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Voluntad de Dios y debilidad humana: el camino del hijo pródigo

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  • Somos viatores, caminantes, que deseamos hacer durante el camino de nuestra vida la Voluntad de Dios… pero somos débiles. La experiencia cotidiana nos muestra, una y otra vez, que muchas veces, como les sucede a los peregrinos del camino de Santiado, nos equivocamos de camino.
  • En nuestra vida debemos volver una vez y otra a Dios, retomar de nuevo el camino, como el hijo pródigo del Evangelio, que -dolido de sus faltas- regresa contrito al encuentro de su padre.
  • Reconocer la propia debilidad es señal de humildad y de madurez cristiana que lleva a la ibertad interior, a la confianza en la misericordia divina, sin miedo a equivocarse, porque no confunde el afán de ser santos con el perfeccionismo.
  • Precisamente porque somos débiles, para remediar las posibles caídas en las que por fragilidad puede incurrir quien se esfuerza y se propone ser fiel a Dios, la misericordia divina ha previsto el Sacramento de la Penitencia. La santidad no está tanto en no caer como en levantarse arrepentido cuántas veces sea preciso.
  • Las faltas que tienen su origen en la debilidad acaban siendo, por el arrepentimiento sincero, ocasión de crecimiento en humildad por el conocimiento y re-conocimiento de la propia miseria y, por lo tanto, son camino de santidad. (Sin embargo, si antes de que llegara la tentación concreta, una persona no se propusiera seriamente vivir de acuerdo con el querer de Dios, eso ya no sería simple debilidad, sino una infidelidad consciente.)

¿Cómo la supera un cristiano, especialmente cuando se ha convertido en hábito?

  • Poniendo los medios sobrenaturales y humanos que recomienda la Iglesia:
    • Pidiéndole a Dios, con fe y perseverancia, la virtud de la pureza con humildad.

    • Recurriendo a la oración frecuente, a la Eucaristía y a la intercesión de la Virgen.

      Leonard: “Esperarlo todo de la Eucaristía: ¡Cuerpo de Cristo, sálvame! Que este sea también tu grito en las horas de la tenación o del pecado”.

    • Acudiendo a la Virgen Inmaculada.

    • Acudiendo todas las veces que sean necesarias al Sacramento de la Reconciliación. Es fundamental el recurso frecuente a este sacramento, confiando en la misericordia del Señor, sin desanimarse: Leonard: confesarte regularmente es “dar a tu Dios la oportunidad de amarte tal como eres, de perdonarte tus faltas, y de curar las heridas de tu corazón y de tu cuerpo”.
    • Cultivando la sinceridad, que lleva no sólo a decir la verdad, sino toda la verdad de nuestra vida, yendo a las raíces, reconociéndote pecador ante tu Señor, sin dejarte descorazonar por tu fragilidad, pues el amor de Dios es más agradable que nuestro pecado. Cristo es el Cordero de Dios que lava los pecados del mundo.
    • Abriéndose a los demás, con generosidad, saliendo de uno mismo.
    • Ejercitando el dominio de sí mismo en cosas lícitas; para fortalecerse en el dominio de si mismo en las ilícitas.
    • Esforzándose por dominar la curiosidad y la dispersión mental.

    • Evitando con fortaleza y perseverancia las ocasiones de pecar: determinada publicidad, determinados periódicos, libros, revistas, etc; determinados programas de televisión; determinadas páginas web y uso del ordenador; determinados juegos en la play-station o en el móvil, canciones, etc.; determinadas situaciones, en determinados sitios y a determinadas horas, etc.
    • Esforzándose en vivir la sobriedad, especialmente en la comida y en la bebida, en sus diversos aspectos.
    • Haciendo obras de misericordia.
    • Aprovechando el tiempo, con un trabajo esforzado y diligente.

    • Cultivando el orden, sin caer en el desorden de trabajos y actividades agotadoras y frenéticas que producen grandes cansancios.
    • Poniendo esfuerzo por adquirir una afectividad generosa y madura.

    • Rechazando las tentaciones de susceptibilidad, enfado, tristeza y pesimismo; de queja interior; de vuelta obsesiva sobre los propios problemas.
    • Ocupándose en actividades ilusionantes, y cultivando ideales humanos nobles, culturales, espirituales, artísticos, etc.
    • Haciendo deporte y esfuerzo físico.

¿Cómo liberarse?

