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La mentira: cuando parece una cosa pero es otra… o las dos.

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Catecismo de la Iglesia Católica

III LAS OFENSAS A LA VERDAD

2475 Los discípulos de Cristo se han “revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,28). “Desechando la mentira” (Ef 5,25), deben “rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias” (1 P 2,1).

2476 Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cf. Pr 19,9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cf Pr 18,5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.

2477 El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf CIC, can. 220). Se hace culpable

– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo.

– de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran (cf Si 21,28).

– de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.

2478 Para evitar el juicio temerario, cada uno deberá interpretar en cuanto sea posible en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones de su prójimo:

Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 22).

2479 Maledicencia y calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y la caridad.

2480 Debe proscribirse toda palabra o actitud que, por halago, adulación, o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar servicio o la amistad no justifican una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea ser agradable, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas.

2481 La vanagloria o jactancia constituye una falta contra la verdad. Lo mismo sucede con la ironía que busca ridiculizar a uno caricaturizando de manera malévola un aspecto de su comportamiento.

2482 “La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar” (S. Agustín, mend. 4,5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: “vuestro padre es el diablo…porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

2483 La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error. Lesionando la relación del hombre con la verdad y el prójimo, la mentira ofende la relación fundamental del hombre y de su palabra con el Señor.

2484 La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete, los perjuicios padecidos por sus víctimas. Si la mentira en sí sólo constituye un pecado venial, llega a ser mortal cuando daña gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.

2485 La mentira es condenable en su naturaleza. Es una profanación de la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la verdad conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo a error mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas para los que son desviados de la verdad.

2486 La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a otro. Atenta contra él en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales.

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no pude ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación concierne también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.


Una conversación sobre el pudor

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  • Esta conversación se ha construído siguiendo el modelo, tan habitual en los primeros siglos del cristianismo, de un diálogo entre un cristiano y un pagano.
  • El punto de partida de la conversación es el impudor de la sociedad contemporánea. Se han frecogido argumentos de diversos teólogos y escritores.

Dos amigos, Pablo y Juan, están esperando a sus dos chicas, Marta e Irene, en la barra de un bar. Es una tarde de otoño, después de clase. Comienzan a charlar de diversos asuntos. En un determinado momento, surge la cuestión del pudor.

  • No sé a qué viene tanto escándalo -dice Pablo- ¿No decís los cristianos que Adán y Eva estaban desnudos en el Paraíso?
  • Es cierto; lo dice el Génesis: “estaban los dos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban de ello”.
  • Pues es lo mismo que sucede ahora. Ya no nos avergonzamos, que es un sentimiento antiguo.
  • Me temo que no, Pablo, … por varias razones: porque Adán y Eva estaban en el Paraíso, y nuestro mundo no es precisamente el Paraíso; y porque ese “no se avergonzaban” no tiene nada que ver con los parámetros de vergüenza de algunos pueblos primitivos, que son distintos de los nuestros. Además, en esos pueblos, con distintos parámetros, sigue latente el pudor.

    Adán y Eva no se avergonzaban cuando estaban en el Paraíso porque no habían pecado;reinaba en ellos una armonía total entre el alma y el cuerpo, y tenían un pleno autodominio de sí mismos.

  • ¿Y eso qué significa?
  • Significa que Adán miraba a Eva, tal como Dios la había querido, “por sí misma”, en un estado de inocencia original. Y en ese estado, perfectamente ordenado, la vergüenza no tenía sentido.
  • ¿Por qué?
  • Porque la vergüenza nació tras el pecado, tras la desobediencia, tras la trangresión del mandamiento de Dios. A partir del pecado, el hombre y la mujer perdieron su sencillez, su pureza y su inocencia originaria. Dice el Génesis, que tras pecar “se les abrieron a ambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos, y entretejiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores”.
  • ¿Pero es que antes no se daban cuenta?
  • No consistió en un paso entre un “no darse cuenta” y un darse cuenta”. Fue un cambio mucho más profundo y trascendental. Tras el pecado original cambió radicalmente el sentido de la desnudez humana. Por eso Dios le preguntó a Adán: “¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?”
  • Juan: me parece que no acabo de entender qué me quieres decir.
  • Voy a ver si me explico mejor. Tras el primer pecado, Adán y Eva descubrieron una dimensión sexual en su cuerpo que ya no procedía del proyecto de Dios, sino del “mal” que acababan de conocer mediante el pecado.

