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Unidad de vida y santidad en la vida ordinaria

La unión de las virtudes sobrenaturales y humanas significa que toda la vida del cristiano debe tener una profunda unidad: en todas sus acciones busca el mismo fin, la gloria del Padre, tratando de identificarse con Cristo, con la gracia del Espíritu Santo; al mismo tiempo que vive las virtudes humanas, puede y debe vivir las sobrenaturales. Todas las virtudes y dones se aúnan, en último término, en la caridad, que se convierte en forma y madre de toda la vida cristiana.

La íntima relación entre virtudes sobrenaturales y humanas ilumina el valor de las realidades terrenas como camino para la identificación del hombre con Cristo. El cristiano no solo cree, espera y ama a Dios cuando realiza actos explícitos de estas virtudes, cuando hace oración y recibe los sacramentos. Puede vivir vida teologal en todo momento, a través de todas las actividades humanas nobles; puede y debe vivir vida de unión con Dios cuando lucha por realizar con perfección los deberes familiares,  profesionales y sociales. Al mismo tiempo que construye la ciudad terrena, el cristiano construye la Ciudad de Dios[i].

«No hay nada que pueda ser ajeno al afán de Cristo. Hablando con profundidad teológica, es decir, si no nos limitamos a una clasificación funcional; hablando con rigor, no se puede decir que haya realidades -buenas, nobles, y aun indiferentes- que sean exclusivamente profanas, una vez que el Verbo de Dios ha fijado su morada entre los hijos de los hombres, ha tenido hambre y sed, ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor y la muerte. Porque en Cristo plugo al Padre poner la plenitud de todo ser, y reconciliar por El todas las cosas consigo, restableciendo la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la Cruz (Col I, 19-20)»[ii].

Desde esta perspectiva, puede apreciarse con más claridad la relevancia moral de las virtudes intelectuales. El cristiano no se conforma con realizar bien un trabajo, dominar una técnica o investigar una ciencia, sino que, a través de esas actividades, busca amar a Dios y servir a los demás, es decir, vive la caridad. Y por este motivo –el amor- trata de realizar su trabajo no de cualquier manera, sino con perfección humana y competencia profesional. Además, ese trabajo así realizado es medio y ocasión para dar testimonio de Cristo con el ejemplo y la palabra.


[i] Cf. GS, capítulo III.

[ii] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Cristo presente en los cristianos, en Es Cristo que pasa, o.c., n. 112. Una magnífica exposición pastoral de este tema es la homilía del mismo autor, pronunciada en el campus de la Universidad de Navarra el 8-X-1967, Amar el mundo apasionadamente, incluida en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid 2001, 20ª, nn. 113-123.

¿Cómo se vive el acompañamiento espiritual en el Opus Dei?


  • A lo largo de la historia de la Iglesia el acompañamiento espiritual se ha ido viviendo de formas diversas, según los carismas. En el Opus Dei se vive de la forma acostumbrada en la Iglesia, con algún rasgo específico del propio carisma.
  • El rasgo más sobresaliente es la cordialidad fraterna y la sencillez de cada charla. Suele ser una conversación sencilla, confidencial, habitualmente breve, que tiene lugar en la casa familiar, en el lugar de trabajo, en un centro del Opus Dei, etc.
  • Estas charlas se centran en todo lo que se refiere al trato personal con Dios, al encuentro con Cristo, a la santificación del trabajo y al trabajo de evangelización de la sociedad.
  • Las personas que ayudan a los fieles del Opus Dei o a las personas que participan en sus apostolados, no los tratan como a “dirigidos”, sino como a hermanos en la fe a los que intentan ayudar, humildemente, mediante el espíritu cristiano del Opus Dei, en su camino personal y de identificación con Cristo, sin recetas prefabricadas porque no hay dos personas iguales.
  • Su tarea no consiste en juzgar (“no juzguéis y no seréis juzgados”, enseña el Evangelio), porque sólo Dios –que conoce la intimidad del hombre- sabe con plenitud lo que sucede en cada alma. Como hizo y enseñó san Josemaría, se trata de sugerir, alentar y abrir horizontes evangelizadores: acompañar espiritualmente.
  • Es una charla confidencial –y así se llama: “charla”, “confidencia”, etc.- muy parecida a una charla entre amigos, pero que no se queda en el necesario desahogo de corazón que todos necesitamos. Es mucho más: los fieles del Opus Dei y las personas que acuden a la Obra buscan en esas charlas orientaciones, consejos, sugerencias, que les ayuden a vivir plenamente sus compromisos bautismales con el carisma del Opus Dei; esperan aliento en su tarea evangelizadora; y una confirmación en la fe y en su vocación cristiana, como fieles corrientes.
  • Esperan un consejo de hermano para dar su repuesta personal a Cristo; una respuesta que debe ser madura, adulta, libre, responsable y creativa, ante esta pregunta: Dios mío, ¿qué quieres de mí? ¿Cuál es tu Voluntad para mí?
  • Este acompañamiento no está exento de dificultades. En la mayoría de las ocasiones las situaciones son claras y el que acompaña puede dar su consejo fraternal sin problemas, porque las enseñanzas del Evangelio resultan evidentes, patentes. Pero –siguiendo el consejo de san Josemaría- no se deben dar recetas prefabricadas a las almas, ni improvisaciones “como don Estupendo, que dice por la mañana lo que por la noche estuvo leyendo”, porque cada alma –con una expresión que amaba decir- vale toda la Sangre de Cristo.

