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La Iglesia, ámbito de la adquisición y educación de las virtudes

Al tratar de las virtudes humanas, se señalaba que para su adquisición y educación se requiere: a) un ámbito en el que se conciba la vida moral como un progreso hacia la meta (telos) de la excelencia humana; b) caracterizado por los vínculos de la verdad, el afecto o amistad y la tradición; y c) por la existencia de maestros de la virtud.

Al considerar al sujeto moral cristiano, se ha dejado constancia de que la Iglesia es precisamente el hogar en el que ese sujeto nace a la vida de hijo de Dios y progresa hacia la excelencia humana que es la identificación con Cristo. La Iglesia es el ámbito en el que se dan las condiciones adecuadas, el ambiente necesario, para la adquisición y educación de las virtudes sobrenaturales y humanas: es la casa del Padre en la que cada uno se sabe hijo y, por tanto, libre; en la que cada uno se siente querido por sí mismo y ve reconocidos sus derechos y su dignidad; en la que cada uno se sabe partícipe de un proyecto común[i].

1. En la Iglesia, el cristiano descubre el verdadero y pleno sentido de su vida, la meta (telos) a la que está llamado, es decir, la vocación a  identificarse con Cristo en su ser y en su misión. La gracia, junto con las virtudes humanas y sobrenaturales, y todos los dones, que el cristiano recibe en la Iglesia, están encaminados al cumplimiento de esa vocación. Dentro de la vocación universal a la santidad, el cristiano descubre también en la Iglesia su vocación específica, la misión concreta a la que Dios lo ha destinado y para cuya realización lo ha dotado de los talentos y carismas necesarios.

2. En la Iglesia, todos los miembros están unidos por los vínculos de la verdad, la caridad y la tradición.

—El vínculo de la verdad. «De la Iglesia (el cristiano) recibe la Palabra de Dios, que contiene las enseñanzas de la “ley de Cristo”»[ii]. Los miembros de la Iglesia comparten una verdad común, la Palabra de Dios, que contiene enseñanzas de fe y moral.

—El vínculo de la caridad. «El cristiano realiza su vocación en la Iglesia, en comunión con todos los bautizados»[iii]. Esta comunión tiene su fundamento en la comunión con Cristo, Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia. Todos están unidos a la misma Cabeza, todos son hijos de un mismo Padre, todos están vivificados por el mismo Espíritu, todos tienen la misma misión (participación en la misión de la Iglesia, en la misión de Cristo).

En el Cuerpo de la Iglesia, hay una corriente vital que va de Cristo a cada uno: es la gracia con las virtudes sobrenaturales y los dones que Él da; y hay otra corriente entre todos los miembros del Cuerpo, los del cielo, los del purgatorio y los que todavía caminan en esta tierra: «El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión»[iv]. Además de esta dimensión “ontológica” de la comunión de los santos, hay también una dimensión moral, que consiste en la ayuda mutua que unos a otros se prestan, con la palabra y el ejemplo, movidos por la caridad, para vivir todas las virtudes a imitación de Cristo.

—El vínculo de la tradición. Además de la transmisión del depósito de la fe y la moral, en la Iglesia se transmiten las virtudes de unos miembros a otros, virtudes que cada uno debe aprender para ser fiel a la historia sobre la que la Iglesia está asentada: la de la vida, muerte y resurrección de Cristo. En esta transmisión tienen una especial importancia, en primer lugar, la familia (iglesia doméstica) y, en segundo lugar, las asociaciones, movimientos, comunidades, etc., que el Espíritu Santo suscita a lo largo del tiempo, en armonía con la dimensión institucional de la Iglesia.

3. «De la Iglesia, (el cristiano) aprende el ejemplo de la santidad: reconoce en la Bienaventurada Virgen María la figura y la fuente de esa santidad; la discierne en el testimonio auténtico de los que la viven; la descubre en la tradición espiritual y en la larga historia de los santos que le han precedido y que la liturgia celebra a lo largo del santoral»[v].

El primer ejemplo y modelo de virtudes que el cristiano encuentra en la Iglesia es el mismo Cristo. No es un modelo que vivió hace dos mil años, porque Cristo es siempre contemporáneo a cada cristiano. «La contemporaneidad de Cristo respecto al hombre de cada época se realiza en su cuerpo, que es la Iglesia»[vi].

«Con su palabra y con sus sacramentos, con la totalidad de su vivir, la Iglesia realiza verdaderamente la contemporaneidad con Cristo con el hombre de todo tiempo y, al realizar esa contemporaneidad, abre al hombre a esa conciencia y esa vivencia de lo teologal desde la que la vida y el comportamiento éticos reciben su plenitud de sentido»[vii].

