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Sentimientos, sentimentalismo


Los sentimientos son muy importantes y decisivos para el hombre, y por tanto en la vida cristiana, porque son manifestaciones del corazón humano con el que el Señor quiere que le amemos, uniéndonos en todo a su Corazón, para que nuestros sentimientos se asemejen y se parezcan a los de Cristo.

— Cuando los sentimientos se conforman con Cristo son sentimientos buenos y positivos, porque para ser muy divinos hay que ser muy humanos.

— No se trata de obrar contra el propio corazón, sino de hacer que el propio corazón (ilusiones, sentimientos, proyectos) sea cada vez más de Cristo: se cada vez más un corazón cristiano.

— Poner el corazón en la Cruz significa ponerlo en las alegrías y dolores de Cristo, identificarse con los sentimientos del Crucificado.

— Los malos sentimientos, los sentimientos negativos nos llevan a alejarnos de Cristo. El sentimentalismo hace que el hombre se deje arrastrar por los sentimientos (malos o aparentemente buenos) que le apartan de la Voluntad de Dios.

Por ejemplo: enamorarse de una mujer es un buen sentimiento en general: pero los sentimientos sólo se dan en personas concretas.

En unos casos (el de las personas llamadas a santificarse en el matrimonio) ese sentimiento será camino de santidad; y en los casos de las personas ya casadas, enamorarse de otra mujer que no sea su esposa, ese sentimiento se convierte en un mal sentimiento (sentimiento de infidelidad), porque le aparta de Cristo y causa un mal grave a los suyos.

2.2. LA ADOLESCENCIA MEDIA O PROPIAMENTE DICHA (15 a 18 años)

a) RASGOS COMUNES: Se aprecia una clara maduración mental que se refleja en el alto desarrollo de la capacidad intelectiva. Existe una capacitación para el pensamiento abstracto y a la vez una mayor reflexión y sentido crítico que en la fase anterior. Sin embargo la idea del adolescente sigue siendo fuertemente condicionada por la intensa vida afectiva (estados de ánimo). Esto lleva a una falta de objetividad que explica el dogmatismo con el que frecuentemente procede en defensa de sus opciones.

La maduración afectiva expresa ahora un enriquecimiento como resultado de una mayor profundización en la intimidad, lo que hace que ahora el adolescente sea muy introvertido, observándose en ciertas actitudes un fuerte sentimiento de autoafirmación de la personalidad: obstinación, terquedad, afán de contradicción. (El adolescente se cierra a las razones, se aferra con obstinación a sus puntos de vista atrevidos y resoluciones imprudentes.

Si se le da la orden con violencia y rigor, lejos de conseguir el efecto deseado, sirve para fortalecer su obstinación, lo que le lleva a cierta agresividad).

Uno de los rasgos dentro de la madurez afectiva es la necesidad de amar y de ser amado. Lo que da lugar al nacimiento de la amistad y del primer amor.

A partir de los quince o dieciséis años no les satisface la relación de camaradería (asociación de compañeros para compartir una experiencia, no había intercambio de vivencias personales), a partir de ese momento es sustituido por la pandilla, donde se da una comunicación muy estrecha con capacidad de responder a un sentimiento de amistad.

El adolescente más tarde sentirá la necesidad de darse por completo a los demás, de llegar a una relación más profunda y personal, lo que hace que la pandilla o grupo de amigos sea sustituido por uno o dos amigos como máximo. -El sentirse distinto a los demás le mueve a buscar un amigo que le comprenda y con quien pueda compartir sus proyectos, sus ilusiones y sus fracasos-. Un rasgo típico es la idealización del amigo.

Otro rasgo típico de esta edad es la timidez, que tiene su origen en la desconfianza de sí mismo y en los demás. Este fenómeno se explica comparando la seguridad casi inconsciente del niño, que prácticamente se limita a actuar siguiendo las ideas de sus padres, con la inseguridad del adolescente a quien no le bastan o no les satisfacen plenamente aquellas ideas.

b) RASGOS NO COMUNES: en algunos adolescentes el desarrollo del sentido crítico les lleva a la duda sistemática de la autoridad intelectual de los adultos (que son desmitificados). Sus nuevos mitos pueden ser los amigos, los escritores, los actores de televisión o los cantantes de moda …. Aparece también, a veces, un entusiasmo por la verdad, por la conquista de la verdad, con el prurito de tener “sus propias ideas”.

