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La dimensión electiva

Para actuar bien no basta desear un fin bueno; es necesario, además, que sean buenos los medios elegidos para alcanzar el fin, y esta es precisamente la función esencial de la virtud moral: ser hábito de la buena elección. El acto propio de la virtud moral es la elección recta[i]. Una de las definiciones aristotélicas de virtud subraya este aspecto: «La virtud es un hábito electivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón, tal como decidiría el hombre prudente»[ii].

Gracias al deseo firme de tender a la buena intención, la razón puede deliberar sin obstáculos sobre los medios adecuados que hay que poner para conseguirla. Como fruto de esta deliberación, la razón juzga cuál es la acción concreta que está conforme con el fin virtuoso e impera su puesta en práctica. Si la persona elige libremente esa acción, se hace buena y virtuosa. De este modo, la razón, guiando y mandando a las potencias apetitivas (voluntad y afectividad sensible), forma en ellas las virtudes morales.

Para llegar al juicio sobre la acción concreta que se debe realizar, la persona debe contar con el conocimiento de las normas (ciencia moral). Este conocimiento es importante, y deben ponerse los medios para adquirirlo; pero no es suficiente: se puede conocer muy bien la ciencia moral y, a pesar de ello, juzgar mal y elegir una acción mala por influencia de una pasión. Por ejemplo, al avaro le parece bueno lo que desea, aunque sepa que es contrario a la norma moral. Para elegir aquí y ahora una acción buena, es preciso que la persona la “vea” como buena, no solo en general, sino también como buena para ella, aquí y ahora, y para eso necesita tener connaturalidad afectiva con el bien[iii]. Por eso, además de la ciencia moral, se necesitan las virtudes morales (naturales y sobrenaturales), que proporcionan esta connaturalidad, gracias a la cual la razón se hace prudente, es decir, capaz de un conocimiento concreto, directo y práctico, que le permite juzgar rectamente, de modo sencillo y con certeza, sobre la acción que se debe realizar en cada momento[iv]. De este modo, las virtudes morales hacen posible que la deliberación y la elección sean rectas[v].

La connaturalidad con el bien es indispensable para que la persona pueda deliberar rectamente sobre la acción que debe elegir, como medio, en cada caso concreto, es decir, para que sea prudente[vi]. Así como los primeros principios especulativos son los presupuestos, las bases, del conocimiento científico, los deseos de alcanzar los fines virtuosos son los principios del conocimiento práctico o moral. Y del mismo modo que sin los primeros principios especulativos no puede haber ciencia, sin las virtudes morales –que consolidan el deseo de los fines virtuosos- no puede haber prudencia. La influencia de la voluntad y de los afectos sensibles sobre la razón es decisiva para que ésta juzgue acertadamente sobre los medios. Es necesario que los apetitos estén bien ordenados por las virtudes, para que la razón pueda deliberar sin obstáculos sobre la acción que se debe realizar en cada momento, para que pueda “ver” la verdad sobre el bien; si la voluntad y los afectos están bien dispuestos por las virtudes morales, estimulan a la razón a conocer mejor la verdad sobre el bien; en cambio, si están mal dispuestos por los vicios, la razón se vuelve “ciega” para reconocerla. Por eso afirma Santo Tomás que «el hombre que tiene corrompida la voluntad, como conformada con las cosas mundanas, carece de rectitud de juicio sobre el bien; por el contrario, quien tiene su afecto sano, juzga acertadamente del bien»[vii].

Para juzgar acertadamente sobre el bien concreto, es decir, para ser prudente, el hombre necesita, como se acaba de ver, las virtudes morales en la voluntad y en los apetitos sensibles. Pero, a la vez, para adquirir las virtudes morales, necesita las virtudes intelectuales: la sindéresis, que le indica el fin bueno que debe buscar, y la prudencia, que señala la acción verdaderamente buena, excelente, para alcanzar el fin propuesto. De este modo, la razón “racionaliza” a la voluntad y a los apetitos sensibles, formando las virtudes morales.

Se puede concluir, por tanto, que las virtudes morales son el mismo orden de la razón implantado en las facultades apetitivas, la racionalización de la conducta determinada por la voluntad y los apetitos para que concuerde con la razón[viii]. Si se olvida o niega esta dimensión esencial, las virtudes quedan reducidas necesariamente a costumbres o automatismos, y pierden su puesto clave en la ciencia y en la vida moral.


