Archivo de la etiqueta: perseverancia

¿Cómo la supera un cristiano, especialmente cuando se ha convertido en hábito?

  • Poniendo los medios sobrenaturales y humanos que recomienda la Iglesia:
    • Pidiéndole a Dios, con fe y perseverancia, la virtud de la pureza con humildad.

    • Recurriendo a la oración frecuente, a la Eucaristía y a la intercesión de la Virgen.

      Leonard: “Esperarlo todo de la Eucaristía: ¡Cuerpo de Cristo, sálvame! Que este sea también tu grito en las horas de la tenación o del pecado”.

    • Acudiendo a la Virgen Inmaculada.

    • Acudiendo todas las veces que sean necesarias al Sacramento de la Reconciliación. Es fundamental el recurso frecuente a este sacramento, confiando en la misericordia del Señor, sin desanimarse: Leonard: confesarte regularmente es “dar a tu Dios la oportunidad de amarte tal como eres, de perdonarte tus faltas, y de curar las heridas de tu corazón y de tu cuerpo”.
    • Cultivando la sinceridad, que lleva no sólo a decir la verdad, sino toda la verdad de nuestra vida, yendo a las raíces, reconociéndote pecador ante tu Señor, sin dejarte descorazonar por tu fragilidad, pues el amor de Dios es más agradable que nuestro pecado. Cristo es el Cordero de Dios que lava los pecados del mundo.
    • Abriéndose a los demás, con generosidad, saliendo de uno mismo.
    • Ejercitando el dominio de sí mismo en cosas lícitas; para fortalecerse en el dominio de si mismo en las ilícitas.
    • Esforzándose por dominar la curiosidad y la dispersión mental.

    • Evitando con fortaleza y perseverancia las ocasiones de pecar: determinada publicidad, determinados periódicos, libros, revistas, etc; determinados programas de televisión; determinadas páginas web y uso del ordenador; determinados juegos en la play-station o en el móvil, canciones, etc.; determinadas situaciones, en determinados sitios y a determinadas horas, etc.
    • Esforzándose en vivir la sobriedad, especialmente en la comida y en la bebida, en sus diversos aspectos.
    • Haciendo obras de misericordia.
    • Aprovechando el tiempo, con un trabajo esforzado y diligente.

    • Cultivando el orden, sin caer en el desorden de trabajos y actividades agotadoras y frenéticas que producen grandes cansancios.
    • Poniendo esfuerzo por adquirir una afectividad generosa y madura.

    • Rechazando las tentaciones de susceptibilidad, enfado, tristeza y pesimismo; de queja interior; de vuelta obsesiva sobre los propios problemas.
    • Ocupándose en actividades ilusionantes, y cultivando ideales humanos nobles, culturales, espirituales, artísticos, etc.
    • Haciendo deporte y esfuerzo físico.

¿Cómo liberarse?

Además de los medios espirituales, de la ayuda de los Sacramentos, etc, Leonard recomienda:

La masturbación consiste en un repliegue sobre sí mismo. Contribuirás a liberarte desarrollando en tu vida los comportamientos que te descentran de ti mismo y te abren a Dios, al mundo, a los demás, a tus tareas.

Todo lo que estimula el sentido del trabajo, del compromiso y de la relación, te ayudará mucho.

Además, una vida equilibrada en la que no se duerme ni demasiado ni muy poco, en la que se deja un justo puesto al descanso y al deporte, te dispensará de recurrir a la excitación sexual a título de desahogo o de sonmífero.

En cuanto a las debilidades pasajeras, a las complicidades oscuras con las excitaciones espontáneas que puedes experimentar, sobre todo en periodos de fatiga o de angustia, deberás confiarlas a la misericordia del Señor.

  • Todo esto se integra en la unidad de la persona. Por esa razón, conviene poner todos los medios y al mismo tiempo: tanto los naturales como los sobrenaturales.

Noriega ofrece a los padres y educadores estas reflexiones:

“Conviene estar atentos a las situaciones que llevan al autoerotismo: la tristeza, el fracaso, la soledad, la dificultad de relacionarse con los demás y afrontar los retos de la vida.

