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En este texto se muestra como Dios creó al hombre para que trabajara.

    Recuerda el Catecismo: El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cf Gn 1,28; GS 34; CA 31).

    Mediante el trabajo el hombre participa en la obra divina de la Creación

    Se lee en la Laborens Exercens:” La conciencia de que a través del trabajo el hombre participa en la obra de la creación, constituye el móvil más profundo para emprenderlo en varios sectores: «Deben, pues, los fieles —leemos en la Constitución Lumen Gentium— conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios y, además, deben ayudarse entre sí, también mediante las actividades seculares, para lograr una vida más santa, de suerte que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance más eficazmente su fin en la justicia, la caridad y la paz …

    Procuren, pues, seriamente, que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia de Cristo, los bienes creados se desarrollen… según el plan del Creador y la iluminación de su Verbo, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil».

    El trabajo es, por tanto, un deber: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3,10; cf. 1 Ts 4,11). Con su trabajo el hombre honra los dones del Creador y los talentos que ha recibido de Él

    Recuerda el Catecismo (2428): En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo (cf LE 6).

    Por esa razón, el trabajo tiene un gran valor intrínseco. Nos beneficiamos del trabajo de los hombres que nos han precedido: mediante el trabajo:

    • el hombre conoce y domina la realidad
    • colabora al progreso social
    • contribuye a la felicidad de los demás hombres

Sentido del trabajo

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Juan Pablo II. Encíclica Laborem exercens


25. El trabajo como participación en la obra del Creador

Como dice el Concilio Vaticano II: «Una cosa hay cierta para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios.

Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo».27

En la palabra de la divina Revelación está inscrita muy profundamente esta verdad fundamental, que el hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo participa en la obra del Creador, y según la medida de sus propias posibilidades, en cierto sentido, continúa desarrollándola y la completa, avanzando cada vez más en el descubrimiento de los recursos y de los valores encerrados en todo lo creado.

Encontramos esta verdad ya al comienzo mismo de la Sagrada Escritura, en el libro del Génesis, donde la misma obra de la creación está presentada bajo la forma de un «trabajo» realizado por Dios durante los «seis días»,28 para «descansar» el séptimo.29

Por otra parte, el último libro de la Sagrada Escritura resuena aún con el mismo tono de respeto para la obra que Dios ha realizado a través de su «trabajo» creativo, cuando proclama: «Grandes y estupendas son tus obras, Señor, Dios todopoderoso»,30 análogamente al libro del Génesis, que finaliza la descripción de cada día de la creación con la afirmación: «Y vio Dios ser bueno».31

Esta descripción de la creación, que encontramos ya en el primer capítulo del libro del Génesis es, a su vez, en cierto sentido el primer «evangelio del trabajo». Ella demuestra, en efecto, en qué consiste su dignidad; enseña que el hombre, trabajando, debe imitar a Dios, su Creador, porque lleva consigo —él solo— el elemento singular de la semejanza con Él. El hombre tiene que imitar a Dios tanto trabajando como descansando, dado que Dios mismo ha querido presentarle la propia obra creadora bajo la forma del trabajo y del reposo.

Esta obra de Dios en el mundo continúa sin cesar, tal como atestiguan las palabras de Cristo: «Mi Padre sigue obrando todavía …»;32 obra con la fuerza creadora, sosteniendo en la existencia al mundo que ha llamado de la nada al ser, y obra con la fuerza salvífica en los corazones de los hombres, a quienes ha destinado desde el principio al «descanso»33 en unión consigo mismo, en «la casa del Padre».34

Por lo tanto, el trabajo humano no sólo exige el descanso cada «siete días»,35 sino que además no puede consistir en el mero ejercicio de las fuerzas humanas en una acción exterior; debe dejar un espacio interior, donde el hombre, convirtiéndose cada vez más en lo que por voluntad divina tiene que ser, se va preparando a aquel «descanso» que el Señor reserva a sus siervos y amigos.36

