Archivo de la etiqueta: javier echevarria oracion

LA ORACION DEL ALMA

index_clip_image0021LECTURAS PARA PREPARAR ESTE TEMA

Se recomienda el estudio y la lectura atenta de:

¿Cómo es nuestra oración? de Santo Tomás Moro. Escrito por el Santo cuando estaba encarcelado en la Torre de Londres, antes de ser ajusticiado.

Javier Echevarría: Por caminos de oración

Catecismo de la Iglesia Católica, 2558-2565; 2598-2649; 2700-2745; y 2803-2865.

Daniel-Rops: La Iglesia de los Apóstoles y de los Mártires, Palabra. Muestra como vivieron su fe los primeros cristianos en medio de una sociedad pagana.

Por caminos de oración

Javier Echevarríaprelado


San Marcos, en su evangelio, relata un milagro sorprendente, que Cristo lleva a cabo en dos tiempos. Colocan ante el Señor a un ciego y le piden que lo cure. Jesús le toca los ojos con su saliva, le impone las manos y le pregunta qué divisa con su mirada.

El ciego responde: “Veo a los hombres como árboles que andan”. A continuación, Jesús le impone de nuevo las manos y aquel hombre recobra totalmente la vista.

De algún modo, nuestra situación se parece a la del ciego después de la primera intervención de Jesús: apreciamos confusamente sombras inciertas que se mueven ante nuestros ojos, a través de una niebla gris que nos envuelve y que difumina las figuras de los demás, el mundo que nos rodea, el mismo rostro de Dios. Tenemos una imagen desvaída de todo, y especialmente de Dios.

Sólo paulatinamente vamos aprendiendo a reconocer la presencia divina en los diversos sucesos, y, en consecuencia, a comprender mejor el mundo, a nosotros mismos y a los demás.

El prodigio acaecido en Betsaida -ahí tuvo lugar el milagro narrado por el evangelista- es como una parábola de nuestra propia vida. En nuestro itinerario como cristianos, nos hallamos como a mitad de camino: el milagro de la transformación en Cristo todavía no se ha acabado de cumplir.

Necesitamos que el Señor reitere su intervención sobre nosotros, para que así podamos conocerle mejor y entender bien el sentido de nuestra existencia. Lo necesitamos ahora, sea cual sea el estadio del caminar en que nos encontremos, y lo necesitaremos siempre. Porque el milagro se realiza paso a paso, en la oración, y se consumará sólo cuando contemplemos a Dios cara a cara en su gloria.

El porqué de la oración

Los sondeos de opinión, tan frecuentes en nuestros días, han difundido expresiones como “creyentes no practicantes”, “identificación parcial con la Iglesia” y otras similares.

Sin recurrir a un análisis sociológico de esa realidad y de sus posibles causas, en bastantes casos se percibe que quienes se expresan así habían recibido -o se han creado por su cuenta- una imagen deformada de Dios, de Jesucristo, del Evangelio.

Hablan, en efecto, como si el cristianismo consistiera en un conjunto de prácticas y de obligaciones; más aún, en una secuencia de renuncias. Y la conclusión se impone: o un abandono de la fe o, al menos, un alejamiento de la Iglesia, a la que se acusa de aferrarse obstinadamente a usos propios de épocas ya superadas, para construirse ellos un cristianismo a la medida.

Independientemente de los itinerarios seguidos hasta arribar a tal situación, lo cierto es que el cristianismo nada tiene que ver con la reducción a un conjunto de reglas de comportamiento. Los pastores que, después de escuchar el anuncio de los ángeles, se dirigieron a la gruta de Belén, no se pusieron en camino para recibir un código o un elenco de normas, sino para contemplar al Mesías.

Y, al llegar allí, se encontraron con un niño, el Hijo de Dios hecho hombre, en brazos de María y acompañado de José. Ahí se nos muestra la esencia del cristianismo: Dios humanado; Dios que toma nuestra naturaleza, para que los hombres no sólo le adoremos y le obedezcamos, sino para que le amemos y participemos de la misma vida de Dios, de modo incoado en este mundo y plenamente en el Cielo.

