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8. ¿Qué persona puede acompañar espiritualmente?


  • Puede ser un sacerdote (especialmente en cuestiones morales o de fe), un religioso o un laico: personas con buena formación y con una intensa vida cristiana.
  • Santa Catalina de Siena –que era mantellata, una cristiana comprometida con su fe, la llamaríamos ahora- ejerció una profunda y amplia dirección espiritual en su tiempo.

Sugerencias para ayudar a vivir la virtud de la sinceridad

Acudir a los Ángeles

  • Recomendar una antigua tradición de la Iglesia: pedir ayuda a los Ángeles Custodios, para que colaboren en la purificación de la conciencia y en el esfuerzo para ser sinceros con Dios y con los demás.

No confundir sinceridad con espontaneidad

  • No hay que confundir la sinceridad – virtud que lleva a ser plenamente sincero con Dios, consigo mismo y con los demás- con la simple espontaneidad, que lleva a manifestar lo “que se me ocurre en este momento”. Una persona puede ser muy espontánea, pero poco sincera, porque se engañe a si misma o a los demás.
  • La sinceridad lleva a decir toda la verdad, no sólo una parte.
  • Para educar a los hijos, por ejemplo, en esta virtud, se requiere tiempo y paciencia. La sinceridad, en este sentido es “algo de dos personas”. Es difícil ser sincero con una persona que no facilita la sinceridad. Se requiere confianza por parte del que vive la virtud —que va dejando que la luz del Espíritu Santo ilumine su conciencia— con la persona que le acompaña espiritualmente y le ayuda a vivir la vida cristiana.

Explicar qué es el pecado; qué acciones son pecaminosas y en qué consiste estar en gracia de Dios

  • Para eso se necesita emplear una terminología adecuada y común: las dos personas (padre-hijo) deben hablar con unos términos de significado preciso, con la confianza de que están hablando realmente de lo mismo. Para algunas personas sin formación cristiana las ofensas graves a Dios, los pecados, no son más que simples faltas.
  • Conviene saber si la joven o el joven conoce las disposiciones que enseña la Iglesia para recibir los Sacramentos y su verdadero sentido.
  • Hay algunos jóvenes cristianos que se instalan en un cómodo estado de duda: no quieren formarse la conciencia, ni ahondar en su conocimiento de la fe por miedo a descubrir que deben cambiar de conducta, ya que intuyen o saben que no están obrando rectamente. La sinceridad consigo mismos y con los demás les ayudará a salir de ese estado y a conocer la Verdad de Cristo.
  • Esa sinceridad lleva –en todas las virtudes, pero de modo singular en ésta- a llamar a las cosas por su nombre.

  • Es conveniente que los jóvenes sepan que cuando falta la alegría cristiana –compatible con el cansancio, la contrariedad y el dolor- conviene sincerarse con el confesor, el padre, la madre o la persona que le acompaña espiritualmente, ya que todo efecto tiene su causa, aunque ésta se desconozca en ocasiones.
  • Hay inquietudes y oscuridades interiores que pueden proceder muchas veces de una conciencia cristiana mal formada (por desconocimiento, soberbia, complicación interior, etc.)
  • En una sociedad como la actual, con un enorme déficit de catequesis cristiana, es conveniente que los padres (y luego los sacerdotes, catequistas, etc.) no den nada por supuesto.
  • No es conveniente dar la falsa impresión de que se castiga la sinceridad. Conviene recordar siempre la misericordia de Dios; que todos somos pecadores; y que los sacerdotes no tienen inconveniente en perdonar una y otra vez de los mismos pecados a una misma persona. El médico es para los enfermos: y la gracia de Dios es la mejor medicina para el alma.

Juan Pablo II:

“Abrid vuestros corazones y vuestras conciencias ante Aquél que os conoce mejor que vosotros mismos… Dios responde también con la más gratuita entrega de sí mismo, don que en el lenguaje bíblico se llama gracia. – Tratad de vivir en gracia de Dios!” (Carta a los jóvenes, 1985, 14).

Objeciones frecuentes sobre la moral cristiana

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¿Confesar los pecados a otro hombre, igual que tú?



—¿Y no es demasiado pedir que haya que confesarse y manifestar los propios errores ante otro hombre?

