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¿Eres estudiante y quieres ser solidario?

Un estudiante que desea ser solidario es -en primer lugar- responsable en su estudio; porque para un estudiante, estudiar mucho y bien es la primera y fundamental exigencia de las obras de misericordia y la justicia social.

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Para estudiantes: algunos puntos de Camino y Forja sobre el estudio.

No caigas en esa enfermedad del carácter que tiene por síntomas la falta de fijeza para todo, la ligereza en el obrar y en el decir, el atolondramiento…: la frivolidad, en una palabra.

Y la frivolidad —no lo olvides— que te hace tener esos planes de cada día tan vacíos (“tan llenos de vacío”), si no reaccionas a tiempo —no mañana: ¡ahora!—, hará de tu vida un pelele muerto e inútil.

Camino 17


¿Qué… ¡no puedes hacer más!? —¿No será que… no puedes hacer menos?

Camino 23


Oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado…, pero no estudias. —No sirves entonces si no cambias.

El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros.

Camino 334.


Si has de servir a Dios con tu inteligencia, para ti estudiar es una obligación grave.

Camino 336


Estudia. —Estudia con empeño. —Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad. ¿O crees que por vago y comodón vas a recibir ciencia infusa?

Camino 340


Estar ocioso es algo que no se comprende en un varón con alma de apóstol.

Camino
358


Ya que eres tan exigente en que, hasta en los servicios públicos, los demás cumplan sus obligaciones —¡es un deber!, afirmas—, ¿has pensado si respetas tu horario de trabajo, si lo realizas a conciencia?

Forja 696


Si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, ¡y trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural.

Forja 698


Si afirmas que quieres imitar a Cristo…, y te sobra tiempo, andas por caminos de tibieza.

Forja 701


La responsabilidad cristiana en el trabajo no se traduce sólo en llenar las horas, sino en realizarlo con competencia técnica y profesional… y, sobre todo, con amor de Dios.

Forja 705


¡Qué pena matar el tiempo, que es un tesoro de Dios!

Forja 706

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Si un joven no se prepara adecuadamente durante sus años de formación académica para ser un buen profesional (un buen electricista, un buen abogado, un buen guardia municipal), no podrá servir a la comunidad humana de la que procede –y que ha invertido tanto dinero en su formación- como debe.

Por esa razón, para un estudiante, estudiar mucho y bien (es decir, poner todos los medios para prepararse bien de forma que se pueda ayudar y servir eficazmente a los demás, a la sociedad, en el futuro) es una de las mejores muestras de justicia y misericordia.

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Estudio, trabajo, servicio.

Alocución de Juan Pablo II en el Congreso UNIV

El término “servicio” es toda una clave de lectura para comprender los otros dos vocablos que lo preceden.

El estudio y el trabajo, en efecto, presuponen una actitud personal de disponibilidad y de entrega que es lo que llamamos precisamente servicio.

Se trata de una dimensión que debe caracterizar el modo de ser de la persona, como pone de evidencia el Concilio Vaticano II al afirmar que solamente a través del sincero don de sí puede la criatura humana realizarse plenamente (cfr Gaudium et spes, n. 24).

Con esta apertura a los hermanos, cada uno de vosotros, queridos jóvenes, perfecciona —gracias también al estudio y al trabajo— los aspectos fundamentales de la propia misión, utilizando los talentos que Dios generosamente le ha confiado.

¡Qué útiles resultan, a este propósito, las enseñanzas del beato Josemaría Escrivá, de quien este año se celebra el centenario del nacimiento! Muchas veces subrayaba que en el Evangelio Jesús es conocido como el carpintero (cfr Mc 6, 3), más aún, como el hijo del carpintero (cfr Mt 13, 55).

Aprendiz en la escuela de José, el Hijo de Dios hace del trabajo manual no sólo una necesaria fuente de subsistencia, sino un “servicio” a la humanidad y, en la práctica, un elemento integrante del designio salvífico. Y es así un ejemplo y un estímulo para que cada uno de nosotros, siguiendo su vocación específica, haga rendir sus propias facultades, poniéndolas al servicio del prójimo.