El cristianismo incluye, desde luego, normas y orientaciones para la acción. Jesús mismo señaló: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”. Pero precisamente esa frase pone de manifiesto que el acento no recae en los mandatos, sino en el amor del que los mandamientos reciben su sentido.

El amor significa mucho más que un sentimiento capaz de provocar reacciones intensas, pero quizá epidérmicas y pasajeras. Se traduce en percibir a aquel a quien se ama como otro yo.

El amor implica querer el bien del otro, la disposición a colmar sus necesidades, a atender sus deseos; e incluso estar dispuesto a dar la vida, pues se le estima más que a uno mismo. No hay por eso contraposición entre amor y ley, entre amor y obediencia, si se parte del amor rectamente considerado, punto central desde el que lo demás se explica. “Ama y haz lo que quieras”, pudo escribir San Agustín; porque si amas de veras, querrás lo que te identifica con el amado.

Este proceso, que se cumple en todo amor auténtico, se realiza de modo particular en el cristianismo, porque brota del amor infinito y perfecto de Dios. Así lo testifica el Evangelio, que el apóstol Juan resume con estas palabras: “En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por Él la vida.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados”. Ése y no otro constituye el nervio del cristianismo: el amor de Dios a los hombres; amor que estamos llamados a reconocer y por el que podemos y debemos dejarnos arrastrar.

De ahí la importancia de la oración, es decir, de emplear algunos momentos de la jornada a que las palabras del Evangelio, la vida entera de Cristo y antes, como preparación, la historia de Israel, se remansen en el alma, y el corazón aprenda a percibir -cada vez con más hondura- la magnitud del amor que Dios nos manifiesta, para actuar en consecuencia.

Si leemos el Evangelio, advertiremos que en los tres años que duró la vida pública del Señor le rodearon gentes variadísimas, que se comportaron de muy diversas formas. A veces, se habla de muchedumbres. En una ocasión se narra que, habiendo pasado el Maestro junto a pueblos y aldeas, le siguió una multitud de personas, capaces -con tal de escucharle- de abandonar su casa y su trabajo, durante varias jornadas, olvidándose de llevar alimentos con los que sostenerse.

No sabemos qué ocurrió al concluir la escena. Los hombres y mujeres allí reunidos volverían a su rutina habitual; conservarían, sin duda, el recuerdo de las palabras de Jesús, que guardarían impresas en su mente. Pero ¿por cuánto tiempo?

Tal vez algunos las olvidarían casi enseguida. Otros mantendrían más largamente esa memoria. Otros, en fin, pasarían a formar parte del grupo de los discípulos del Señor o, más adelante, después de Pentecostés, se incorporarían a la Iglesia naciente.

Sí sabemos, en cambio, lo que aconteció en el camino de Pedro, de Andrés, de Juan, de Santiago, de Mateo…, y de otros cuyos nombres no nos han sido trasmitidos, pero que nos consta que estuvieron junto a Jesús.

Hojeando las páginas de los Evangelios los vemos permanecer a su vera, escuchar sus palabras, compartir sus caminatas y sus ratos de descanso, tener confidencias íntimas y recibir con humildad sus reconvenciones, cuando la ocasión lo requiere. Lo que contemplan y escuchan no se queda en la superficie del alma, sino que penetra en los corazones.

A veces no lo entienden y acuden a Jesús, rogándole que se lo explique más detalladamente. En otros momentos, con especial luz divina, llegan hasta lo hondo de esas enseñanzas, y se asoman al misterio mismo de la vida y de la misión del Maestro, como ocurrió con Pedro y su confesión de fe en el camino de Cesárea de Filipo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan -le dice Jesús-, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

Ahí, en esas escenas, en ese convivir, en ese trato de los discípulos con Jesús, tenemos el ejemplo claro de qué es orar. “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos”, leemos en la carta a los Hebreos. Jesús, que venció a la muerte, vive.

