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Trabajar y descansar con orden


  • Una persona ordenada en su trabajo es aquella que sabe situar el trabajo en su justo punto. Por eso, es conveniente:
    • Aprender a darle a cada asunto la importancia que tiene, sin exagerar.
    • No exagerar el alcance de los triunfos y fracasos profesionales (primero en el estudio; luego, en la profesión) que suelen ser muy relativos.
    • Procurar guardar un equilibrio interior y exterior frente a los problemas y dificultades, sin inhibirse ni excederse en la implicación personal.

    • Recordar que el día tiene 24 horas y que hay que hacer muchas cosas, pero que no todas las cosas pueden ni deben hacerse dentro del marco de esas 24 horas.
  • El desorden del trabajo -“la trepidación”- lleva al desorden del descanso, y con frecuencia –por su propia dinámica- lleva a planes de descanso que a veces son excesivos y exagerados, etc.
  • Aunque nuestra sociedad nos presente la imagen del “ejecutivo trepidante” como modelo de “alta eficacia”, la realidad manifiesta lo contrario. La trepidación, si está reñida con el orden y el sosiego, con la reflexión y la inteligencia, suele dar pocos frutos.
  • Además, una excesiva trepidación en el trabajo puede revelar:
  • falta de realismo y de humildad.
  • unas ambiciones desmedidas, con espectativas desmesuradas que no se corresponden habitualmente con la realidad.
  • miedo a fracasar, que lleva a poner medios excesivos y desproporcionados para conseguir el éxito.
  • falta de orden y planificación.
  • pereza, que lleva a dejar las cosas para el final.
  • un activismo perezoso interior que lleva a hacer muchas cosas, pero desordenadamente, realizando primero no las más urgentes sino las que más apetecen.

Orden y Generosidad

  • Si una persona dedicara mucho tiempo a personas necesitadas de países lejanos y se olvidara de los que conviven con él, viviría mal la generosidad.

  • Las peticiones de ayuda no suelen venir en el momento más oportuno. Exigen ejercitar la generosidad cuando lo necesitan los demás, y no cuando nos viene bien.

    • La generosidad lleva a atender a la petición inesperada de una persona, cuando ya teníamos otro plan previsto.
    • Responder positivamente a una petición que llega “a deshora”.
  • La generosidad lleva a dejar que los demás sean generosos con nosotros.

    Sería una manifestación de soberbia íntima no querer reconocer que todos necesitamos de la generosidad de los demás. Denotaría falta de generosidad:

    – no dejarse ayudar (por autosuficiencia).

    – no dejarse aconsejar (por soberbia intelectual).

    – negarse a recibir manifestaciones de afecto, negarse a que los demás nos celebren (pensando: son los demás los necesitados, y no yo).


1 de agosto de 1994

El día 1 de agosto por la mañana hizo un rato de oración y asistió a la Santa Misa en el Colegio Mayor Ciudad Vieja. Hizo unos encargos y concluyó todas las gestiones económicas que se le habían encargado en el campo de trabajo. Como de costumbre, terminó su trabajo en perfecto orden.

Desde las diez y media de la mañana hasta pasadas las once estuvo de tertulia, con el resto del grupo, con Mons. Eduardo Fuentes, Obispo de la diócesis de Sololá, a la que pertenecía la zona en la que se había desarrollado el campo de trabajo. El Obispo les agradeció su trabajo profesional y evangelizador con aquellas gentes.

A continuación, todos los del grupo, junto con dos sacerdotes, fueron a darse un baño a una playa. A Vicente se le veía felíz, sereno, con la sensación del deber cumplido, preocupándose de los demás, como siempre, pendiente de todos los detalles.

A los pocos minutos de entrar en el agua, cuando se estaba bañando con los demás, se sintió agotado. Padeció un desfallecimiento repentino y una ola lo arrastró. La siguiente ola lo devolvió a la arena, ya exánime. Todo indicaba que había sufrido un paro cardíaco.

Intentaron reanimarle durante bastante tiempo. Pensando que se encontraba todavía vivo, uno de los dos sacerdotes que estaban en el grupo le dio la absolución.

Yo fui testigo de muchos años de su vida y de su muerte santa. Falleció en la plenitud de la vida y también de los deseos de amor a Dios y de servicio a los demás. Se le trasladó a Madrid, donde fue enterrado en la tarde del día 4 de agosto, en el cementerio de la Almudena de Madrid.