A veces, la agresividad de esta fase se radicaliza, dando lugar a transgresiones de la ley moral de forma intencionada. Esto se debe a que desearía ser algo y mover la admiración por su obra, pero como nadie se lo toma en serio, entonces se orienta hacia lo que se siente capacitado: hacer groserías, brutalidades, excesos, transgresiones. Pero todo ello no es sino una defensa y protección de la propia personalidad.

Aun cuando disminuye el problema de la integración social, estas dificultades persisten en algunos adolescentes. El amigo único suele ser en estos casos la única persona a la que abren la intimidad.

También se puede observar en algunos adolescentes, sobre todo en el ámbito familiar, el fenómeno de mutismo. Son capaces de pasarse horas sin decir nada. No debe tomarse como síntoma de intimidad familiar, ya que en muchos casos, se trata de que no tiene nada que decir o no están en disposición de ello, debido al bloque afectivo que padecen.

c) AYUDAS POSITIVAS: ¿Cómo ayudar al que no quiere ser ayudado?. Los adolescentes quieren valerse por sí mismos, esto es positivo, están afirmando su personalidad. Las ayudas de los padres son tomadas como una ofensa: se sienten tratados como niños. A veces estas ayudas son innecesarias, (típico de padres perfeccionistas) bien por una actitud de autosuficiencia, fruto de la inexperiencia o porque les molesta el procedimiento utilizado para darlas.

De acuerdo con ello, el profesor Gerardo Castillo aconseja:

1. Ayudar al adolescente cuando tenga conciencia de que necesita ayuda o deseo de aceptarla. La tarea del educador es poner los medios para que descubra los límites de su capacidad y provoque el deseo de que se le ayude. En ocasiones, el mejor procedimiento es dejar al hijo que se equivoque.

2. Cuidar la forma o el procedimiento. Conviene prestar la ayuda como una colaboración, un trabajo juntos para resolver un problema.

3. Tratarle o hablar más que como es, cómo nos gustaría que fuera. Y sobre todo escucharle, escucharle, escucharle mucho.

La orientación educativa deberá centrarse, fundamentalmente, en dos puntos: educación del carácter y las relaciones con los demás (especialmente con los padres y con los amigos). También cabe referirse a la necesidad de orientación en temas de estudio, dinero, trabajo, tiempo libre, elección vocacional…(pero será objeto de otros temas específicos en este curso).

Con respeto al dogmatismo propio de la edad, convendrá aprovechar su capacidad para el pensamiento lógico: una postura radical se desmonta muchas veces haciendo pensar, razonándoles.

Proporcionando datos reales o remitiéndole a alguna fuente que le permita ampliar el punto de vista personal. Lo que no conviene es establecer discusiones al mismo nivel para intentar disuadir sus argumentos. La agresividad de esta edad (en forma de obstinación, terquedad, malos modales, etc.) no se resuelve con violencia o rigor, pues la raíz de estas dificultades no es la maldad, sino en la falta de maduración, de no poder valerse por sí mismos.

Lo fundamental, en este sentido, es que los padres no pierdan la calma, procurando ser sobrios en gestos y palabras. Los “dramatismos” son contraproducentes. Ante reacción agresiva del hijo, suele ser útil ignorar en un primer momento ese comportamiento y esperar a que el chico se calme. En un segundo momento, convendrá mantener una charla con el, con calma y tranquilidad, llevándole a analizar fríamente su comportamiento y que él mismo deduzca algunas consecuencias. De esta forma se fomentará el conocimiento de sí mismo y la autoexigencia.

