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2. Decreto Pontificio sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios Josemaria Escrivá

Todos los fieles de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno según su propio camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre celestial (Conc. Vat. Const. dogm. Lumen Gentium, n. 11). En esta proclamación de la llamada a la santidad de todos los bautizados -que se ha reconocido como característica peculiar y, por así decir, fin último de todo el magisterio conciliar (Pablo VI, Motu pr. Sanctitas clarior, 19.III.1969)-, resplandece la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma, como misterio de la comunión de los hombres con Dios. Al contemplar este misterio, la Esposa de Cristo ve confirmado también el inagotable patrimonio de su propia historia, y escucha el eco del testimonio de los heraldos de santidad que el Espíritu Vivificador suscita en todo tiempo, para mover a los hombres a acoger el designio de salvación.

El Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer pertenece merecidamente al número de esos testigos, no sólo por el fecundo ejemplo de su vida, sino también por el vigor absolutamente singular con que, en profética concordia con el Concilio Vaticano II, procuró, ya desde los comienzos de su sacerdocio, recodar esa llamada evangélica a todos los cristianos. Movido por esta solicitud, escribió: Tienes obligación de santificarte. Tú también (…).A todos, sin excepción, dijo el Señor: ‘Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto’ (Camino, n. 291). Y también: Estas crisis mundiales son crisis de santos(ibíd., n. 301)

Entre las múltiples sendas que encauzan la santidad cristiana, el camino que recorrió Josemaría Escrivá manifiesta con particular transparencia y claridad meridiana la índole radical de la vocación bautismal. Gracias a una viva contemplación del Verbo Encarnado, el Siervo de Dios comprendió con hondura que el entramado de las realidades humanas se compenetra íntimamente, en el corazón del hombre renacido en Cristo, con la economía de la vida sobrenatural, convirtiéndose así en lugar y medio de santificación. Ya desde el final de los años veinte, Josemaría Escrivá, auténtico pionero de la sólida unidad de vida cristiana, sintió la necesidad de llevar la plenitud de la contemplación a todos los caminos de la tierra, e impulsó a todos los fieles a participar activamente en la acción apostólica de la Iglesia, permaneciendo cada uno en su lugar y en su propia condición de vida.

Este mensaje de santificación en y desde las realidades terrenas se muestra providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época. En efecto, en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y este mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre en la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las circunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a perdurar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de la luz espiritual.

Regnare Christum volumus!, ésta ha sido la gran aspiración del Siervo de Dios, que también puede describirse así: Poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. El servicio eclesial de Josemaría Escrivá ha suscitado un impulso ascendente hacia Dios en hombres inmersos en las realidades temporales, de todos los ambientes y profesiones, de acuerdo con aquellas palabras del Señor –Et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Jo, 12, 32 Vg)-, en las que el Siervo de Dios veía compendiado el núcleo del fenómeno pastoral del Opus Dei. Este impulso por el que el mundo es conducido ab intra hacia Cristo, constituye como la médula y sustancia de la contribución del Siervo de Dios a la promoción de los laicos.

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902, de padres profundamente cristianos. Alrededor de los quince años, sintió los primeros barruntos de la vocación y, aunque no conocía aún el contenido preciso de los planes divinos, decidió abrazar el sacerdocio para estar completamente disponible a la Voluntad de Dios. Fué ordenado presbítero en Zaragoza, el 28 de marzo de 1925. Se trasladó después a Madrid, donde, el 2 de octubre de 1928, vió que el Señor le requería para hacer el Opus Dei. Aquel día, después de años de invocar la luz de Cielo con las palabras del ciego de Jericó –Domine, ut videam! (Lc 18,41)-, El Siervo de Dios comprendió claramente la misión, vieja como el Evangelio, y como el Evangelio nueva, a la que era llamado: abrir a los fieles de todas las condiciones sociales un camino ancho y seguro de santificación en medio del mundo, a través del cumplimiento con perfección y por amor a Dios, del trabajo profesional y de los deberes de la vida ordinaria, sin cambiar de estado. Poco después, el 14 de febrero de 1930, Josemaría Escrivá entendió, con la gracia de Dios, que el Opus Dei debía desarrollar su apostolado también entre las mujeres. Y se dedicó por entero a llevar a cabo esta misión, siempre con el aliento y la bendición del Obispo diocesano.