Además de los medios espirituales, de la ayuda de los Sacramentos, etc, Leonard recomienda:

La masturbación consiste en un repliegue sobre sí mismo. Contribuirás a liberarte desarrollando en tu vida los comportamientos que te descentran de ti mismo y te abren a Dios, al mundo, a los demás, a tus tareas.

Todo lo que estimula el sentido del trabajo, del compromiso y de la relación, te ayudará mucho.

Además, una vida equilibrada en la que no se duerme ni demasiado ni muy poco, en la que se deja un justo puesto al descanso y al deporte, te dispensará de recurrir a la excitación sexual a título de desahogo o de sonmífero.

En cuanto a las debilidades pasajeras, a las complicidades oscuras con las excitaciones espontáneas que puedes experimentar, sobre todo en periodos de fatiga o de angustia, deberás confiarlas a la misericordia del Señor.

  • Todo esto se integra en la unidad de la persona. Por esa razón, conviene poner todos los medios y al mismo tiempo: tanto los naturales como los sobrenaturales.

Noriega ofrece a los padres y educadores estas reflexiones:

“Conviene estar atentos a las situaciones que llevan al autoerotismo: la tristeza, el fracaso, la soledad, la dificultad de relacionarse con los demás y afrontar los retos de la vida.

La tristeza suele ser ocasión de impureza, ya que la persona busca salir de ella y encientra un sucedáneo fácil y complaciente en una experiencia vacía en la que se enroca para evitar enfrentarse con la realidad. No en vano el autoerotismo suele configurarse como una experiencia compensatoria.

El proceso de la tentación suele desencadenarse a partir de un corto circuito representativo y simbólico, que dificulta a la razón práctica el gobernar su propio dinamismo corporal, obsesionándose con la satisfacción sexual, hasta el punto de desencadenarse un proceso compulsivo.

En ocasiones puede ayudar el desenmascarar ese corto circuito representativo y hacer ver la inconsistencia de la necesidad con la que se presenta.

Cuando se ha hecho hábito en la persona, es preciso enseñar a luchar de dorma muy indirecta: por un lado, fomentando aquellas actividades en las que la persona pueda encontrar una satisfacción noble y humana, amistades sinceras que le permitán salir de sí misma y descubrir en ello el gozo de amar a los demás y serles útiles.

Por otro, ofrecer elementos narrativos indirectos, como pueden ser determinadas lecturas, películas, obras de arte que le ayuden a recomponer la imagen simbólica de la sexualidad a través de la mediación de la afectividad.

José Noriega, El destino del eros, 86

El cristiano debe estar siempre alegre

siemprealegre_clip_image002JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL Miércoles 12 de febrero de 1986


Queridos hermanos y hermanas:

1. Antes de exponer un breve pensamiento sugerido por la liturgia del Miércoles de Ceniza, quiero manifestar mi viva gratitud a Dios, que ha sostenido mis pasos por los caminos de la noble nación India y me ha concedido visitar, en 14 ciudades de ese inmenso país asiático, a muchos hermanos y hermanas en la fe reforzando, a la vez, el diálogo con las religiones no cristianas del lugar.

Doy las gracias a los obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos por el interés con que han preparado a los cristianos para estos encuentros de fe y de alegría; expreso mi deferente gratitud a las autoridades civiles; quedo muy agradecido además a los representantes de las otras religiones por la cortés acogida; doy las gracias en particular al buen pueblo indio, del que he apreciado el tradicional sentido de hospitalidad y religiosidad.

Me reservo volver sobre este tema en la próxima audiencia general, después de practicar los ejercicios espirituales.

2. El “Miércoles de Ceniza” está marcado tradicionalmente por dos prácticas entrañables a la piedad cristiana: la imposición de la ceniza y el ayuno: dos gestos que afectan al cuerpo, pero que llegan al espíritu. Dos gestos significativos, que representan una realidad interior. Ayunar de alimentos, ayunar de pasiones, ayunar de las vanidades del mundo que pasa, para una toma de conciencia más clara de nuestra condición de pecadores, de criaturas necesitadas de Dios: necesitadas de convertirnos a Él, que es nuestra verdadera alegría. Dios, bien infinito y que no pasa.

Este es, pues, un “tiempo saludable”, en el que estamos invitados a entrar de nuevo en nosotros mismos, para volver a descubrir los valores verdaderos sobre los que se debe apoyar nuestra vida. Es un tiempo de reflexión y de profundización, en el que cada uno debe comprometerse a una valiente revisión de vida, que le permita tomar conciencia de los varios puntos en los que su conducta no está en sintonía con el Evangelio. La finalidad, en definitiva, es dar a la propia vida una impronta más cristiana, reafirmando el primado del espíritu con relación a una materia que con frecuencia nos domina demasiado.