La tristeza suele ser ocasión de impureza, ya que la persona busca salir de ella y encientra un sucedáneo fácil y complaciente en una experiencia vacía en la que se enroca para evitar enfrentarse con la realidad. No en vano el autoerotismo suele configurarse como una experiencia compensatoria.

El proceso de la tentación suele desencadenarse a partir de un corto circuito representativo y simbólico, que dificulta a la razón práctica el gobernar su propio dinamismo corporal, obsesionándose con la satisfacción sexual, hasta el punto de desencadenarse un proceso compulsivo.

En ocasiones puede ayudar el desenmascarar ese corto circuito representativo y hacer ver la inconsistencia de la necesidad con la que se presenta.

Cuando se ha hecho hábito en la persona, es preciso enseñar a luchar de dorma muy indirecta: por un lado, fomentando aquellas actividades en las que la persona pueda encontrar una satisfacción noble y humana, amistades sinceras que le permitán salir de sí misma y descubrir en ello el gozo de amar a los demás y serles útiles.

Por otro, ofrecer elementos narrativos indirectos, como pueden ser determinadas lecturas, películas, obras de arte que le ayuden a recomponer la imagen simbólica de la sexualidad a través de la mediación de la afectividad.

José Noriega, El destino del eros, 86

7. El amor divino y el amor humano

En el celibato y en el matrimonio pueden surgir dificultades y conflictos. Sin duda, una cierta disposición a vencerse a sí mismo es necesaria cuando se quiere ser fiel toda la vida. Me he referido especialmente a este punto, porque hoy apenas se menciona. Sin embargo, no creo que la lucha ascética sea lo más importante. Un autor espiritual explica con gran claridad: “Si tienes corazón te puedes salvar. De eso se trata en nuestra vida interior, de que tenemos un corazón capaz de amar, que se deja maravillar, pletórico de anhelos, de cariño, con ansias de entrega.”[24] Y para modelar el corazón de ese modo, no alcanzan nuestras fuerzas, simplemente no llegamos. Felizmente, podemos esperar una ayuda muy grande de Dios y de otras personas. Me gustaría referirme brevemente a este tema.

En ciertos ambientes, se acostumbra poner de relieve – no sin cierta fruición – todos los factores psicológicos que harían casi imposible la perseverancia en el celibato. Se olvida lo más importante: la gracia especial que Dios da a todo el que se le entrega, a quien confía en él. De esta manera, se falsea la situación objetiva. El amor infinito de Cristo permite mantener encendido el corazón y hace posible la estabilidad emocional. La gracia penetra hasta las capas más profundas del corazón y les da su calor, las “acrisola”.

La gracia conduce a la persona hacia el radio de acción divina, la coge en su amor. “El, que llama al alma, la llenará consigo mismo, si el alma sigue su llamada.”[25] De nosotros espera Dios un mínimo de disposición, de abrirse siempre a su amor. Lo dice claramente el salmista: “Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón” (Ps 94, 7-8).

En otro orden de cosas, nuestro corazón anhela dar y recibir amor humano. Algunas corrientes espiritualistas han intentado negarlo. Tal vez esta sea la razón por la cual, algunas personas célibes carecen de naturalidad, parecen contraídas y consideran sus compromisos religiosos como una pesada carga. Una vida espiritual sana será normalmente posible cuando se vive en un ambiente amable, cuando se mantienen buenas relaciones con los demás. Creo que no debemos tener miedo al amor humano.

Si la vida afectiva se encuentra fundada en Cristo y está empapada de su gracia (y si estamos dispuestos a luchar), entonces el amor humano es, para nosotros, una gran ayuda en el camino hacia Dios. El amor humano no es sólo el amor matrimonial, sino que tiene también otras formas. Para aquellos llamados al celibato cristiano, me parece que la amistad tiene una significación muy importante.[26] Junto al amor de Dios, el amor de amistad hacia una persona, especialmente si está animada por el mismo ideal, puede ayudar a permanecer en el camino iniciado y contribuir a que se avance más rápidamente.

