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El culto al cuerpo

Extracto del artículo Diagnóstico cultural del tiempo presente de Alejandro Llano. Recogido en Arvo.net.


¿A qué se debe que hayamos perdido lo que se podría llamar el “sentido del espíritu”, la convicción de que ahí reside la realidad verdadera, la fuerza más poderosa?

Se debe a que se ha incorporado a nuestra visión del mundo el lema “la fuerza viene de abajo”, de la estructura material y básica, que condiciona la superestructura más o menos adjetiva y evanescente, donde acontecen los fenómenos de tipo cultural o “espiritual”, en un sentido completamente desvaído de esta última palabra. Pensar así equivale a ser marxista sin saberlo.

Por eso produce cierta triste gracia ver cómo a materialistas resabiados se les llena la boca hablando de “la caída del muro de Berlín”: al fin y al cabo han tenido que recurrir a un hecho material y anecdótico (el derrumbamiento de una pared), para visualizar un evento histórico que está lejos de haberse resuelto de una vez por todas.

Decía Goethe, en el que se inspira Nietzsche y en general los “filósofos de la sospecha”: “gris es la ciencia y verde el árbol de la vida”. El espíritu es de un gris tristón y desvaído -”el último humo de una realidad que se apaga”, diría Nietzsche-, mientras que el cuerpo resplandece con sentimientos, emociones, perspectivas y visos siempre nuevos. El materialismo de esta época es, sobre todo, un corporalismo: culto al cuerpo. Corporalismos son, al cabo, la new age, la meditación trascendental, el yoga y demás orientalismos.

El auténtico “culto al espíritu” no puede separarse del culto a Dios: de lo contrario, degenera en corporalismos cada vez más ambiciosos, porque se acaban atribuyendo al cuerpo aquellas características del espíritu que todavía no se han disipado del todo. Como decía el Beato Josemaría Escrivá, es preciso materializar la vida sobrenatural, que es justamente lo contrario de “espiritualizar” la materia.

Esta es la clave: hay que afirmar, por todos los medios, la primacía del espíritu sobre la materia. Y este sentido de la realidad y eficacia del espíritu procede reincorporarlo a la vida diaria, al común vivir y sentir de las gentes, hasta en los detalles aparentemente más intrascendentes: desde decir “adiós” en lugar de “venga”, hasta redescubrir el profundo sentido espiritual de la alimentación humana; desde añadir “si Dios quiere” al formular un proyecto o previsión, hasta defender las tradiciones cristianas.
Sexualidad exhibicionista

Nada tiene de extraño que ese difuminado materialismo teórico desemboque en numerosas y variadas manifestaciones de materialismo práctico.

La primera y más llamativa es la que deriva de la llamada “revolución sexual”, producto de las ideas de 1968 y de las técnicas anticonceptivas.

Como ha señalado Fernando Inciarte, este es quizá el único ejemplo claro y delimitable de lo que el marxismo entiende por “revolución”: la transformación de unas condiciones materiales que genera un cambio moral y religioso, una mutación de las costumbres y los modos de vida.

Se dirá que siempre ha habido disolución moral en el campo de la sexualidad. Pero lo que es un fenómeno del todo nuevo es el permisivismo completo en muchos ambientes, hasta llegar a la exaltación del sexo y la normalización social de las perversiones sexuales. La pérdida del pudor, del respeto al cuerpo propio y ajeno, de la vergüenza en exhibirlo ante propios y extraños es quizá el fenómeno moral más grave con el que nos enfrentamos en este fin de siglo.

Detrás de esta realidad social hay toda una labor de ejercicio de la “sospecha” intelectual que viene de muy atrás. Existe también una estrategia de seducción y perversión, desde la infancia hasta la vejez, que ha conducido a una penosa “sexualización” del arte y de la moda, por no hablar de la publicidad, el cine y, por supuesto, la televisión.

Por debajo de estas manifestaciones se encuentra lo que antes llamaba corporalismo”, culto al cuerpo, preocupación excesiva por la apariencia externa –causante de tantas anorexias–, por la salud, por la comida, por el descanso, etc.

