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El imperio

Este acto, que consiste en mandar sobre uno mismo para poner por obra lo que se ha juzgado conveniente, es el más específico de la virtud de la prudencia[i]; por eso puede definirse como «la virtud de la función imperativa de la razón práctica que determina directamente la acción»[ii].

Los actos contrarios al imperio o mandato son: la negligencia, en cuanto supone falta de solicitud en imperar eficazmente lo que debe hacerse; y la inconstancia, que consiste en abandonar por motivos insignificantes el propósito dictado por la prudencia[iii].


[i] Cf. S.Th., II–II, q. 47, a. 8.

[ii] M. RHONHEIMER, La perspectiva de la moral, o.c., 241. Cf. A. RODRÍGUEZ LUÑO, La scelta etica. Il raporto fra libertà & virtù, o.c., 83ss.

[iii] Cf. S.Th., II–II, q. 53, a. 5.

Humildad y obediencia

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  • Humildad y obediencia son condiciones indispensables para recibir la buena doctrina. (n. 132, Forja)
  • Presentan a Jesús un enfermo, y El le mira. –Contempla bien la escena y medita sus palabras: «confide, fili» –ten confianza, hijo. Eso te dice el Señor, cuando sientes el peso de los errores: ¡fe! La fe es lo primero; después, dejarse llevar como el paralítico: ¡obediencia interior y sumisa! (n. 231, Forja)
  • Hoy, cuando el ambiente está lleno de desobediencia, de murmuración, de trapisonda, de enredo, hemos de amar más que nunca la obediencia, la sinceridad, la lealtad, la sencillez: y todo, con sentido sobrenatural, que nos hará más humanos. (n. 530, Forja)

Escribe San Francisco de Sales en su Tratado del Amor de Dios

Todo es seguro dentro de la obediencia y todo se vuelve sospechoso fuera de ella. Cuando Dios concede sus inspiraciones a un alma, la primera es la de la obediencia…

Por esa razón, aquel que dice que actúa por inspiración de Dios, pero se niega a obedecer a sus superiores y a secundar sus recomendaciones, es un impostor. Todos los profestas y predicadores inspirados por Dios han amado siempre la Iglesia, han guardado su doctrina, han sido aprobados por ella…

San Francisco, santo Domingo y el resto de los Padres de las órdenes religiosas, se consagraron al servicio de las almas después de una inspiración extraordinario, y precisamente por eso, se sometieron más humilde y sinceramente a la sagrada jerarquía de la Iglesia.

Por eso, las tres señales mejores y más seguras de la inspiración verdadera son:

la perserverancia, frente a la inconstancia y la frivolidad

la paz y la serenidad del alma, frente a la angustia y el falso celo

la obediencia humilde, frente al afán singularizarse y la terquedad