Ante el problema de alejamiento de los padres y el refugio en el grupo de amigos, “hay que encajar el golpe con deportividad”, es un comportamiento normal en esa edad, Está en la línea del desarrollo de la autonomía personal. Satisfacer esa necesidad es una de las principales “cruces de la paternidad”. Sí bien pasada esa fase, el chico vuelve a la familia.

Siguiendo al profesor Gerardo Castillo:

no se trata de renunciar a la influencia paterna, sino de hacerla compatible con la de los amigos. Para ello integrar a los amigos en el ámbito familiar. Que la casa esté abierta desde el principio a los amigos de los hijos. Ello tiene la ventaja de poder conocer directamente quiénes son y cómo son los amigos de nuestros hijos.

Aquí cabría hablar de la educación para la amistad, pero será objeto de otro trabajo.

En todas las ayudas que nos hemos referido, hay un denominador común: la exigencia comprensiva o la comprensión exigente. Diremos, por último, que es muy importante ayudarles a encontrar un modelo a imitar.

El buen ejemplo de los padres, es un factor decisivo, especialmente si tienen relación con las virtudes más necesarias en este momento: autodominio, fortaleza, optimismo y sobriedad.

Es importante volver a insistir en la virtudes: fortaleza, perseverancia y optimismo. E intentar desarrollar, entre los trece y quince años con las siguientes: “pudor, sobriedad, sociabilidad, amistad, respeto, sencillez y patriotismo”

La virtud de la fortaleza

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Jaime Balmes decía -con razón- que toda auténtica personalidad debe tener la cabeza de hielo, el corazón de fuego y los brazos de hierro.

Primero, una cabeza de hielo, guiada por ideas claras, transparentes, frías como todo raciocinio limpio, depurado de la amalgama emocional.

Segundo, un corazón de fuego, sentimientos y amores ardientes que recogen y canalizan toda la inmensa riqueza afectiva de nuestro ser, que impregnan al frío raciocinio de calor humano y de entusiasmo vibrante, capaz de despertar todas las energías del alma.

En tercer lugar, unos brazos de hierro, que llevan a la práctica esas ideas lúcidas, inflamadas en el horno del corazón; la potencialidad motora que impulsa la realización de las concepciones teóricas elaboradas por la mente.

Este tripié, cuando está armónicamente equilibrado, forma el eje de una personalidad fuerte, el eje de la fortaleza.


Cabeza de hielo

La fortaleza nace en la mente y vive a partir de un centro medular de ideas y convicciones inalterables, que generan una poderosa motivación capaz de superar todos los obstáculos. Nunca existirá capacidad para atacar y para resistir -actos fundamentales de la fortaleza- si no hay convicciones fuertes. Un hombre sin un núcleo esencial de principios es siempre pusilánime, medroso, débil. La fortaleza se mide, pues, en primer lugar por la consistencia de las ideas.

Un hombre fuerte comprende aquello que afirma Ortega y Gasset: “No somos disparados sobre la existencia como la bala de un fusil, cuya trayectoria ya está absolutamente determinada. Es falso decir que, en la vida, quienes deciden son las circunstancias. Al contrario: las circunstancias son el dilema ante el cual tenemos que decidirnos. Pero el que decide es nuestro carácter”.

Las personas sin carácter -los hombres de barro- no deciden; viven en la voz pasiva de los verbos, son manipuladas, determinadas, plasmadas, por las circunstancias.

De modo diferente se comportan los hombres que se asemejan a las rocas: son siempre los mismos, son siempre ellos, idénticos, sean cuales fueren las coordenadas en que se encuentren. Las circunstancias no los desfiguran. Son ellos, por el contrario quienes configuran las circunstancias.

Nada más antipático, sin duda, que una falsa fortaleza, manifestada en una actitud mental intolerante, inflexible, arrogante o dura. Pero también nada más lamentable que un hombre hecho de nata, con el cerebro flojo de una criatura sin contornos, como una amiba, siempre dependiente del medio en que vive.