Reeducar el gusto
Pero incluso en este terreno tan pantanoso resulta que hay lo que un colega mío llamó “límites invulnerables del ethos social”. Será difícil –por ejemplo– decir siempre la verdad, pero tampoco se puede llegar a mentir siempre o casi siempre, porque entonces la sociedad se disolvería. La corrupción sexual también registra efectos, por así decirlo, de rebote, que es preciso aprovechar con astucia de serpiente (no se me ocurre otro terreno más adecuado para aplicar tan olvidado mandato evangélico).

Ahora bien, el trabajo más eficaz es siempre el positivo. Por señalar una vía, apuntaría a la recuperación de los clásicos. De sus obras artísticas y literarias cabría decir justamente lo contrario de lo señalado en las producciones actuales: que es muy raro encontrarse con representaciones o relatos escabrosos
(aunque nada se deja sin tratar con toda naturalidad: basta pensar en la Biblia, en El Quijote, en Shakespeare, ¡en Quevedo!, o en la serenidad de los desnudos que aparecen continuamente en la pintura y escultura clásicas).

Se trata de una re-educación del gusto, es decir, de que llegue de nuevo a agradar lo bello y lo bueno, y a repeler o disgustar lo soez y desvergonzado. Y en este campo no es improcedente cultivar un sentido de la excelencia y hasta, si se me permite, una cierta discriminación.
El consumo, por último. Evidentemente, hay que consumir, porque de lo contrario uno se muere o malvive. Pero poner en el consumo el núcleo de la vida es una estrategia mortal. Los lujos de ayer se redefinen como necesidades de mañana, decía Daniel Bell en ese libro imprescindible que sigue siendo Las contradicciones culturales del capitalismo. Y si la economía actual exige la expansión indefinida del consumo, es que se trata de una economía mal pensada, humanamente deplorable.

Sobriedad, elegancia del espíritu

Y aquí entran de lleno las viejas virtudes morales, que ahora se están redescubriendo no sin cierto asombro. Solo con vivir la justicia distributiva se evitarían gran parte de los males del consumismo, que es una enfermedad social corrosiva y epidémica. De manera que la difusión de la labor de las ONGs asistenciales (y honradas), el fomento del voluntariado, la reivindicación del famoso 0,7% y la promoción de una cooperación internacional mucho más eficaz son acciones que van en la buena dirección.

Se trata de llegar, por todos los medios posibles, a una situación en la que la riqueza común sea compatible con la austeridad personal, sin que los consabidos indicadores económicos hagan sonar sus apocalípticas señales de alarma.

Como indica Schumacher en Lo pequeño es hermoso –otro libro de obligada relectura–, la virtud que hoy más necesitamos es la sobriedad. Y la sobriedad es la elegancia del espíritu.

¿Cómo la supera un cristiano, especialmente cuando se ha convertido en hábito?

  • Poniendo los medios sobrenaturales y humanos que recomienda la Iglesia:
    • Pidiéndole a Dios, con fe y perseverancia, la virtud de la pureza con humildad.

    • Recurriendo a la oración frecuente, a la Eucaristía y a la intercesión de la Virgen.

      Leonard: “Esperarlo todo de la Eucaristía: ¡Cuerpo de Cristo, sálvame! Que este sea también tu grito en las horas de la tenación o del pecado”.

    • Acudiendo a la Virgen Inmaculada.

    • Acudiendo todas las veces que sean necesarias al Sacramento de la Reconciliación. Es fundamental el recurso frecuente a este sacramento, confiando en la misericordia del Señor, sin desanimarse: Leonard: confesarte regularmente es “dar a tu Dios la oportunidad de amarte tal como eres, de perdonarte tus faltas, y de curar las heridas de tu corazón y de tu cuerpo”.
    • Cultivando la sinceridad, que lleva no sólo a decir la verdad, sino toda la verdad de nuestra vida, yendo a las raíces, reconociéndote pecador ante tu Señor, sin dejarte descorazonar por tu fragilidad, pues el amor de Dios es más agradable que nuestro pecado. Cristo es el Cordero de Dios que lava los pecados del mundo.
    • Abriéndose a los demás, con generosidad, saliendo de uno mismo.
    • Ejercitando el dominio de sí mismo en cosas lícitas; para fortalecerse en el dominio de si mismo en las ilícitas.
    • Esforzándose por dominar la curiosidad y la dispersión mental.