    El que acompaña debe rezar, pedir luces al Espíritu de Dios, leer, consultar en el tesoro pastoral de la Iglesia, donde se encuentra toda la farmacopea en expresión de san Josemaría. Y habrá casos en los que se limitará a decir: “no sé qué consejo darte: vamos a rezar al Espíritu Santo para que nos ilumine”.

  • Existe cierta tendencia en los hombres hacia la rutina y la dejación. La Iglesia, sabedora de esto, ayuda a los cristianos con sus preceptos a vivir el Evangelio de forma constante (para que no caiga en la dejación de deberes) y renovada (para que supere la rutina). Experta en humanidad, la Iglesia manda la asistencia dominical a la Eucaristía, pero no como quien cumple un reglamento, sino como el que se encuentra con el Amor.
  • Siguiendo esa línea pastoral, en el Opus Dei se procura ayudar a las personas que acuden a sus apostolados y a sus propios fieles a vivir la vida cristiana superando una visión “reglamentista”, porque seguir a Cristo no puede reducirse a un mero cumplimiento desamorado de preceptos; un cumplimiento frío, que el siervo de Dios Álvaro del Portillo, primer sucesor de san Josemaría, denominaba cumplo y miento.
  • La dirección espiritual en el Opus Dei se aleja también de lo que suele llamarse “cuenta de conciencia”. Es una conversación sincera que sirve para luchar contra los propios defectos, crecer en la caridad, ganar en espíritu de comunión eclesial y de solidaridad con todos, crecer en afanes de justicia y continuar realizando, con alegría y cara a Dios, las ocupaciones cotidianas con el carisma del Opus Dei.
  • Las personas –fieles del Opus Dei o cristianos convencidos o personas que quieren profundizar en su fe- que buscan acompañamiento espiritual con un sacerdote o un laico del Opus Dei suelen hablar de todo lo que tiene que ver con la vocación y la fe bautismal, y con la llamada a la plenitud de la vida cristiana.

  • El que les acompaña espiritualmente intenta ayudarles a santificarse en medio del mundo, colaborando con el Espíritu Santo -que es el Santificador-, por el camino que Dios quiere para cada uno, fieles a la enseñanza de san Josemaría: cada caminante siga su camino.

  • Procura ir al ritmo de Dios en cada alma: san Josemaría recordaba que no hay almas en serie y que los itinerarios espirituales son muy personales, con ritmos distintos para cada uno; por eso, aconsejaba llevar a cada alma al paso de Dios; un paso a veces lento y a veces ardoroso, como se ve en la vida de tantos santos. Y dio ejemplo de eso en la dirección espiritual que ejerció.

  • En algunas biografías de testigos de Cristo, de hombres y mujeres santos, se ve que Dios va deprisa (como en la vida de santa Teresa de Liseux); en otras ocasiones se comprueba que hay que esperar años hasta llegar a un encendimiento espiritual (como le sucedió a santa Teresa de Jesús).

  • Los fieles que se acercan al Opus Dei para recibir un acompañamiento espiritual encuentran aliento para su vida cristiana: estímulo en su vida de sacramentos (Santa Eucaristía, sacramento de la reconciliación), en su vida de oración y de encuentro con Dios (lectura de autores espirituales, prácticas de piedad cristiana, etc.). Se transmite un espíritu de abandono en las manos de Dios, de filiación divina –que está en el centro del espíritu del Opus Dei-, que lleva a comenzar y recomenzar con alegría, humildad y confianza en la gracia.