[i] Cf. S.Th., I-II, q. 65, a. 1.

[ii] ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco, II, 6. Sto. Tomás recoge esta definición en S.Th., II-II, q. 47, a. 5.

[iii] Cf. JUAN PABLO II, Encíclica Veritatis splendor, n. 64 (en adelante VS).

[iv] Cf. S.Th., I-II, q. 58, a. 5. Cf. VS, n. 64. Cf. M. RHONHEIMER, La perspectiva de la moral, cit., 218.

[v] No se debe olvidar, sin embargo, que hacer posible la elección recta no quiere decir garantizarla plenamente. Desear de modo firme un fin virtuoso es necesario, pero no suficiente, para que la elección de la acción concreta sea recta. En el estudio particular de la virtud de la prudencia se examinarán los pasos que han de darse a fin de superar los obstáculos que impiden llegar a un juicio recto sobre la acción y a su efectiva realización.

[vi] Cf. S. TOMÁS DE AQUINO, De virtutibus in communi, aa. 6 y 12.

[vii] S. TOMÁS DE AQUINO, In Epistola ad Romanos, c. 12, lect. 1. Para profundizar en esta cuestión, remitimos a: A. SARMIENTO-T. TRIGO-E. MOLINA, Moral de la Persona, EUNSA, Pamplona 2006, capítulo XIX, donde se trata de la importancia de las buenas disposiciones morales para el conocimiento de la verdad moral.

[viii] Cf. S. TOMÁS DE AQUINO, De virtutibus, q. 1, a. 9c.; In Ethicorum, l. II, lect. 4, n. 7.

5. Formación de la conciencia

a) Necesidad de esta formación

Por lo que llevamos dicho podemos concluir que es necesaria la formación y especialmente acuciante para un hombre de fe que quiere conocer mejor a Dios, y se da cuenta de que «la religión es la mayor rebelión del hombre que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma –que no se aquieta– si no trata y conoce al Creador»; por eso verá que «el estudio de la religión es una necesidad fundamental» y que «un hombre que carezca de formación religiosa no está completamente formado»(12).

Por eso recalca el Catecismo que «hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas» (CEC, 1783).

En cualquier materia intentamos alcanzar el mayor número de conocimientos para ser doctos en aquel saber. Y si no los alcanzamos, evitamos hablar del tema por indoctos. Pero, ¿sucede lo mismo con los temas relativos a la fe ya la moral? Muchas veces se pontifica sobre lo que se ignora.

Por todo ello, «la conciencia tiene necesidad de formación. Una educación de la conciencia es necesaria, como es necesario para todo hombre ir creciendo interiormente, puesto que su vida se realiza en un marco exterior demasiado complejo y exigente»(13). Añade el Catecismo que «la educación de la conciencia es tarea de toda la vida (…) garantiza la libertad y engendra la paz del corazón» (CEC, 1784).

Por ello, la formación de la conciencia seguirá reglas parecidas a las de toda formación. Sin embargo, a la hora de aplicarlas, no podemos olvidar un dato importantísimo: lo que pretendemos al formar la conciencia no es simplemente alcanzar una habilidad o desarrollar una facultad, sino conseguir nuestro destino eterno. Esto nos lleva a ver unos cuantos presupuestos básicos de la formación de la conciencia.

b) Revelación y Magisterio eclesiástico

Los hombres, para conocer nuestro destino sobrenatural y los medios para alcanzarlo, necesitamos de la Revelación. En este sentido, no somos «espontánea y naturalmente cristianos». La palabra de Dios no sólo asegura que una cosa conduce al hombre a su fin natural, sino que informa también su meta sobrenatural y todo lo que le acerca a ella. Lo objetivamente revelado confirma y corrobora, además, las disposiciones sembradas por el Espíritu Santo en el alma que está en gracia.

Pues bien, como decía Pío XII, la moral cristiana hay que buscarla «en la ley del Creador impresa en el corazón de cada uno y en la Revelación, es decir, en el conjunto de las verdades y de los preceptos enseñados por el Divino Maestro. Todo esto –así la ley escrita en el corazón, o la ley natural, como las verdades y preceptos de la revelación sobrenatural– lo ha dejado Jesús Redentor como tesoro moral a la humanidad, en manos de su Iglesia, de suerte que ésta lo predique a todas las criaturas, lo explique y lo transmita, de generación en generación, intacto y libre de toda contaminación y error»(14).