    • Evitando con fortaleza y perseverancia las ocasiones de pecar: determinada publicidad, determinados periódicos, libros, revistas, etc; determinados programas de televisión; determinadas páginas web y uso del ordenador; determinados juegos en la play-station o en el móvil, canciones, etc.; determinadas situaciones, en determinados sitios y a determinadas horas, etc.
    • Esforzándose en vivir la sobriedad, especialmente en la comida y en la bebida, en sus diversos aspectos.
    • Haciendo obras de misericordia.
    • Aprovechando el tiempo, con un trabajo esforzado y diligente.

    • Cultivando el orden, sin caer en el desorden de trabajos y actividades agotadoras y frenéticas que producen grandes cansancios.
    • Poniendo esfuerzo por adquirir una afectividad generosa y madura.

    • Rechazando las tentaciones de susceptibilidad, enfado, tristeza y pesimismo; de queja interior; de vuelta obsesiva sobre los propios problemas.
    • Ocupándose en actividades ilusionantes, y cultivando ideales humanos nobles, culturales, espirituales, artísticos, etc.
    • Haciendo deporte y esfuerzo físico.

¿Cómo liberarse?

Además de los medios espirituales, de la ayuda de los Sacramentos, etc, Leonard recomienda:

La masturbación consiste en un repliegue sobre sí mismo. Contribuirás a liberarte desarrollando en tu vida los comportamientos que te descentran de ti mismo y te abren a Dios, al mundo, a los demás, a tus tareas.

Todo lo que estimula el sentido del trabajo, del compromiso y de la relación, te ayudará mucho.

Además, una vida equilibrada en la que no se duerme ni demasiado ni muy poco, en la que se deja un justo puesto al descanso y al deporte, te dispensará de recurrir a la excitación sexual a título de desahogo o de sonmífero.

En cuanto a las debilidades pasajeras, a las complicidades oscuras con las excitaciones espontáneas que puedes experimentar, sobre todo en periodos de fatiga o de angustia, deberás confiarlas a la misericordia del Señor.

  • Todo esto se integra en la unidad de la persona. Por esa razón, conviene poner todos los medios y al mismo tiempo: tanto los naturales como los sobrenaturales.

Noriega ofrece a los padres y educadores estas reflexiones:

“Conviene estar atentos a las situaciones que llevan al autoerotismo: la tristeza, el fracaso, la soledad, la dificultad de relacionarse con los demás y afrontar los retos de la vida.

La tristeza suele ser ocasión de impureza, ya que la persona busca salir de ella y encientra un sucedáneo fácil y complaciente en una experiencia vacía en la que se enroca para evitar enfrentarse con la realidad. No en vano el autoerotismo suele configurarse como una experiencia compensatoria.

El proceso de la tentación suele desencadenarse a partir de un corto circuito representativo y simbólico, que dificulta a la razón práctica el gobernar su propio dinamismo corporal, obsesionándose con la satisfacción sexual, hasta el punto de desencadenarse un proceso compulsivo.

En ocasiones puede ayudar el desenmascarar ese corto circuito representativo y hacer ver la inconsistencia de la necesidad con la que se presenta.

Cuando se ha hecho hábito en la persona, es preciso enseñar a luchar de dorma muy indirecta: por un lado, fomentando aquellas actividades en las que la persona pueda encontrar una satisfacción noble y humana, amistades sinceras que le permitán salir de sí misma y descubrir en ello el gozo de amar a los demás y serles útiles.

Por otro, ofrecer elementos narrativos indirectos, como pueden ser determinadas lecturas, películas, obras de arte que le ayuden a recomponer la imagen simbólica de la sexualidad a través de la mediación de la afectividad.