Podemos tratarle, porque no sólo vive, sino que se acerca hasta hacerse el encontradizo con nosotros. En las páginas del Evangelio, en los Sagrarios de las iglesias, en cualquier momento y lugar, Jesús se pone a nuestro lado. Más aún, está en nuestro corazón, enviándonos, con el Padre, al Espíritu Santo, para fortalecer la fe, confirmar la esperanza y alimentar el amor.

El amor divino anula las distancias, abre cauce a la oración, al trato sencillo y continuado con el Señor. Podemos escuchar a Jesús, revivir su paso por la tierra, abrirle nuestro corazón, acercarnos a la intimidad con Él. En ese proceso, nuestra mirada se dirigirá a veces también a quienes le rodearon durante su peregrinar por Palestina, y ahora viven con Él en los Cielos -en especial, a María y a José-, y les rogaremos que nos enseñen a tratar a Cristo como ellos lo hicieron, a amarle como ellos le amaron. En otras ocasiones, partiendo de la condición humana de Jesús, de su vida, de su pasión, de su muerte y de su resurrección, nos adentraremos en su divinidad, y descubriremos al Padre y al Espíritu Santo.

Por ahí discurre el itinerario que todo cristiano está invitado a recorrer, empujado por la gracia, guiado por el Espíritu Santo. Repito: todo cristiano. Lo expresan las palabras densas y sentidas que escribió Juan Pablo II en la primera de sus encíclicas: “El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (…) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser (…).

Si se actúa en él este hondo proceso, entonces da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan gran Redentor», si «Dios ha dado a su Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga vida eterna»!”. “En realidad -concluye el Pontífice-, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo”.

Si se recorre esa senda, cada instante u ocupación cobra sentido: la existencia de la persona, también con sus momentos duros, se presenta como ocasión digna de ser afrontada con alegría, con ganas de servir, con ilusión por trasmitir a los demás la propia fe, para que también ellos participen del gozo de saberse amados por Dios.

Si no se procede así, si no se entra por senderos de oración, la fe no crece e incluso se atrofia, y lo que debía recibirse como fuente de alegría, se presenta como carga pesada y fardo insoportable. “Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida -advierte el autor de Camino-, tu caridad será filantropía; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo, y todas tus obras, estériles”.

Los cristianos, pues, debemos decidirnos a tener vida de oración. En la zozobra y en la calma, cuando se presenta cualquier necesidad o cuando experimentamos un triunfo; cuando el rezar se vuelve fácil y cuando -en tiempos de aridez- puede reclamar un especial esfuerzo; en las más diversas circunstancias, debemos buscar la conversación confiada con nuestro Padre Dios, la intimidad con Cristo, el trato con el Espíritu. Además, para que nos ayuden en el camino hacia la Trinidad, contamos con nuestra Madre Santa María y con los Santos del cielo. Así, sólo así, con el esfuerzo vital de rezar con la boca y con el alma, experimentaremos lo que significa de verdad ser cristianos.

Las vías de la oración

Pero, si la oración es necesaria hasta ese extremo, ¿cómo alcanzarla?, ¿cómo empezar?, ¿cómo proseguir el camino iniciado? Para responder a esas preguntas, reflexionemos un poco más en lo que supone e implica orar.

“La oración -escribe San Gregorio de Nisa- es una conversación o coloquio con Dios”. Con su expresivo lenguaje, Santa Teresa de Jesús la define como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. Y el Beato Josemaría: “Me has escrito: «orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?» -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: «¡tratarse!»”.

Ese trato puede revestir diversas expresiones, de acuerdo con las circunstancias, disposiciones y características de cada situación y de cada momento. La liturgia, en la que se actualiza el misterio de nuestra Redención, nos une a la plegaria de la Iglesia, que alaba, agradece, pide perdón y ruega, consciente de la acción salvadora del Señor.