  • Se habla especialmente de la santificación de la vida cotidiana; de cómo convertir el trabajo en oración; de cómo vivir, con espíritu cristiano, las obligaciones de justicia y solidaridad con los demás, especialmente con los más necesitados.

  • Se conversa de todo lo que pueda favorecer la limpieza de vida que es presupuesto para la intimidad con Jesús. La experiencia personal de la Santa Pureza constituye –siempre, y especialmente en estos momentos- un signo valiente de inconformismo y rebeldía (casi de subversión social puede parecer en algún caso); una opción responsable y madura, rebelde, de afirmación personal y coherencia y fidelidad al mensaje de Jesús, frente a ciertos comportamientos contemporáneos de determinadas naciones (occidentales por lo general), tan inmorales e irresponsables como “políticamente correctos”.

  • De ese modo, ese acompañamiento espiritual sirve también para reforzar la propia personalidad. Se ayuda a que cada cristiano viva su fidelidad a Cristo sin dejarse mimetizar por el ambiente, sin dejarse llevar por los intereses de los grupos de presión y las modas pasajeras.

  • En ese acompañamiento se refuerza la comunión eclesial: unión con el Vicario de Cristo y con los obispos, sucesores de los Apóstoles. Al tratarse de una Prelatura, se recuerda a los fieles del Opus Dei y a los que siguen su itinerario cristiano al calor de la Obra, que deben orar y estar especialmente unidos con el Obispo de la diócesis y con el Prelado del Opus Dei.
  • Los fieles cristianos, sean o no del Opus Dei, reciben estímulo para vivir su vocación cristiana con espíritu de penitencia y de mortificación unidos a la Cruz de Cristo, especialmente en el vencimiento de la soberbia, en los detalles de servicio, en el cuidado de las cosas -pequeñas y grandes- que hacen agradable la vida a los demás. Y les recuerdan el verdadero sentido de la penitencia corporal.

  • Se ayuda a las personas del Opus Dei y a las que participan en sus apostolados a vivir con unidad de vida, siendo siempre la misma persona –es decir, un cristiano consecuente y coherente- en casa, en el trabajo, en el trato con los amigos, en el deporte, al volante de un vehículo, etc.
  • Lógicamente, acuden en búsqueda de este acompañamiento espiritual en el Opus Dei personas muy variadas; unas desean encontrar a Dios en un mundo oscurecido por la falta de fe; otras viven en Iglesias jóvenes y quieren conocer algo sobre Cristo o sobre la Iglesia; otras buscan respuestas porque no han recibido formación cristiana en el seno de sus familias, ni una base catequética que responda a su edad y circunstancias, etc.

  • También se acercan personas de otras confesiones religiosas, atraídas por el catolicismo, a las que se procura tratar con fraternidad evangélica y espíritu ecuménico.

    Ese clima afectuoso, de conversación, de charla, permite y facilita el encuentro con la Buena Noticia de Jesucristo.

Qué significa tener “unidad de vida”

Francisco Fernández Carvajal


Convertir en un acto de amor a Dios, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos…
I. Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él [1]. Vino al mundo para que los hombres tuvieran luz y dejaran de debatirse en las tinieblas [2], y, al tener luz, pudieran hacer del mundo un lugar donde todas las cosas sirvieran para dar gloria a Dios y ayudaran al hombre a conseguir su último fin. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron [3]. Son palabras actuales para una buena parte del mundo, que sigue en la oscuridad más completa, pues fuera de Cristo los hombres no alcanzarán jamás la paz, ni la felicidad, ni la salvación. Fuera de Cristo sólo existen las tinieblas y el pecado. Quien rechaza a Cristo se queda sin luz y ya no sabe por dónde va el camino. Queda desorientado en lo más íntimo de su ser.

Durante siglos, muchos hombres separaron su vida (trabajo, estudio, negocios, investigaciones, aficiones … ) de la fe; y, como consecuencia de esa separación, las realidades temporales quedaron desvirtuadas, como al margen de la luz de la Revelación. Al faltar esta luz, muchos han llegado a considerar el mundo como fin de sí mismo, sin ninguna referencia a Dios, para lo cual han tergiversado incluso las verdades más elementales y básicas.

