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¿Cómo se vive el acompañamiento espiritual en el Opus Dei?


  • A lo largo de la historia de la Iglesia el acompañamiento espiritual se ha ido viviendo de formas diversas, según los carismas. En el Opus Dei se vive de la forma acostumbrada en la Iglesia, con algún rasgo específico del propio carisma.
  • El rasgo más sobresaliente es la cordialidad fraterna y la sencillez de cada charla. Suele ser una conversación sencilla, confidencial, habitualmente breve, que tiene lugar en la casa familiar, en el lugar de trabajo, en un centro del Opus Dei, etc.
  • Estas charlas se centran en todo lo que se refiere al trato personal con Dios, al encuentro con Cristo, a la santificación del trabajo y al trabajo de evangelización de la sociedad.
  • Las personas que ayudan a los fieles del Opus Dei o a las personas que participan en sus apostolados, no los tratan como a “dirigidos”, sino como a hermanos en la fe a los que intentan ayudar, humildemente, mediante el espíritu cristiano del Opus Dei, en su camino personal y de identificación con Cristo, sin recetas prefabricadas porque no hay dos personas iguales.
  • Su tarea no consiste en juzgar (“no juzguéis y no seréis juzgados”, enseña el Evangelio), porque sólo Dios –que conoce la intimidad del hombre- sabe con plenitud lo que sucede en cada alma. Como hizo y enseñó san Josemaría, se trata de sugerir, alentar y abrir horizontes evangelizadores: acompañar espiritualmente.
  • Es una charla confidencial –y así se llama: “charla”, “confidencia”, etc.- muy parecida a una charla entre amigos, pero que no se queda en el necesario desahogo de corazón que todos necesitamos. Es mucho más: los fieles del Opus Dei y las personas que acuden a la Obra buscan en esas charlas orientaciones, consejos, sugerencias, que les ayuden a vivir plenamente sus compromisos bautismales con el carisma del Opus Dei; esperan aliento en su tarea evangelizadora; y una confirmación en la fe y en su vocación cristiana, como fieles corrientes.
  • Esperan un consejo de hermano para dar su repuesta personal a Cristo; una respuesta que debe ser madura, adulta, libre, responsable y creativa, ante esta pregunta: Dios mío, ¿qué quieres de mí? ¿Cuál es tu Voluntad para mí?
  • Este acompañamiento no está exento de dificultades. En la mayoría de las ocasiones las situaciones son claras y el que acompaña puede dar su consejo fraternal sin problemas, porque las enseñanzas del Evangelio resultan evidentes, patentes. Pero –siguiendo el consejo de san Josemaría- no se deben dar recetas prefabricadas a las almas, ni improvisaciones “como don Estupendo, que dice por la mañana lo que por la noche estuvo leyendo”, porque cada alma –con una expresión que amaba decir- vale toda la Sangre de Cristo.

    El que acompaña debe rezar, pedir luces al Espíritu de Dios, leer, consultar en el tesoro pastoral de la Iglesia, donde se encuentra toda la farmacopea en expresión de san Josemaría. Y habrá casos en los que se limitará a decir: “no sé qué consejo darte: vamos a rezar al Espíritu Santo para que nos ilumine”.

  • Existe cierta tendencia en los hombres hacia la rutina y la dejación. La Iglesia, sabedora de esto, ayuda a los cristianos con sus preceptos a vivir el Evangelio de forma constante (para que no caiga en la dejación de deberes) y renovada (para que supere la rutina). Experta en humanidad, la Iglesia manda la asistencia dominical a la Eucaristía, pero no como quien cumple un reglamento, sino como el que se encuentra con el Amor.
  • Siguiendo esa línea pastoral, en el Opus Dei se procura ayudar a las personas que acuden a sus apostolados y a sus propios fieles a vivir la vida cristiana superando una visión “reglamentista”, porque seguir a Cristo no puede reducirse a un mero cumplimiento desamorado de preceptos; un cumplimiento frío, que el siervo de Dios Álvaro del Portillo, primer sucesor de san Josemaría, denominaba cumplo y miento.
  • La dirección espiritual en el Opus Dei se aleja también de lo que suele llamarse “cuenta de conciencia”. Es una conversación sincera que sirve para luchar contra los propios defectos, crecer en la caridad, ganar en espíritu de comunión eclesial y de solidaridad con todos, crecer en afanes de justicia y continuar realizando, con alegría y cara a Dios, las ocupaciones cotidianas con el carisma del Opus Dei.
  • Las personas –fieles del Opus Dei o cristianos convencidos o personas que quieren profundizar en su fe- que buscan acompañamiento espiritual con un sacerdote o un laico del Opus Dei suelen hablar de todo lo que tiene que ver con la vocación y la fe bautismal, y con la llamada a la plenitud de la vida cristiana.