En la tradición cristiana, el valor de la amistad ha sido muchas veces elogiado. San Agustín observa incluso: “Sin un amigo, nada en el mundo nos parece amable.”[27] Luego de su conversión, este gran Padre de la Iglesia se sentía confirmado, animado y alentado por sus amigos, a realizar grandes empresas. Si alguien tiene a su lado personas a quienes quiere y en quienes tiene confianza, entonces todo parece más fácil. Si esas personas siguen, incondicionalmente y cueste lo que cueste, el mismo camino, si se esfuerzan por seguirlo (o por lo menos lo entienden bien) entonces suele ocurrir que la amistad anima y no es un obstáculo para avanzar.

La amistad es un bien muy alto que – me parece – pertenece al verdadero amor cristiano. En una de las afirmaciones centrales del Evangelio, Cristo dice a sus discípulos: “Os he llamado amigos” (Io 15, 15). Podemos y debemos hacer amistad con Dios y con los hombres. Sobre esto, creo que tenemos claro que, en lo relativo a las amistades entre hombres y mujeres, debemos ser muy prudentes y sinceros, ante Dios y ante uno mismo.

Estar cerca de Jesucristo no significa de ninguna manera despreciar, ni menospreciar el amor humano. Una actitud así verdaderamente endurecería el corazón. Por el contrario, Dietrich von Hildebrand se refiere a los efectos de la cercanía de Cristo: “El corazón se hace incomparablemente más sensitivo y ardiente, y queda dotado con una afectividad inaudita. Al mismo tiempo está purificado de toda afectividad ilegítima.”[28] Quien realmente ama a Dios, no necesita tener ningún miedo a “apegarse” a las criaturas. El conocido filósofo anglicano C. S. Lewis señala que, únicamente si amamos muy poco a Dios, existe el peligro de que los hombres amen, por así decirlo, “al margen de Dios”, con un amor de idolatría.

Lewis se refiere a aquellos que por motivos religiosos, más bien pseudoreligiosos, intentan reprimir sus sentimientos, para evitar todo tipo de enredos. “Creo – señala Lewis – que los amores más ilícitos y desordenados son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con la que uno se protege a sí mismo… Es probable que sea imposible amar a un ser humano simplemente demasiado. Podemos amarlo demasiado ¡en proporción! a nuestro amor por Dios; pero es la pequeñez de nuestro amor a Dios, no la magnitud de nuestro amor por el hombre, lo que constituye lo desordenado.”[29]

El celibato cristiano no conduce a la soledad, al aislamiento. Cuando comprendemos bien lo que Dios quiere de nosotros y cuando somos dóciles a su gracia, podemos amar apasionadamente a Dios y a los hombres y nos dejamos, gustosamente, amar por ellos.

[24] Grün, ob. cit., pp. 30 y 31.

[25] Von Hildebrand, “Reinheit und JungfrŠulichkeit”, ob. cit., p. 174.

[26] Ver sobre esta materia, las explicaciones del Papa Juan Pablo II en: “Predigt zum Thema Priester, Diakone, Seminaristen im Dom zu Fulda am 17.11.1980 (Homilías a los sacerdotes, diáconos y seminaristas, en la catedral de Fulda, el 17 de noviembre de 1980), en Verlautbarungen des Apostolischen Stuhls 25, Bonn 1980, pp. 110 y 111.

[27] San Agustín, citado en Anselm Grün, ob. cit., p. 45.

[28] Dietrich von Hildebrand, “El corazón…”, ob. cit., p. 206.

[29] Clive Staples Lewis, “Los cuatro amores”, 2a. edición, Madrid 1993, pp. 135 y 136.

Desprendimiento y perseverancia

tomasmoro_clip_image0013Del libro La agonía de Cristo, escrita por el Canciller de Inglaterra mientras estaba prisionero en la Torre de Londres, cuando esperaba a ser decapitado por orden del Rey Enrique VIII, por negarse a aprobar su divorcio y su casamiento con Ana Bolena.