La Iglesia, pues, a través de su Magisterio ordinario y extraordinario es la depositaria y maestra de la verdad revelada. De ahí que «los cristianos, en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia»(15). Difícilmente podría hablarse de rectitud moral de una persona que desoiga o desprecie el Magisterio eclesiástico: «el que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia; y el que me desprecia, desprecia al que me envió» (Lc 10,16).

Por tanto, para un cristiano, sí no hay unión con la Jerarquía –con el Papa y con el Colegio Episcopal en comunión con el Papa–, no hay posibilidad de unión con Cristo. Ésta es la fe cristiana, y cualquier otra posibilidad queda al margen de la fe. Y no sólo cuando es Magisterio extraordinario, o bien ordinario y universal, sino también cuando es auténtico: «la mayor parte de las veces lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece por otras razones al patrimonio de la doctrina católica.

Y si los Sumos Pontífices pronuncian de propósito una sentencia en materia disputada, es evidente que según la intención de los mismos Pontífices, esa cuestión no puede considerarse ya como de libre discusión entre los teólogos»(16).

Será, pues, el Magisterio eclesiástico la fuente fundamental para la formación de la conciencia. Como recordaba Juan Pablo II: «Entre los medios que el amor redentor de Cristo ha dispuesto para evitar este peligro de error [hace referencia a la conciencia venciblemente errónea], se encuentra el Magisterio de la Iglesia: en su nombre, posee una verdadera y propia autoridad de enseñanza.

Por tanto, no se puede decir que un fiel ha realizado una diligente búsqueda de la verdad, si no tiene en cuenta lo que el Magisterio enseña; si, equiparándolo a cualquier otra fuente de conocimiento, él se constituye en su juez; si, en la duda, sigue más bien su propia opinión o la de los teólogos, prefiriéndola a la enseñanza cierta del Magisterio»(17). Pero ¿cómo encaja esta afirmación con la libertad religiosa proclamada por el Concilio Vaticano II? Vamos a verlo.
c) Libertad religiosa y libertad de las conciencias
La libertad religiosa proclamada por el Concilio Vaticano II tiene un sentido preciso: «La libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil»(18).

Lo que especifica es que no puede haber ninguna autoridad civil que pueda imponerse en el tema religioso. Pero en ningún momento habla de la libertad de conciencia, acuñada por la doctrina laicista, porque esta doctrina hace de la conciencia el sumo principio y criterio de verdad, negando la ley de Dios, de la que se declara independiente.

Por eso decimos: no a la libertad de conciencia (conciencia autónoma frente a Dios), y sí a la libertad de las conciencias (no se puede impedir desde fuera que cada uno siga su conciencia en materia religiosa).

Por lo tanto podemos decir con la Gaudium et spes: «…sean conscientes que no deben proceder a su arbitrio, sino que deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina, dóciles al Magisterio de la Iglesia que interpreta auténticamente esa ley, a la luz del evangelio».

12. Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid, n. 73.

13. Pablo VI, o. c.

14. Pío XII, Alocución, 23-III-1952.

15. Dignitatis humanae, nº 14; cfr Veritatis splendor, nº 64.

16. Pío XII, Enc. Humani generis.

17. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II Congreso Internacional de Teología Moral, 12-XI-1988.

18. Dignitatis humanae, nº 1.

6. Medios para formar rectamente la conciencia

Hemos llegado al punto en que podemos explicitar las normas y medios para la formación de una conciencia recta o verdadera. Sin embargo, esas normas o medios no los podemos ver como una concesión de nuestra parte «porque no queda más remedio». No es la formación un meterse entre carriles que nos llevan a donde no queremos ir, sino medios que nos llevan a la Verdad y al Amor.

Si no actuamos así es que no tenemos deseos de formarnos. Y la queja de Cristo tiene que ser un revulsivo para nosotros, pues como Él mismo dice se debe a la libre negativa del hombre: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina» (Jn 8, 43).

También hay que tener en cuenta que puede costar no pocos sacrificios seguir una conciencia rectamente formada, pues no olvidemos que una vida cristiana, llevada hasta sus últimas consecuencias, no puede excluir la cruz: «el que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame» (Mt 16,24.).

