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	<title>Catequesis &#187; progreso espiritual</title>
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	<description>Catequesis para jovenes cristianos</description>
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		<title>Buscar en todo la Voluntad de Dios. Dirección y acompañamiento espiritual</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Nov 2009 16:21:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>catequesis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Confiar como niños en nuestro Padre Dios, que nos quiere como somos. Párrafos del libro La libertad interior de Jacques Philippe La libertad de ser pecadores, la libertad de ser santos Cuando nos descubrimos a nosotros mismos a la luz de la mirada divina -un descubrimiento maravilloso-, experimentamos una gran libertad; una doble libertad, podríamos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1 class="Estilo16"><strong><img class="alignleft size-full wp-image-2492" style="border: 0pt none; margin: 5px;" title="libertad_clip_image002_0000" src="http://catequesis.cc/wp-content/uploads/2009/11/libertad_clip_image002_0000.jpg" alt="libertad_clip_image002_0000" width="251" height="185" /></strong></h1>
<p class="Estilo16"><strong>Confiar como niños en nuestro Padre Dios, que nos quiere como somos.</strong></p>
<p class="Estilo16"><strong><strong>Párrafos del libro <span class="Estilo23">La libertad interior</span> de Jacques Philippe </strong></strong><strong>La libertad de ser pecadores, la libertad de ser santos</strong></p>
<p>Cuando nos descubrimos a nosotros mismos a la luz de la mirada divina -un descubrimiento maravilloso-, experimentamos una gran libertad; una doble libertad, podríamos decir: la de ser pecadores y la de ser santos.</p>
<p>En cuanto a la primera, evidentemente no significa que seamos libres de pecar tranquilamente y sin consecuencias (eso no sería libertad, sino irresponsabilidad); me refiero más bien a que nuestra condición de pecadores no nos aniquila, que de alguna manera tenemos «derecho» a ser miserables, derecho a ser lo que somos. Dios conoce nuestras debilidades y nuestras flaquezas, pero <strong class="Estilo17">no nos condena ni se escandaliza de ellas.</strong></p>
<p><em>Como se apiada un padre de sus hijos, se apiada Yavé de los que lo temen; Él sabe de qué estamos plasmados, se acuerda de que somos polvo&#8217;. </em>Con la mirada que posa sobre nosotros, Dios nos invita a la santidad y nos estimula a la conversión y al progreso espiritual, <strong class="Estilo17">pero sin provocar nunca la angustia de no llegar, esa «presión» que sentimos a veces bajo la mirada de los demás o en el modo en que nos juzgamos a nosotros mismos:</strong> nunca estamos del todo bien, nunca suficientemente de tal manera o de tal otra; el descontento de nosotros mismos es permanente y nos consideramos culpables de no haber respondido a esa expectativa o a aquella norma.</p>
<p>No debemos sentimos culpables de existir (como les ocurre a muchos, a menudo de una manera inconsciente) porque seamos unos pobres pecadores. La mirada que Dios nos dirige nos autoriza plenamente a ser nosotros mismos, con nuestras limitaciones y nuestra incapacidad; nos otorga el «derecho al error» y nos libera de esa especie de angustia u obligación, que no tiene su origen en la voluntad divina, sino en nuestra psicología enferma, y que con frecuencia hace presa en nosotros: la obligación de ser, al fin y al cabo, otra cosa distinta de la que somos.</p>
<p>En nuestra vida social sufrimos frecuentemente la tensión constante de responder a lo que los demás esperan de nosotros (o a lo que nos imaginarnos que esperan de nosotros), lo cual puede acabar resultando agotador. Nuestro mundo ha desechado el cristianismo, sus dogmas y sus mandamientos bajo el pretexto de que es una religión culpabilizadora, cuando nunca hemos estado más culpabilizados que hoy en día: todas las jovencitas se sienten más o menos culpables de no ser tan atractivas como la última «top-model» del momento, y los hombres de no tener tanto éxito como el dueño de Microsoft&#8230;</p>
<p>Los modelos propuestos por la cultura contemporánea son mucho más gravosos de imitar que la llamada a la perfección que nos dirige Jesús en el Evangelio: <em>Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Pues mi yugo es suave y mi carga ligera </em>29.</p>