Tenemos, pues, que acostumbrarnos a delimitar las ideas, a tornarlas fuertes. Es el primer aspecto -la fuente originaria- de lo que se llama carácter. Por esto, señores, es necesario referirse a la fortaleza del corazón. Con la cabeza no se siente. Con el corazón no se piensa. Pero hay gente que piensa con el corazón y siente con la cabeza.

El corazón precisa de una cabeza de hielo, de un raciocinio depurado de los laberintos de la emotividad; la cabeza, a su vez, necesita imperiosamente entusiasmarse: calentarse en un corazón de fuego. La cabeza es el volante; el corazón, el acelerador. Ambos se exigen mutuamente: la primera orienta; el segundo impulsa. Muchos desastres de la vida son provocados cuando los papeles se invierten.

Un gran corazón, sin una cabeza de hielo, es flaqueza sentimental. Cuentan que el presidente de una gran empresa resolvió cierto día emplear una nueva secretaria personal, e inmediatamente se puso en movimiento la máquina burocrática de la organización. Después de complicados tests entre decenas de candidatas, fueron seleccionadas tres jovencitas.

Para simplificar al máximo la elección, hicieron ante el presidente un último test primario, formulando para las tres la misma pregunta: ¿Cuánto son dos y dos? La primera respondió: cuatro; la segunda: pueden ser veintidós; la tercera: pueden ser cuatro o veintidós.

El psicólogo redujo su veredicto a un diagnóstico elemental, que llevó al presidente: “La primera dio la respuesta más obvia, es un espíritu simple, actúa sin rodeos; la segunda es prudente, intuyó una trampa y dio una respuesta reservada que revela una mentalidad viva; la tercera mostró flexibilidad, capacidad diplomática, tal vez cautelosa. ¿Cuál de las tres escoge usted?” El presidente respondió sin dudar:

-La señorita de los ojos azules.


Corazón de fuego

Hay muchas personas como este presidente. Piensan con el corazón y resuelven con las glándulas o con las hormonas. Les gusta preguntar y oír consejos, gastan tiempo en estudios teóricos, y después, en la práctica, deciden de acuerdo con la ley del gusto, del sentimentalismo o de las emociones. Sin embargo, pensar no basta, porque la idea aclara, pero no impulsa si no se une a la profundidad afectiva del corazón.

Aquél que quiere ser un gran médico, pero no ama la salud de los enfermos, la solución de las angustias que padecen, nunca llegará a ser un médico grande. Podrá ser un científico, pero no un médico. No obstante, la verdad que está en la cabeza, si es fuerte, tiene capacidad expansiva: invade el corazón y en el corazón se calienta.

Las verdades fundamentales se vuelven ideas de la vida cuando se entrañan cordialmente, pues el corazón es el motor de la vitalidad.

Hace muchos años, recuerdo la sorpresa que me causó, con oportunidad de las olimpiadas de Roma en 1960, ver en la televisión el impresionante arranque de Vilma Rudolf, una joven negra norteamericana. Tenía entonces apenas veinte años y corrió los 100 metros en once segundos, pulverizando el récord mundial femenino.

Esto es historia sabida -quizá no para muchos jóvenes- y no debiera admirar a nadie. Pero lo que me sorprendió en su carrera -y ello es poco conocido- fue saber que Vilma había padecido antes una seria enfermedad y había quedado paralítica.

Aquella niña que durante dos años tuvo que usar una silla de ruedas y muletas durante cinco, sólo pensaba y quería una cosa: ser como las otras niñas. Y se esforzó tanto, en durísimas sesiones de recuperación, que consiguió no sólo correr como las otras, sino convertirse en Roma en la quinta mujer en la historia que llegaba a ganar los 100 y los 200 metros consecutivamente.

Eso le exigió centenas de pequeñas luchas que, progresiva y escalonadamente, fueron concluyendo la maravilla de un milagro humano. El avance de un milímetro le daba la posibilidad de avanzar otros dos, hasta que por ese plano inclinado llegó a la cumbre. Comprendemos así como un querer fuerte y apasionado consigue realmente poder.