Las virtudes solo se pueden aprender y comprender en una relación de amistad. Entre Cristo y cada cristiano hay una relación de amor, de caridad que supera a cualquier amistad humana. Pero esa amistad, por parte del cristiano, tiene que reforzarse por medio de los sacramentos, las buenas obras y la oración.

Además, el cristiano aprende las virtudes de la Virgen y de los santos. Espera también un particular ejemplo por parte de los pastores. Y todos los cristianos, por la amistad de caridad y conscientes de su munus propheticum, deben ayudarse unos a otros, con su vida y su palabra, a buscar la plenitud de la virtud que les llevará a la identificación con Cristo. Por último, toda la comunidad de la Iglesia y cada miembro en particular deben testimoniar y enseñar a los demás, con sus virtudes, el nuevo modo de vida que Cristo quiere instaurar en el mundo.


[i] Sobre este tema, se recogen interesantes estudios en L. MELINA-P. ZANOR (a cura di), Quale dimora per l’agire? Dimensioni ecclesiologiche della morale, o.c.

[ii] CEC, n. 2030.

[iii] Ibidem.

[iv] CEC, n. 953.

[v] CEC, n. 2030.

[vi] VS, n. 25.

[vii] J.L. ILLANES, La Iglesia, contemporaneidad de Cristo con el hombre de todo tiempo, en G. BORGONOVO (a cura di), Gesù Cristo, Legge vivente e personale della Santa Chiesa, Atti del IX Colloquio Internazionale di Teologia di Lugano, Facoltà di Teologia di Lugano, Piemme, Casale Monferrato 1996, 209.

Los dones del Espíritu Santo

«El hombre justo, que ya vive la vida de la gracia y opera por las correspondientes virtudes –como el alma por sus potencias- tiene necesidad además de los siete dones del Espíritu Santo. Gracias a ellos el alma se dispone y fortalece para seguir más fácil y prontamente las inspiraciones divinas»[i].

Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales que disponen a la inteligencia y a la voluntad para recibir las inspiraciones e impulsos del Espíritu Santo. Permiten al hombre realizar los actos de todas las virtudes no solo según la deliberación de su razón, sino bajo la influencia directa, inmediata y personal del Espíritu Santo, que es así el impulsor, el guía y la medida de las acciones de los hijos de Dios, a fin de que vivan como otros Cristos en el mundo[ii].

Para llegar a Dios, no basta con las virtudes. «Por muy fuerte, puro y vibrante que sea nuestro amor, frente al de Dios, el nuestro tiene una limitación que debe ser superada. El que las virtudes conformadas por la caridad encuentren su plenitud en el don reside en el hecho de que el único amor capaz de Dios es el amor divino, solo Dios tiene la bondad requerida para llegar a Él mismo. Por buenos que seamos, nunca podemos serlo suficientemente, y al fin alcanzamos la felicidad, fundamentalmente, no por nuestra propia actividad, sino gracias al Espíritu»[iii].

Los actos realizados bajo la influencia de los dones son los más humanos, los más libres, los más personales, y, a la vez, los más divinos, los más meritorios. La iniciativa es de Dios; pero el cristiano, por su parte, tiene que consentir libremente a la acción divina. Del mismo modo que las virtudes morales, al “racionalizar” los afectos sensibles, potencian la libertad, los dones del Espíritu Santo divinizan y hacen más libres todas las facultades operativas de la persona.

Para vivir como hijo de Dios, el hombre necesita la guía continua del Espíritu Santo y los dones lo disponen a seguir esa guía. Son luces, inspiraciones e impulsos que lo capacitan para obrar de modo connatural con Dios. Por medio de los dones, Dios le comunica su modo de pensar, de amar y de obrar, en la medida en que es posible a una criatura[iv]. Los dones son necesarios para que el cristiano pueda “conformarse” a Cristo, vivir como “otro Cristo”, pensar como Él, tener sus mismos sentimientos y realizar así su misión en esta tierra, que es continuar la misión de Cristo.