Se han puesto algunos epígrafes para facilitar la lectura del texto de Moro, escrito originalmente en latín.

La fuga de los discípulos.

“Le seguía un joven, envuelto solamente con un lienzo sobre su cuerpo, y desprendiéndose de él, escapó desnudo”. Quién era este adolescente es algo que nunca se ha sabido con absoluta certeza. Algunos piensan que era Santiago, al llamaban hermano del Señor y distinguido con el sobrenombre de “Justo”. Dicen otros que era Juan evangelista, a quien el Señor amó siempre con predilección, y que debía ser entonces muy joven, pues llegó a vivir muchos años después de la muerte de Cristo (según Jerónimo murió sesenta y ocho años después de la pasión del Señor).

No faltan autores antiguos que afirman que este adolescente no era uno de los Apóstoles, sino uno de los servidores en la casa donde Cristo había celebrado aquella noche la Pascua. Personalmente, me siento más inclinado a aceptar esta opinión. Aparte de que no me parece verosímil que un Apóstol llevara por todo vestido un simple lienzo, y además, tan mal sujeto que pudiera desprenderse de repente, el contexto y los hechos de la historia, junto con las mismas palabras de relato, me llevan a opinar así.

Entre los que piensan que el joven era uno de los Apóstoles, la mayoría se inclina por Juan; mas no me parece a mí probable por las propias palabras de Juan: “Seguían a Jesús, Simón Pedro y otro discípulo que era conocido del pontífice., y así, entró con Jesús en el atrio del pontífice. Pero Pedro se quedó en la puerta. Salió, pues, el otro discípulo, el conocido del pontífice, y habló con la portera y consiguió que Pedro entrara.

Los que dicen que era el santo evangelista quien siguió a Cristo y huyó al ser hecho prisionero, tienen que hacer frente a una dificultad en su argumento, y es ésta: el hecho de que el joven arrojó la sábana y escapó desnudo.

En efecto, parece esto no concordar bien con lo que sigue, es decir, que Juan entró en el atrio del sumo sacerdote, introdujo a Pedro y siguió a Cristo en todo momento hasta el lugar de la Crucifixión, permaneciendo junto al Crucificado con la amadísima Madre de Cristo (junto a la Cruz, un hombre virginal y una Virgen purísima), y que cuando Cristo se la encomendó, la aceptó como Madre allí mismo. No cabe ninguna duda de que, en todo este tiempo y es esos distintos lugares, Juan iba vestido.

Era discípulo de Cristo, no uno de la secta de los cínicos. Por lo tanto, aunque tenía sentido común para no evitar la desnudez del cuerpo cuando las circunstancias así lo pidieran o la necesidad lo exigiera, sin embargo, difícil se me hace pensar que su pudor le permitiera ir desnudo en público, a la vista de todos y sin razón alguna.

Esos autores salen de la dificultad diciendo que, en algún momento, fue a otro sitio y consiguió vestidos. No discuto que no fuera posible, pero no me parece verosímil, sobre todo, cuando veo en este pasaje que siguió a Cristo con Pedro en todo momento y que entró junto con Jesús en la residencia de Anás, suegro del pontífice.

Hay, además, otro detalle que me inclina a estar con los que piensan que el joven no era uno de los Apóstoles, sino uno de los siervos. Me refiero a la relación que establece el evangelista Marcos entre los Apóstoles que se dieron a la fuga y el joven que quedó atrás; pues dice: “Entonces, su discípulos todos le abandonaron y huyeron. Pero un joven le seguía.” No dice que “algunos” huyeron, sino “todos”, y que la persona que se quedó siguiendo a Cristo no era ninguno de los Apóstoles (porque todos huyeron), sino adolescentem quemdam, “cierto joven”, es decir, un desconocido cuyo nombre Marcos ignoraba y juzgó no hacía falta mencionar.