De modo particular, en los países occidentales es preciso corregir esa separación, «porque son muchas las generaciones que se están perdiendo para Cristo y para la Iglesia en estos años, y porque desgraciadamente desde estos lugares se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo.

Este paganismo contemporáneo se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste, y por el correspondiente olvido -mejor sería decir miedo, auténtico pavor- de todo lo que pueda causar sufrimiento. Con esta perspectiva, palabras como Dios, pecado, cruz, mortificación, vida eterna…, resultan incomprensibles para gran cantidad de personas, que desconocen su significado y su contenido.

Habéis contemplado esa pasmosa realidad de que muchos quizá comenzaron por poner a Dios entre paréntesis, en algunos detalles de su vida personal, familiar y profesional; pero, como Dios exige, ama, pide, terminan por arrojarle -como a un intruso- de las leyes civiles y de la vida de los pueblos. Con una soberbia ridícula y presuntuosa, quieren alzar en su puesto a la pobre criatura, perdida su dignidad sobrenatural y su dignidad humana, y reducida -no es exageración: está a la vista en todas partes- al vientre, al sexo, al dinero» [4].

El mundo se queda en tinieblas si los cristianos, por falta de unidad de vida, no iluminan y dan sentido a las realidades concretas de la vida. Sabemos que la actitud ante el mundo de los verdaderos discípulos de Cristo, y de modo específico de los seglares, no es de separación, sino la de estar metidos en sus entrañas, como la levadura dentro de la masa, para transformarlo.

El cristiano coherente con su fe es sal que da sabor y preserva de corrupción. Y para esto cuenta, sobre todo, con su testimonio en medio de las tareas ordinarias, realizadas ejemplarmente. «Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos… ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! -Medítalo» [5]. ¿Vivo la unidad de vida en cada momento de mi existencia: trabajo, descanso…?

II. Todas las criaturas fueron puestas al servicio del hombre, dentro del orden establecido por el Creador. Adán, con su soberbia, introdujo el pecado en el mundo, rompiendo la armonía de todo lo creado y del mismo hombre. En adelante, la inteligencia quedó oscurecida y con posibilidad de caer en el error; la voluntad, debilitada; enferma -no corrompida- la libertad para amar el bien con prontitud.

El hombre quedó profundamente herido, con dificultad para saber y conseguir su bien verdadero. «Rompió la Alianza con Dios, sacando como consecuencia de ello por una parte la desintegración interior y, por otra, la incapacidad de construir la comunión con los otros» [6]. El desorden introducido por el pecado llegó más allá del hombre, afectando también a la naturaleza. El mundo es bueno, pues fue hecho por Dios para contribuir a que el hombre alcanzara su último fin.

Pero después del pecado original, las cosas materiales, el talento, la técnica, las leyes…, pueden ser desviadas de su ordenación recta y convertirse en males para el hombre, oscureciéndose su fin último, separándole de Dios en vez de acercarle a Él. Nacen así muchos desequilibrios, injusticias, opresiones, que tienen su origen en el pecado. «El pecado del hombre, es decir, su ruptura con Dios, es la causa radical de las tragedias que marcan la historia de la libertad. Para comprender esto, muchos de nuestros contemporáneos deben descubrir nuevamente el sentido del pecado» [7].

Dios, en su misericordia infinita, se compadeció de este estado en el que había caído la criatura y nos redimió en Jesucristo: nos ha vuelto a su amistad, y lo que es más, nos ha reconciliado con Él hasta el extremo de podernos llamar hijos de Dios y que lo seamos [8]; nos ha destinado a la vida eterna, a morar con Él para siempre en el Cielo.

Nos toca a los cristianos, principalmente a través de nuestro trabajo convertido en oración, hacer que todas las realidades terrestres se vuelvan medio de salvación, porque sólo así servirán verdaderamente al hombre. «Hemos de impregnar de espíritu cristiano todos los ambientes de la sociedad.

No os quedéis solamente en el deseo: cada una, cada uno, allá donde trabaje, ha de dar contenido de Dios a su tarea, y ha de preocuparse -con su oración, con su mortificación, con su trabajo profesional bien acabado- de formarse y de formar a otras almas en la Verdad de Cristo, para que sea proclamado Señor de todos los quehaceres terrenos» [9]. ¿Estoy haciendo todo lo que puedo para llevar esto a la práctica? ¿Me doy cuenta de que para eso necesito tener cada vez más una honda unidad de vida?