En particular, la Cuaresma que comienza hoy nos invita a escuchar humildemente estas severas palabras del Apóstol Santiago: “Lavaos las manos, pecadores, y purificad vuestros corazones, almas insinceras. Sentid vuestras miserias, llorad y lamentaos; conviértase en llanto vuestra risa, y vuestra alegría en tristeza. Humillaos delante del Señor y Él os ensalzará” (Sant 4, 8-10). No escapemos a esta llamada. Todos estamos implicados. Y más aún, seremos tanto más aceptos al Señor, cuanto más sintamos esta llamada como dirigida a nosotros.

La Cuaresma nos invita a reflexionar de modo especial en torno a nuestra fragilidad, en torno a nuestro “ser polvo” y en torno a la precariedad de los bienes terrenos, sobre los que resultaría vano querer basar nuestra felicidad, la que, por el contrario, sólo se encuentra en nuestra relación de sinceridad y de amistad con Dios, bien verdaderamente sumo y absoluto.

La Cuaresma nos invita a dolernos y arrepentirnos por que nos hemos alejado de Dios. Nos exhorta a tornar a Él. Nos invita a tomar conciencia de los efectos dolorosos y hasta trágicos de esta separación de Él.

3. La Cuaresma nos sugiere sentimientos de saludable aflicción. Nos hace recordar que Jesús llama “bienaventurados a los afligidos” (Mt 5, 4), y amenaza con la condenación, por el contrario, a los que ahora están “saciados” y “ríen” (cf. Lc 6, 25). ¿Esto por qué? Porque el dolor, vivido como arrepentimiento y expiación, lleva a la salvación y a la bienaventuranza; mientras que la alegría necia del que no sabe elevar la mirada más allá de este mundo, llevará al “llanto” amargo e inconsolable de la perdición eterna (cf. Mt 8, 12; 13, 42, etc.).

La Cuaresma es ocasión propicia para interrogarnos sobre la calidad y el motivo de nuestras alegrías. Para aclarar si nacen de una tensión y conversión a Dios, o de un ilusorio contentarse y apoltronarse en perspectivas secularistas y terrenas.

La Cuaresma nos invita a dolernos, esperando en la misericordia del Padre y haciendo nuestra la obra redentora del Hijo. Entonces, el dolor se mitiga con la esperanza de que, escuchando el Evangelio y haciendo obras de penitencia, conseguiremos el perdón divino y alejaremos los merecidos castigos. Los alejaremos para nosotros y para el prójimo.

El cristiano, como nos exhorta San Pablo (1Tes 5, 16), debe estar siempre alegre. Pero la alegría cristiana no es huida de las propias responsabilidades. No es un aturdirse con los placeres fugaces del presente. La alegría cristiana consiste en encontrar la propia dignidad perdida, tras haber entrado de nuevo en nosotros mismos y haber escuchado la Palabra de Cristo. La Cuaresma es el tiempo apto para llevar a cabo esta recuperación, este nuevo encuentro de nuestro “yo” auténtico. Nuevo encuentro que se da en una seria escucha de la invitación evangélica a la conversión. En un ejercicio ferviente de las obras de misericordia, que nos disponen a recibir misericordia.

4. La tradición espiritual nos enseña que las principales obras del tiempo cuaresmal son tres: la oración, la limosna y el ayuno. La oración nos llama a una relación más intensa con Dios. La limosna significa una atención más generosa a los hermanos necesitados. El ayuno representa un firme propósito de disciplina moral y de purificación interior.

Se trata evidentemente de aspectos esenciales de la vida cristiana y -como tales- necesarios en todo tiempo. Hay, sin embargo, los tiempos “fuertes”, que nos va presentando el desarrollo del año litúrgico: momentos en los que se nos exhorta a un compromiso más intenso y -con esta finalidad-, los ritos y textos sagrados nos ofrecen una mayor luz y una gracia más abundante.

Son tiempos en los que podemos y debemos acelerar el camino o -si lo hubiéramos abandonado- son tiempos propicios para emprender de nuevo dicho camino con fruto y buenos resultados. Aprovechamos, pues, este “tiempo favorable” (cf. 2Cor 6, 2). Este tiempo de misericordia.