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¿Y los riesgos de embarcarse en la aventura de la respuesta a Dios?

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Embarcarse en la aventura de la respuesta a Dios tiene unos riesgos evidentes: los mismos que corren las personas que comprometen y entregan su vida por amor.

Vocación y libertad. Algunas ideas para la propia reflexión:

    • El sentido de la vida, de mi vida, es servir a Dios.
    • Por tanto, el verdadero éxito de mi vida no es cumplir el objetivo que yo me proponga sino descubrir y poner los medios para que se haga en mi vida la Voluntad de Dios para mí.
    • Dios quiere que me entregue a su servicio libremente –nadie puede decidir por mí— , por amor, sin coacción interna ni externa de ningún tipo.
    • Puedo equivocarme, acertar, elegir el bien o el mal. Es el claroscuro de la libertad.
    • Dios no me impone su proyecto para mi vida. Me lo propone de una forma y un modo que no son nunca excesivamente claros y evidentes. Dios habla en penumbra, para respetar mi libertad.
    • Dios quiere contar conmigo: para eso me ha dado unas virtudes, unos talentos, de los que quiere servirse; y junto con esas virtudes, unos defectos, de los que quiere servirse también, para darle gloria (de diversos modos: aceptándolos, procurando mejorar, etc.. ) Es decir, Dios cuenta con mis virtudes y defectos, con el libre ejercicio de mi libertad.

“Me gustaría que meditaseis en un punto fundamental, que nos enfrenta con la responsabilidad de nuestra conciencia. Nadie puede elegir por nosotros: he aquí el grado supremo de dignidad en los hombres: que por sí mismos, y no por otros, se dirijan hacia el bien (S. Tomás de Aquino, Super Epistolas S. Pauli lectura. Ad Romanos, cap. II, lect. III, 217 (ed. Marietti, Torino, 1953).).

Muchos hemos heredado de nuestros padres la fe católica y, por gracia de Dios, desde que recibimos el Bautismo, apenas nacidos, comenzó en el alma la vida sobrenatural.

Pero hemos de renovar a lo largo de nuestra existencia –y aun a lo largo de cada jornada– la determinación de amar a Dios sobre todas las cosas. Es cristiano, digo verdadero cristiano, el que se somete al imperio del único Verbo de Dios (Orígenes, Contra Celsum, 8, 36 (PG 11, 1571).), sin señalar condiciones a ese acatamiento, dispuesto a resistir la tentación diabólica con la misma actitud de Cristo: adorarás a tu Dios y Señor y a El sólo servirás (Mt IV, 10.).”

San Josemaría
, Amigos de Dios, 27

  • Para ser del Opus Dei se necesita ser mayor de edad y asumir plenamente el claroscuro de la libertad humana. Toda verdadera respuesta a la llamada de Dios es una respuesta libre, y tiene que asumir la incertidumbre y el riesgo que se da en todas las decisiones humanas.
  • Esa posibilidad compone el claroscuro de la libertad humana. El Señor nos invita, nos impulsa –¡porque nos ama entrañablemente!– a escoger el bien. Fíjate, hoy pongo ante ti la vida con el bien, la muerte con el mal. Si oyes el precepto de Yavé, tu Dios, que hoy te mando, de amar a Yavé, tu Dios, de seguir sus caminos y de guardar sus mandamientos, decretos y preceptos, vivirás… Escoge la vida, para que vivas (Dt XXX, 15–16. 19). San Josemaría, Amigos de Dios, nº 24

  • Esa respuesta exige responsabilidad, madurez y conciencia clara del alcance de los compromisos que se asumen con plena libertad.

  • Pero, si Dios quiere que sea santo… ¿soy verdaderamente libre?
  • Sí; recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica 1742: La gracia de Cristo no se opone de ninguna manera a nuestra libertad cuando ésta corresponde al sentido de la verdad y del bien que Dios ha puesto en el corazón del hombre.

    Al contrario, como lo atestigua la experiencia cristiana, especialmente en la oración, a medida que somos más dóciles a los impulsos de la gracia, se acrecientan nuestra íntima verdad y nuestra seguridad en las pruebas, como también ante las presiones y coacciones del mundo exterior.

    Por el trabajo de la gracia, el Espíritu Santo nos educa en la libertad espiritual para hacer de nosotros colaboradores libres de su obra en la Iglesia y en el mundo.


  • Al decir que al Señor hay que ser consciente de lo que se hace: se está ejercitando responsablemente la propialibertad, por amor.
  • Lectura: No hacer barricadas con la libertad.
  • He respondido positivamente a la entrega a Dios, y le he entregado al Señor gozosa y libremente estos años de mi juventud. Estoy a su servicio en el camino general de la Iglesia.
  • Cuando alcance la mayoría de edad —si los directores me confirman que ésta es la Voluntad de Dios para mí- le quiero seguir dando a Dios mi vida entera, y quiero seguir a su servicio en la Iglesia, en el camino específico del Opus Dei.
  • Al decirle al Señor que sí, al querer servirle libremente le estoy diciendo a algunas cosas que no, porque toda elección significa una renuncia, que asumo con todas las consecuencias.

