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«Creencias limitadoras» y prohibiciones


Todo cuanto venimos diciendo permite evitar un concepto erróneo de la aceptación de sí y de las flaquezas. Ésta no consiste en dejamos encerrar por las limitaciones que consideramos tales y que, como ocurre con frecuencia, no lo son en realidad. A consecuencia de nuestras caídas y de la educación recibida (esa persona que nos ha repetido mil veces: «tú no llegarás», o «nunca harás nada bueno», etc.); a causa de los reveses sufridos y de nuestra falta de confianza en Dios, tenemos una fuerte tendencia a llevar inscrita en nosotros toda una serie de «creencias limitadoras» y de convicciones, que no se corresponden con la realidad, de acuerdo con las cuales nos hemos persuadido de que jamás seremos capaces de hacer esto o aquello, de afrontar tal o cual situación. Los ejemplos son innumerables: «no llegaré», «jamás saldré de esto», «no puedo», «siempre será así»…

Afirmaciones de este tipo nada tienen que ver con la aceptación de nuestras limitaciones mencionada en este capítulo; son, por el contrario, el fruto de la historia de nuestras heridas, de nuestros temores y de nuestras faltas de confianza en nosotros mismos y en Dios, a las que conviene dar salida y de las cuales es preciso desembarazarse.

Aceptarse a uno mismo significa acoger las miserias propias, pero también las riquezas, permitiendo que se desarrollen todas nuestras legítimas posibilidades y nuestra auténtica capacidad. Así pues, antes de expresamos en términos tales como «soy incapaz de hacer tal cosa o tal otra», resulta conveniente discernir si esta afirmación procede de un sano realismo espiritual, o es una convicción de naturaleza puramente psicológica que deberíamos desechar.

A veces podemos sentir también la tendencia a prohibimos determinadas sanas aspiraciones, o bien ciertos modos de realizamos a nosotros mismos, e incluso algunas formas legítimas de felicidad, a través de una serie de mecanismos psicológicos inconscientes que nos inclinan a consideramos culpables o a prohibimos la felicidad. Este hecho también puede tener su origen en una falsa representación de la voluntad divina, como si Dios quisiera privarnos sistemáticamente de todo lo bueno de la vida.

Esto, desde luego, no tiene nada que ver con el realismo espiritual y la aceptación de nuestras limitaciones. Es cierto que Dios nos pide a veces sacrificios y renuncias, pero también lo es que nos libera de los miedos y las falsas culpabilidades que nos aprisionan, devolviéndonos la libertad de aceptar plenamente todo cuanto de bueno y grato Él, en su sabiduría, quiere otorgarnos, animándonos y manifestándonos su amor.

Si en todo caso existiera un terreno en el que nada se nos prohibirá jamás, es en el de la santidad. Siempre, claro está, que no confundamos la santidad con lo que no es, es decir, la perfección externa, el heroísmo o la impecabilidad.

Pero, si entendemos la santidad en el sentido correcto (la posibilidad de crecer indefinidamente en el amor a Dios y a nuestros hermanos), convenzámonos de que en ese campo nada nos resultará inaccesible. Basta con no desanimarnos nunca y no ofrecer resistencia a la acción de la gracia divina, confiando enteramente en ella.

No todos poseemos madera de héroe; pero, por la gracia divina, sí tenemos todos madera de santo: es la ropa bautismal de la que nos revestimos al recibir el sacramento que nos hace hijos de Dios.


Pureza, humildad, sinceridad

  • Durante siglos la Iglesia Católica ha enseñado a generaciones de cristianos a vivir esta virtud de la Pureza con coherencia (con heroísmo si es preciso) en ambientes sociales muy adversos: desde el paganismo del imperio romano al paganismo de nuestros dias.
  • La Iglesia ha canonizado a muchos jóvenes que han muerto por defender y vivir esta virtud.
  • Conviene resaltar estas ideas previas:
    La Santa Pureza es un don, una gracia, que Dios concede a los que se la piden con humildad.

    El joven cristiano que desee vivir esta virtud debe luchar por ser humilde: Dios concede el don de la Santa Pureza a los jóvenes que lo piden con humildad.

    Y ha de luchar por ser sincero: con Dios (reconociendo el pecado); consigo mismo (reconociéndose pecadore); y con los demás (pidiendo ayuda, consejo y estímulo para alcanzar esta virtud).

    En estos momentos —aunque parezca paradójico en una sociedad que ha perdido el sentido del pudor— a la gran mayoría de los jóvenes cristianos sigue costándoles, como ha sucedido a lo largo de los siglos,, la virtud de la sinceridad, virtud-llave para vivir la castidad.

  • Una tarea evangelizadora urgente consiste en ayudar a vivir la virtud de la sinceridad en todo lo relativo a esta virtud.

El ejemplo de Tolkien

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Se cita este perfil de Aciprensa sobre Tolkien, como ejemplo indicativo. Este escritor inglés, universalmente valorado, es profundamente católico en sus planteamientos. Como él, hay figuras en todos los ámbitos culturales, artísticos, del pensamiento que conviene conocer bien: son ejemplos del modo en que la fe se hace cultura en la obra concreta de una persona.
A comienzos de la primera guerra mundial y siendo adolescente, conoce y se enamora de Edith Bratt, quien también era huérfana, a pesar de todas las dificultades que se les presentan para poder unirse, logran casarse. Durante los 55 años de matrimonio tuvieron cuatro hijos; su hijo Christopher se encargo de ordenar y editar la obra de su padre.

Tolkien perdió a sus mejores amigos cuando estuvo en Somme durante la primera guerra mundial. Al terminar la guerra, se encargó de la cátedra de filología inglesa en la universidad de Leeds. Obtuvo su doctorado en Oxford poco antes de jubilarse, donde paso todos los grados académicos, en donde se había dedicado a la investigación y a la docencia.