En la persona existe un instinctus rationis que funda y contiene en unidad las inclinaciones naturales al bien, a la verdad, a la vida en sociedad, etc., que la inclina a sus operaciones propias, por las que se dirige a la perfección. Este instinto se desarrolla por las virtudes adquiridas, que, como hemos visto, proporcionan al hombre una cierta connaturalidad con el bien. Santo Tomás, siguiendo a algunos Padres, habla también de un instinctus Spiritus Sancti o gratiae, un instinto espiritual divino: el conjunto de las virtudes teologales y los dones, que dispone a la persona a corresponder a la acción del Espíritu Santo[v]. Las virtudes infusas y los dones proporcionan al hombre una más perfecta instintividad o connaturalidad con lo divino para conocer y obrar el bien: lo conforma con el pensamiento y la voluntad de Cristo, y hace que le sea connatural pensar, sentir y obrar como hijo de Dios[vi]. Esta connaturalidad afectiva halla su realización suprema en el don de sabiduría.

Los dones tienen una íntima relación con la vocación personal. Todo hombre está llamado a ser otro Cristo, a la santidad. Pero cada uno es distinto, y cada uno ha de vivir su vocación a la santidad -recorriendo el Camino, que es Cristo-, según el plan concreto que Dios desea para él. El Espíritu Santo, por su influencia a través de los dones, lleva a cada persona a identificarse con Cristo según su vocación específica, y le comunica la gracia y los carismas oportunos para realizarla. En este diálogo entre Dios y el hombre, desempeñan un papel muy importante los que ejercen la dirección espiritual, que deben ser fieles instrumentos del Espíritu Santo.

La Sagrada Escritura habla de siete dones: «Descansará sobre él, el Espíritu del Señor: Espíritu de sabiduría e inteligencia; Espíritu de consejo y fortaleza; Espíritu de ciencia y piedad, y le llenará el Espíritu de temor de Dios» (Is 11, 2-3). En la biblia hebrea, la enumeración consta de seis espíritus; el número de siete proviene de la versión de los Setenta, en la que se tradujo por dos vocablos griegos diferentes -“piedad” y “temor de Dios”- la palabra hebrea “yirah”, repetida dos veces. Los Padres de la Iglesia y los teólogos medievales utilizaban los Setenta y la Vulgata, por lo que se hizo tradicional el número siete y la Iglesia lo ha homologado en su magisterio ordinario[vii]. «Se puede decir –afirma Juan Pablo II- que el desdoblamiento del temor y de la piedad, cercano a la tradición bíblica sobre las virtudes de los grandes personajes del Antiguo Testamento, en la tradición teológica, litúrgica y catequética cristiana se convierte en una relectura más plena de la profecía, aplicada al Mesías, y en un enriquecimiento de su sentido literal»[viii].

—El don de entendimiento o inteligencia es una luz sobrenatural que hace al hombre aprender los misterios y las verdades divinas bajo la guía misma del Espíritu Santo.

—El don de ciencia lleva a entender, juzgar y valorar las cosas creadas en cuanto obras de Dios y en su relación al fin sobrenatural del hombre.

—El don de sabiduría perfecciona la virtud de la caridad. Hace al hombre dócil para juzgar con verdad sobre las más diversas situaciones y realidades bajo el impulso del Espíritu Santo. Hace que sea connatural al hombre querer todo y solo lo que lleva a Dios: da la inclinación amorosa a seguir las exigencias del amor divino.

—El don de consejo hace dócil al hombre para apreciar en cada momento lo que más agrada a Dios, tanto en la propia vida como para aconsejar a otros.

—El don de fortaleza confiere la firmeza en la fe y la constancia en la lucha interior, para vencer los obstáculos que se oponen al amor a Dios.

—El don de piedad da la conciencia gozosa y sobrenatural de ser hijos de Dios y hermanos de todos los hombres.

—El don de temor perfecciona la esperanza, e impulsa a reverenciar la majestad de Dios y a temer, como teme un hijo, apartarse de Él, no corresponder a su amor.

Los dones del Espíritu Santo están subordinados enteramente a las virtudes teologales, a su servicio. Son las virtudes teologales las que unen inmediatamente a Dios. Todo el organismo sobrenatural de las virtudes infusas y los dones tiene, respecto a las virtudes teologales, el valor de medio que ayuda al hombre a unirse mejor a Dios. Los dones son solo auxiliares de las virtudes teologales, porque proporcionan a las facultades humanas disposiciones nuevas (sobrenaturales o infusas) para que la persona pueda creer, esperar y amar con la máxima perfección[ix].


[i] LEÓN XIII, Enc. Divinum illud munus, 9-V-1887, AAS 29 (1896/97) 646 y ss.

[ii] Cf. S.Th., q. 68, aa. 1-8. Un extenso estudio sobre los dones, siguiendo a Santo Tomás: M.M. PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 41997.

