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Las virtudes sobrenaturales y los Dones del Espíritu Santo

El fin último al que todo hombre está llamado es único: el fin sobrenatural, la participación en la vida íntima de la Trinidad como hijos en el Hijo.

La vocación del cristiano (y de todo hombre) es la identificación con Cristo (1), en quien somos injertados en el Bautismo por la gracia, con la que también recibimos las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo (1.1.).

La vida nueva del cristiano, hijo de Dios, consiste en seguir, imitar e identificarse con el Hijo por naturaleza, es decir, en vivir de acuerdo con el don de la filiación divina, fundamento ontológico de toda la vida cristiana (1.2.).

Esta vida es posible gracias al Don del Espíritu Santo, que habita en el alma del cristiano (1.3.).

Después de la reflexión general sobre la vocación cristiana y los medios sobrenaturales para vivirla, estudiaremos las características de las virtudes teologales (2) y los dones (3), lo que ayudará a comprender mejor un tema siempre difícil: las relaciones entre las virtudes humanas y sobrenaturales, que es un aspecto particular de las relaciones entre naturaleza y gracia (4).

Por último, expondremos algunas reflexiones sobre la Iglesia como ámbito de la recepción y educación en las virtudes (5).

¿A quiénes llama Dios a buscar la santidad en la Iglesia?

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  • Dios llama a todos los hombres, católicos y no católicos, cristianos y no cristianos, porque Dios quiere salvar a todos los hombres. Y los llama a

    todos a la santidad en la Iglesia, algo que hace por caminos que sólo Él conoce. Es un misterio.

  • Dios llama a todos —bautizados y no bautizados— a la santidad :

en la Iglesia, Misterio de Comunión;

—y a través de la Iglesia, que sirve de instrumento al plan amoroso de Dios.

Escribe Miras que “todo hombre está penetrado por aquel soplo de vida que proviene de Cristo”. Y concluye: “A la luz de este misterio de vocación deben contemplarse incluso las existencias humanas más oscuras e inadvertidas, y también aquellas otras que parecen haber sido abandonadas sin sentido alguno: parias, víctimas, despreciados e ignorados de la humanidad.

Quizá los designios de la misericordia de Dios llaman a unos a identificarse con Cristo compasivo, llamando a otros a pasar su existencia terrena con la única misión de identificarse con Cristo, Siervo doliente, para mover a compasión. La parábola del pobre Lázaro, arroja una luz, aunque misteriosa, sobre ese enigma de la existencia humana”.

Jorge Miras, Fieles en el mundo. La secularidad de los laicos cristianos

  • El Bautismo es una vocación a la santidad. Es una semilla que hay que hacer fructificar en el alma, que tiene un fruto: la santidad.

    La ambición es alta y nobilísima: la identificación con Cristo, la santidad. Pero no hay otro camino, si se desea ser coherente con la vida divina que, por el Bautismo, Dios ha hecho nacer en nuestras almas.

    El avance es progreso en santidad; el retroceso es negarse al desarrollo normal de la vida cristiana. Porque el fuego del amor de Dios necesita ser alimentado, crecer cada día, arraigándose en el alma; y el fuego se mantiene vivo quemando cosas nuevas. Por eso, si no se hace más grande, va camino de extinguirse.

    Recordad las palabras de San Agustín: Si dijeses basta, estás perdido. Ve siempre a más, camina siempre, progresa siempre. No permanezcas en el mismo sitio, no retrocedas, no te desvíes (S. Agustín, Sermo 169, 15 (PL 38, 926).). San Josemaría, Es Cristo que pasa,n. 58

  • Por eso, la vocación cristiana se llama también vocación bautismal.

“Al entrar en el Pueblo de Dios por la fe y el Bautismo se participa en la vocación única de este Pueblo”. (Catecismo de la Iglesia, 784).

¿Qué es la obediencia?

La obediencia es un acto de la voluntad libre, que busca realizar la voluntad de Dios en la propia vida, identificarse con Jesucristo.

Todos tenemos que obedecer: a los padres, a los profesores, al entrenador del equipo…

En el Antiguo Testamento la obediencia a Dios era la virtud fundamental; el Nuevo Testamento nos presenta la obediencia de Cristo a su Padre Dios; a María y a José; y a las autoridades.

Al que obedece, Dios le da la victoria, se lee en el Libro de los Proverbios: vir oboediens loquetur victoriam