    Y esa nueva dimensión, fruto del pecado y del desorden, es la que hizo surgir en ellos la vergüenza y el pudor. Es decir: cuando perdieron en su alma el sentido de la imagen de Dios, les nació el sentido de la vergüenza de su cuerpo.

  • Pero, según tu fe, antes de pecar, Adán y Eva ya eran un hombre y una mujer…
  • Sí; no eran ángeles; era un hombre y una mujer que vivían su sexualidad conforme al plan de Dios, con dos cuerpos en plena comunión con el querer divino. El pecado original rompió todo eso, y lo redujo a la situación actual.
  • Y empezaron a sentir vergüenza…
  • El Génesis lo explica de este modo: “El Señor Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió”.
  • ¿Y eso qué significa para ti, como cristiano?
  • Que Dios les ayudó para poder presentarse ante Él, sin sentir vergüenza, para que estuviesen de un modo parecido a la inocencia originaria.

    Es una forma hermosa de decir que el hombre, por la dignidad de su propio cuerpo, no debe ir desnudo como los animales.

    Te lo resumiría así: el pudor nace tras el pecado; y es el medio que le da Dios al hombre para que conserve su dignidad de hombre. Porque no es un simple animal sexuado más: es una persona humana.

  • Pero Dios, según tu visión, creó al hombre y a la mujer sexuados desde el principio.
  • Sí; sexuados, pero con una plena aceptación de su cuerpo y de su verdad. Eran dos personas con dos cuerpos que llevaban patente el signo de la “imagen de Dios”, y que gozaban de la visión divina del mundo. Eso es –siempre dentro del misterio, que no pretendo “explicar”- lo que se derrumbó en ellos tras el pecado.
  • ¿Cómo?
  • Con una fuerte conciencia de estar inermes: “Temeroso porque estaba desnudo, me escondí” se lee en el Génesis.
  • ¿Inermes?
  • Sí: inermes, desvalidos ante las pasiones desordenadas, que experimentaban por vez primera. Sometidos a la concupiscencia. Con una naturaleza caida. Y con una visión distinta de su cuerpo de la originaria, porque ahora su cuerpo ya no gozaba de la libertad primera, sino que como fruto de su decisión de pecar, estaba sometido al pecado.
  • Muy bien, Juan, respeto tus creencias. Pero no soy cristiano y no creo en esto que me cuentas. Mi sentido del pudor es distinto.
  • Pero Pablo, si yo no te hablaba desde un punto de vista estrictamente cristiano: yo sólo quería mostrarte como el pudor, la vergüenza, es algo natural en el hombre. Es una reserva espontánea frente a posibles intromisiones en la esfera de la intimidad, de lo personal.
  • Pero ¿y qué importa romper esa intimidad?
  • Importa y mucho, porque cuando una persona rompe su intimidad, queda violentada, como si le hubiesen arrebatado algo precioso de sí. Ha perdido el señorío sobre sí misma.
  • ¿Me estás diciendo que los que no viven el pudor han perdido ese señorío?
  • Sí. Y me parece un fenómeno negativo de nuestra sociedad, por varias razones: una de ellas es que supone una pérdida de personalidad: porque cuanto más rica es la personalidad de una persona, más valora su intimidad.
  • O sea, ¿que todos debemos ir vestidos como los tuaregs, completamente cubiertos con túnicas azules? Pues ahora muchas personas se muestran sin pudor, y publican su vida a los cuatro vientos.¿Qué piensas de ellas?
  • No; no todos tenemos ir como los tuaregs: esa es la forma más adecuada para ellos según el medio en el que deben vivir. Cada cual debe vivir conforme a su ambiente y conforme a la decencia humana.

    Pienso, con todo respeto y sin juzgarlas -sólo Dios juzga- da la sensación que esas personas, como valoran poco su intimidad, y no tienen conciencia de lo que vale su dignidad personal, no temen perderla. Si lo supieran, obrarían de otro modo.