Las oraciones vocales, breves como el Padre nuestro, el Avemaría o el Acordaos, o más largas como el Santo Rosario o el Vía Crucis, prestan la ocasión de saborear pasajes centrales del Nuevo Testamento y nos invitan a asimilar -a hacer propios- textos en los que se ha condensado la tradición espiritual cristiana.

A veces, en mitad de la jornada, durante el trabajo, cuando nos trasladamos de un lugar a otro, mientras descansamos, el pensamiento se elevará hasta Dios sin palabras, o acompañado de jaculatorias, de frases muy breves. Procuraremos también encontrar tiempos específicos para dedicarlos a estar a solas en diálogo con el Señor, ayudándonos de la meditación de pasajes de la Escritura, de puntos o párrafos de algún libro espiritual, de notas o apuntes tomados en otros momentos o, sencillamente, hablando, desahogando ante Dios nuestro corazón o incluso permaneciendo en silencio -no nos brotan las palabras o no tenemos necesidad de usarlas- ante el Sagrario, ante un crucifijo o ante una imagen de Santa María.

La oración se nos revela como el reino de la verdadera libertad: de la libertad del Espíritu Santo, que sopla cuando quiere y como quiere; y de la nuestra, porque, sabiéndonos hijos de Dios Padre y hermanos de Cristo, nos sentimos en familia y nos expresamos con espontaneidad. De ahí la gran flexibilidad de la oración, que cuidamos en ratos fijos -conviene que no falten-, en los que canalizamos ese diálogo con el Señor a través de textos determinados, pero -como verdadero trato filial- sin encorsetamiento en esquemas rígidos.

Pensemos en la oración de Jesús. Acude al Templo de Jerusalén y a la Sinagoga y hace suyos los tiempos y los textos de la plegaria judía. Antes de designar a los Doce Apóstoles, pasa toda una noche en diálogo con el Padre. Procede del mismo modo, retirándose al Huerto de los Olivos, cuando se acerca la hora decisiva de la Pasión. Al disponerse a realizar milagros, invoca al Padre, acompañando la petición con el gesto de elevar los ojos al cielo, y después se dirige de nuevo a Él en acción de gracias. Cuando los Apóstoles le ruegan: “Señor, enséñanos a orar”, responde con la oración estupenda, sublime, sencilla y clara, del Padrenuestro.

Jesús hablaba a Dios como Padre, acudiendo al término familiar abba, que nos han conservado los escritos del Nuevo Testamento y que expresa cariño y ternura. Pues bien, Jesús ha querido que también nosotros, participando de su filiación, podamos expresarnos de esa misma manera. De Él parte la lección de que, a cualquier hora, la plegaria ha de alzarse sencilla, sincera y confiada, con la disposición propia de quien es, se sabe y se siente hijo de Dios.

Nada más lejos de la auténtica plegaria cristiana que una verborrea engolada. Quando rogas -es un consejo de San Agustín-, pietate opus est, non verbositate, “cuando reces, abre paso a la piedad, no a la palabrería”. La hondura y la grandeza del diálogo con el Señor no dependen de la hermosura de las palabras, sino de la piedad filial, de la sinceridad del corazón, de la sencillez con que nos dirigimos a nuestro Padre Dios manifestándole nuestro amor, nuestros afanes, deseos y necesidades.

“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y todo el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá”. Con la seguridad que deriva de esa promesa de Jesús, debemos abrir nuestra alma al orar, sin miedo, sin tapujos, sin cobardías, dándonos a conocer tal como somos y manifestando al Señor lo que nos parece que precisamos. A Dios no se le ocultan nuestras indigencias -las conoce antes de que se las confiemos-, pero quiere que se las expongamos para que el cumplimiento de sus designios pase a través de nuestra propia y personal cooperación.

Cristo nos ha enseñado que Dios es Padre, que ama a los hombres -a cada uno y a todos- y nos atiende con infinita condescendencia; que, cuando nos alejamos de Él, nos busca y nos espera -como el padre de la parábola- para acogernos con el beso del perdón y el abrazo de la alegría.