Por último, al formar la conciencia, no se puede caer en el encasillamiento interior, pero tampoco en la ignorancia o desprecio de las normas de la Iglesia. Una buena educación estará tan lejos del escrúpulo como de la «manga ancha». Es preciso tener las ideas muy claras y que luego las aplique cada uno a su manera con libertad y responsabilidad personales.
a) Buscar a Dios seriamente
Una buena formación de la conciencia tendrá que partir de una base de seria búsqueda de ese Dios-Hombre, que ha descendido hasta nosotros haciéndose tan cercano. Una búsqueda que debe ya estar marcada en su inicio con la honradez de pechar con todas las consecuencias del encuentro, porque Cristo nos llama no para que le admiremos como un ser excepcional; nos llama para que le sigamos hasta identificarnos con Él.

Por eso, otra actitud revelaría miedo a Dios, miedo al encuentro. Por lo tanto, en primer término será preciso leer el Evangelio. «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: ‘Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo’.

»–Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?»(19).

b) Sinceridad

La sinceridad consigo mismo, con Dios y con los demás, es absolutamente imprescindible para el cultivo de una conciencia recta. Y muchas veces nos intentamos engañar a nosotros mismos, para luego engañar a los demás, y, en último término, a Dios.

Un medio habitual para practicar la sinceridad consigo mismo y con Dios es el examen de conciencia. En él ejercitamos de modo claro la responsabilidad personal para hacernos cargo de nuestros errores, para fomentar el propósito de la enmienda y para confesarnos si fuera preciso, y para dolernos de haber ofendido a nuestro Padre Dios.

Otro medio importante para conocernos mejor, conocer más al Señor y ayudarnos a la sinceridad es la oración mental en la que tratamos con Dios de nuestras cosas (alegrías, fracasos, éxitos, preocupaciones…), viéndolos con otra dimensión meramente humana y acomodaticia a nuestros intereses personales.
c) Apoyarse en los demás
El apoyo en los demás deberá partir de la humildad de quien se sabe no autosuficiente, sino necesitado. Esa ayuda podrá verificarse de muchos modos complementarios entre sí: a través de la dirección espiritual, de la confesión, de un amigo que nos da un determinado consejo, de unas clases que amplíen los conocimientos doctrinales, de un buen libro, etc.

«Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior.

»Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un Maestro, para que, con su luz y conocimiento nos conduzca a puerto seguro»(20).

Habría que volver a recordar la importancia de la sinceridad al hablar de dirección espiritual, y sería bueno recordar que siendo sinceros con nosotros mismos, no será difícil –aunque cueste– serlo con el director, porque a la dirección espiritual o se va con absoluta sinceridad o no se va: la comedia no tendría sentido.

La confesión es la culminación de la dirección espiritual, por la cual Dios nos da su gracia para vencer en la lucha diaria. La confesión nos perdona los pecados y nos consigue una conciencia recta porque consagra y diviniza nuestro deseo de rectificar.

«En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (CEC, 1458).

d) Formación a través de la lectura

Es obvio que si la Iglesia es la depositaria e intérprete auténtica de la verdad revelada, nuestro primer medio de formación será el estudio de los documentos del Magisterio, y de otros libros con buena doctrina, avalados por la autoridad eclesiástica competente. Y entre éstos, no estará de más que repasemos, de vez en cuando, las verdades fundamentales de nuestra fe, contenidas en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Al hablar de la lectura de libros –tan necesaria–, no es superfluo considerar que es necesario un buen asesoramiento antes de leer un libro, para que ese libro ayude efectivamente a iluminar la conciencia y no a oscurecerla. Terminamos con unas palabras tremendamente actuales sobre esta necesidad de formación:

«La enseñanza de la religión ha de ser libre, aunque el cristiano sabe que, si quiere ser coherente con su fe, tiene obligación grave de formarse bien en ese terreno, que ha de poseer –por tanto– una cultura religiosa: doctrina, para poder vivir de ella y para poder ser testimonio de Cristo con el ejemplo y con la palabra»(21).

19. Beato Josemaría Escrivá, Camino, Rialp, Madrid, nº 382.

20. Ibid, nº 59.

21. Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, o. c.