Así las cosas, imaginaría yo los hechos de esta manera. Este muchacho, movido previamente por la fama de Cristo y al que acababa de conocer personalmente (pues servía a Cristo en la mesa con los discípulos), fue tocado por el soplo del Espíritu, sintiendo de inmediato el impulso de la caridad.

Movido así a una verdadera piedad, siguió a Cristo cuando éste salió de la casa, acabada la cena, y continuó siguiéndole a cierta distancia, más lejos quizás que los Apóstoles, pero, con todo, junto a ellos. Y con ellos permaneció hasta que, al aproximarse la muchedumbre, se perdió entre ella.

Más tarde, cuando el terror hizo que todos los Apóstoles escaparan de las manos de los soldados, este muchacho se atrevió a permanecer allí, tanto más confiado porque sabía que nadie era consciente del amor que sentía por Cristo. Mas, ¡qué difícil es disimular el amor que tenemos hacia alguien! Aunque se había entremezclado con quienes odiaban a Cristo , su porte y su expresión le traicionaron, dando claramente a entender que estaba a favor de Cristo, ahora abandonado por los otros, y que le seguiría, no para perseguirle y entregarle, sino como quien le sigue para entregarse a él..

Al ver la turba que los discípulos habían huido, y sólo este joven se atrevía a seguir a Cristo, rápidamente se echaron sobre él y le atraparon.

Y este hecho me hace pensar que también pretendieron capturar a todos los Apóstoles, y únicamente la sorpresa se lo impidió para que no quedara sin cumplir el mandato de Cristo: “Dejad que éstos se vayan”.

Estas palabras de Cristo se referían principalmente a los Apóstoles que él había elegido, pero no las limitó a ellos: quiso en su bondad extenderlas a quien, sin haber sido llamado, le había seguido sin por su propia cuenta introduciéndose en la santa compañía de los Apóstoles.

Mostraba Cristo su oculto poder, al mismo tiempo que aparecía la imbecilidad de la turba, porque no solo pudieron prender a los once, sino que ni siquiera pudieron retener entre todos a este muchacho, al que ya tenía atrapado y que estaba –puede uno imaginarse- completamente rodeado. “Le cogieron, mas él, arrojando el lienzo escapó desnudo de entre ellos”.

Tampoco dudo lo más mínimo que este muchacho que siguió a Cristo aquella noche y que no pudo ser apartado de Él sino por la fuerza de la violencia en el último momento y después que todos los Apóstoles habían huido, volvió después, en la primera ocasión que tuvo, a la grey de Cristo y vive ahora con Cristo en la gloria sempiterna.

A Dios pido y de Dios espero que también nosotros vivamos allí un día con este muchacho. El mismo nos dirá quién era, y conoceremos con gran gozo y satisfacción muchos otros detalles de las cosas que ocurrieron aquella noche y que no se recogen en la Escritura.

Mientras tanto, y para hacer más fácil y seguro el camino que allí conduce, no será de poco provecho recoger los consejos espirituales que se desprenden de la fuga de los Apóstoles antes de poder ser capturados y de la fuga de este joven después de haber sido capturado. Serán como provisiones para el camino. Advierten los antiguos padres de la Iglesia una y otra vez, para que no confiemos tanto en nuestras propias fuerzas, que no nos pongamos, voluntariamente y sin necesidad alguna, en peligro de pecado.

Si alguien se encontrara en una situación en que parezca ser muy posible que sea arrastrado por la fuerza hasta ofender a dios, debe hacer lo que hicieron los Apóstoles: huyendo evitaron ser atrapados. No digo esto como si se hubiera de alabar la fuga de los apóstoles; Cristo la permitió a causa de su debilidad, y Él mismo, lejos de alabarla, había predicho que esa noche sería ocasión de pecado y escándalo.

De todos modos, si sentimos que nuestro ánimo no es lo suficientemente fuerte, imitemos su huida siempre que podamos huir del peligro de pecado sin caer en el pecado. Ahora bien, si alguien escapa cuando Dios le manda permanecer y afrontar el peligro con confianza, bien por razón de su propia salvación o por la de aquéllos que le han sido encomendados a su cuidado, ese tal se comporta, sin ninguna dudad, muy insensatamente. Pero, ¿y si lo hace para salvar la vida?