En ocasiones pone a prueba nuestra fidelidad -porque nos conviene, no porque Él se recree en “probarnos”-, pero al mismo tiempo nos concede la gracia suficiente para superar todas las dificultades. Quien reza no desespera, no olvida que Dios le conoce; y se mueve, por tanto, con la certeza de que Dios le otorgará -cuando convenga y como convenga- la ayuda precisa para llegar más allá de lo que el mismo interesado se consideraba capaz.

Sencillez, confianza, sinceridad, espontaneidad, perseverancia, son algunas de las propiedades de la oración. Quisiera mencionar otra: su carácter contemplativo. La oración cristiana conduce a contemplar. “La contemplación -afirma el Catecismo de la Iglesia Católica- es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia (…). Es comunión: en ella la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, a su semejanza”. Los contenidos de la oración admiten múltiples variaciones, como cambian las palabras y las circunstancias con las que se alza el alma al Cielo; pero existe un elemento esencial que nunca puede faltar: la fe honda, activa, en la presencia de Dios; el convencimiento de que el Señor nos oye; el esfuerzo de mirarle con amor y con intimidad, y el sabernos mirados.

Entremezclándose con la meditación o con la plegaria, con la petición o con la queja, con las palabras o con las miradas, en la oración -con la gracia divina- ha de estar siempre presente la actitud contemplativa, conciencia real de la cercanía de Dios.

Más aún: debe estar presente no sólo en los ratos especialmente dedicados a la oración -siempre indispensables-, sino durante todo el día, en el trabajo y demás ocupaciones, en los problemas y en las alegrías. Porque, si acogemos de veras el don de la fe y nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, podremos realizar -también nosotros- el ideal que tan frecuentemente proclamó, con sus palabras y con su vida, el Beato Josemaría: ser “contemplativos en medio del mundo”, nel bel mezzo della strada, en mitad de la calle, como le gustaba decir acudiendo a una gráfica expresión italiana.

El panorama resulta amplio, grandioso, divino. La conciencia de nuestra pequeñez quizá nos empuje a conformarnos con nuestra indignidad ante tanta grandeza. La fe nos enseña, sin embargo, que Dios nos ama, no por nuestra valía o nuestros méritos, sino -como leemos en el Salmo- quoniam bonus, por su bondad y su eterna misericordia. Cuando nos acercamos al Señor, la luz de su santidad nos alumbra y percibimos más claramente nuestra poquedad, pero sin desánimos, porque advertimos a la vez que Él, que conoce hasta el último recoveco de nuestro corazón, nos ama con predilección y anhela atraernos hacia Sí mismo poco a poco, contando con nuestra libertad.

Por eso, la oración auténtica estimula con fuerza los propósitos prácticos de mejora. El alma que reza formula espontáneamente al Señor la pregunta decisiva que salió un día de boca de San Pablo: “¿Qué tengo que hacer, Señor?”, ¿cuál es tu Voluntad?, ¿qué deseas?, ¿qué es lo que te agrada? Como ha escrito el Beato Josemaría, la oración “es la hora de las intimidades santas y de las resoluciones firmes”.

El sello de la autenticidad de la oración se centra ahí: en la respuesta afirmativa a la invitación de Cristo para seguirle, perseverantemente, pase lo que pase. Porque -la advertencia viene del mismo Jesús- “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que cumple la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos”.

Oración y vida se unen en nuestro caminar en el mundo. La oración nos lleva a clamar “¡Padre mío!”, en un encuentro personalísimo e intransferible: mío, a pesar de mi nulidad; mío, porque se me entrega. Y, a la vez, “¡Padre nuestro!”, con conciencia de avanzar unidos a la Iglesia y a la humanidad entera; porque ese amor infinito y personalísimo, con el que Dios ama a cada uno se extiende a todos, en un abrazo único que nos constituye en hermanos. La oración cristiana no fluye de un deseo individualista de perfección, sino del amor divino, que no admite límites.