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Un orgullo santo

La elección de Dios constituye un motivo de un orgullo santo no sólo para los padres: es también un motivo de alegría para los abuelos, hermanos, tíos, etc., y también para esos matrimonios a los que Dios no concede hijos pero son verdaderos padres espirituales de tantas almas entregadas a Dios.

Con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la entrega generosa de sus hijos. A veces, esa entrega supondrá la entrega de los planes y proyectos personales que los padres habían hecho. No es un simple imprevisto: es parte de su vocación de padres.

Los padres cristianos siguen, al actuar así, el ejemplo de la Virgen y San José. Comentaba el Papa con este motivo la escena del Niño perdido y hallado en el Templo:

“Jesús a los doce años ya da a conocer que ha venido a cumplir la divina Voluntad. María y José le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (…). ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios (…); una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos” (Juan Pablo II, La Paz, Bolivia, 10.V.1988).

Es ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta. A algunos padres les gustaría tener a los hijos continuamente a su lado, hasta que comprenden que esto no es posible. Muchos, buscando su bien, les proporcionan una formación académica que les exige un distanciamiento físico (facilitándoles que estudien en otra ciudad, o que vayan al extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de trabajo, amistad, noviazgo, etc. Y cuando Dios bendice un hogar con la vocación de un hijo, a veces también les pide a los padres una cierta separación física.

Sería ingenuo pensar que si esos hijos no se hubieran entregado a Dios estarían todo el día junto a sus padres. La mayoría de los chicos de esas edades buscan de modo natural un alto nivel de independencia. Por eso a veces pueden confundirse las exigencias de la entrega con el natural distanciamiento de los padres que suele traer consigo el desarrollo adolescente.A veces se comprueba en la vida de otros chicos de su edad, cuando se niegan por motivos egoístas, o por simple deseo de independencia, a participar en algunos planes familiares.

Con el tiempo se comprueba que la entrega a Dios no separa a los hijos de los padres, aunque a veces exija una cierta separación física: les quieren más, porque Dios no separa, siempre une.

Con frecuencia la entrega a Dios (y no sólo en el sacerdocio o la vida religiosa) supone en determinado momento dejar el hogar paterno. Es natural que a los padres les cueste ese paso, y sería extraño que esa separación no costara, y a veces mucho. También aquí se manifiesta el verdadero espíritu cristiano de toda una familia.

En esos momentos, los padres no deben olvidar que también a los hijos les cuesta esa separación; y que puede resultarles tanto o más dolorosa que a ellos. Sin darles excesivas facilidades, no harían bien en ponérselo difícil. Santa Teresa ofrece en esto el testimonio de su propia vida:

“Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra” (Santa Teresa de Ávila, Libro de la Vida, cap. 4, 1).

Celibato y amor

Jutta Burggraf, doctora en Pedagogía y Teología


1. Introducción

En el día de hoy, quiero referirme a un tema muy controvertido: el celibato. En un foro televisado que vi hace poco, un conocido psicólogo, con gesto preocupado, se preguntaba: “¿Se puede vivir hoy el celibato? ¿Se le puede pedir al hombre y a la mujer modernos vivir el celibato?”. A continuación, respondía: “¡Se vive! Y, precisamente, esa vivencia es su mejor argumento”.

También actualmente hay quienes encuentran su felicidad en el celibato cristiano. A pesar de la ola de sensualidad y egoísmo con que nos inundan los medios de comunicación. Pese a todas las advertencias freudianas y a todas las publicaciones acerca del comportamiento sexual escandaloso, tanto dentro, como fuera de la Iglesia. Los miles de personas que actualmente viven el celibato según el ideal evangélico, son interiormente libres e independientes y aman con un amor fuerte, valiente y rebelde.

Adelantando un poco lo que pienso: estoy convencida de que el celibato se puede vivir también en el tercer milenio. Mientras más sea la insistencia con que se hace de él un tabú, mientras más se le ridiculiza, mientras más grotescamente se le desfigura y deforma, más urgente me parece hablar de él y reconocer el lugar que tiene dentro del cristianismo. Es lo que intento a continuación. Me propongo exponer, a grandes rasgos, cuál es el profundo sentido que, para los hombres y las mujeres de hoy, tiene el celibato voluntario.

6. Autonomía, sentido de la solidaridad y capacidad de independencia.

  • Una persona madura es la que se esfuerza por conjugar sabiamente, con equilibrio, un espíritu de solidaridad con los demás con un sentido de la legítima autonomía e independencia.
  • Ser autónomo no es lo mismo que ser egoistamente independiente, insolidario o individualista: “la persona que vive su vida al margen de los demás”.
  • Ser autónomo significa no depender para todo de los demás, ni recurrir por principio a los demás para que resuelvan los problemas que debemos resolver por nosotros mismos. La persona autónoma aprende a correr riesgos, a asumir sus errores, a “sacarse las propias castañas del fuego”.
  • Tener capacidad de independencia lleva a pedir ayuda cuando se necesita, pero no por principio. Obrar o buscar una excesiva independencia de los demás suele ser muestra de inmadurez, lo mismo que no saber pedir ayuda puede ser muestra de vanidad.
  • El sentido de la independencia lleva a no sobrevalorar excesivamente las opiniones contradictorias de los demás, y a quitarle importancia al qué dirán.
  • Forma parte de esta y de otras virtudes el no compararse con los demás, que suele llevar al rencor, a la envidia y en casos extremos a culpabilizar a los compañeros, al Colegio, al Instituto, al Ayuntamiento, al Planeta entero porque a uno le han suspendido… la asignatura de inglés.
  • Sobre la solidaridad: contar con los demás