También, porque, ¿qué puede ser más disparatado y necio que el preferir un breve tiempo de dolor y desgracia a una eternidad de felicidad? Si huye por salvar la vida, al pensar que si no lo hace puede ser forzado a ofender a Dios, se comporta no sólo mal, sino insensatamente. Enorme es el crimen de quien abandona su puesto, y si a esto añade la desesperación, resulta tan grave como pasarse al enemigo.

Pues, ¿quién puede pensar algo peor que desesperar de la ayuda de Dios, y escapando, entregar al enemigo el puesto que Dios os había asignado para guardar? ¿Qué locura mayor que buscar evitar un pecado meramente posible (si uno permanece en su sitio), mientras se comete con toda seguridad un pecado al escapar? Cuando la huida no encierra ofensa a Dios, el plan más seguro, ciertamente, es darse prisa por escapar, en lugar de retrasarlo tanto que sea atrapado y caiga en peligro de cometer un pecado horrendo. Fácil es, cuando se puede, escapar a tiempo; difícil y peligroso es luchar.

Desprendimiento y perseverancia

Enseña también este muchacho con su ejemplo qué tipo de hombre puede resistir más tiempo, con menos peligro y, escapar fácilmente de manos de sus enemigos, si éstos hubieran llegado a capturarle.

En efecto, aunque este muchacho fue el que más resistió siguiendo a Cristo durante un trecho hasta que le prendieron, sin embargo, y gracias a que no iba vestido con muchos y variados vestidos, sino que llevaba tan solo un simple lienzo, ni siquiera bien sujeto, sino echado sin mayor cuidado sobre su cuerpo, de tal modo que fácilmente podría desprenderse de él, pudo, en su momento, arrojar la prenda en manos de sus perseguidores y huir de ellos desnudo. Llevándose el meollo, les dejó con la cáscara.

¿Qué significa esto para nosotros? Qué otra cosa puede significar sino ésta: que así como un hombre barrigón, hecho torpe y lento por el peso de la tripa, o un hombre que lleva consigo una pesada carga de ropajes y vestidos, difícilmente está en condiciones de correr con rapidez, de la misma manera el hombre con un cinto de bolsas repletas de dinero, muy difícilmente podrá escapar cuando caigan súbitamente sobre él las angustias y los pesares.

Ni podrá correr muy deprisa o ir muy lejos si los vestidos que lleva, aunque sean ligeros, están tan atados y apretados que no puede respirar con comodidad. Con más facilidad podrá escapar el que, aunque lleva muchos ropajes, puede desprenderse de ellos en un momento, que otro hombre que lleve muy pocos, pero tan apretadamente atados que ha de arrastrarlos consigo donde quiera que vaya.

Se ven hombres (más raramente de lo que me gustaría, pero se les ve todavía, gracias a Dios) extraordinariamente ricos que preferirían perder todo cuanto poseen antes que ofender a Dios por el pecado. Tienen muchos vestidos, pero no están estrechamente “apegados”, y así, cuando el peligro les lleva a huir lo hacen con toda facilidad, simplemente arrojando los vestidos.

Se ve también a otros –más de los que uno quisiera- que tienen cosas y vestidos de muy poca calidad, pero que, sin embargo, tan apegados se encuentran a esas sus pobres riquezas, que más fácilmente se les podría arrancar la piel de su cuerpo que separarlos de sus posesiones. Un hombre así haría mejor en darse a la fuga con tiempo, pues, en cuanto alguien le coja por la vestimenta, preferiría morir antes que abandonar, la túnica.

En fin, aprendemos del ejemplo de este muchacho, que hemos de estar siempre preparados ante las contrariedades y dificultades que se presentan de improviso y que pueden hacer necesaria la huida; nos enseña, sin duda, que para estar preparado no es bueno estar cargado con muchos vestidos, ni tan apretujados y abrochados a uno solo que, cuando la ocasión lo urja, nos sea casi imposible arrojar la tela y escapar desnudos.