<p>Bajo la mirada de Dios nos sentimos liberados del apremio de ser «los mejores», los perpetuos «ganadores»; y podemos vivir con el ánimo tranquilo, sin hacer continuos esfuerzos por mostramos como en nuestro mejor día, ni gastar increíbles energías en aparentar lo que no somos; podemos -sencillamente- ser como somos. No existe mejor técnica de relajación que ésta: <strong class="Estilo17">aporyamos como niños pequeños en la ternura de un Padre que nos quiere como somos.</strong></p>
<p>Vemos tanta dificultad en aceptar nuestras flaquezas porque pensamos que éstas nos incapacitan para el amor: como fallamos en tal punto y en tal otro, no merecemos ser amados. Vivir bajo la mirada de Dios nos hace percibir la falsedad de esta idea: <span class="Estilo17"><strong>el amor es gratuito y no se merece, y nuestras debilidades no impiden que Dios nos ame, sino al contrario</strong></span><strong>.</strong> Nos hemos liberado de una obligación desesperante y terrible: la de ser personas de bien para ser amadas.</p>
<p>Sin embargo, la mirada de Dios, al tiempo que nos autoriza a ser nosotros mismos, pobres pecadores, nos permite también toda clase de audacias en nuestra lucha hacia la santidad: tenemos derecho a aspirar a la cima, a desear la más alta santidad, <span class="Estilo17"><strong>porque Dios puede y quiere concedérnosla</strong>.</span> Él jamás nos encierra dentro de nuestra mediocridad, ni nos condena a una triste resignación; siempre conservamos la esperanza de progresar en el amor.</p>
<p>Dios es capaz de hacer del pecador un santo: su gracia puede hacer realidad ese milagro y hay que tener una fe sin límites en el poder de su amor. La persona que todos los días cae y, a pesar de ello, se levanta diciendo: «Señor, te doy gracias porque estoy seguro de que harás de mí un santo», <strong class="Estilo17">agrada enormemente al Señor, más pronto o más tarde, recibirá lo que espera de El.</strong></p>
<p>Por lo tanto, nuestra actitud ante Dios ha de ser ésta: <strong class="Estilo17">una sosegada y «distendida» aceptación de nosotros mismos</strong> y de nuestras debilidades, a un tiempo<span class="Estilo17"> <strong>unida a un inmenso deseo de santidad</strong>,</span> a una firme determinación de progresar, apoyados en una ¡limitada confianza en el poder de la gracia divina. Una doble actitud magníficamente expresada en el siguiente pasaje, tomado del diario espiritual de Santa Faustina:</p>
<p>«Deseo amarte más de lo que nadie te haya amado nunca. A pesar de mi miseria y mi pequeñez, he anclado firmemente mi alma en el abismo de tu misericordia, ¡Dios mío y Creador mío! A pesar de mis grandes miserias, no temo nada y albergo la esperanza de cantar eternamente mi canto de alabanza. Que ningún alma -ni siquiera la más miserable- dude, mientras siga con vida, de poder ser muy santa. Porque grande es el poder de la gracia divina».</p>
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		<title>¿Qué es exactamente la santidad?</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Nov 2009 12:47:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>catequesis</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Catecismo de la Iglesia Católica 2012 &#8220;Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman&#8230;a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="Estilo19" align="left">Catecismo de la Iglesia Católica</p>
<hr />
<p class="Estilo17">
<p><strong>2012</strong> &#8220;Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman&#8230;a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los llamó; y a los que llamó, a ésos también los justificó; a los que justificó, a )sos también los glorificó&#8221; (Rm 8,28-30).</p>
<p><strong>2013</strong> &#8220;Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad&#8221; (LG 40). Todos son llamados a la <strong>santidad</strong>: &#8220;Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto&#8221; (Mt 5,48):</p>
<p>Para alcanzar esta perfección, los creyentes han de emplear sus fuerzas, según la medida del don de Cristo, para entregarse totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Lo harán siguiendo las huellas de Cristo, haciéndose conformes a su imagen, y siendo obedientes en todo a la voluntad del Padre. De esta manera, la <strong>santidad</strong> del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como lo muestra claramente en la historia de la Iglesia la vida de los santos (LG 40).</p>
