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Un punto de partida para padres y educadores: cultivar la esperanza de ser santos

Escribe Philippe: “Mi experiencia como director espiritual me lleva a creer que la mayoría de las faltas de amor, de fervor y de generosidad proceden en realidad de un desaliento más o menos consciente. «Es el desánimo lo que pierde a las almas», decía Libermann.

En ese momento, la terapia apropiada es la de descubrir la raíz del desaliento, ese «punto de desesperanza», y poner el remedio espiritual, que consiste en volver a dotar a la persona de una mirada esperanzada sobre este aspecto concreto de su vida.

Todo esto responde a una realidad psicológica muy sencilla, pero importantísima (…) : para que nuestra voluntad sea fuerte y dispuesta, necesita verse alimentada por el deseo.

Y ese deseo no puede ser poderoso si lo que se desea no se percibe como posible y accesible; porque, si nos representamos algo como inaccesible, dejamos de desearlo y quererlo con fuerza. No se puede querer nada de modo eficaz si psicológicamente tenemos la sensación de que “no llegaremos”

Cuando la voluntad desfallece, para volver a despertarla se necesita una labor de «remodelación» de nuestras representaciones que nos permita percibir de nuevo lo que queremos como accesible y deseable.

La esperanza es la virtud que pone en práctica esa remodelación; gracias a ella, sé que lo puedo esperar todo de Dios con total confianza. Todo lo puedo en aquel que me conforta, dice San Pablo`. La esperanza nos cura del miedo y el desaliento, dilata el corazón y permite que el amor se expanda.

Pero, a su vez, también la esperanza, para constituir una auténtica fuerza, necesita de una verdad en la que apoyarse. Este fundamento le es conferido por la fe: puedo esperar contra toda esperanza porque sé a Quien he creído.

La fe hace que me adhiera a la verdad trasmitida por la Escritura, la cual no cesa de mostrarme la bondad de Dios, su misericordia y su absoluta fidelidad a sus promesas. A través de la Palabra de Dios, nos dice la epístola a los Hebreos, tenemos firme consuelo los que buscamos refugio en la posesión de le esperanza propuesta., la cual tenemos como segura y firme ancla de nuestra alma, que penetra hasta el interior del velo, donde Jesús entró como precursor.

La Escritura nos revela el amor absolutamente incondicional e irrevocable de Dios hacia sus hijos, manifestado en Cristo, nacido, muerto y resucitado por nosotros. Él me amó y se entregó a mismo por mí”.

Por la fe el corazón se adhiere a esta verdad y encuentra en ella una esperanza inmensa e indestructible! «La fe es la madre del amor y de la esperanza, así como de la confianza y de la certeza».

Nunca habría que dejar de meditar esas palabras de San Juan de la Cruz que fueron decisivas para conducir a Teresa de Lisieux por su «caminito de confianza y de amor»: «De Dios obtenemos tanto como esperamos».

Dios no nos da según nuestras cualidades o nuestros méritos, sino según nuestra esperanza. Esta verdad es extraordinariamente liberadora: aun suponiendo que todos nuestros recursos humanos y espirituales entren en bancarrota, siempre nos quedará la -invencible- esperanza.

(…) A causa de esta falta, no creemos realmente que Dios pueda hacernos dichosos y construimos una felicidad con nuestras propias recetas: la codicia egoísta. No esperamos que Dios nos haga vivir en plenitud y nos creamos una identidad artificial: el orgullo.

0 bien (y ésta es la situación más común entre personas de buena voluntad) nos gustaría mucho amar y ser generosos en ese amor y en la entrega de nosotros mismos, pero nos vemos atenazados por el miedo, la duda o la intranquilidad.

La falta de esperanza y la falta de confianza en lo que la gracia divina puede obrar en nosotros y en lo que nosotros podemos hacer con su ayuda, trae como inevitable consecuencia un estrechamiento del corazón y una mengua de la caridad. Y, por el contrario, la con fianza -como dice Teresa de Lisieux- conduce al amor.

El hecho de que una persona pierda su fervor, su impulso y su generosidad en el amor a Dios y al prójimo, obedece muy a menudo al desaliento, es decir, a una especie de desesperanza oculta que ha comenzado a invadir el corazón con un efecto desmovilizador.

A causa de los fracasos, las decepciones, las dificultades, la experiencia de nuestra miseria y las inquietudes que nos desasosiegan, perdemos nuestra energía y «bajamos los brazos».

En este caso, el remedio (es decir, el modo de hacer rebrotar el amor) no reside en un esfuerzo voluntarista, sino en reanimar la esperanza, en reencontrar una nueva confianza en lo que Dios, por grande que sea nuestra miseria, puede hacer por nosotros y en lo que nosotros podemos realizar con la ayuda de la gracia.

6. Medios para formar rectamente la conciencia

Hemos llegado al punto en que podemos explicitar las normas y medios para la formación de una conciencia recta o verdadera. Sin embargo, esas normas o medios no los podemos ver como una concesión de nuestra parte «porque no queda más remedio». No es la formación un meterse entre carriles que nos llevan a donde no queremos ir, sino medios que nos llevan a la Verdad y al Amor.