José Noriega, El destino del eros, 86

Desprendimiento y generosidad, por el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría

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Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, entró en el mundo rodeado de pobreza. Jesucristo –perfectus Deus, perfectus Homo– abrió sus ojos a la luz terrenal en un establo destinado a los animales.

Le acompañaban sólo dos criaturas excelsas, María y José, que le dieron el amor y el cariño que los hombres le habían negado, pero que no pudieron aportar comodidad alguna.

La vida cristiana es un itinerario de progresiva identificación con Jesús, de una conformación con el Maestro que va mucho más allá de la simple imitación exterior de la conducta: el bautizado está llamado a cultivar los mismos sentimientos de Jesucristo, a asumir su posición ante la vida, a participar en su misión y destino, de modo que se pueda llegar a afirmar, sin ambigüedad, que el cristiano está en Cristo y que Cristo está en el cristiano.

La pobreza como situación y como bienaventuranza

Cristo mora en el alma del bautizado. No es una frase bonita, sino una realidad. El mismo Dios, escribe San Pablo a los Gálatas, “ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!”. Somos hijos de Dios en Cristo, en su Hijo hecho carne, y la vida de ese Hijo ha de reproducirse en nosotros.

Y en ese proceso, que posee muchas y ricas dimensiones, juega un papel decisivo el talante ante los bienes de la tierra; la actitud de desprendimiento, un desprendimiento efectivo, real, que designamos sencillamente como pobreza de espíritu; la disposición a la generosidad, el abandono radical y confiado en las manos de nuestro Padre Dios.

¿Cuál es, exactamente, el mensaje bíblico y cristiano sobre la pobreza? Vale la pena que espiguemos la Sagrada Escritura, aunque sea rápidamente, para penetrar siquiera un poco en la riqueza de la doctrina que nos transmite.

Los textos del Antiguo Testamento ponen de relieve que la pobreza era considerada en el pueblo de Israel con una doble valencia: los pobres aparecen como desheredados en el contexto social, pero también como privilegiados porque Dios se ocupa de ellos. Se describe la pobreza como una realidad dura y desafortunada, y también como una situación que reclama la ayuda y la protección de la comunidad.

Los profetas enfatizaron el riesgo que el poder y la riqueza entrañan de que el corazón se apegue a cosas caducas y se olvide de Dios; y con la misma fuerza, condenaron el abuso de autoridad, la explotación de las viudas y de los huérfanos, el fraude y la violencia, que provocan situaciones de injusticia y de miseria.

A la vez proclamaron que el amor de Dios se extiende al desvalido, al que nada posee, y anunciaron que también a ellos les están destinados los bienes mesiánicos; de hecho, entre los signos de la llegada del Mesías, Isaías menciona en lugar privilegiado la nota básica de que predicará “la buena nueva a los pobres”.

Diversos textos proféticos, así como bastantes Salmos, cantan, además, el hondo sentido espiritual de la pobreza. El pobre, en este contexto, no es tanto el que carece materialmente de bienes -aunque esa realidad no se excluye y en parte se presupone- sino el humilde, el hombre recto y justo que sufre y confía en Dios, a pesar de la miseria, del desamparo y de la prueba.

Más profundamente aún, el hombre de fe que, reconociendo su indignidad y su pecado, advierte la necesidad constante del perdón de Dios: “He buscado a Yavé, y me ha respondido: me ha librado de todos mis temores. Cuando el pobre grita, Yavé oye, y le salva de todas sus angustias”.

Con el impulso de la conciencia de la grandeza de Dios y de la confianza en Él, se pasa de la consideración de la pobreza como condición de hecho -dura y no deseable en sí misma- a un nivel más profundo en el que esa miseria y, en general, cualquier carencia o limitación, se transforma en ocasión para profundizar en el reconocimiento de nuestra situación existencial de indigencia y, por tanto, en la apertura y la entrega a Dios, es decir, en la virtud espiritual.

El Hijo de Dios asumió todas las realidades humanas -menos el pecado-; no le faltaron el calor y el frío, el hambre y la sed, el dolor y el abandono, la escasez y la pobreza. “Sin nada vino Jesús al mundo, y sin nada -ni siquiera el lugar donde reposa- se nos ha ido”, escribió el Beato Josemaría, resumiendo con esas palabras el principio y el final del paso de Cristo por la tierra.