“El Simarillon” comenzó a escribirse en 1917, el cual es un mito sobre los orígenes del mundo, es una lucha entre el bien y el mal.

Se logró publicar “El Hobbit” en 1937, siendo escrito como un juego. Tras la petición de los editores, Tolkien prometió escribir la segunda parte de la novela, pero los mundos del EL Hobbit y El Simarillon se fueron hundiendo, convirtiendose de una historia infantil e ingenua a una epopeya.

En 1972, un año antes de morir, la universidad de Oxford le confirió el Doctorado en Letras Honorario, aclarando que premiaban sus trabajos filológicos y no sus novelas.
Esta enorme fascinación, que ha convertido la obra de este escritor -en especial El Señor de los Anillos- en un fenómeno de masas, incrementado a nuevas cotas de popularidad por las películas actualmente en producción y cartelera, hace necesario un profundo análisis de su persona y su obra, con el fin de tratar de dilucidar qué cosmovisión y qué valores subyacen en ella, y de este modo aproximarnos con una visión crítica.

Comencemos diciendo que muchos de los valores y concepciones de Tolkien son universales; responden, pues, a la naturaleza humana y hablan profundo al corazón del hombre de cualquier tiempo y lugar: la amistad, el heroísmo, el seguimiento de grandes ideales, el sacrificio, la lucha entre el bien y el mal. Esto es así, en razón de que el autor siempre se declaró abiertamente católico, y como él mismo lo afirmara, toda su visión católica -palabra que precisamente significa “universal”- se transparenta a menudo en sus escritos, sin que se trate en absoluto de una obra “religiosa” en el sentido clásico del término.

Por lo tanto, intentaremos un análisis de la obra de J.R.R. Tolkien desde la fe católica, con el fin de esclarecer qué le dice este escritor al católico de hoy, además de tratar de desentrañar los riesgos que puedan representar desde esta perspectiva diversas lecturas y aproximaciones a su obra.

Aunque por fuerza se analizará El Señor de los Anillos, su obra más conocida y popularizada, he recurrido a otras fuentes más claras y concisas para esclarecer algunos puntos de interpretación, sobre todo sus Cartas y algunos textos de la Historia de la Tierra Media editados por su hijo Christopher Tolkien, y textos de otros autores sobre la obra y el pensamiento de J.R.R. Tolkien.

Sobre el propio Tolkien, podemos decir que es evidente su profunda fe y su pertenencia a la Iglesia. Él mismo dedicó algunos de sus textos a reflexionar sobre el catolicismo, la Verdad, y otros temas afines, además de entablar profundos diálogos de fe con su amigo C.S. Lewis, quien a pesar de ser anglicano mostró siempre una gran cercanía a la fe católica (el mismo Tolkien afirmaría que Lewis era un anglicano atípico, ya que admiraba muchos rasgos de la Iglesia Católica, que la gran mayoría de sus hermanos de fe rechazaban).

Además, J.R.R. analizó muchas veces sus propios escritos desde la fe, incluso criticando en ocasiones las visiones teológicas erradas que pretendían atribuirle algunos estudiosos a su trabajo.

Para adentrarnos en su obra escrita, podemos comenzar hablando de los hobbits, que son en última instancia los protagonistas de El Señor de los Anillos. Ellos son utilizados por Tolkien para dos finalidades: la primera, para mostrar el lado “burgués” del ser humano, su instalamiento, su amor por la comodidad, su radical negativa a emprender aventuras y su falta de horizonte de vida; pero al mismo tiempo, para resaltar que, como en el caso de Frodo, siempre existe la valentía y el coraje “aún en la persona más pequeña” para cambiar el “curso del futuro”, como se dice en la película La comunidad del anillo. Y la segunda, para señalar, en una frase de claras resonancias neotestamentarias, que muchas veces los humildes son ensalzados, mientras que los soberbios a menudo resultan humillados.

Otro aspecto importante a resaltar es el de la lucha entre el bien y el mal. Es claro que en su obra Tolkien plantea un conflicto entre ambos, pero es evidente en los libros -aunque quizás no tanto en la película- que el mal no es una categoría absoluta y que en última instancia es sólo la ausencia de bien. Todos los seres “malos” del universo tolkeniano fueron creados buenos por Dios (incluso Sauron o los orcos, que antes eran elfos); el mismo Sauron, que dentro de la estructura narrativa es un ser “espiritual”, en el sentido en que lo son por ejemplo los ángeles -es decir, personas inmortales con inteligencia y voluntad- sucumbió a la tentación presentada por Morgoth, quien es el primer ser espiritual en optar por el mal, en una clara reminiscencia de la caída de los Ángeles de la doctrina Cristiana. (Cf. CEC 391-392)

La amistad verdadera también es un elemento fundamental al leer a Tolkien: el mismo nombre del primer libro (La comunidad del anillo) ya nos habla claramente de la importancia que le daba el profesor de Oxford a este factor. La ayuda mutua que se dan los miembros de la comunidad, el poner los diversos dones recibidos al servicio de los demás y de la misión, la fidelidad en los momentos más difíciles son, entre otros, ingredientes esenciales de su obra que pueden ayudar a iluminar nuestra realidad cotidiana.

Otro elemento esencial a la hora de aproximarse a este escritor es el sentido épico: esa aventura heroica que lleva a los protagonistas a cambiar radicalmente sus vidas en aras de un ideal, e incluso a sacrificar la misma vida por la misión encomendada, nos muestra una realidad que puede iluminar nuestra propia existencia humana como peregrinos, en la gran aventura que es la vida cristiana.