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5.2. Las virtudes en la filosofía moderna

Debido en gran parte al nominalismo, el pensamiento moderno pierde la noción clásica de virtud como perfección intrínseca de la inteligencia y la voluntad, y la transforma en simple costumbre o uso social, o bien la entiende como disposición para cumplir con más facilidad los preceptos de la ley moral.

En la filosofía moderna, pueden distinguirse dos posiciones fundamentales sobre la naturaleza de los hábitos: la mecanicista y la vitalista . Para la posición mecanicista (Descartes, Comte, etc.), el hábito es un cierto reflejo corporal, producido como respuesta a estímulos y condiciones exteriores; su fundamento es la «pasividad» de la materia. Para la posición vitalista (Leibnitz, Maine de Biran, etc.), los hábitos son algo intermedio entre el puro automatismo y la actividad voluntaria libre. Con tales conceptos de hábito, la virtud se reduce a un factor de automatización de la conducta humana y, por tanto, se considera que disminuye la voluntariedad de la acción.

La vida virtuosa como ideal, como plenitud de la vida humana, no se acomoda a la mentalidad moderna, que evita establecer una visión unitaria y global de la vida, a fin de no interferir en la libertad personal y en el proyecto individual, y se limita a buscar las normas de colaboración social, indispensables para obtener la paz o el bienestar y la utilidad. La ética abandona completamente el concepto de telos y el punto de vista de la primera persona, situándose en la perspectiva del observador del fenómeno moral.

En el ámbito filosófico, vale la pena detenerse, en primer lugar, en Thomas Hobbes (1588-1679), influido también por el pensamiento ockhamiano, que entiende la moral como la búsqueda de las reglas para la colaboración social. La ley moral, que no prescribe ya la rectitud moral ante Dios, sino que está destinada únicamente a mantener el orden de la sociedad, llega a equipararse con la ley civil. La cuestión moral deja de ser una cuestión de la persona para convertirse en una propiedad del soberano legislador. La moral está orientada únicamente a lograr la paz social, y las virtudes tendrán esta misma finalidad: se consideran medios o instrumentos para lograr el mejoramiento de la sociedad civil.

La primera exposición de la corriente utilitarista la realizó J. Bentham en 1789 , con la pretensión de elaborar una ética secular que fuese una ciencia de la utilidad, sin referencia a Dios ni a premisas teológicas. En el planteamiento de Bentham, la acción es calificada de justa o injusta por sus resultados o consecuencias: no se aprecia como un acto inmanente de la voluntad, sino como productora de un estado de cosas. En consecuencia, la virtud será entendida como una «tendencia a incrementar la cantidad acumulada de felicidad en todas sus formas consideradas conjuntamente» .

Por su influencia en la teología, el pensamiento kantiano sobre la virtud requiere especial atención. Kant intenta construir un sistema moral basado exclusivamente en la razón. Esta define el deber moral concreto para el hombre con plena autonomía respecto a cualquier elemento perturbador: inclinaciones naturales, afectos, pasiones, etc. La voluntad no tiene otro papel que adherirse a lo que la razón manda como deber moral. En este sistema moral, la virtud tiene una función muy limitada, que consiste en resistir a los enemigos de la razón pura, es decir, a las pasiones. Las virtudes no se entienden como integración de las pasiones en el orden de la razón, para que colaboren positivamente en la realización de actos buenos, sino como una fuerza moral cuyo fin es rechazar las pasiones, consideradas como elementos que distorsionan la rectitud moral. La virtud no es más que un refuerzo volitivo al servicio del cumplimiento del deber .

Por último, el pensamiento burgués, dominado por los valores económicos y mercantiles, arruinó el poco prestigio que ya tenían las virtudes, convirtiendo en virtudes esenciales el celo por el trabajo, el sentido del ahorro, la propiedad y el respeto a los convencionalismo sociales. De la creatividad, excelencia moral y potenciación de la libertad, no queda nada. La virtud es ahora algo «edificante» y mediocre, pasivo y mecánico, sumisión a reglas externas, algo muy cercano a la hipocresía.

Sexto mandamiento de la Ley de Dios

Conviene recordar que el sexto mandamiento adquiere su pleno significado unido al noveno, porque la castidad no se reduce a una simple abstención externa: supone una actitud interior que lleva a la plenitud del amor.

Catecismo de la Doctrina Católica

Artículo 6 EL SEXTO MANDAMIENTO

II LA VOCACION A LA CASTIDAD

2337 La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo entero y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer.

La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la integralidad del don.

La integridad de la persona

2338 La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona; se opone a todo comportamiento que la lesionaría. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje (cf Mt 5,37).

2339 La castidad comporta un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado (cf Si 1,22).

“La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados” (GS 17).

2340 El que quiere permanecer fiel a las promesas de su bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la la oración. “La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos” (S. Agustín, conf. 10,29; 40).

2341 La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a impregnar de razón las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana.

2342 El dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo repetido en todas las edades de la vida (cf Tt 2,1-6). El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia.

2343 La castidad tiene unas leyes de crecimiento; éste pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado. “Pero, el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según las diversas etapas de crecimiento” (FC 34).

2344 La castidad representa una tarea eminentemente personal; implica también un esfuerzo cultural pues “el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad misma están mutuamente condicionados” (GS 25,1). La castidad supone el respeto de los derechos de la persona, en particular, el de recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana.

2345 La castidad es una virtud moral. Es también un don de Dios, una gracia, un fruto de la obra espiritual (cf Gál 5,22). El Espíritu Santo concede, al que ha sido regenerado por el agua del bautismo, imitar la pureza de Cristo (cf 1 Jn 3,3).