  • Muy bien. Pero, vamos a ver, Juan: ¿qué más da taparse con un pedazo de tela o no?
  • “Da” mucho. Una persona con pudor se posee a sí misma. Eso significa que no está dispuesta a compartir su intimidad con todo el mundo, y que sólo entregará su intimidad a la persona que ama.
  • ¿Qué quieres que te diga? Me sigue pareciendo una tontería, una cuestión insignificante.
  • Sin embargo, es cuestión de mucha importancia, porque del pudor depende el control de los instintos sexuales, que si se desbocan acaban convirtiendo al hombre en un salvaje.
  • Pero, dime ¿qué de malo hay en cubrir o descubrir unas partes del cuerpo?
  • Mira Pablo: lo esencial es descubrir, dejar patente en todo momento los valores de la persona. Se trata de que al ver a un hombre, a una mujer, se piense: “estoy ante una persona”.

    Porque cuando el cuerpo no se cubre adecuadamente, este sentido se pierde, y se tiende a pensar: “estoy ante un objeto de placer”. Por eso el pudor sólo tiene sentido entre personas.

  • Fíjate; en este punto sí que coincido contigo: los animales no tienen pudor.
  • Ni verdadero amor tampoco. Por eso, se puede decir que el pudor prepara el camino del verdadero amor.
  • Es que para mí el cuerpo humano no tiene nada de impúdico.
  • Yo pienso igual.
  • ¿Cómo? Según lo que me has dicho…
  • Quizá no me haya expresado bien. El cuerpo humano en sí mismo, no tiene nada de impúdico. Ni tampoco son impúdicos en si mismos los movimientos de la sensualidad.
  • ¡Ahora, Juan, es cuando no te entiendo!
  • Perdona; intentaré explicarme mejor: el pudor o el impudor nacen de la voluntad. Soy yo, el que, al no vivir el pudor, hago mío ese movimiento sensual y reduzco mi persona a puro cuerpo; aún menos, en simple sexo, como objeto de placer. Soy yo, el que, al vivir el pudor, me muestro a los demás como persona.

  • Vale. Pero no me negarás que lo que dices choca bastante con la vida de hoy…
    Sí; y con la de ayer. A los primeros cristianos de hace veintiún siglos tampoco les resultó fácil transmitir el mensaje de Jesucristo en medio del impudor generalizado de la sociedad romana decadente.

    Pero al cabo del tiempo mostraron al mundo la grandeza del matrimonio y de la dignidad de la mujer en un mundo que desconocía estos valores; defendieron la libertad frente de la esclavitud generalizada; y el pudor cristiano dentro de una sociedad profundamente inmoral.

    No sé si sabe que la defensa del pudor y de la castidad fue una de las causas más frecuentes del martirio, junto con su negativa a dar culto al Emperador. Los Padres de la Iglesia y los primeros escritores cristianos… por cierto, ¿sabes quienes son?

  • Pues no demasiado

    Seguro que te suenan sus nombres: san Clemente; san Cipriano, que es el siglo III; san Atanasio que es del siglo IV… Pues todos tratan en sus escritos de esta materia, porque los cristianos tenían que dar testimonio en medio de una sociedad fuertemente inmoral, igual que ahora.

    Y ya se daban cuenta, igual que ahora, que cuando no se cuida la castidad, la vida cristiana empieza a entrar en crisis: la oración se hace costosa; va creciendo la vanidad, la soberbia y el egoísmo; no se entiende la mortificación cristiana ni el amor con los demás.

  • Me hablas del pudor como si fuese algo rígido, cuando va variando de una cultura a otra, como todo el mundo sabe.

    Sí; van variando los modos y maneras del pudor, pero el espíritu y la doctrina de la Iglesia es el mismo en estos XXI siglos. Durante ese tiempo la Iglesia ha recordado las enseñanzas de Cristo y la obligación de evitar las ocasiones que facilitan el pecado.

    Es el sentido de esas palabras del Evangelio: «si tu ojo te escandaliza, sácatelo y arrójalo de ti, porque mejor te es que perezca uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna».

  • Pero ahora estamos en una sociedad tolerante…

    Para ciertas cosas. Desde luego es muy permisiva y tolerante con los grandes imperios económicos que la controlan y se benefician del gran negocio de la pornografía; o con esas series de la televisión, muchas de ellas dirigidas a adolescentes, en las que -aunque a ves no se muestren imágenes directamente obscenas- se transmiten contenidos, actitudes y enfoques de la vida profundamente inmorales.

    Y en Roma…

  • Hablando de Roma, por la puerta asoma. Mira, allí viene Marta.

  • Y allí está Irene. Tendremos que cortar la conversación. Pero otro día seguimos, ¿no te parece?

  • Venga, vale.

  • Venga.