III. La misión que el Señor nos ha encomendado es la de infundir un sentido cristiano a la sociedad, porque sólo entonces las estructuras, las instituciones, las leyes, el descanso, tendrán un espíritu cristiano y estarán verdaderamente al servicio del hombre. «Los discípulos de Jesucristo hemos de ser sembradores de fraternidad en todo momento y en todas las circunstancias de la vida. Cuando un hombre o una mujer viven intensamente el espíritu cristiano, todas sus actividades y relaciones reflejan y comunican la caridad de Dios y los bienes del Reino. Es preciso que los cristianos sepamos poner en nuestras relaciones cotidianas de familia, amistad, vecindad, trabajo y esparcimiento, el sello del amor cristiano, que es sencillez, veracidad, fidelidad, mansedumbre, generosidad, solidaridad y alegría» [10].

Las prácticas personales de piedad no han de estar aisladas del resto de nuestros quehaceres, sino que deben ser momentos en los que la referencia continua a Dios se hace más intensa y profunda, de modo que después sea más alto el tono de las actividades diarias. Es claro que buscar la santidad en medio del mundo no consiste simplemente en hacer o en multiplicar las devociones o las prácticas de piedad, sino en la unidad efectiva con el Señor que esos actos promueven y a que están ordenados.

Y cuando hay una unión efectiva con el Señor eso influye en toda la actuación de una persona. «Esas prácticas te llevarán, casi sin darte cuenta, a la oración contemplativa. Brotarán de tu alma más actos de amor, jaculatorias, acciones de gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales. Y esto, mientras atiendes tus obligaciones: al descolgar el teléfono, al subir a un medio de transporte, al cerrar o abrir una puerta, al pasar ante una iglesia, al comenzar una nueva tarea, al realizarla y al concluirla (… )» [11].

Procuremos vivir así, con Cristo y en Cristo, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos… Eso es la unidad de vida. Entonces, la piedad personal se orienta a la acción, dándole impulso y contenido, hasta convertir al quehacer en un acto más de amor a Dios. Y, a su vez, el trabajo y las tareas de cada día facilitan el trato con Dios y son el campo donde se ejercitan todas las virtudes.

Si procuramos trabajar bien y poner en nuestros quehaceres la dimensión trascendente que da el amor de Dios, nuestras tareas servirán para la salvación de los hombres, y haremos un mundo más humano, pues no es posible que se respete al hombre -y mucho menos que se le ame -si se niega a Dios o se le combate, pues el hombre sólo es hombre cuando es verdaderamente imagen de Dios. Por el contrario, «la presencia de Satanás en la historia de la humanidad aumenta en la misma medida en que el hombre y la sociedad se alejan de Dios» [12].

En esta tarea de santificar las realidades terrenas, los cristianos no estamos solos. Restablecer el orden querido por Dios y conducir a su plenitud el mundo entero es principalmente fruto de la acción del Espíritu Santo, verdadero Señor de la historia: «Non est abbreviata manus Domini», no se ha hecho más corta la mano de Dios (Is 59, 1): no es menos po

deroso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena» [13].

Le pedimos al Espíritu Santo que remueva las almas de muchas personas -hombres y mujeres, mayores y jóvenes, sanos y enfermos…- para que sean sal y luz en las realidades terrenas.


[1] Antífona de comunión. Jn 3, 17.
[2] Cfr. Jn 8, 12.
[3] Jn 1, 5.
[4] A. DEL PORTILLO Carta Pastoral, 25-XII-1985, n. 4.
[5] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Surco, n. 945.
[6] JUAN PABLO II, Audiencia General, 6-VIII-1983.
[7] S. C. PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instr. Libertatis consciencia, 22-III-1986, 37.
[8] Cfr I Jn 3, 1.
[9] A. DEL PORTILLO, loc. Cit., n. 10.
[10] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, lnstr. pastoral Los católicos en la vida pública, 22-IV-1986, 111.
[11] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 149.
[12] JUAN PABLO II, AudienciaGeneral, 20-VIII-1986.
[13] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 130.


Meditación de “Hablar con Dios”, Tomo II, Miércoles de la 4ª. Semana de Cuaresma por Francisco Fernández Carvajal.