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Dios tiene sus tiempos,

que no siempre coinciden con los nuestros. Y hay ideales que si no prenden en la primera juventud, se pierden para siempre. Es algo que sucede en el noviazgo, en la entrega a Dios y en muchos otros ámbitos. Hay proyectos que sólo pueden emprenderse en la juventud. Es en la juventud cuando surgen los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de cambiar el mundo, de mejorarlo. Por esa razón, cuando una persona joven se plantea grandes ideales de santidad y de apostolado, las familias cristianas lo reciben con un orgullo santo.

Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia cristiana se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.

Dios no se deja ganar en generosidad


Dios premia a los que le siguen —de nuevo, tanto a los padres como a los hijos— con el ciento por uno en esta vida y, después, con la vida eterna. Sólo en el Cielo podrán ver los padres los frutos que, a través de sus hijos, producirán en tantas almas a lo largo de los siglos su oración y su siembra generosa. Por otra parte, no le damos nada a Dios, que nos lo ha dado todo.

Una persona fiel a su vocación es instrumento en sus manos para la salvación de miles de almas (y se deberá, en mayor o menor medida, a esa generosidad previa de sus padres): personas de todo tipo a las que habrá ayudado a formarse, a ser mejores; familias en las que habrá más paz y más alegría gracias, en buena parte, a su celo apostólico; etc. Aunque lo más importante no es eso que se ve, sino, sobre todo, que esa persona ha correspondido al querer de Dios.

Un orgullo santo

La elección de Dios constituye un motivo de un orgullo santo no sólo para los padres: es también un motivo de alegría para los abuelos, hermanos, tíos, etc., y también para esos matrimonios a los que Dios no concede hijos pero son verdaderos padres espirituales de tantas almas entregadas a Dios.

Con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la entrega generosa de sus hijos. A veces, esa entrega supondrá la entrega de los planes y proyectos personales que los padres habían hecho. No es un simple imprevisto: es parte de su vocación de padres.

Los padres cristianos siguen, al actuar así, el ejemplo de la Virgen y San José. Comentaba el Papa con este motivo la escena del Niño perdido y hallado en el Templo:

“Jesús a los doce años ya da a conocer que ha venido a cumplir la divina Voluntad. María y José le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (…). ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios (…); una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos” (Juan Pablo II, La Paz, Bolivia, 10.V.1988).

Es ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta. A algunos padres les gustaría tener a los hijos continuamente a su lado, hasta que comprenden que esto no es posible. Muchos, buscando su bien, les proporcionan una formación académica que les exige un distanciamiento físico (facilitándoles que estudien en otra ciudad, o que vayan al extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de trabajo, amistad, noviazgo, etc. Y cuando Dios bendice un hogar con la vocación de un hijo, a veces también les pide a los padres una cierta separación física.

Sería ingenuo pensar que si esos hijos no se hubieran entregado a Dios estarían todo el día junto a sus padres. La mayoría de los chicos de esas edades buscan de modo natural un alto nivel de independencia. Por eso a veces pueden confundirse las exigencias de la entrega con el natural distanciamiento de los padres que suele traer consigo el desarrollo adolescente.A veces se comprueba en la vida de otros chicos de su edad, cuando se niegan por motivos egoístas, o por simple deseo de independencia, a participar en algunos planes familiares.

Con el tiempo se comprueba que la entrega a Dios no separa a los hijos de los padres, aunque a veces exija una cierta separación física: les quieren más, porque Dios no separa, siempre une.

Con frecuencia la entrega a Dios (y no sólo en el sacerdocio o la vida religiosa) supone en determinado momento dejar el hogar paterno. Es natural que a los padres les cueste ese paso, y sería extraño que esa separación no costara, y a veces mucho. También aquí se manifiesta el verdadero espíritu cristiano de toda una familia.

En esos momentos, los padres no deben olvidar que también a los hijos les cuesta esa separación; y que puede resultarles tanto o más dolorosa que a ellos. Sin darles excesivas facilidades, no harían bien en ponérselo difícil. Santa Teresa ofrece en esto el testimonio de su propia vida:

“Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra” (Santa Teresa de Ávila, Libro de la Vida, cap. 4, 1).