La conciencia de que el trabajo humano es una participación en la obra de Dios, debe llegar —como enseña el Concilio— incluso a «los quehaceres más ordinarios. Porque los hombres y mujeres que, mientras procuran el sustento para sí y su familia, realizan su trabajo de forma que resulte provechoso y en servicio de la sociedad, con razón pueden pensar que con su trabajo desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de sus hermanos y contribuyen de modo personal a que se cumplan los designios de Dios en la historia».37

Hace falta, por lo tanto, que esta espiritualidad cristiana del trabajo llegue a ser patrimonio común de todos.

Hace falta que, de modo especial en la época actual, la espiritualidad del trabajo demuestre aquella madurez, que requieren las tensiones y las inquietudes de la mente y del corazón: «Los cristianos, lejos de pensar que las conquistas logradas por el hombre se oponen al poder de Dios y que la criatura racional pretende rivalizar con el Creador, están, por el contrario, persuadidos de que las victorias del hombre son signo de la grandeza de Dios y consecuencia de su inefable designio. Cuanto más se acrecienta el poder del hombre, más amplia es su responsabilidad individual y colectiva … El mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo».38

La conciencia de que a través del trabajo el hombre participa en la obra de la creación, constituye el móvil más profundo para emprenderlo en varios sectores: «Deben, pues, los fieles —leemos en la Constitución Lumen Gentium— conocer la naturaleza íntima de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios y, además, deben ayudarse entre sí, también mediante las actividades seculares, para lograr una vida más santa, de suerte que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance más eficazmente su fin en la justicia, la caridad y la paz … Procuren, pues, seriamente, que por su competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia de Cristo, los bienes creados se desarrollen… según el plan del Creador y la iluminación de su Verbo, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil».39


27. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 34: AAS 58 (1966), p. 1052 s.

28. Cfr. Gén 2, 2; Ex 20, 8.11; Dt 5, 12-14.

29. Cfr. Gén 2, 3.

30. Ap 15, 3.

31. Gén 1, 4. 10. 12. 18. 21. 25. 31.

32. Jn 5, 17.

33. Heb 4, 1. 9-10.

34. Jn 14, 2.

35. Dt 5, 12-14; Ex 20, 8-12.

36. Cfr. Mt 25, 21.

37. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 34: AAS 58 (1966), p. 1052 s.

38. Ibid.

39. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 36: AAS 57 (1965), p.41.

Santificar el trabajo y el descanso

Trabajar: la suma del trabajo y del descanso


  • El trabajo exige esfuerzo, y el esfuerzo lleva al cansancio.
  • Trabajar y descansar son dos realidades que forman parte del camino del hombre en este mundo, y por tanto forma parte del camino de su santidad, porque la santidad no es algo alejado de lo terreno: el santo se hace en su persona: alma-cuerpo.
  • Los discípulos de Cristo siguen su ejemplo. El Evangelio nos muestra a Jesús trabajando (primero como carpintero, luego predicando) y descansando con sus amigos (Lázaro, Marta y María) o con los Apóstoles.
  • Santificar el trabajo incluye santificar el descanso, porque el descanso forma parte del trabajo bien hecho: para trabajar bien se necesita descansar.
  • Por tanto, aquel cristiano que no hace más que trabajar no se santifica, ya que no se es más santo porque se trabaje más y con mayor trepidación, sino porque ese trabajo se haga humanamente con perfección y sobrenaturalmente cara a Dios.
  • Trabajar humanamente bien significa cultivar la reciedumbre para trabajar y descansar el tiempo que se debe, cuando se debe y del modo que se debe.

Algunas manifestaciones de falta de reciedumbre: trabajar hasta el agotamiento físico o psíquico; el llamado “culto al trabajo”; la “profesionalitis”, etc. Todas estas manifestaciones suponen un desorden en lo humano –puede acabar desencadenando alguna enfermedad- y en lo espiritual.