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9. ¿No se corre el riesgo, en el acompañamiento espiritual, de suplantar la libertad y la responsabilidad del otro?


  • El consejo y la orientación que se recibe debe constituir una ayuda poderosa para conocer o constatar lo que Dios pide a cada uno, a cada una, en el alma, en medio de una circunstancia determinada; pero el consejo no elimina jamás la responsabilidad personal: cada persona debe decidir siempre por cuenta propia, cara a Dios.

  • Actuar de otro modo –seguir un determinado consejo y luego, si sale mal, echarle las culpas al que aconsejó- significa falta de madurez humana y cristiana.

  • Falta de madurez humana, porque en la sociedad recibimos miles de impactos informativos, presiones publicitarias y consejos muy diversos. Cada uno elige al consejero que desea escuchar y es responsable de su elección.
  • Falta de madurez cristiana, porque tanto el que orienta como el que es orientado miran en una misma dirección: Cristo.
  • Además, por encima de los consejos privados que pueda dar una determinada persona, el cristiano sabe que está la ley de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, y que el Magisterio de la Iglesia -asistida por el Espíritu Santo- custodia y propone.

  • Por eso, cuando los consejos particulares de un director espiritual contradicen objetivamente la Palabra de Dios tal como el Magisterio la enseña, hay que apartarse con decisión de ese parecer erróneo.
  • La experiencia cristiana de siglos es que, al cristiano que obra con esta rectitud, Dios le ayuda con su gracia, le inspira lo que ha de hacer y, cuando lo necesita, le ayuda a encontrar un sacerdote o un laico para conducir su alma hacia Dios.

Voluntad de Dios y debilidad humana: el camino del hijo pródigo

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  • Somos viatores, caminantes, que deseamos hacer durante el camino de nuestra vida la Voluntad de Dios… pero somos débiles. La experiencia cotidiana nos muestra, una y otra vez, que muchas veces, como les sucede a los peregrinos del camino de Santiado, nos equivocamos de camino.
  • En nuestra vida debemos volver una vez y otra a Dios, retomar de nuevo el camino, como el hijo pródigo del Evangelio, que -dolido de sus faltas- regresa contrito al encuentro de su padre.
  • Reconocer la propia debilidad es señal de humildad y de madurez cristiana que lleva a la ibertad interior, a la confianza en la misericordia divina, sin miedo a equivocarse, porque no confunde el afán de ser santos con el perfeccionismo.
  • Precisamente porque somos débiles, para remediar las posibles caídas en las que por fragilidad puede incurrir quien se esfuerza y se propone ser fiel a Dios, la misericordia divina ha previsto el Sacramento de la Penitencia. La santidad no está tanto en no caer como en levantarse arrepentido cuántas veces sea preciso.
  • Las faltas que tienen su origen en la debilidad acaban siendo, por el arrepentimiento sincero, ocasión de crecimiento en humildad por el conocimiento y re-conocimiento de la propia miseria y, por lo tanto, son camino de santidad. (Sin embargo, si antes de que llegara la tentación concreta, una persona no se propusiera seriamente vivir de acuerdo con el querer de Dios, eso ya no sería simple debilidad, sino una infidelidad consciente.)

¿Qué es la madurez humana y cristiana?

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  • El joven maduro pone los medios para conocerse cada vez mejor a sí mismo

Aunque en términos absolutos no puede hablarse de un joven maduro, ya que la madurez necesita del paso de los años, si que puede hablarse de un joven maduro en términos relativos.

Para ser un joven maduro se requiere:

  • Buscar un equilibrio entre la razón y la afectividad, cultivando la libertad y la responsabilidad.
  • Educar la imaginación y vivir en el presente.
  • Educar los impulsos y los estados de ánimo.
  • Aprender a aceptar la realidad, los propios defectos, los errores del pasado y a las personas que nos rodean.
  • Evitar las malas comparaciones con los demás, sin estar pendientes de “qué dirán”.
  • Mostrarse a los demás, con sencillez.
  • Aprender a tomar decisiones, sin precipitaciones y sin miedos exagerados a equivocarse.
  • Procurar cultivar el sentido del humor y el optimismo.