3. En estos días de la Semana Santa, la reflexión de los creyentes está centrada en el misterio de la Cruz. A su luz podemos comprender mejor el valor del servicio, del trabajo y, para vosotros, queridos jóvenes, también del estudio. La Cruz es símbolo de un amor que se hace don total y gratuito. ¿Acaso no es precisamente la Cruz el testimonio del amor de Cristo por nosotros?

La Cruz es una silenciosa cátedra de amor junto a la que se aprende a amar de verdad. Siguiendo a Cristo, Rey Crucificado, los creyentes aprenden que “reinar” es servir buscando el bien de los demás, y descubren que en el don sincero de sí se expresa el sentido auténtico del amor. San Pablo nos repite que Jesús nos ha amado y se ha dado a sí mismo por nosotros (cfr Gal 2, 20).

“Esta dignidad del trabajo —decía el Beato Escrivá— está fundada en el Amor”. Y continuaba: “El gran privilegio del hombre es poder amar, trascendiendo así lo efímero y lo transitorio. Puede amar a las otras criaturas, decir un tú y un yo llenos de sentido (…) El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor” (Es Cristo que pasa, 48).

Cuando, siguiendo este itinerario espiritual, se estudia y se trabaja con seriedad, se es realmente sal de la tierra y luz del mundo
(cfr Mt 5, 13-14). Y es ésta la invitación que dirige a vosotros jóvenes el tema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud: ser sal de la tierra y luz del mundo en la existencia cotidiana.

Se trata de un camino difícil, que con frecuencia contrasta con la mentalidad de vuestros coetáneos. Supone ciertamente ir contracorriente respecto a los comportamientos y las modas hoy dominantes.

4. ¡Queridos jóvenes! No os maraville todo esto: el misterio de la Cruz educa en un modo de ser y de obrar que no se ajusta al espíritu de este mundo. Por esto el Apóstol nos pone bien en guardia: “Y no os amoldéis a este mundo, sino, por el contrario, transformaos con una renovación de la mente, para que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, agradable y perfecto” (Rm 12, 2).

Resistid, queridos jóvenes del UNIV, a la tentación de la mediocridad y del conformismo. Sólo así podréis hacer de la vida un don y un servicio a la humanidad; sólo de este modo contribuiréis a aliviar las heridas y los sufrimientos de tantos pobres y marginados como sigue habiendo en este mundo nuestro tecnológicamente avanzado.

Dejad, por tanto, que sea la Ley de Dios la que os oriente hoy en el estudio y mañana en la actividad profesional. Así resplandecerá “vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt 5, 16).

Para que todo esto sea posible es necesario poner en primer lugar la oración, diálogo íntimo con Él, que os llama a ser sus discípulos. Sed chicos y chicas de actividad generosa, pero también, al mismo tiempo, de profunda contemplación del misterio de Dios. Haced de la Eucaristía el centro de vuestra jornada. En unión con el sacrificio de la Cruz, que en la Eucaristía se representa, ofreced el estudio y el trabajo para ser vosotros mismos “victimas espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pt 2, 5).

Junto a vosotros, como junto a Jesús, está siempre María. A Ella, Ancilla Domini y Sedes Sapientiae, confío vuestros propósitos y deseos. Por mi parte, os aseguro un constante recuerdo en la oración y os deseo un fecundo Triduo Pascual y una Santa Pascua. Con estos sentimientos, de corazón os bendigo a todos.

ESENCIA DEL PUDOR

El pudor es un sentimiento natural, sabiamente puesto por el Creador en nuestra naturaleza, para que lo convirtamos, perfeccionándolo, en virtud, es decir, en poder, fuerza que perfecciona, protege y libera lo noble de nuestro ser. No se reduce a cosas que se refieren a la sexualidad.