Pero la fortaleza no nos pide gestas grandiosas, pues también padecer con serenidad es una señal de firmeza de carácter. La paciencia es la fuerza de voluntad consolidada día a día en el vivir cotidiano discreto y silencioso, en el cumplir heroicamente la hora de sesenta minutos y el minuto de sesenta segundos.

“En la paciencia -afirmaba mi maestro Garrigou-Lagrange, seguramente pensando en alguna madre de familia- se encierra algo del acto fundamental de la virtud de la fortaleza: soportar las realidades penosas sin desfallecer.”

Tal vez soñamos con la posibilidad de realizar algún día grandes proezas y actos heroicos y, por el contrario, somos incapaces de soportar con paciencia los mil pequeños incidentes de la vida cotidiana: las frustraciones, las respuestas sin tacto, los imprevistos, y especialmente el paso repetitivo y monótono de la rutina cotidiana.


Brazos de hierro

Cabeza de hielo, corazón de fuego, pero además, brazos de hierro. Los brazos representan la acción motora. El pensar y el querer se perfeccionan en la acción, en la práctica. La ejecución es la verdadera prueba que mide la fuerza de las ideas y de los sentimientos. La práctica eficaz es la que supera la gran distancia que existe entre el proyecto y su realización, entre la cabeza y el brazo.

La efectiva concretización de los proyectos exige que se superen serios obstáculos subjetivos -como la apatía, la pereza y el miedo- y los grandes obstáculos objetivos como las contradicciones, la falta de medios, los peligros y la oposición ajena.

La personalidad fuerte es siempre eficiente. No vive de sueños intelectuales, ni de sentimentalismos melindrosos. Sabe llevar al campo de las realizaciones prácticas, con brazos de hierro, sus ideas. Siempre dispuesto a obrar aquí y ahora. Viviendo el inexorable realismo de cada día, sabe plasmar en la vida cotidiana, prosaica, pesada, monótona, el ideal de su juventud.

Por ello, la verdadera fortaleza la han manifestado las familias, los padres y las esposas de esta generación de la maestría. Ellas han tejido también día a día la posibilidad de hoy. Si las tradiciones académicas lo permitieran, su nombre estaría escrito en el título que hoy entregarán las autoridades de la Universidad, con la misma fuerza con la que ya lo está seguramente en el espíritu de los que lo reciben.

Proyectar ideas, formular propósitos motivantes y no realizarlos no es menos que envilecer lo que en nosotros subsiste de más noble: la sinceridad de vida, la coherencia. Nada deforma tanto la conciencia como hacer propósitos y, por debilidad, no cumplirlos.

No podemos, sin embargo, señores, dejar de referirnos a las contrariedades, especialmente en nuestros países de origen, porque la fortaleza no se da con el vacío. Todo hombre maduro sabe que las contrariedades son algo habitual en la vida; las dificultades, un patrimonio común.

Es ahí precisamente donde se encuentra -y lo experimentarán posteriormente- la verdadera prueba de nuestra fortaleza. Lo que para los débiles es una barrera intraspasable, para los fuertes representa un desafío, un estímulo que les crea garra y acaba por llevarlos a la grandeza del espíritu y de las obras. Como dice Víctor Frankl, “la vida sólo adquiere forma y figura con los martillazos que el destino le da, cuando el sufrimiento la pone al rojo vivo”.

¿No es verdad que es entre las personas que no aprenden a sufrir donde encontramos siempre a las más inmaduras, a las más incapaces, ésas que son derrotadas irremisiblemente por cualquier pequeña escaramuza en la batalla de la vida? Son ellas, después, las que más sufren. Es necesario aprender a enfrentar las dificultades, a familiarizarse poco a poco con lo que cuesta, a no detenerse frente a cualquier obstáculo… También, señores, es necesario marcar metas.

Delimitar los puntos de lucha no significa minimizar los objetivos. Todas las metas deben ser escalonadas progresivamente hasta la cumbre. La cumbre hace al alpinista. Dimensiona su categoría. No fue Hilary quien subió el Everest, fue el Everest el que hizo a Hilary.