Desde los comienzos, el Siervo de Dios ejerció un amplísimo apostolado en todos los ambientes sociales, sobre todo entre los pobres y los enfermos de los suburbios y hospitales de Madrid. Durante la guerra civil española, Josemaría Escrivá experimentó el violento furor desatado contra la religión y dio pruebas diarias de heroísmo, prodigándose en la oración, en la penitencia y en una incesante actividad sacerdotal. Pronto se difundió su fama de santidad y, al terminar la guerra civil, recibió muchas invitaciones de los Obispos a predicar ejercicios espirituales al clero, contribuyendo así eficazmente a la renovación de la vida cristiana en España. Numerosas Ordenes y Congregaciones religiosas acudieron también a su solicitud pastoral. Por ese mismo tiempo el Señor permitió que cayera sobre los hombros del Siervo de Dios el peso de las contradicciones, a las que respondió siempre perdonando e, incluso, considerando a sus detractores como bienhechores.

Esta Cruz vino a ser tal fuente de bendiciones del Cielo que contribuyó a extender con admirable rapidez el apostolado del Siervo de Dios. El 14 de febrero de 1943, fundó la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, inseparablemente unida al Opus Dei, que, además de hacer posible la ordenación sacerdotal de miembros laicos de la Obra y su incardinación al servicio del Opus Dei, permitiría más adelante a los sacerdotes incardinados en las diócesis participar de la espiritualidad y la ascética del Opus Dei, buscando la santidad en el ejercicio de sus deberes ministeriales, bajo la exclusiva dependencia de su propio Ordinario. Por esto, tanto su labor personal, como la de la mencionada Sociedad Sacerdotal, son un ejemplo imperecedero de celo por la formación de los sacerdotes

En 1946, Josemaría Escrivá fijó su domicilio en Roma: en 1947 y 1950, obtuvo la aprobación del Opus Dei como institución de derecho pontificio. Con una caridad infatigable y una activa esperanza, promovió y guió la expansión del Opus Dei por todo el mundo, contribuyendo a una vasta movilización de laicos, que fueran conscientes de su responsabilidad de participar en la misión de la Iglesia.

Impulsó iniciativas de vanguardia en el ámbito de la evangelización y de la promoción humana; suscitó en todas partes vocaciones al sacerdocio y al estado religioso; emprendió viajes extenuantes por Europa y por América, para difundir la doctrina de la Iglesia. Y, sobre todo, se dedicó a la formación de los miembros del Opus Dei -sacerdotes y laicos, hombre y mujeres-, para infundirles una sólida vida interior, con una ejemplar adhesión al Magisterio de la Iglesia y un celo ardiente por las almas, que les llevara a ejercer un apostolado personal capilar. Omnes cum Petro ad Iesum per Mariam!: estas palabras expresan bien la incesante y encendida pasión que consumía al Siervo de Dios y predicó a los demás desde los comienzos de su sacerdocio.

De todos modos, los rasgos más característicos de su personalidad no hay que buscarlos tanto en sus egregias cualidades para la acción como en su vida de oración, y en la asidua experiencia unitiva que hizo de él verdaderamente un contemplativo itinerante. Fiel al carisma recibido, fué ejemplo de heroicidad en las circunstancias corrientes de la vida: en la oración continua; en la mortificación ininterrumpida –como el latir del corazón-; en la asidua presencia de Dios, que alcanzaba las cumbres de la unión con Dios incluso en medio del fragor del mundo y de una dedicación incansable al trabajo. Continuamente inmerso en la contemplación del misterio de la Trinidad, vivió la filiación divina en Cristo como fundamento de toda la vida espiritual, en la que la fortaleza de la fe y la audacia apostólica de la caridad se conjugaban armónicamente con el abandono filial en las manos de Dios Padre.

Amó ardientemente a la Santísima Eucaristía, y consideró siempre el Sacrificio de la Misa centro y raíz de la vida cristiana; fué apóstol incansable del Sacramento de la Penitencia; cultivó una devoción llena de ternura a la Santísima Virgen Madre de Dios y Madre nuestra, y a San José y a los Angeles Custodios; quiso a la Iglesia con toda la fuerza de su corazón sacerdotal, y se ofreció en holocausto de reparación y penitencia por los pecados con los que los hombres manchan su rostro materno. Aunque la admirable fecundidad del apostolado del Siervo de Dios estaba a la vista de todos, se consideraba instrumento inepto y sordo, fundador sin fundamento, pecador que ama con locura a Jesucristo.

El Siervo de Dios falleció en Roma el 26 de junio de 1975. En aquel momento, pertenecían al Opus Dei más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades; los sacerdotes incardinados en la Obra eran casi un millar; y florecían por los cinco continentes iniciativas apostólicas, entre las que se contaban escuelas, universidades y centros de promoción social. Los escritos del Siervo de Dios, que han alcanzado una difusión de casi seis millones de ejemplares, se consideran ya obras clásicas de espiritualidad.