La integralidad del don de sí

2346 La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios.

2347 La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad. Indica al discípulo cómo seguir e imitar al que nos eligió como sus amigos (cf Jn 15,15), se dio totalmente a nosotros y nos hace participar de su condición divina. La castidad es promesa de inmortalidad.

La castidad se expresa especialmente en la amistad con el prójimo. Desarrollada entre personas del mismo sexo o de sexos distintos, la amistad representa un gran bien para todos. Conduce a la comunión espiritual.


Los diversos regímenes de la castidad

2348 Todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha “revestido de Cristo” (Gal 3,27), modelo de toda castidad.

Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad.

2349 La castidad “debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o celibatarias” (CDF, decl. “Persona humana” 11). Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia.

Existen tres formas de la virtud de la castidad: una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica (S. Ambrosio, vid. 23).

2350 Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad.

¿Qué prohíbe el sexto mandamiento?

El sexto mandamiento prohíbe, bajo pena de pecado mortal, todo lo que suponga ejercer voluntaria y conscientemente la facultad generativa, fuera del uso legítimo del matrimonio.

Si la acción implica el funcionamiento completo de los mecanismos específicos del acto conyugal, se habla de lujuria completa, que puede darse sea cuando la acción se realiza entre dos personas, sea cuando se realiza individualmente.

Por la misma razón, el sexto mandamiento prohíbe también, igualmente bajo pecado grave, todo lo que implique buscar directamente el placer genital, mediante actos carnales incompletos, ya sean interiores (pensamientos, fantasías, deseos, etc., que son matería específica del noveno mandamiento) ya seab exteriores, o ambos simultáneamente (lujuria incompleta).

Hay que precisar a este respecto que hay acciones que son siempre contrarias al sexto mandamiento, sea cual sea la situación o estado de la persona:

la fornicación, o sea, la realización del acto sexual completo, fuera del legítimo matrimonio.

la masturbación o pecado solitario, que consiste en procurar, sin unión carnal, los fenómenos corporales propios de ese acto y el placer consiguiente;

-todas las acciones, en una palabra, realizadas solitariamente o en colaboración con otras personas, que tengan por objeto lo que es propio y exclusivo de la facultad generativa, si se realizan fuera del matrimonio”.

José Luis Soria, El Sexto Mandamiento

REALISMO CRISTIANO

La Doctrina Cristiana goza de un realismo maravilloso. Llama al pan, pan y al vino, vino. Además posee la clave para conocer la razón de algunas cosas que fuera de la revelación cristiana pueden intuirse, pero no llegan a comprenderse completamente, al menos hasta su última razón de ser.

Precisamente el sentido natural del pudor se explica perfectamente a la luz de lo que Dios ha revelado a la Humanidad acerca de los primeros tiempos de nuestra historia y del origen de los males que afligen a los hombres: que no está en Dios, sino en lo que se llama “pecado” (la libre desobediencia y ofensa de la criatura al Creador).

Por lo que se refiere a nuestro asunto, conviene recordar lo que dice San Pablo: hubo un tiempo en que comenzó la carne a desear contra el espíritu (Gal 5,7). Fue el momento en que nuestros primeros padres pecaron por vez primera. Las pasiones se independizaron del entendimiento; el cuerpo humano perdió aquella belleza primigenia que lo diferenciaba radicalmente del cuerpo animal.

Antes del pecado, el espíritu — entrañablemente unido al cuerpo –, se traslucía en él. La mirada del hombre (Adán y Eva) calaba sin obstáculo hasta las honduras personales de su semejante (Eva / Adán) donde la imagen de Dios — que eran cada uno de ellos — refulgía soberanamente. La pureza original del cuerpo (su participación en el ser de un espíritu puro) era contemplada por una mirada igualmente limpia, libre de cualquier concupiscencia perturbadora.

Con el primer pecado, aparece la concupiscencia, que no es pecado pero al pecado inclina; el espíritu — al romper su ordenación a Dios — pierde una buena parte de su dominio y el cuerpo pierde transparencia y elegancia. Surge así la vergüenza de experimentar en la propia carne lo que la Iglesia llamaba el aliciente del pecado. El encuentro con la más bella obra de Dios en el mundo, el cuerpo humano (el masculino y el femenino), se convierte fácilmente en uno de esos alicientes.

El pecado ha perturbado la razón, la sensibilidad, los sentimientos, los afectos, la persona entera. En ella se mezcla todo — aunque no del todo, ni mucho menos — con la soberbia, el egoísmo, la lujuria, y con los demás gérmenes de los pecados capitales. Ya nada es puro en el vivir humano.

Concretamente, ya no se puede evitar un sentimiento de real complicidad en un pecado común. Viendo que estaban desnudos cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores, nos dice el Génesis (3,7). Han de pedir prestado a la Naturaleza lo que de por sí no podían ya ofrecer: un aspecto humano, personal a sus cuerpos.

El vestido pasa a ser, desde ese momento, el complemento necesario de un cuerpo que ha perdido su natural transparencia; que para manifestar a la persona que contiene (y su consiguiente personalidad) ha de ocultarse en buena parte, desviar de sí la atención, porque si no, la mirada del otro puede “aplastarse” sobre él y no alcanzar lo específicamente humano, lo personal, el dominio del espíritu. El vestido es lo que, después del pecado, se requiere necesariamente para tratarnos de un modo personal; no como animalillos, sino como personas. “El traje revela a la persona”, dice Hamlet. Acentúa nuestra dignidad de hijos de Dios.