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Amor a la verdad, sinceridad, sencillez, naturalidad

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Consideraciones previas


  • Conviene explicar las diferencias que existen entre la virtud de la veracidad y la virtud de la sinceridad. Son dos virtudes distintas.

    La virtud de la sinceridad añade, a la virtud de la veracidad,  el esfuerzo por darse a conocer, el querer que sepan cómo somos (en este caso, principalmente en el ámbito del acompañamiento espiritual).

La virtud de la veracidad distingue situaciones (personas, circunstancias) en las que no existe el deber de decir toda la verdad. Santo Tomás Moro, dio un buen ejemplo de esta virtud en el último periodo de vida.

Verdad, sencillez y naturalidad

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  • La sencillez es una virtud que lleva a mostrarse tal como uno es. El Señor la recomienda: “sea, pues, vuestro modo de hablar: sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno” ( es decir, del demonio, que es mentiroso y padre de la mentira).
  • La naturalidad es una virtud que lleva a comportarse de acuerdo con la propia naturaleza y modo de ser, sin fingimientos, sin doblez.
    • El Señor elogia a Natanael: Evangelio de San Juan: [47] Vio Jesús a Natanael que se acercaba y dijo de él: He aquí un verdadero israelita en quien no hay doblez.

    • La naturalidad no tiene nada que ver con la zafiedad o el impudor. La naturalidad de un cristiano le lleva a comportarse como lo que es en todos los ambientes.

CUERPOS SUSCEPTIBLES DE SUSTITUCION

En la actualidad la hipocresía parece haberse hecho más hipócrita que nunca. Ya no se sabe dónde está, porque está en casi todas partes disfrazada de sinceridad. Así se ha ido creando ese clima en el que el pudor se tira por la ventana, en nombre de la naturalidad. No es de maravillar que el amor verdadero brille también por su ausencia.

Porque el amor es siempre algo personal y personalizante: se dirige a un tú, a una persona, no a un cuerpo anónimo. El amor se dirige a un tú original e insustituible, y lo que ahora se suele exhibir no son más que cuerpos opacos, susceptibles de sustitución.

Se comprende lo que dice Don David — personaje de Cuentos para leer después del baño –: «¡Aquellos eran amores, don Camilo José! ¿Cómo quiere usted hacerme creer que los jóvenes de ahora pueden quererse con el mismo santo cariño con que se quisieron sus padres? No, imposible de todo punto. ¡Aquellos eran otros tiempos! Una mirada, una sonrisa, ¡no digamos un beso!, colmaban la felicidad del más exigente de los amantes. Hoy, ¡ya ve usted! ¿qué ilusión pueden tener esos jóvenes de ambos sexos que se pasan la mañana retozando medio en cueros por la arena de la playa?». Acostumbrados a lo impersonal, absorbidos por ello, ¿cómo van a jurarse amor eterno?, ¿cómo no van a serse infieles en el momento en que la atracción física desaparezca, o surja en otro lugar otra más estimulante aunque de idéntica índole?

Cierto, los usos sociales relativizan hasta cierto punto las leyes del pudor, pero sólo hasta cierto punto. Lo que es del todo imposible es que sea eliminado el pudor sin que las consecuencias nocivas se dejen sentir muy pronto en toda la vida de la persona y de la sociedad. Porque, aun en el supuesto de que los atuendos playeros — o de otro tipo — al uso, no provocaran de hecho numerosos pecados, ese modo desenfadado de comportarse con el propio cuerpo como si no exigiera protección alguna del pudor, crea un clima de naturalismo intrascendente que va cerrando cada día más a los valores espirituales y a Dios