La fama de santidad, de la que Josemaría Escrivá gozó ya en vida, se extendió después de su muerte, hasta el punto de que, en muchas naciones, puede considerarse ya una auténtica manifestación de devoción popular. La Causa de Canonización fué introducida en Roma el 19 de febrero de 1981. Se instruyeron dos Procesos Cognicionales aeque principales, uno en Madrid y otro en Roma, que se concluyeron respectivamente, el 26 de junio de 1984 y el 8 de noviembre de 1986. Después, fué estudiada en la Congregación de las Causas de los Santos; primero, en el Congreso de Consultores, celebrado el 19 de septiembre de 1989, bajo la presidencia del Promotor General de la Fe, Revmo. Mons. Antonio Petti; luego, el día 20 de marzo de 1990, en la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos, en la que actuó como Ponente el Emmo. Card. Edouard Gagnon. Y en las dos reuniones, se dio una respuesta afirmativa a la pregunta sobre el ejercicio heroico de las virtudes del Siervo de Dios.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, después de haber recibido una relación fiel de todo lo que se acaba de exponer, acogiendo los pareceres de la Congregación, ordenó que se extendiese el Decreto sobre las virtudes heroicas del Siervo de Dios.

Cumplida esa disposición, y convocados en fecha de hoy el Cardenal Prefecto, el Ponente de la Causa, el infrascrito Secretario y las demás personas establecidas, el Santo Padre ha declarado en presencia de los asistentes: Constan las pruebas de las virtudes teologales de la Fe, Esperanza y Caridad, tanto hacia Dios como hacia el prójimo, así como de las virtudes cardinales de la Prudencia, Justicia, Templanza y Fortaleza, con las demás anejas practicadas, en grado heroico, del siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer, Sacerdote, Fundador de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei, en el caso y para los efectos de que se trata.

El Santo Padre ha dispuesto que este Decreto se haga público y sea incluído en las actas de la Congregación de las Causas de los Santos.

Dado en Roma, el día 9 de abril del Año del Señor 1990

ANGELUS Card. FELICI, Praefectus

L + S

Eduardus Nowak, Archiep. tit. Lunensis, a Secreti

9.2 Discurso del Santo Padre tras la ceremonia de canonización

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Roma, 6 octubre 2002

1. Al término de esta solemne celebración litúrgica, quisiera saludar cordialmente a todos los peregrinos que han venido de todas las partes del mundo. Dirijo un saludo especial a la delegación gubernativa, a las numerosas personalidades y a los peregrinos de Italia, donde el nuevo santo trabajó durante mucho tiempo por el bien de las almas y la difusión del Evangelio en todos los ambientes.

2. Saludo cordialmente a las delegaciones y a los peregrinos de lengua francesa que han venido para la canonización de Josemaría Escrivá. Ojalá encuentren en la enseñanza del nuevo santo los elementos espirituales que necesitan para recorrer el camino diario de la santidad. Os bendigo a todos con afecto.

Invito a los miembros de las diferentes delegaciones y a todos los que habéis venido de los países de lengua inglesa a aprender la lección del nuevo santo: Jesucristo debe ser la inspiración y la meta de todos los aspectos de vuestra vida diaria. Os encomiendo a vosotros y a vuestras familias a su intercesión, e invoco abundantes bendiciones sobre vuestro compromiso y vuestro apostolado.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua alemana que han participado en la celebración de la canonización del sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer. Que su palabra y su ejemplo os estimulen a buscar la santidad. Realizad con gran amor a Dios las pequeñas cosas de todos los días. Que el Señor os conceda a todos su gracia.

Saludo a todas las delegaciones oficiales, así como a los numerosos participantes en la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, llegados de España y Latinoamérica. Acogiendo, como Pedro, la invitación de Jesús a remar mar adentro, sed apóstoles en vuestros ambientes. Que en este camino os acompañe la Virgen María y la intercesión del nuevo santo.

Saludo también a los participantes de lengua portuguesa aquí presentes. Que san Josemaría os sirva de modelo en vuestro compromiso de santificar vuestro trabajo y vuestras familias. ¡Alabado sea nuestro Señor Jesucristo!

Saludo cordialmente a todos los miembros del Opus Dei, a los devotos de san Josemaría y a todos los peregrinos de Polonia. Que su intercesión sea para todos propiciadora de gracias, y que el carisma de su vida os inspire en las sendas del progreso espiritual. ¡Dios os bendiga!

3. El amor a la Virgen es una característica constante de la vida de san Josemaría Escrivá, y es parte eminente de la herencia que lega a sus hijos e hijas espirituales. Invoquemos a la humilde Esclava del Señor para que, por intercesión de este devoto hijo suyo, nos conceda a todos la gracia de seguirla dócilmente en su exigente camino de perfección evangélica.

Por último, saludo cordialmente al prelado y a todos los miembros del Opus Dei: os agradezco todo lo que hacéis por la Iglesia.