La vergüenza es natural en el hombre: no es algo “cultural”, no es algo artificial o aprendido

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Juan Pablo II. Catequesis. El cuerpo rebelde al espíritu (28-V-80/1-VI-80)

1. Estamos leyendo de nuevo los primeros capítulos del libro del Génesis, para comprender cómo -con el pecado original- el «hombre de la concupiscencia» ocupó el lugar del «hombre de la inocencia» originaria.

Las palabras del Génesis 3, 10: «temeroso porque estaba desnudo, me escondí», que hemos considerado hace dos semanas, demuestran la primera experiencia de vergüenza del hombre en relación con su Creador: una vergüenza que también podría ser llamada «cósmica».

Sin embargo, esta «vergüenza cósmica» -si es posible descubrir por ella los rasgos de la situación total del hombre después del pecado original- en el texto bíblico da lugar a otra forma de vergüenza.

Es la vergüenza que se produce en la humanidad misma, esto es, causada por el desorden íntimo en aquello por lo que el hombre, en el misterio de la creación, era la «imagen de Dios», tanto en su «yo» personal, como en la relación interpersonal, a través de la primordial comunión de las personas, constituida a la vez por el hombre y por la mujer.

Esta vergüenza, cuya causa se encuentra en la humanidad misma, es inmanente y al mismo tiempo relativa: se manifiesta en la dimensión de la interioridad humana y a la vez se refiere al «otro».

Esta es la vergüenza de la mujer «con relación» al hombre, y también del hombre «con relación» a la mujer: vergüenza recíproca, que los obliga a cubrir su propia desnudez, a ocultar su propio cuerpo, a apartar de la vista del hombre lo que constituye el signo visible de la feminidad, y de la vista de la mujer lo que constituye el signo visible de la masculinidad.

En esta dirección se orientó la vergüenza de ambos después del pecado original, cuando se dieron cuenta de que «estaban desnudos», como atestigua el Génesis 3, 7. El texto yahvista parece indicar explícitamente el carácter «sexual» de esta vergüenza: «Cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores». Sin embargo, podemos preguntarnos si el aspecto «sexual» tiene sólo un carácter «relativo»; en otras palabras: si se trata de vergüenza de la propia sexualidad sólo con relación a la persona del otro sexo.

2. Aunque a la luz de esa única frase determinante del Génesis 3, 7, la respuesta a la pregunta parece mantener sobre todo el carácter relativo de la vergüenza originaria, no obstante, la reflexión sobre todo el contexto inmediato permite descubrir su fondo más inmanente.

Esta vergüenza, que sin duda se manifiesta en el orden «sexual», revela una dificultad específica para hacer notar lo esencial humano del propio cuerpo: dificultad que el hombre no había experimentado en el estado de inocencia originaria.

Efectivamente, así se puede entender las palabras: «Temeroso porque estaba desnudo», que ponen en evidencia las consecuencias del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal en lo íntimo del hombre.

A través de estas palabras, se descubre una cierta fractura constitutiva en el interior de la persona humana, como una ruptura de la originaria unidad espiritual y somática del hombre. Este se da cuenta por vez primera que su cuerpo ha dejado de sacar la fuerza del Espíritu, que lo elevaba al nivel de la imagen de Dios. Su vergüenza originaria lleva consigo los signos de una específica humillación interpuesta por el cuerpo.

En ella se esconde el germen de esa contradicción, que acompañará al hombre «histórico» en todo su camino terreno, como escribe San Pablo: «Porque me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente» (Rom 7, 22-23).

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Así, pues, esa vergüenza es inmanente. Contiene tal agudeza cognoscitiva que crea una inquietud de fondo en toda la existencia humana, no sólo frente a la perspectiva de la muerte, sino también frente a ésa de la que depende el valor y la dignidad mismos de la persona en su significado ético.

En este sentido la vergüenza originaria del cuerpo («estaba desnudo») es ya miedo («temeroso»), y anuncia la inquietud de la conciencia vinculada con la concupiscencia.

El cuerpo que no se somete al espíritu como en el estado de inocencia originaria lleva consigo un constante foco de resistencia al espíritu, y amenaza de algún modo la unidad del hombre-persona, esto es, de la naturaleza moral, que hunde sólidamente las raíces en la misma constitución de la persona.

La concupiscencia del cuerpo, es una amenaza específica a la estructura de la autoposesión y del autodominio, a través de los que se forma la persona humana. Y constituye también para ella un desafío específico.

