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6º) La vocación, don divino irrevocable, personal e irrepetible.-

La fidelidad a la vocación se fundamenta en la fidelidad de Dios: Los dones y la vocación de Dios son sin arrepentimiento (Rom 11,29). Por ello, la vocación jamás se “pierde”: «Tienes vocación y la tendrás siempre. Nunca dudes de esta verdad, porque se recibe una vez y después no se pierde; si acaso, se tira por la ventana», decía san Josemaría. A medida que transcurren los años de perseverancia y se va teniendo más experiencia de las propias miserias y limitaciones, la tentación más peligrosa contra la vocación es la del desaliento, la de pensar que uno no es capaz, que no puede afrontar todas las exigencias de la misma. Esta tentación se supera con humildad y visión sobrenatural, considerando que la llamada de Dios es siempre eficaz, estos es, que cuando Dios llama a alguien, se compromete –por así decir– a otorgarle todas las gracias necesarias para que pueda corresponder a la llamada: Fiel es el que os llama y así lo cumplirá (1 Thes 5,24).

Egoísmo y corazón

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La soberbia y el egoísmo humano –como fruto del pecado- se oponen a esa entrega del corazón, y empequeñecen el corazón y la capacidad de amar.

  • El hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, es la única criatura que Dios ha amado por si misma. Dios crea cada alma dándole un alma inmortal, capaz de recibir las gracias y dones de Dios.
  • Además, Dios le ha concedido al hombre un don que lo diviniza: el don de la filiación divina, por el que recibe la mayor dignidad imaginable: la dignidad de ser hijo de Dios.

  • Pero nuestros primeros padres rechazaron ese don, con el pecado original. Ese pecado, libremente cometido, generó nuestro sufrimiento y nuestra miseria.
  • Dios se compadeció de nuestra miseria y su Hijo se hizo hombre para redimirnos y salvarnos. La redención por Cristo nos da una gracia que cura las consecuencias del pecado y nos devuelve la dignidad de los hijos de Dios.

  • Es decir: Dios, que se hizo verdadero hombre sin dejar de ser Dios, nos quiere divinizar, sin que dejemos de ser hombres.

    Dice Santo Tomás: “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Opusc. 57 in festo Corporis Christi).

  • Debemos alegrarnos por la dignidad que Dios nos ha dado y disponernos a morir a nosotros mismos para vivir en Dios. Cristo debe entrar dentro de nuestro yo para liberarnos de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo y de nuestra soberbia.