácter son un profundo secreto que en sí llevan, bien defendido ante las miradas ajenas por la materia opaca de su cuerpo. No hay tal: nuestro cuerpo desnuda nuestra alma, la anuncia, la va gritando por el mundo.

Nuestra carne es un medio trasparente donde da sus refracciones la intimidad que la habita. C. S. Lewis, describiendo los esfuerzos de un profesor por no manifestar lo que sentía ante una persona que le desagradaba, dice: “Dimble estaba simplemente luchando por no odiar, por no despreciar, sobre todo por no regodearse en el odio y el desprecio, y no tenía ni idea de la rígida severidad que este esfuerzo imprimía en su rostro”. La observación puede completarse con palabras de Mouroux: El cuerpo difícilmente engaña. Se puede llegar a falsearle, a obligarle a realizar el mal.

Pero esta actitud no es espontánea ni normal. En todo ser sano hay una diferencia entre el gesto estudiado para engañar y la expresión natural de la cara, donde siempre se refleja la verdad. Diferencia que constituye uno de los signos de la mentira. El niño que no sabe mentir, el hombre recto que algún día llega a hacerlo por debilidad o delicadeza, lo hace tan torpemente, que se traicionan a sí mismos. Este fracaso es el signo de la nobleza y de la transparencia del alma a través del cuerpo.