[iii] P.J. WADELL, La primacía del amor, o.c., 234-235.

[iv] Cf. M.M. PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 125.

[v] Cf. S. PINCKAERS, El Evangelio y la moral, EIUNSA, Barcelona 1992, 215-216.

[vi] Cf. S.Th., I-II, q. 108, a. 1; cf. R. GARCÍA DE HARO, La vida cristiana, o.c., 677-679.

[vii] Cf. M.M. PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 139.

[viii] JUAN PABLO II, Audiencia general, 3-IV-1991, 4.

[ix] Cf. M.M. PHILIPON, Los Dones del Espíritu Santo, o.c., 154ss.

Las virtudes morales como término medio

Como hemos visto, Aristóteles define la virtud moral como un hábito electivo que consiste en un “término medio” relativo a nosotros, determinado por la razón. Santo Tomás, asumiendo esta idea de Aristóteles, afirma que el orden que las virtudes morales establecen tanto en sus propios actos como en los actos de las pasiones es un cierto medio[i].

La expresión “término medio” no siempre ha sido bien entendida. No es raro que la frase in medio virtus se utilice como cita de autoridad para confirmar que lo más prudente en la vida es optar por la mediocridad sin riesgos. Pero ni Aristóteles ni Santo Tomás pretenden afirmar que la virtud sea lo mediocre, sino lo bueno, lo excelente, la cumbre entre dos valles igualmente viciosos, uno por exceso y otro por defecto.

La persona virtuosa no elige sin más una acción buena entre varias posibles, sino la acción óptima. Como afirma Santo Tomás, citando a Aristóteles, la virtud de cada cosa se define por lo máximo de que es capaz[ii]. La virtud moral es, por tanto, «la cualidad que permite a la razón y a la voluntad del hombre llegar a su máximo de potencia en el plano moral, producir las obras humanamente perfectas, y por lo mismo conferir al hombre la plenitud del valor que le conviene»[iii]. Las virtudes capacitan a la persona para realizar acciones perfectas y alcanzar su plenitud humana, y la disponen a recibir, con la gracia, la plenitud sobrenatural, la santidad.

Aristóteles afirma que el término medio de la virtud es “relativo a nosotros”. Esto se refiere específicamente a las virtudes que perfeccionan los apetitos sensibles: fortaleza y templanza. En efecto, respecto a las propias pasiones, cada uno es distinto a los demás, y además las pasiones y sentimientos varían según las circunstancias en las que una persona se encuentra. Por eso, realizar determinada acción externa (como comer cierta cantidad de alimento) puede constituir un acto de templanza para uno, y no para otro; lanzarse al mar para salvar a alguien, puede ser una acción valiente para una persona, y temeraria para otra, sobre todo si no sabe nadar.

Decir que la fortaleza y la templanza constituyen un término medio quiere decir que la persona valiente y templada no se deja afectar por las pasiones ni más ni menos de lo que es razonable, es decir, en la medida exigida por la razón.

Para encontrar el término medio es preciso realizar una actividad cognoscitiva: comparar varias realidades, relacionarlas unas con otras, etc. Esta función la realiza la recta razón, es decir, la razón práctica perfeccionada por la virtud de la prudencia, que es la guía y medida de las virtudes morales[iv].

Conviene recordar aquí la existencia de acciones que, sean cuales sean las circunstancias de la persona que las realiza, nunca son virtuosas, porque son intrínsecamente malas: nunca es lícito el adulterio, el hurto, la mentira o dar muerte al inocente. Cuando se trata de estas acciones –afirma Aristóteles-, «no está el bien y el mal…, por ejemplo, en cometer adulterio con la mujer debida y cuando y como es debido, sino que, de modo absoluto, el hacer cualquiera de estas cosas está mal»[v].


[i] Cf. S. TOMÁS DE AQUINO, In IV Sententiarum, d. 15, q. 1, a. 1c.

[ii] Cf. S.Th., I-II, q. 55, a. 3; ARISTÓTELES, De coelo, l. 1, c. 11, 281 a, 14-19. Santo Tomás define también la virtud como «dispositio perfecti ad optimum», la buena disposición de la potencia (lo perfecto) para realizar las acciones óptimas en el orden moral (In III Sententiarum, d. 23, q. 1, a. 3, sol. 1).

[iii] S. PINCKAERS, La renovación de la moral, o.c., 231.

[iv] Cf. S.Th., I-II, q. 64, a. 1, co y ad 1; De virtutibus, q. 4, a. 1, ad 7.

[v] ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, II, 6, 1107a 9-18.