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La mentira: cuando parece una cosa pero es otra… o las dos.

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Catecismo de la Iglesia Católica

III LAS OFENSAS A LA VERDAD

2475 Los discípulos de Cristo se han “revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,28). “Desechando la mentira” (Ef 5,25), deben “rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias” (1 P 2,1).

2476 Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cf. Pr 19,9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cf Pr 18,5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.

2477 El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf CIC, can. 220). Se hace culpable

– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo.

– de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran (cf Si 21,28).

– de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.

2478 Para evitar el juicio temerario, cada uno deberá interpretar en cuanto sea posible en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones de su prójimo:

Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 22).

2479 Maledicencia y calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y la caridad.

2480 Debe proscribirse toda palabra o actitud que, por halago, adulación, o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar servicio o la amistad no justifican una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea ser agradable, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas.

2481 La vanagloria o jactancia constituye una falta contra la verdad. Lo mismo sucede con la ironía que busca ridiculizar a uno caricaturizando de manera malévola un aspecto de su comportamiento.

2482 “La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar” (S. Agustín, mend. 4,5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: “vuestro padre es el diablo…porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

2483 La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error. Lesionando la relación del hombre con la verdad y el prójimo, la mentira ofende la relación fundamental del hombre y de su palabra con el Señor.

2484 La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete, los perjuicios padecidos por sus víctimas. Si la mentira en sí sólo constituye un pecado venial, llega a ser mortal cuando daña gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.

2485 La mentira es condenable en su naturaleza. Es una profanación de la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la verdad conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo a error mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas para los que son desviados de la verdad.

2486 La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a otro. Atenta contra él en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales.

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no pude ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación concierne también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.


REALISMO CRISTIANO

La Doctrina Cristiana goza de un realismo maravilloso. Llama al pan, pan y al vino, vino. Además posee la clave para conocer la razón de algunas cosas que fuera de la revelación cristiana pueden intuirse, pero no llegan a comprenderse completamente, al menos hasta su última razón de ser.

Precisamente el sentido natural del pudor se explica perfectamente a la luz de lo que Dios ha revelado a la Humanidad acerca de los primeros tiempos de nuestra historia y del origen de los males que afligen a los hombres: que no está en Dios, sino en lo que se llama “pecado” (la libre desobediencia y ofensa de la criatura al Creador).

Por lo que se refiere a nuestro asunto, conviene recordar lo que dice San Pablo: hubo un tiempo en que comenzó la carne a desear contra el espíritu (Gal 5,7). Fue el momento en que nuestros primeros padres pecaron por vez primera. Las pasiones se independizaron del entendimiento; el cuerpo humano perdió aquella belleza primigenia que lo diferenciaba radicalmente del cuerpo animal.

Antes del pecado, el espíritu — entrañablemente unido al cuerpo –, se traslucía en él. La mirada del hombre (Adán y Eva) calaba sin obstáculo hasta las honduras personales de su semejante (Eva / Adán) donde la imagen de Dios — que eran cada uno de ellos — refulgía soberanamente. La pureza original del cuerpo (su participación en el ser de un espíritu puro) era contemplada por una mirada igualmente limpia, libre de cualquier concupiscencia perturbadora.

Con el primer pecado, aparece la concupiscencia, que no es pecado pero al pecado inclina; el espíritu — al romper su ordenación a Dios — pierde una buena parte de su dominio y el cuerpo pierde transparencia y elegancia. Surge así la vergüenza de experimentar en la propia carne lo que la Iglesia llamaba el aliciente del pecado. El encuentro con la más bella obra de Dios en el mundo, el cuerpo humano (el masculino y el femenino), se convierte fácilmente en uno de esos alicientes.

El pecado ha perturbado la razón, la sensibilidad, los sentimientos, los afectos, la persona entera. En ella se mezcla todo — aunque no del todo, ni mucho menos — con la soberbia, el egoísmo, la lujuria, y con los demás gérmenes de los pecados capitales. Ya nada es puro en el vivir humano.

Concretamente, ya no se puede evitar un sentimiento de real complicidad en un pecado común. Viendo que estaban desnudos cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores, nos dice el Génesis (3,7). Han de pedir prestado a la Naturaleza lo que de por sí no podían ya ofrecer: un aspecto humano, personal a sus cuerpos.

El vestido pasa a ser, desde ese momento, el complemento necesario de un cuerpo que ha perdido su natural transparencia; que para manifestar a la persona que contiene (y su consiguiente personalidad) ha de ocultarse en buena parte, desviar de sí la atención, porque si no, la mirada del otro puede “aplastarse” sobre él y no alcanzar lo específicamente humano, lo personal, el dominio del espíritu. El vestido es lo que, después del pecado, se requiere necesariamente para tratarnos de un modo personal; no como animalillos, sino como personas. “El traje revela a la persona”, dice Hamlet. Acentúa nuestra dignidad de hijos de Dios.