Los evangelistas que nos han descrito la pobreza de Belén narran también el momento supremo, terrible y solemne, en el que Jesús, clavado en la Cruz, después de pronunciar las palabras proféticas del Salmo -“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”-, y de identificarse así con el indigente más desamparado, muere, manifestando una confianza total y completa en la voluntad y el amor del Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Entre un acontecimiento y otro, entre el nacer en Belén y el morir en el Calvario, Jesús manifiesta una constante actitud de desprendimiento y entrega. No rechaza los bienes materiales, y convive sin estridencias con la gente de su tiempo, también con quienes ostentan una posición desahogada, como Marta, María y Lázaro; y Él mismo permanece treinta años en su propio hogar -la casa sencilla de Nazaret- y ejerce allí, junto con José, un trabajo que le permite desenvolverse como las otras familias de la zona.

En sus tres años de predicación, viste una túnica buena, elegante, sin costura. Pero a la vez observamos cómo sabe renunciar a todo, llevar un tenor de vida extremadamente sencillo, hasta el punto de que el propio Jesús, describiendo su conducta mientras recorre los caminos de Palestina, puede exclamar: “Las raposas tienen sus guaridas y los pájaros del cielos sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.

La pobreza de Jesús nos interpela precisamente por su voluntariedad, ya que Dios decidió encarnarse con suprema libertad y también con suprema libertad eligió el modo. Al tomar nuestra naturaleza, escogió el camino de la pobreza total. El Señor no se ha acercado a los hombres por la vía del poder o de la riqueza, sino por la senda de un amor que se manifiesta también en el desprendimiento y en la entrega.

San Pablo lo subraya en el gran canto cristológico de la carta a los Filipenses: Cristo Jesús -escribe- “siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo”. Y dice también San Pablo a los cristianos de Corinto: Jesucristo, “siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza”.

Hay una estrecha relación entre pobreza de espíritu y amor; entre desprendimiento de uno mismo -de cuanto contribuye a la propia autoafirmación- y capacidad de querer. Jesús, que lo expresó de modo patente con su vida, lo proclamó también con sus palabras.

Quizá ningún texto es más elocuente que el sermón de la montaña, y concretamente aquellas bienaventuranzas en las que el abandono y la confianza en Él, que Dios espera de cada persona, se ponen de relieve en un paradójico contraste, al confrontar la pequeñez de las aspiraciones humanas a ras de tierra y la grandeza de la oferta divina. La primera de esas bienaventuranzas es precisamente la que declara: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los cielos”.

Quien se encierra en sí mismo, en su ambición, en su afán de poderío o de riquezas, quien confía en sus propias fuerzas o en lo bienes de que dispone, limita -e incluso pierde del todo- la capacidad de amar. Quien avanza desprendido de sí y de las cosas creadas, abre su corazón para recibir el Reino de los cielos, es decir, el don de Dios y de su amor.

Poco después, en ese mismo discurso, Jesús reitera esa enseñanza al afirmar rotundamente que son incompatibles el servicio a Dios y el sometimiento a los bienes materiales: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”.

A continuación, el Maestro exhorta al abandono en la providencia divina, a colocar la confianza en el amor que Dios nos presta, de modo que, superando preocupaciones y angustias, alcancemos, también nosotros, la libertad de amar. “¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?”.

La pobreza de espíritu hace posible la apertura del corazón y, con ésta, la dicha, el verdadero gozo; por el contrario, la avaricia material, el afán de depositar la seguridad y la esperanza en los bienes presentes se resuelve en fuente de desdicha y de tristeza. Un episodio aleccionador es la escena que suele denominarse “del joven rico”.

Ese muchacho declara que cumple la Ley, pero cuando Jesús lo coloca no ante una mera observancia de normas, sino ante una plenitud de entrega, corroborada con la renuncia a los bienes, “se marchó triste, porque -añade el evangelista- tenía muchas posesiones”. Y Jesús comenta: “En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos”. Los discípulos se quedan asombrados ante la radicalidad de lo que pide el Maestro: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”.