El noventa por ciento


Es natural que los hijos sean un tema constante en la oración de los padres. Desde la primitiva cristiandad, los padres sueñan con que sus hijos respondan generosamente al querer de Dios.

Aunque los padres cristianos deseen que no haya nada en su hogar que separe a sus hijos de Dios, no siempre lo logran plenamente, porque sus hijos, además de ser hijos de sus padres, son también hijos de su tiempo, de su formación escolar, de su ambiente cultural, de su entorno de amistades, etc.; y sobre todo, son hijos de su propia libertad. Por eso hay padres que sufren la cruz —como Santa Mónica durante tantos años— de ver como sus hijos, a los que han procurado educar cristianamente, están lejos de Dios.

Hay estilos de vida que facilitan el encuentro de los hijos con Dios, y otros que lo dificultan. Es lógico que los padres cristianos procuren que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y pongan los medios para que su familia sea una escuela de virtudes donde sus hijos —uno a uno— puedan tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, de forma adecuada a su edad.

Por eso san Josemaría decía que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, porque una respuesta generosa germina habitualmente sólo en un ambiente de libertad y de virtud.

Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros padres se lamentan de que sus hijos ya mayores se resisten a dejar el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad.

Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso es siempre una muestra de madurez.

Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, etc. Se comprende que los padres cristianos deseen, además, que sus hijos aspiren a la santidad y no se queden en la mediocridad espiritual. En ese sentido, desean que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos. Recordaba Juan Pablo II:

“Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad” (Juan Pablo II, Nagasaki, Japón, 25.II.1981).

El discernimiento de la llamada no es cuestión de experiencia humana o de conocimiento de otras realidades del mundo, sino, sobre todo, de madurez en el trato con Dios.

Además, en la actualidad, para bien o para mal, lo habitual es que cualquier persona joven haya conocido ya, y no siempre positivamente, bastante de ese mundo al que se refieren esos padres. Los jóvenes deben afrontar hoy toda una serie de difíciles dilemas morales con los que la anterior generación no se enfrentó.

Lo importante es decir a Dios que sí cuando pasa a nuestro lado, como hizo el apóstol San Juan, que era muy joven, un adolescente. Dios llama habitualmente en la juventud, aunque también puede llamar en la ancianidad. Son significativas algunas actitudes ante la entrega que recoge el Evangelio: la de San Juan y la del joven rico.

Además, la vocación no es programable: Dios llama como y cuando quiere. El cristiano no puede imponer a Dios su propio calendario. El mismo Señor nos habla en el Evangelio de las distintas llamadas a distintas horas del día, cada cual en el momento previsto desde la eternidad. Si fuera un simple “apuntarse” a una realidad humana (como sucede a la hora de elegir un club deportivo o una carrera universitaria, por ejemplo), sería natural estudiar las distintas posibilidades de elección, y programar los tiempos oportunos. Pero sólo Dios decide el momento de luz y de gracia.

“No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza. Puede ser un momento de luz y de gracia” (Juan Pablo II, Alocución 13.V.1983).

En unos casos, Dios llama a persona con una larga experiencia humana; en otros no. Por ejemplo, para un joven no hace falta haber salido con muchas chicas y haber tenido varias novias para decidirse por Dios; igual que no hace falta haber tenido muchas novias para encontrar la mujer con que uno debe casarse.

Es bueno que tengan los pies en el suelo; pero no sería sensato desorbitar ese afán de que conozcan mundo poniéndoles en situaciones límite, desproporcionadas para su edad. Al tallo que crece no se le puede pedir que tenga la solidez del tronco, ni probarlo con hachazos.

Si, por la razón que sea, unos padres piensan que su hijo carece de la madurez necesaria para la entrega, lo normal será comentarlo con confianza a las personas que lo conocen. En estas edades de continuo cambio, es arriesgado pensar que uno mismo es el único que lo conoce bien. Es mejor contrastar opiniones.

Hay que discernir en cada caso concreto, sin presuponer por principio que el deseo de entrega de un hijo es un ímpetu juvenil, pasajero y superficial. En la actualidad es tan fuerte la presión que reciben en contra de la entrega, que una persona joven sabe bien que entregarse le supondrá mucha renuncia y mucho sacrificio. Por tanto, cuando un hijo está decidido a entregarse a Dios, lo habitual será que sus padres piensen por principio que es reflejo de una actitud generosa, madura, y no de un arranque infantil.

Los padres deben evitar la tentación de querer proyectarse indebidamente en los hijos:

“Pero el consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal” (Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 104).