  • El que les acompaña espiritualmente intenta ayudarles a santificarse en medio del mundo, colaborando con el Espíritu Santo -que es el Santificador-, por el camino que Dios quiere para cada uno, fieles a la enseñanza de san Josemaría: cada caminante siga su camino.

  • Procura ir al ritmo de Dios en cada alma: san Josemaría recordaba que no hay almas en serie y que los itinerarios espirituales son muy personales, con ritmos distintos para cada uno; por eso, aconsejaba llevar a cada alma al paso de Dios; un paso a veces lento y a veces ardoroso, como se ve en la vida de tantos santos. Y dio ejemplo de eso en la dirección espiritual que ejerció.

  • En algunas biografías de testigos de Cristo, de hombres y mujeres santos, se ve que Dios va deprisa (como en la vida de santa Teresa de Liseux); en otras ocasiones se comprueba que hay que esperar años hasta llegar a un encendimiento espiritual (como le sucedió a santa Teresa de Jesús).

  • Los fieles que se acercan al Opus Dei para recibir un acompañamiento espiritual encuentran aliento para su vida cristiana: estímulo en su vida de sacramentos (Santa Eucaristía, sacramento de la reconciliación), en su vida de oración y de encuentro con Dios (lectura de autores espirituales, prácticas de piedad cristiana, etc.). Se transmite un espíritu de abandono en las manos de Dios, de filiación divina –que está en el centro del espíritu del Opus Dei-, que lleva a comenzar y recomenzar con alegría, humildad y confianza en la gracia.

  • Se habla especialmente de la santificación de la vida cotidiana; de cómo convertir el trabajo en oración; de cómo vivir, con espíritu cristiano, las obligaciones de justicia y solidaridad con los demás, especialmente con los más necesitados.

  • Se conversa de todo lo que pueda favorecer la limpieza de vida que es presupuesto para la intimidad con Jesús. La experiencia personal de la Santa Pureza constituye –siempre, y especialmente en estos momentos- un signo valiente de inconformismo y rebeldía (casi de subversión social puede parecer en algún caso); una opción responsable y madura, rebelde, de afirmación personal y coherencia y fidelidad al mensaje de Jesús, frente a ciertos comportamientos contemporáneos de determinadas naciones (occidentales por lo general), tan inmorales e irresponsables como “políticamente correctos”.

  • De ese modo, ese acompañamiento espiritual sirve también para reforzar la propia personalidad. Se ayuda a que cada cristiano viva su fidelidad a Cristo sin dejarse mimetizar por el ambiente, sin dejarse llevar por los intereses de los grupos de presión y las modas pasajeras.

  • En ese acompañamiento se refuerza la comunión eclesial: unión con el Vicario de Cristo y con los obispos, sucesores de los Apóstoles. Al tratarse de una Prelatura, se recuerda a los fieles del Opus Dei y a los que siguen su itinerario cristiano al calor de la Obra, que deben orar y estar especialmente unidos con el Obispo de la diócesis y con el Prelado del Opus Dei.
  • Los fieles cristianos, sean o no del Opus Dei, reciben estímulo para vivir su vocación cristiana con espíritu de penitencia y de mortificación unidos a la Cruz de Cristo, especialmente en el vencimiento de la soberbia, en los detalles de servicio, en el cuidado de las cosas -pequeñas y grandes- que hacen agradable la vida a los demás. Y les recuerdan el verdadero sentido de la penitencia corporal.

