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La vocación: una llamada divina a la plenitud del amor

Glosario de algunos términos utilizados en esta clase


Se explican algunos términos que se emplean en esta clase. Convendrá comprobar que las personas que la reciben comprenden realmente el significado de estos términos y su alcance.

La siguiente explicación es una simple divulgación, dirigida a jóvenes; por eso se han eliminado muchos matices y connotaciones históricas y teológicas.

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Abnegación


Significa negarse al pecado para afirmar a Cristo en nuestra vida, para identificarse, hacerse uno con Cristo. Es un ejercicio de amor y de fortaleza. No significa represión de ningún tipo, sino afirmación de la propia libertad y dominio interior que dirige la propia voluntad y la propia vida hacia donde desea y quiere.

La abnegación no es fruto de la falta de autoestima, ni lleva a una anulación de la personalidad, sino a la plenitud humana y espiritual de la persona que deja que Cristo viva en ella.

Con la ayuda de la gracia, mediante la abnegación (que no es un fin, sino un medio), el cristiano se identifica con Cristo, Perfecto Dios y Perfecto Hombre y se acerca al proyecto de persona que Dios tiene para cada uno.

Cuanto más abnegado decida ser yo, seré más yo, porque seré, con la gracia de Dios, libremente, lo que Dios quiere que yo sea. La abnegación lleva a la afirmación de mí mismo como cristiano, como hijo de Dios en Cristo.

Los grandes santos —que fueron profundamente abnegados— eran personas de gran carácter y personalidad.

La castidad: una virtud para todos, sin excepción, cada uno en su puesto

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  • La Santa Pureza es consecuencia del amor: “Donde no hay amor de Dios, reina la concupiscencia. San Agustín. Enquiridio, 117. “La pureza es exigencia del amor”. Juan Pablo II, 3.XII.1980

Redescubrir el valor de la castidad, por Juan Pablo II

El 7 de julio de 2002, en el centenario del asesinato de María Goretti (1890-1902), una niña de once años asesinada por un joven, Alessandro Serenelli, cuando quería abusar de ella, Juan Pablo II propuso a los jóvenes del mundo el ejemplo de esta adolescente italiana para «redescubrir el valor de la castidad».

Serenelli, profundamente arrepentido y tras una vida ejemplar, asistió a la canonización de María, el 24 de junio de 1950. «Santa María Goretti es un ejemplo para las nuevas generaciones, amenazadas por una mentalidad de falta de compromiso, a la que les cuesta comprender la importancia de los valores sobre los que no es lícito llegar a compromisos».

«María, que no había cumplido todavía los doce años, poseía una personalidad fuerte y madura, formada por la educación religiosa recibida en su familia. De este modo, fue capaz no sólo de defender su propia persona con castidad heroica sino incluso perdonar a su asesino».

«Su martirio recuerda que el ser humano no se realiza siguiendo sus impulsos de placer sino viviendo su propia vida en el amor y la responsabilidad».


  • La Pureza y la Castidad es una virtud para todos, que pueden y deben vivir todos; no es sólo para los curas o los que se han entregado a Dios…, como se dice hoy y decían ya los cristianos tibios en los primeros siglos del cristianismo.
  • La Pureza se puede vivir en la vida cotidiana.

    San Juan Crisóstomo

    “¿Qué quieres que hagamos? ¿Subirnos al monte y hacernos monjes? Cuando me decís eso me dan ganas de llorar, porque pensáis que la modestia y la castidad son propias sólo de monjes. No. Cristo dio unas leyes comunes para todos.

    Cuando dijo el que mira a una mujer para desearla (Mt. 5, 28) no se dirigía al monje, sino al hombre de la calle (…)

    Yo no pongo por ley que os vayais a los montes y desiertos, sino que seais buenos, modestos y castos viviendo en medio de las ciudades”.

    (Homilía según san Mateo)

ESENCIA DEL PUDOR

El pudor es un sentimiento natural, sabiamente puesto por el Creador en nuestra naturaleza, para que lo convirtamos, perfeccionándolo, en virtud, es decir, en poder, fuerza que perfecciona, protege y libera lo noble de nuestro ser. No se reduce a cosas que se refieren a la sexualidad.

En sentido amplio, entendemos por pudor la reserva peculiar de lo íntimo, la tendencia natural a ocultar a la curiosidad de los extraños lo que pertenece a la intimidad de la persona o familia, para defenderlo de intromisiones inoportunas que desvirtuarían su valiosa esencia. Allí donde hay intimidad surge el pudor, pues, de por sí, la intimidad se recata, se reserva, se oculta en su propio misterio que al pasar a ser cosa de “dominio público” se desvanecería, quizá de modo irreparable.

Intimo equivale a personal. Por ello, en los ambientes íntimos es donde las personas se encuentran normalmente más a gusto, y se manifiestan libremente sin temor a perderse o a ser interpretadas como ellas no son.

Hay cosas que sólo pueden manifestarse en la intimidad, precisamente porque están muy estrechamente vinculadas a lo más hondo — íntimo — de la persona, hasta el punto de identificarse de algún modo con ella. Al hacerse público, lo íntimo deja de serlo, se desvanece, se pierde como tal, y la persona si tiene consciencia de su propia dignidad, se siente violentada, como si algo precioso de sí misma se hubiera desgarrado y perdido.

La pérdida de las cosas íntimas equivale a la del dominio o señorío sobre uno mismo. El pudor es la tendencia natural a defender el dominio sobre lo más mío, es decir, no las cosas mías, que yo tengo, sino yo mismo, en ese valor que sólo tiene para mí y acaso para aquellas personas tan allegadas que podría decirse que son como una prolongación de mi yo.

Desvelar la intimidad, si no es en un ámbito precisamente íntimo, es como perderse a sí mismo. Se entiende así que, cuanto más rica es una personalidad, más intimidad posee (más amplitud y valor tiene para ella lo íntimo), y por eso, el sentido del pudor es más fuerte.

En cambio, las personas frívolas, carentes de calidad interior, son más fácilmente proclives a descubrir su intimidad, justo por ser algo muy pobre, o de escaso valor a sus propios ojos. Aunque sean egoístas, no se aprecian en lo que valen y así no temen perderse ante las miradas igualmente frívolas de quienes se interesan por esas intimidades tan vacías e inconsistentes.

Ciertamente cabe una patología — una actitud enfermiza — de la intimidad, si ésta se encierra obsesivamente, y se convierte en exclusión y ceguera. Pero el pudor no es una enfermedad sino una señal de vigor espiritual. En parte es innato y en parte — como todas las cosas propiamente humanas- es fruto de una educación deliberada, que enseña el por qué del pudor y a seleccionar lo que de verdad debe reservarse, y de qué modo, y en qué circunstancias pueden comunicarse sin que la persona sufra deterioro alguno.

Pues bien, aunque el pudor es defensa natural ante cualquier violación de la intimidad, tiene peculiar importancia como defensa ante la agresividad de índole sexual a la que la persona podría verse sometida fácilmente de no adoptar ciertas medidas indispensables de seguridad, dada la condición en que se halla la naturaleza humana en este mundo. Para comprenderlo bien, me parece que es oportuno dar un pequeño rodeo. Reflexionemos un poco sobre la mirada, ante la cual despierta — o se pierde — el pudor. Quizá descubramos que con sólo el mirar, de un modo u otro y según sea lo que se mira, la persona se gana o se pierde como persona.