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Hay algunos jóvenes que la consideran conveniente y positiva

No hay que olvidar que el demonio es “mentiroso y padre de la mentira” y que seduce a muchos jóvenes –también cristianos- sugiriéndoles que la masturbación no es un pecado: ¡incluso que es algo bueno!

  • Evidentemente, no es el pecado más grave que se pueda cometer: es mucho más grave cometer un asesinato; pero eso no debe hacer olvidar su gravedad; porque, cuando se convierte en un hábito (es decir, en una costumbre muy arraigada, muy frecuente), acaba por esclavizar a la persona, a la que acostumbra a una sexualidad egoísta, asfixiando en ella la vida espiritual.

  • Recuerda Leonard que “las culpas sexuales no son sin duda las más graves, puesto que el pecado por excelencia es el pecado de orgullo y el rechazo del amor.

    Pero el pecado de impureza es, sin embargo, quizá el más neurálgico, aquel cuyas consecuencias son más perturbadoras, porque alcanza al hombre o a la mujer en su propio cuerpo, es decir en ese nudo de nuestra condición propiamente humana, a la vez espiritual y carnal, que es nuestro cuerpo.”

  • Además, cuando se convierte la masturbación  en hábito acaba disminuyendo la libertad y enturbiando los sentimientos, generando una gran falta de dominio de sí; y si no se supera a tiempo, tiende a prolongarse cuando una persona ha contraido matrimonio.

LA EXPRESIVIDAD DEL CUERPO HUMANO

Al encarnarse en la materia, el espíritu la eleva en posibilidades hasta entonces insospechadas. No hay antagonismo entre materia y espíritu; ambos son criaturas de Dios. Y al unirse sustancialmente en el hombre, la materia — las fuerzas materiales y orgánicas — adquieren un nuevo modo de ser, tan nuevo, que no cabe hablar de continuidad entre el cuerpo del animal y el cuerpo del hombre.

Las tesis evolucionistas son insuficientes al llegar a la formidable novedad que es el ser humano si se compara con el resto de criaturas más o menos semejantes por lo que al aspecto externo se refiere. Sobre todo cuando uno no se limita a ver sino que mira y reflexiona sobre lo que acontece en el hombre y lo que sucede en la vida animal, observa diferencias tan hondas que la semejanza palidece ante la desemejanza.

Y la razón llega a comprender lo que la fe católica afirma: hay en el hombre algo más, algo nuevo y superior en el cuerpo del hombre; algo que sólo puede ser creación directa de Dios: el alma espiritual, que al ser infundida en una materia (la que sea), ésta queda transfigurada. En realidad quizá nunca vemos el cuerpo humano como simple cuerpo, sino siempre como una forma cargada de alusiones a una intimidad, a un mundo rigurosamente personal.

En este caso, el cuerpo no es término de nuestra percepción, sino que él mismo mismo nos transporta a un profundo más allá. Sucede que el cuerpo humano es lo que es: un cuerpo; y, además, expresa lo que no es: un alma. La carne del hombre manifiesta algo latente, tiene significación, expresa un sentido.

Lo que percibimos al mirarnos en los ojos de una persona, es el alma y un complejo de sentimientos, actitudes y deseos que se asoman a los ojos que miramos. Una sonrisa no es sólo el despliegue de determinados músculos faciales. Es un acontecimiento espiritual que nosotros descubrimos sin necesidad de especiales indagaciones. Cada día resulta más claro, además, que en la unidad que es el ser humano, el espíritu es el que domina los procesos vitales vegetativos y sensitivos y que labra — hasta cierto punto — la personal fisonomía desde que asume la pequeña masa que es el óvulo fecundado.

Este hecho se explica filosóficamente porque, como se sabe, es el alma la que da el ser al cuerpo, de manera que éste participa en el ser del alma. Pero no vamos a ahondar ahora en este punto que exigiría largas y arduas consideraciones que si bien resultarían apasionantes para el filósofo, podrían fatigar a otros, a los que sin embargo interesa cuanto sigue.

El caso es que el alma consigue darse una cierta imagen de sí misma al modelar el cuerpo suyo y — como dice J. Mouroux — inscribe en él, poco a poco, su propia historia, por medio de la actitud general de sus miembros o el aspecto de su semblante… El rostro del santo y el del libertino reflejan dos mundos, y sin grandes esfuerzos de análisis sino por un sentido natural más profundo que la misma razón, adivinamos la santidad o el vicio sobre sus rostros.

Entre esos dos extremos — continúa Mouroux — se sitúa ese rostro enigmático, variable, mediocre, que muchas veces es el nuestro; pues somos unos pobres hombres que no estamos hundidos en el vicio por pura misericordia de Dios, pero que — oprimidos por la debilidad humana — nos hallamos lejos de la santidad. Todo lo cual confirma el adagio: el semblante es el espejo del alma.

El cuerpo, en efecto, puede llegar a ser completamente una imagen del alma, un signo de nuestro misterio personal. Un buen amigo mío, solía decir, entre bromas y veras, que el hombre, a los treinta años, es ya responsable de su cara. Quería decir con ello, que a esa edad, ha transcurrido el tiempo suficiente para que la persona haya plasmado su personalidad en el rostro. Y yo tengo para mí que, al menos hablando en general, cuando alguien tiene lo que se dice cara de malas pulgas es que en verdad las pulgas las tiene dentro.