<p><strong>2014</strong> El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama &#8220;mística&#8221;, porque participa en el misterio de Cristo mediante los sacramentos -&#8221;los santos misterios&#8221;- y, en él, en el misterio de la Santa Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con él, aunque gracias especiales o signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para así manifestar el don gratuito hecho a todos.</p>
<hr /><span class="Estilo24">Explica san Josemaría en Conversaciones, nº 62 cuando le preguntan</span>:</p>
<p class="Estilo17">—¿Cuál es pues el elemento común que caracteriza la vocación a la Obra? ¿Qué compromisos asume cada socio para realizar los fines del Opus Dei?</p>
<p>—Voy a decírselo en pocas palabras<span class="Estilo17"><strong>: buscar la santidad en medio del mundo, en mitad de la calle.</strong></span> Quien recibe de Dios la vocación específica al Opus Dei sabe y vive que debe alcanzar la santidad en su propio estado, en el ejercicio de su trabajo, manual o intelectual. He dicho <em>sabe</em> y <em>vive</em> porque no se trata de aceptar un simple postulado teórico, sino de realizarlo día a día, en la vida ordinaria.</p>
<p>Querer alcanzar la santidad –a pesar de los errores y de las miserias personales, que durarán mientras vivamos– significa esforzarse, con la gracia de Dios, <span class="Estilo17"><strong>en vivir la caridad</strong>,</span> plenitud de la ley y vínculo de la perfección.</p>
<p><span class="Estilo17"><strong>La caridad no es algo abstracto; quiere decir entrega real y total al servicio de Dios y de todos los hombres</strong></span><strong>;</strong> de ese Dios, que nos habla en el silencio de la oración y en el rumor del mundo; de esos hombres, cuya existencia se entrecruza con la nuestra.</p>
<p><strong class="Estilo17">Viviendo la caridad –el Amor– se viven todas las virtudes humanas y sobrenaturales del cristiano, que forman una unidad y que no se pueden reducir a enumeraciones exhaustivas.</strong> La caridad exige que se viva la justicia, la solidaridad, la responsabilidad familiar y social, la pobreza, la alegría, la castidad, la amistad&#8230;</p>
<p>Se ve en seguida que la práctica de estas virtudes lleva al apostolado. Es más: es ya apostolado. Porque, al procurar vivir así en medio del trabajo diario, la conducta cristiana se hace buen ejemplo, testimonio, ayuda concreta y eficaz; se aprende a seguir las huellas de Cristo que <em>coepit facere et docere</em> (Act 1, 1), que empezó a hacer y a enseñar, uniendo al ejemplo la palabra. Por eso he llamado a este trabajo, desde hace cuarenta años, <em>apostolado de amistad y de confidencia</em>.</p>
<p>Todos los socios del Opus Dei tienen este mismo afán de santidad y de apostolado. Por eso, en la Obra no hay grados o categorías de miembros. Lo que hay es una multiplicidad de situaciones personales –la situación que cada uno tiene en el mundo– a la que se acomoda la misma y única vocación específica y divina: la llamada a entregarse, a empeñarse personalmente, libremente y responsablemente, en el cumplimiento de la voluntad de Dios manifestada para cada uno de nosotros.</p>
<p>Como puede ver, el fenómeno pastoral del Opus Dei es algo que nace <em>desde abajo</em> es decir, desde la vida corriente del cristiano que vive y trabaja junto a los demás hombres. No está en la línea de una <em>mundanización</em> –<em>desacralización</em> de la vida monástica o religiosa; no es el último estadio del acercamiento de los religiosos al mundo.</p>
<p><strong class="Estilo17">El que recibe la vocación al Opus Dei adquiere una nueva visión de las cosas que tiene alrededor:</strong> luces nuevas en sus relaciones sociales, en su profesión, en sus preocupaciones, en sus tristezas y en sus alegrías. Pero ni por un momento deja de vivir en medio de todo eso; y no cabe en modo alguno hablar de adaptación al mundo, o a la sociedad moderna: nadie se adapta a lo que tiene como propio; en lo que se tiene como propio <em>se está</em>. La vocación recibida es igual a la que surgía en el alma de aquellos pescadores, campesinos, comerciantes o soldados que sentados cerca de Jesucristo en Galilea, le oían decir: <em>Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto</em> (Mt 5, 48).</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
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