Si desea alguien seguir investigando un poco más podrá ver que lo que este joven hizo encierra otra lección todavía más profunda. Porque el cuerpo es como el vestido del alma; en un sentido, se pone el alma su cuerpo al entrar en el mundo y se separa de él al dejar este mundo y morir. Así como los vestidos valen mucho menos que el cuerpo, así el alma es mucho más preciosa que el cuerpo.

Tan loco de atar estaría quien diera su alma para salvar la vida corporal como quien optara por perder el cuerpo y la vida antes que perder el manto. Así habló Cristo del cuerpo: “¿No vale más el cuerpo que el vestido?”, pero cuanto más dijo del alma: ¿De qué te sirve ganar el universo entero si pierdes el alma? ¿Qué dará el hombre a cambio de su alma? Pero a vosotros os digo, amigos míos, no temáis a los que matan el cuerpo y, después, no pueden hacer nada más. Yo os mostraré a quien habéis de temer. Temed a aquel que, después de quitar la vida, puede arrojar al infierno. A éste, os repito, habéis de temer”.

Nos advierte además el ejemplo de este muchacho qué tipo de vestido debe ser el cuerpo `para que el alma cuando nos enfrentemos a tales pruebas. No ha de ser corpulento y gordinflón por causa del desenfreno, ni tampoco debilucho y flojo a causa de su vida disoluta, sino fino y esbelto como un mantel, con la grasa gastada y apurada por el ayuno. No estaremos así tan apegados que no podamos deshacernos de él, de buena gana, si la causa de dios lo exige.

Aquel joven, atrapado por esos miserables y antes de ser forzado a decir o hacer algo que pudiera ofender el honor de Cristo, abandonó su túnica y escapó desnudo de sus garras. No está de más recordar que, mucho tiempo antes, otro joven se había comportado de manera similar. En efecto, el santo e inocente patriarca José dejó a la posteridad un ejemplo singular, enseñando que hay que huir del peligro contra la castidad con la misma prontitud y decisión con que uno escapa de un intento de asesinato.

Era José varón de hermoso semblante y de esbelto porte. La mujer de Putifar, en cuya casa era José jefe de los siervos, puso en él sus ojos y cayó perdidamente enamorada. Tal era el furor y el frenesí de su que no solo llegó a ofrecerse ella misma al joven desvergonzadamente, con sus miradas y palabras, tentándole para vencer su aversión, sino que cuando este muchacho la rechazó, se agarró ella a sus vestidos ofreciendo el vergonzoso de una mujer pretendiendo a un hombre por la fuerza. Antes hubiera muerto José que cometer pecado tan abominable.

Sabía bien los peligros de entablar combate con las fuerzas de Venus, y no desconocía que la más segura victoria consiste en huir. De esta manera, abandonó José su manto en manos de la adúltera y se dio inmediatamente a la fuga.

Como decía, para evitar caer en pecado hemos de arrojar no solo la túnica o la camisa o cualquier otro vestido del cuerpo, sino hasta el mismo cuerpo, que es el vestido del alma.

Si al pecar pretendemos salvar el cuerpo, en realidad lo perdemos, y con él también el alma. Por el contrario, si soportamos con paciencia y por amor de Dios la pérdida del cuerpo, nos ocurrirá entonces lo que ocurre con la serpiente: que muda su vieja piel (llamada, me parece, senecta) a fuerza de frotar y restregar entre zarzas y abrojos, y, abandonándola en los matorrales, aparece de nuevo rejuvenecida y resplandeciente.

Si seguimos el consejo de Cristo y nos hacemos astutos y prudentes como las serpientes, dejaremos nuestros cuerpo envejecidos sobre la tierra, desgastados entre las espinas de la tribulación padecida por amor, y seremos llevados al cielo, los cuerpos relucientes y en plena juventud, para jamás sentir los efectos de la vejez,