En nuestra figura y gestos — decía Ortega — no se deja ver toda nuestra intimidad, pero ¿es que alguien ha visto todo un cuerpo? ¿Quién ha visto, por ejemplo, entera una naranja? Desde cualquier sitio que la miremos encontraremos sólo en ella la cara que nos da a nosotros; su otro haz queda siempre fuera de nuestra visión. Lo único que podemos hacer es dar vueltas en torno al objeto corporal y sumar los aspectos que sucesivamente nos presenta; pero entero y de un golpe, con auténtica e inmediata visión, no lo vemos nunca.

Conviene no olvidar esta sencilla observación, porque de ordinario creemos que el mundo material nos es por completo patente y que, en cambio, el mundo íntimo nos es por completo inasequible. En ambos sentidos se exagera. Los jóvenes, sobre todo, suponen que su persona interior, los vicios de su carácter son un profundo secreto que en sí llevan, bien defendido ante las miradas ajenas por la materia opaca de su cuerpo. No hay tal: nuestro cuerpo desnuda nuestra alma, la anuncia, la va gritando por el mundo.

Nuestra carne es un medio trasparente donde da sus refracciones la intimidad que la habita. C. S. Lewis, describiendo los esfuerzos de un profesor por no manifestar lo que sentía ante una persona que le desagradaba, dice: “Dimble estaba simplemente luchando por no odiar, por no despreciar, sobre todo por no regodearse en el odio y el desprecio, y no tenía ni idea de la rígida severidad que este esfuerzo imprimía en su rostro”. La observación puede completarse con palabras de Mouroux: El cuerpo difícilmente engaña. Se puede llegar a falsearle, a obligarle a realizar el mal.

Pero esta actitud no es espontánea ni normal. En todo ser sano hay una diferencia entre el gesto estudiado para engañar y la expresión natural de la cara, donde siempre se refleja la verdad. Diferencia que constituye uno de los signos de la mentira. El niño que no sabe mentir, el hombre recto que algún día llega a hacerlo por debilidad o delicadeza, lo hace tan torpemente, que se traicionan a sí mismos. Este fracaso es el signo de la nobleza y de la transparencia del alma a través del cuerpo.

REALISMO CRISTIANO

La Doctrina Cristiana goza de un realismo maravilloso. Llama al pan, pan y al vino, vino. Además posee la clave para conocer la razón de algunas cosas que fuera de la revelación cristiana pueden intuirse, pero no llegan a comprenderse completamente, al menos hasta su última razón de ser.

Precisamente el sentido natural del pudor se explica perfectamente a la luz de lo que Dios ha revelado a la Humanidad acerca de los primeros tiempos de nuestra historia y del origen de los males que afligen a los hombres: que no está en Dios, sino en lo que se llama “pecado” (la libre desobediencia y ofensa de la criatura al Creador).

Por lo que se refiere a nuestro asunto, conviene recordar lo que dice San Pablo: hubo un tiempo en que comenzó la carne a desear contra el espíritu (Gal 5,7). Fue el momento en que nuestros primeros padres pecaron por vez primera. Las pasiones se independizaron del entendimiento; el cuerpo humano perdió aquella belleza primigenia que lo diferenciaba radicalmente del cuerpo animal.

Antes del pecado, el espíritu — entrañablemente unido al cuerpo –, se traslucía en él. La mirada del hombre (Adán y Eva) calaba sin obstáculo hasta las honduras personales de su semejante (Eva / Adán) donde la imagen de Dios — que eran cada uno de ellos — refulgía soberanamente. La pureza original del cuerpo (su participación en el ser de un espíritu puro) era contemplada por una mirada igualmente limpia, libre de cualquier concupiscencia perturbadora.

Con el primer pecado, aparece la concupiscencia, que no es pecado pero al pecado inclina; el espíritu — al romper su ordenación a Dios — pierde una buena parte de su dominio y el cuerpo pierde transparencia y elegancia. Surge así la vergüenza de experimentar en la propia carne lo que la Iglesia llamaba el aliciente del pecado. El encuentro con la más bella obra de Dios en el mundo, el cuerpo humano (el masculino y el femenino), se convierte fácilmente en uno de esos alicientes.

El pecado ha perturbado la razón, la sensibilidad, los sentimientos, los afectos, la persona entera. En ella se mezcla todo — aunque no del todo, ni mucho menos — con la soberbia, el egoísmo, la lujuria, y con los demás gérmenes de los pecados capitales. Ya nada es puro en el vivir humano.

Concretamente, ya no se puede evitar un sentimiento de real complicidad en un pecado común. Viendo que estaban desnudos cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores, nos dice el Génesis (3,7). Han de pedir prestado a la Naturaleza lo que de por sí no podían ya ofrecer: un aspecto humano, personal a sus cuerpos.

El vestido pasa a ser, desde ese momento, el complemento necesario de un cuerpo que ha perdido su natural transparencia; que para manifestar a la persona que contiene (y su consiguiente personalidad) ha de ocultarse en buena parte, desviar de sí la atención, porque si no, la mirada del otro puede “aplastarse” sobre él y no alcanzar lo específicamente humano, lo personal, el dominio del espíritu. El vestido es lo que, después del pecado, se requiere necesariamente para tratarnos de un modo personal; no como animalillos, sino como personas. “El traje revela a la persona”, dice Hamlet. Acentúa nuestra dignidad de hijos de Dios.