  • Se ayuda a las personas del Opus Dei y a las que participan en sus apostolados a vivir con unidad de vida, siendo siempre la misma persona –es decir, un cristiano consecuente y coherente- en casa, en el trabajo, en el trato con los amigos, en el deporte, al volante de un vehículo, etc.
  • Lógicamente, acuden en búsqueda de este acompañamiento espiritual en el Opus Dei personas muy variadas; unas desean encontrar a Dios en un mundo oscurecido por la falta de fe; otras viven en Iglesias jóvenes y quieren conocer algo sobre Cristo o sobre la Iglesia; otras buscan respuestas porque no han recibido formación cristiana en el seno de sus familias, ni una base catequética que responda a su edad y circunstancias, etc.

  • También se acercan personas de otras confesiones religiosas, atraídas por el catolicismo, a las que se procura tratar con fraternidad evangélica y espíritu ecuménico.

    Ese clima afectuoso, de conversación, de charla, permite y facilita el encuentro con la Buena Noticia de Jesucristo.

Dimensión cósmica y eclesial de la llamada universal a la santidad



Todo ello, a su vez, comporta una dimensión que podríamos llamar cósmica –en el sentido de que es una llamada a la santificación de todas las cosas creadas (cfr Rodríguez-Ocáriz-Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993, pp. 158-161)–, así como una dimensión eclesial de la universalidad de la vocación (cfr o.c., pp. 161-162), pues es una llamada que jamás aísla, sino que, por su misma naturaleza, tiende a la comunión universal de la Iglesia.

Desde el inicio de su misión fundacional, San Josemaría Escrivá de Balaguer predicó constantemente la llamada universal a la santidad (cfr A. del Portillo, Una vida para Dios. Reflexiones en torno a la figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid 1992, pp. 69-73). Entonces, y aun muchos años después, esta doctrina no era corriente en el común pensar cristiano.

«Con sobrenatural intuición –proclamaba Juan Pablo II–, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por eso, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo» (Juan Pablo II, Homilía en la solemne Misa de Beatificación de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Roma, 17-V-1992).

La dimensión subjetiva de la universalidad de la vocación a la santidad –que todos están llamados–, aún encontrándose con mayor o menor claridad e insistencia en la predicación y escritos de numerosos santos y autores espirituales en todas las épocas (cfr por ejemplo los escritos de San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Sales o Santa Teresa de Lisieux: vid. o.c., p. 154), solía afirmarse débilmente, en el sentido de considerar posible la santidad para cualquier cristiano, pero pensando a la vez que era más bien excepcional para quienes –la mayoría– viven inmersos en los afanes del mundo.

Rasgos de la vocación a la Obra

En el caso de la vocación a la Obra, destaquemos tres aspectos:

a) La llamada universal a la santidad;

b) La santificación del trabajo ordinario;

c) Santificarse en la vida ordinaria sin salirse del mundo y cada uno en un su sitio.
Se trata de una entrega o «dedicación» a Dios exigida por la vocación bautismal «en la Obra», es decir, formando parte de una institución de la Iglesia (cfr o.c., pp. 168-173). Ésta es la razón más profunda de nuestra existencia, aquello para lo que Dios nos eligió desde toda la eternidad y para lo que fuimos creados. Por ello, san Josemaría afirmaba que “nuestra fidelidad es felicidad”.

La vocación a la Obra es un pleno encuentro vocacional con Dios: «Encuentro vocacional pleno, repito, porque –cualquiera que sea el estado civil de la persona– es plena su dedicación al trabajo y al fiel cumplimiento de sus propios deberes de estado, según el espíritu del Opus Dei. Por esto, dedicarse a Dios en el Opus Dei no implica una selección de actividades, no supone dedicar más o menos tiempo de nuestra vida para emplearlo en obras buenas, abandonando otras. El Opus Dei se injerta en toda nuestra vida» (San Josemaría, Carta 25-I-1961, n. 11, cit en o.c., p. 164).

La vocación al Opus Dei es, por eso, omnicomprensiva: abarca toda la vida en todas sus dimensiones, y no solo algunas peculiares actividades espirituales, formativas y apostólicas: es, en efecto –conviene subrayarlo– una determinación o especificación de la vocación cristiana en toda su amplitud y ésta –la vocación cristiana– afecta e informa toda la existencia. «La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 46).