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Las virtudes sobrenaturales y los Dones del Espíritu Santo

El fin último al que todo hombre está llamado es único: el fin sobrenatural, la participación en la vida íntima de la Trinidad como hijos en el Hijo.

La vocación del cristiano (y de todo hombre) es la identificación con Cristo (1), en quien somos injertados en el Bautismo por la gracia, con la que también recibimos las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo (1.1.).

La vida nueva del cristiano, hijo de Dios, consiste en seguir, imitar e identificarse con el Hijo por naturaleza, es decir, en vivir de acuerdo con el don de la filiación divina, fundamento ontológico de toda la vida cristiana (1.2.).

Esta vida es posible gracias al Don del Espíritu Santo, que habita en el alma del cristiano (1.3.).

Después de la reflexión general sobre la vocación cristiana y los medios sobrenaturales para vivirla, estudiaremos las características de las virtudes teologales (2) y los dones (3), lo que ayudará a comprender mejor un tema siempre difícil: las relaciones entre las virtudes humanas y sobrenaturales, que es un aspecto particular de las relaciones entre naturaleza y gracia (4).

Por último, expondremos algunas reflexiones sobre la Iglesia como ámbito de la recepción y educación en las virtudes (5).

Un caso específico: ¿Qué significa la expresión: soy aspirante en el Opus Dei?



  • Significa, en esencia, que soy un joven cristiano que ha entregado su vida a Dios, por Amor; y que quiero hacer durante mi vida, libremente, ante todo y sobre todo, la Voluntad de Dios, como Cristo hizo la voluntad de su Padre.
  • San Mateo: Oración de Jesús en el Huerto: “De nuevo se apartó por segunda vez y oró diciendo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. [43]
  • Diálogo de san Josemaría con Sofia Varvaro sobre la Voluntad de Dios.

  • Ahora estoy entregado a Dios, en la Iglesia, empeñado en la tarea de la Evangelización.

  • Pero no formo parte jurídicamente de esa partecica de la Iglesia que es el Opus Dei, aunque esté tan unido afectivamente con los ideales de las personas del Opus Dei.
  • No soy del Opus Dei. Aspiro a serlo. Pero tanto ahora como cuando pida la admisiónpitar(si se confirma que ésa es la Voluntad de Dios para mí) y cuando, con la mayoría de edad, me comprometa jurídicamente, como es mi deseo, lo único que me importa es cumplir la Voluntad de Dios.

  • Eso supone vivir la abnegación cristiana: quiero que Cristo viva en mí.
  • Durante este tiempo de discernimiento de mi vocación, estoy luchando para santificarme día a día, en cada momento concreto, sin sensación de provisionalidad, viviendo las virtudes humanas y cristianas —especialmente la reciedumbre, la sinceridad, la laboriosidad, la Santa Pureza, la generosidad— preparándome para realizar en mi vida la Voluntad de Dios para mí, y disponiéndome a seguir con fidelidad a Cristo.
  • Mi situación actual no puede ser de media entrega a Dios, o de simple espera, ya que, aunque no tengo ningún deber ni obligación jurídica con el Opus Dei, debo poner ahora –como durante toda mi vida- los medios sobrenaturales y humanos para cumplir el Primer Mandamiento de la Ley de Dios: amar a Dios con todas mis acciones, con mi alma, con mi mente y mi corazón.

¿Cómo la supera un cristiano, especialmente cuando se ha convertido en hábito?

  • Poniendo los medios sobrenaturales y humanos que recomienda la Iglesia:
    • Pidiéndole a Dios, con fe y perseverancia, la virtud de la pureza con humildad.

    • Recurriendo a la oración frecuente, a la Eucaristía y a la intercesión de la Virgen.

      Leonard: “Esperarlo todo de la Eucaristía: ¡Cuerpo de Cristo, sálvame! Que este sea también tu grito en las horas de la tenación o del pecado”.

    • Acudiendo a la Virgen Inmaculada.