En sentido amplio, entendemos por pudor la reserva peculiar de lo íntimo, la tendencia natural a ocultar a la curiosidad de los extraños lo que pertenece a la intimidad de la persona o familia, para defenderlo de intromisiones inoportunas que desvirtuarían su valiosa esencia. Allí donde hay intimidad surge el pudor, pues, de por sí, la intimidad se recata, se reserva, se oculta en su propio misterio que al pasar a ser cosa de “dominio público” se desvanecería, quizá de modo irreparable.

Intimo equivale a personal. Por ello, en los ambientes íntimos es donde las personas se encuentran normalmente más a gusto, y se manifiestan libremente sin temor a perderse o a ser interpretadas como ellas no son.

Hay cosas que sólo pueden manifestarse en la intimidad, precisamente porque están muy estrechamente vinculadas a lo más hondo — íntimo — de la persona, hasta el punto de identificarse de algún modo con ella. Al hacerse público, lo íntimo deja de serlo, se desvanece, se pierde como tal, y la persona si tiene consciencia de su propia dignidad, se siente violentada, como si algo precioso de sí misma se hubiera desgarrado y perdido.

La pérdida de las cosas íntimas equivale a la del dominio o señorío sobre uno mismo. El pudor es la tendencia natural a defender el dominio sobre lo más mío, es decir, no las cosas mías, que yo tengo, sino yo mismo, en ese valor que sólo tiene para mí y acaso para aquellas personas tan allegadas que podría decirse que son como una prolongación de mi yo.

Desvelar la intimidad, si no es en un ámbito precisamente íntimo, es como perderse a sí mismo. Se entiende así que, cuanto más rica es una personalidad, más intimidad posee (más amplitud y valor tiene para ella lo íntimo), y por eso, el sentido del pudor es más fuerte.

En cambio, las personas frívolas, carentes de calidad interior, son más fácilmente proclives a descubrir su intimidad, justo por ser algo muy pobre, o de escaso valor a sus propios ojos. Aunque sean egoístas, no se aprecian en lo que valen y así no temen perderse ante las miradas igualmente frívolas de quienes se interesan por esas intimidades tan vacías e inconsistentes.

Ciertamente cabe una patología — una actitud enfermiza — de la intimidad, si ésta se encierra obsesivamente, y se convierte en exclusión y ceguera. Pero el pudor no es una enfermedad sino una señal de vigor espiritual. En parte es innato y en parte — como todas las cosas propiamente humanas- es fruto de una educación deliberada, que enseña el por qué del pudor y a seleccionar lo que de verdad debe reservarse, y de qué modo, y en qué circunstancias pueden comunicarse sin que la persona sufra deterioro alguno.

Pues bien, aunque el pudor es defensa natural ante cualquier violación de la intimidad, tiene peculiar importancia como defensa ante la agresividad de índole sexual a la que la persona podría verse sometida fácilmente de no adoptar ciertas medidas indispensables de seguridad, dada la condición en que se halla la naturaleza humana en este mundo. Para comprenderlo bien, me parece que es oportuno dar un pequeño rodeo. Reflexionemos un poco sobre la mirada, ante la cual despierta — o se pierde — el pudor. Quizá descubramos que con sólo el mirar, de un modo u otro y según sea lo que se mira, la persona se gana o se pierde como persona.

LUGARES PROSTITUYENTES

En la actualidad muchas playas, piscinas, etc., se han convertido en auténticos prostíbulos, en los que, insensatamente, sobre todo la mujer, desde su adolescencia, se prostituye al convertirse en cómplice de incontables pecados que, por lo demás, van contaminando la atmósfera espiritual que la humanidad respira.

Muchas son arrastradas como juguetes por la moda, dictada tiránicamente, que se aprovecha en esos casos tanto de los bajos instintos como de la estupidez humana, por el qué dirán, por la frivolidad, la vanidad, etc., y ellas no se dan cuenta — ¿no quieren darse cuenta? — del daño que están haciéndose a sí mismas y a la sociedad.