Cristo no rebaja su exigencia -la disponibilidad y la entrega han de ir a la totalidad-, pero recuerda que la criatura humana no está sola: “Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin embargo, todo es posible”. Y a Pedro que, tal vez sumido aún en la zozobra, le hace presente que él y los otros discípulos lo han abandonado todo para seguirle, le contesta: “Todo el que haya dejado casas, hermanas o hermanos, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna”.

Dios lo pide todo, reclama un corazón libre, sin apegamientos ni rémoras, pero siempre da más, porque -como afirmaba el Beato Josemaría- “no se deja nunca ganar en generosidad”.

Desprendimiento y generosidad

El Beato Josemaría empleó muchas veces, también para referirse a la relación con los bienes materiales, el vocablo “señorío”; es decir, dominio, agilidad para decidir, libertad, ausencia de ataduras y esclavitudes. “He aprendido -afirmaba de sí San Pablo- a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta”. Así debe concretarse la actitud del cristiano: apoyarse siempre en Cristo y asumir desde Cristo y en Cristo todas las situaciones que la vida traiga consigo.

Ese texto de San Pablo pone de manifiesto que el núcleo de lo que predica y reclama el Evangelio no se limita a situaciones exteriores -ni a la carencia ni a la abundancia, por repetir las palabras paulinas-, sino a la actitud con que el alma y el corazón se sitúan ante los bienes.

Con razón sintetizaba San Agustín: “Serás verdaderamente rico cuando no necesites de nada”. No se debe olvidar, sin embargo, que el desasimiento que se demanda al cristiano, cualquiera que sea la situación en la que se encuentre, no se reduce -si quiere ser sincero- a una actitud etérea y vacía: ha de presentar siempre consecuencias prácticas. Entre esas manifestaciones destacaré dos que nunca deberían faltar en la conducta de un hijo de Dios consciente de este título.

La primera es muy clara: la sobriedad, la vida austera, el control sobre sí mismo para evitar caprichos o comodidades superfluas. La segunda de esas exigencias se puede resumir con una palabra: generosidad, conciencia de que los bienes materiales que Dios coloca a nuestro alcance no sirven sólo para uno mismo, sino también para el servicio de los demás.

Los Hechos de los Apóstoles describen el tenor de vida de la primera comunidad cristiana con frases precisas: “Todos los creyentes estaban unidos y tenían todas las cosas en común. Vendían las posesiones y los bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno”.

La institución de los siete diáconos -palabra que significa “servidores”- tenía como fin asegurar el servicio a los pobres. San Pablo, cuando la necesidad lo reclama, organiza colectas para que las comunidades se ayuden mutuamente. Presenta a los cristianos de Corinto el ejemplo de los de Macedonia, que, aun “en medio de una gran tribulación con que han sido probados, su rebosante gozo y su extrema pobreza se desbordaron en tesoros de generosidad”; y a continuación remite -con un texto que ya he citado- a un ejemplo más alto, el de Cristo mismo, “porque conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por vosotros para que vosotros seáis ricos por su pobreza”.

La tradición cristiana ha alabado y practicado siempre la limosna, la disposición de los bienes en beneficio de la penuria espiritual o material de otras personas, no sólo con lo superfluo, sino también con lo necesario: con aquellos medios cuya renuncia implica, en uno u otro grado, una disminución del propio nivel personal de vida.

La historia de la Iglesia está llena de ecos del ejemplo que dio la primitiva comunidad de Jerusalén: personas singulares e instituciones, desde órdenes y congregaciones religiosas, hasta los recientes grupos de voluntariado, que, con sacrificio personal y entrega, atienden a pobres, refugiados, damnificados por desastres naturales, drogadictos, enfermos o ancianos en soledad…

Su existencia constituye, sin duda alguna, una de las realidades más positivas de los tiempos pasados y de los presentes. Y es recordatorio de un espíritu, de una generosidad, que interpela a todos, también a quienes Dios no llama a recorrer esos caminos, sino otros. Poco cristianamente se conduciría, en efecto, quien se moviera con indiferencia ante la indigencia ajena y olvidara que Cristo le urge a esforzarse por remediarla o, al menos, por aliviarla.