Cuando un hombre se arrodilla en el confesonario porque ha pecado –escribe George Weigel–, en aquel preciso momento contribuye a aumentar su propia dignidad como hombre. Aunque esos pecados pesen mucho en su conciencia, y hayan disminuido gravemente su dignidad, el acto en sí de volverse hacia Dios es una manifestación de la especial dignidad del hombre, de su grandeza espiritual, de la grandeza del encuentro personal entre el hombre y Dios en la verdad interior de su conciencia.

Los no creyentes se preguntan si es apropiado revelar los más íntimos secretos a alguien que tal vez sea un extraño. La confesión fue, sin duda, una innovación audaz de la fe cristiana. Es un mandato del propio Jesucristo a su Iglesia, cuando dio a los apóstoles ese poder para perdonar los pecados: a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

La confesión
es una de las innovaciones
más impresionantes del Evangelio.

  • Por otra parte, cuando el sacerdote confiesa, además de perdonar los pecados, actúa de alguna manera como acompañante del drama de la vida de otro hombre. Acompaña a otro ser humano como él, estimula su criterio espiritual, le ayuda a hacer más profunda su fe y a mejorar su discernimiento cristiano, que no ha de quedar en una mera letanía de prohibiciones morales.
  • En el confesonario, el sacerdote se encuentra con el hombre en lo más hondo de su humanidad, ayuda a cada persona a internarse en el drama cristiano de su propia vida, única e irrepetible. Un drama lleno de paz y esperanza, pero presidido por la inevitable tensión dramática de la vida: la tensión entre la persona que soy y la que debo ser.
  • La Iglesia busca reconciliar al hombre con Dios, con los otros hombres, con toda la creación. Y una de las maneras que tiene de hacerlo es recordar al mundo la realidad del pecado, porque esa reconciliación es imposible sin nombrar el mal que origina la división y la ruptura.
  • El pecado es una parte esencial de la verdad acerca del hombre. El hombre puede hacer el mal, y lo hace. Y abre con ello una doble herida: en él mismo y en sus relaciones con su familia, amigos, vecinos, colegas y hasta con la gente que no conoce.

Llamar por su nombre al bien y al mal
es el primer paso hacia la conversión,
el perdón, la reconciliación,
la reconstrucción de cada hombre
y de toda la humanidad.

  • Tomarse en serio el pecado es tomarse en serio la libertad humana. Cuanto más se acercan los hombres a Dios, más se acercan a lo más profundo de su humanidad y a la verdad del mundo.
  • Dios no desea sino nuestro propio bien. Desobedecer sus mandatos es ir contra nuestra verdad como hombres, causarnos daño a nosotros mismos. “El pecado –ha escrito Javier Echevarría– no se queda en algo periférico que deja inmutado al que lo realiza. Precisamente por su condición de acto contra nuestra verdad, contra lo que verdaderamente somos y lo que verdaderamente estamos llamados a ser, incide en lo más íntimo de nuestra naturaleza humana, deformándola. Todo pecado hiere al hombre, descompone el equilibrio entre la dimensión sensible y la espiritual, y genera en el alma un desorden íntimo entre las diversas facultades: la inteligencia, la voluntad, la afectividad.
  • Después, y como consecuencia del pecado, nuestras potencias operativas aparecen debilitadas y, frecuentemente, en conflicto entre sí: a la mente, sometida al influjo de las pasiones, le resulta arduo acoger la luz de la verdad y separarla de las nieblas de lo falso; la voluntad encuentra dificultad para elegir el bien, y se siente tenazmente atraída por la búsqueda de la autoafirmación y del placer, aun cuando se opongan al bien y a la justicia; nuestros afectos y deseos tienden a centrarse con egoísmo en nosotros mismos”.Pecar es dar la espalda a Dios. A partir del momento en que reconozcas la verdad –esa verdad sencilla y liberadora, bien presente y clara cuando no nos resistimos a verla–, a partir de ese momento en que –en palabras de Lloyd Alexander– has tenido el valor de mirar al mal cara a cara, de verlo por lo que realmente es y de darle su verdadero nombre, a partir de entonces carece de poder sobre ti y puedes superarlo.

A. Aguiló