En todo caso, el hombre de la concupiscencia no domina el propio cuerpo del mismo modo, con igual sencillez y «naturalidad», como lo hacía el hombre de la inocencia originaria. La estructura de la autoposesión, esencial para la persona, está alterada en él, de cierto modo, en los mismos fundamentos; se identifica de nuevo con ella en cuanto está continuamente dispuesto a conquistarla.

4. Con este desequilibrio interior está vinculada la vergüenza inmanente. Y ella tiene un carácter «sexual», porque precisamente la esfera de la sexualidad humana parece poner en evidencia particular ese desequilibrio, que brota de la concupiscencia y especialmente de la «concupiscencia del cuerpo».

Desde este punto de vista, ese primer impulso, del que habla el Génesis 3, 7 («viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores») es muy elocuente; es como si el «hombre de la concupiscencia» (hombre y mujer, «en el acto del conocimiento del bien y del mal») experimentase haber cesado, sencillamente, de estar también a través del propio cuerpo y sexo, por encima del mundo de los seres vivientes o «animalia».

Es como si experimentase una específica fractura de la integridad personal del propio cuerpo, especialmente en lo que determina su sexualidad y que está directamente unido con la llamada a esa unidad, en la que el hombre y la mujer «serán una sola carne» (Gén 2, 24).

Por esto, ese pudor inmanente y al mismo tiempo sexual, es siempre, al menos indirectamente, relativo. Es el pudor de la propia sexualidad «en relación» con el otro ser humano. De este modo el pudor se manifiesta en el relato del Génesis 3, por el que somos, en cierto modo, testigos del nacimiento de la concupiscencia humana.

Está suficientemente clara, pues, la motivación para remontarnos de las palabras de Cristo sobre el hombre (varón), que «mira a una mujer deseándola» (Mt 5, 27-28), a ese primer momento en el que el pudor se desarrolla mediante la concupiscencia, y la concupiscencia mediante el pudor. Así entendemos mejor por qué -y en qué sentido- Cristo habla del deseo como «adulterio» cometido en el corazón, por qué se dirige al «corazón», por qué se dirige al «corazón» humano.

5. El corazón humano guarda en sí, al mismo tiempo, el deseo y el pudor. El nacimiento del pudor nos orienta hacia ese momento, en el que el hombre interior, «el corazón», cerrándose a lo que «viene del Padre», se abre a lo que «procede del mundo».

El nacimiento del pudor en el corazón humano va junto con el comienzo de la concupiscencia -de la triple concupiscencia según la teología de Juan (cf. 1 Jn 2, 16), y en particular de la concupiscencia del cuerpo.

El hombre tiene pudor del cuerpo a causa de la concupiscencia. Más aún, tiene pudor no tanto del cuerpo, cuanto precisamente de la concupiscencia: tiene pudor del cuerpo a causa de la concupiscencia.

Tiene pudor del cuerpo a causa de ese estado de su espíritu, al que la teología y la psicología dan la misma denominación sinónima: deseo o concupiscencia, aunque con significado no igual del todo. El significado bíblico y teológico del deseo y de la concupiscencia difiere del que se usa en la psicología. Para esta última, el deseo proviene de la falta o de la necesidad, que debe satisfacer el valor deseado. La concupiscencia bíblica, como deducimos de 1 Jn 2, 16, indica el estado del espíritu humano alejado de la sencillez originaria y de la plenitud de los valores, que el hombre y el mundo poseen «en las dimensiones de Dios».

Precisamente esta sencillez y plenitud del valor del cuerpo humano en la primera experiencia de su masculinidad-feminidad, de la que habla el Génesis 2, 23-25, ha sufrido sucesivamente, «en las dimensiones del mundo», una transformación radical. Y entonces, juntamente con la concupiscencia del cuerpo, nació el pudor.

6. El pudor tiene un doble significado: indica la amenaza del valor y al mismo tiempo protege interiormente este valor.

El hecho de que el corazón humano, desde el momento en que nació allí la concupiscencia del cuerpo, guarde en sí también la vergüenza, indica que se puede y se debe apelar a él, cuando se trata de garantizar esos valores, a los que la concupiscencia quita su originaria y plena dimensión.

Si recordamos esto, estamos en disposición de comprender mejor por qué Cristo, al hablar de la concupiscencia, apela al «corazón» humano.