Ya desde antiguo, los Padres de la Iglesia señalaron que quienes disponen de recursos materiales no deben poseerlos como dueños, sino como administradores, como un caudal que Dios les confía para que lo hagan rendir en servicio de la colectividad. Desde entonces, ese principio -con unas u otras palabras- ha sido constantemente recordado.

El Concilio Vaticano II lo ha transmitido también en la Constitución Gaudium et spes, en uno de sus pasajes más significativos: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa (…).

Sean las que sean las formas de la propiedad (…), jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechan a él solamente, sino también a los demás”.

Uno de los grandes retos de la sociedad contemporánea se presenta en la justa repartición y en el correcto uso de los recursos naturales, tanto en el interior de cada país como en el conjunto del planeta. El espíritu de pobreza cristiana debe impulsar a los responsables de la economía -empresarios y gobernantes, financieros y sindicalistas- a asumir actitudes y conductas ejemplares en su actuación y en sus decisiones, mostrando que conciben los medios naturales y técnicos como realidad que debe gestionarse en beneficio de todos y que ha de ser transmitida con recto incremento a las generaciones posteriores; jamás como patrimonio blindado, susceptible de explotación egoísta.

En el pasaje de la carta a los Corintios con el que promueve una colecta para ayudar a los hermanos necesitados, San Pablo añade: “No lo digo como una orden, sino que mediante el desvelo por otros, quiero probar también la autenticidad de vuestra caridad”. Ésa es -aquí como en todo- la raíz del actuar cristiano: el amor.

Por eso, el espíritu cristiano de pobreza no se agota en gestos exteriores, ni en simples sentimientos de solidaridad: penetra en lo más profundo de la persona, para erradicar la avaricia, grande o pequeña, y agrandar el horizonte de la inteligencia y del corazón, de modo que el alma llegue a identificarse con el querer de Dios y aprenda de Él a amar con obras.

Por la misma razón, la experiencia de la pobreza material, de la indigencia, se transforma en escuela de desprendimiento para el alma. Cuando la pobreza se acoge con actitud de fe y de amor, cuando se abre a Dios, al carecer de lo necesario se toca la trascendencia y la capacidad de infinito que se encierra en el corazón humano. Por eso el pobre, la persona que sufre la miseria, el dolor y el sufrimiento, confiando en el Señor, constituye en signo visible de la presencia de Dios en la historia.

Así lo ha entendido siempre la tradición cristiana, y de modo especial los santos: a la vez que se volcaban en atender al indigente y al desvalido, se confiaban a su oración.

No puedo por menos de recordar aquí al Beato Josemaría, a quien en más de una ocasión oí comentar que, en los años iniciales de su apostolado, para emprender la empresa que Dios le había desvelado, buscó la fuerza en los pobres y en los enfermos de las barriadas y hospitales de Madrid, a los que visitaba y atendía solícitamente en una labor sacerdotal que le ocupaba muchas horas diarias. De sus labios escuché también siempre una exhortación viva a atender generosamente al pobre y al enfermo, y a aprender de ellos.

Esforzándose por erradicar la pobreza material, al mismo tiempo que se respeta al menesteroso y se aprende a practicar la pobreza de espíritu, el cristiano afronta con hondura esta historia en la que nacemos y de la que somos protagonistas. El espíritu de desprendimiento, de generosidad, de preocupación -sentida y efectiva- por las necesidades de los demás, no se queda en una utopía, en una ilusión irrealizable. Está al alcance de todo el que abra su espíritu a la ayuda divina.

Configura siempre una exigencia para el discípulo de Cristo y un reto para el hombre de hoy, en ocasiones escéptico ante los problemas crónicos de la humanidad. El ejemplo de Cristo sana ese escepticismo, y la gracia del Espíritu Santo confiere la fuerza para plasmar en obras el amor y la generosidad.

De Itinerarios de Vida Cristiana, Planeta Testimonio, Barcelona 2001