    • Acudiendo todas las veces que sean necesarias al Sacramento de la Reconciliación. Es fundamental el recurso frecuente a este sacramento, confiando en la misericordia del Señor, sin desanimarse: Leonard: confesarte regularmente es “dar a tu Dios la oportunidad de amarte tal como eres, de perdonarte tus faltas, y de curar las heridas de tu corazón y de tu cuerpo”.
    • Cultivando la sinceridad, que lleva no sólo a decir la verdad, sino toda la verdad de nuestra vida, yendo a las raíces, reconociéndote pecador ante tu Señor, sin dejarte descorazonar por tu fragilidad, pues el amor de Dios es más agradable que nuestro pecado. Cristo es el Cordero de Dios que lava los pecados del mundo.
    • Abriéndose a los demás, con generosidad, saliendo de uno mismo.
    • Ejercitando el dominio de sí mismo en cosas lícitas; para fortalecerse en el dominio de si mismo en las ilícitas.
    • Esforzándose por dominar la curiosidad y la dispersión mental.

    • Evitando con fortaleza y perseverancia las ocasiones de pecar: determinada publicidad, determinados periódicos, libros, revistas, etc; determinados programas de televisión; determinadas páginas web y uso del ordenador; determinados juegos en la play-station o en el móvil, canciones, etc.; determinadas situaciones, en determinados sitios y a determinadas horas, etc.
    • Esforzándose en vivir la sobriedad, especialmente en la comida y en la bebida, en sus diversos aspectos.
    • Haciendo obras de misericordia.
    • Aprovechando el tiempo, con un trabajo esforzado y diligente.

    • Cultivando el orden, sin caer en el desorden de trabajos y actividades agotadoras y frenéticas que producen grandes cansancios.
    • Poniendo esfuerzo por adquirir una afectividad generosa y madura.

    • Rechazando las tentaciones de susceptibilidad, enfado, tristeza y pesimismo; de queja interior; de vuelta obsesiva sobre los propios problemas.
    • Ocupándose en actividades ilusionantes, y cultivando ideales humanos nobles, culturales, espirituales, artísticos, etc.
    • Haciendo deporte y esfuerzo físico.

¿Cómo liberarse?

Además de los medios espirituales, de la ayuda de los Sacramentos, etc, Leonard recomienda:

La masturbación consiste en un repliegue sobre sí mismo. Contribuirás a liberarte desarrollando en tu vida los comportamientos que te descentran de ti mismo y te abren a Dios, al mundo, a los demás, a tus tareas.

Todo lo que estimula el sentido del trabajo, del compromiso y de la relación, te ayudará mucho.

Además, una vida equilibrada en la que no se duerme ni demasiado ni muy poco, en la que se deja un justo puesto al descanso y al deporte, te dispensará de recurrir a la excitación sexual a título de desahogo o de sonmífero.

En cuanto a las debilidades pasajeras, a las complicidades oscuras con las excitaciones espontáneas que puedes experimentar, sobre todo en periodos de fatiga o de angustia, deberás confiarlas a la misericordia del Señor.

  • Todo esto se integra en la unidad de la persona. Por esa razón, conviene poner todos los medios y al mismo tiempo: tanto los naturales como los sobrenaturales.

Noriega ofrece a los padres y educadores estas reflexiones:

“Conviene estar atentos a las situaciones que llevan al autoerotismo: la tristeza, el fracaso, la soledad, la dificultad de relacionarse con los demás y afrontar los retos de la vida.

La tristeza suele ser ocasión de impureza, ya que la persona busca salir de ella y encientra un sucedáneo fácil y complaciente en una experiencia vacía en la que se enroca para evitar enfrentarse con la realidad. No en vano el autoerotismo suele configurarse como una experiencia compensatoria.

El proceso de la tentación suele desencadenarse a partir de un corto circuito representativo y simbólico, que dificulta a la razón práctica el gobernar su propio dinamismo corporal, obsesionándose con la satisfacción sexual, hasta el punto de desencadenarse un proceso compulsivo.

En ocasiones puede ayudar el desenmascarar ese corto circuito representativo y hacer ver la inconsistencia de la necesidad con la que se presenta.

Cuando se ha hecho hábito en la persona, es preciso enseñar a luchar de dorma muy indirecta: por un lado, fomentando aquellas actividades en las que la persona pueda encontrar una satisfacción noble y humana, amistades sinceras que le permitán salir de sí misma y descubrir en ello el gozo de amar a los demás y serles útiles.

Por otro, ofrecer elementos narrativos indirectos, como pueden ser determinadas lecturas, películas, obras de arte que le ayuden a recomponer la imagen simbólica de la sexualidad a través de la mediación de la afectividad.

José Noriega, El destino del eros, 86