Si no actuamos así es que no tenemos deseos de formarnos. Y la queja de Cristo tiene que ser un revulsivo para nosotros, pues como Él mismo dice se debe a la libre negativa del hombre: «¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi doctrina» (Jn 8, 43).

También hay que tener en cuenta que puede costar no pocos sacrificios seguir una conciencia rectamente formada, pues no olvidemos que una vida cristiana, llevada hasta sus últimas consecuencias, no puede excluir la cruz: «el que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame» (Mt 16,24.).

Por último, al formar la conciencia, no se puede caer en el encasillamiento interior, pero tampoco en la ignorancia o desprecio de las normas de la Iglesia. Una buena educación estará tan lejos del escrúpulo como de la «manga ancha». Es preciso tener las ideas muy claras y que luego las aplique cada uno a su manera con libertad y responsabilidad personales.
a) Buscar a Dios seriamente
Una buena formación de la conciencia tendrá que partir de una base de seria búsqueda de ese Dios-Hombre, que ha descendido hasta nosotros haciéndose tan cercano. Una búsqueda que debe ya estar marcada en su inicio con la honradez de pechar con todas las consecuencias del encuentro, porque Cristo nos llama no para que le admiremos como un ser excepcional; nos llama para que le sigamos hasta identificarnos con Él.

Por eso, otra actitud revelaría miedo a Dios, miedo al encuentro. Por lo tanto, en primer término será preciso leer el Evangelio. «Al regalarte aquella Historia de Jesús, puse como dedicatoria: ‘Que busques a Cristo: Que encuentres a Cristo: Que ames a Cristo’.

»–Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera?»(19).

b) Sinceridad

La sinceridad consigo mismo, con Dios y con los demás, es absolutamente imprescindible para el cultivo de una conciencia recta. Y muchas veces nos intentamos engañar a nosotros mismos, para luego engañar a los demás, y, en último término, a Dios.

Un medio habitual para practicar la sinceridad consigo mismo y con Dios es el examen de conciencia. En él ejercitamos de modo claro la responsabilidad personal para hacernos cargo de nuestros errores, para fomentar el propósito de la enmienda y para confesarnos si fuera preciso, y para dolernos de haber ofendido a nuestro Padre Dios.

Otro medio importante para conocernos mejor, conocer más al Señor y ayudarnos a la sinceridad es la oración mental en la que tratamos con Dios de nuestras cosas (alegrías, fracasos, éxitos, preocupaciones…), viéndolos con otra dimensión meramente humana y acomodaticia a nuestros intereses personales.
c) Apoyarse en los demás
El apoyo en los demás deberá partir de la humildad de quien se sabe no autosuficiente, sino necesitado. Esa ayuda podrá verificarse de muchos modos complementarios entre sí: a través de la dirección espiritual, de la confesión, de un amigo que nos da un determinado consejo, de unas clases que amplíen los conocimientos doctrinales, de un buen libro, etc.

«Conviene que conozcas esta doctrina segura: el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior.

»Por eso es Voluntad de Dios que la dirección de la nave la lleve un Maestro, para que, con su luz y conocimiento nos conduzca a puerto seguro»(20).

Habría que volver a recordar la importancia de la sinceridad al hablar de dirección espiritual, y sería bueno recordar que siendo sinceros con nosotros mismos, no será difícil –aunque cueste– serlo con el director, porque a la dirección espiritual o se va con absoluta sinceridad o no se va: la comedia no tendría sentido.

La confesión es la culminación de la dirección espiritual, por la cual Dios nos da su gracia para vencer en la lucha diaria. La confesión nos perdona los pecados y nos consigue una conciencia recta porque consagra y diviniza nuestro deseo de rectificar.

«En efecto, la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (CEC, 1458).

d) Formación a través de la lectura

Es obvio que si la Iglesia es la depositaria e intérprete auténtica de la verdad revelada, nuestro primer medio de formación será el estudio de los documentos del Magisterio, y de otros libros con buena doctrina, avalados por la autoridad eclesiástica competente. Y entre éstos, no estará de más que repasemos, de vez en cuando, las verdades fundamentales de nuestra fe, contenidas en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Al hablar de la lectura de libros –tan necesaria–, no es superfluo considerar que es necesario un buen asesoramiento antes de leer un libro, para que ese libro ayude efectivamente a iluminar la conciencia y no a oscurecerla. Terminamos con unas palabras tremendamente actuales sobre esta necesidad de formación:

«La enseñanza de la religión ha de ser libre, aunque el cristiano sabe que, si quiere ser coherente con su fe, tiene obligación grave de formarse bien en ese terreno, que ha de poseer –por tanto– una cultura religiosa: doctrina, para poder vivir de ella y para poder ser testimonio de Cristo con el ejemplo y con la palabra»(21).

19. Beato Josemaría Escrivá, Camino, Rialp, Madrid, nº 382.

20. Ibid, nº 59.

21. Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, o. c.

2.2. LA ADOLESCENCIA MEDIA O PROPIAMENTE DICHA (15 a 18 años)

a) RASGOS COMUNES: Se aprecia una clara maduración mental que se refleja en el alto desarrollo de la capacidad intelectiva. Existe una capacitación para el pensamiento abstracto y a la vez una mayor reflexión y sentido crítico que en la fase anterior. Sin embargo la idea del adolescente sigue siendo fuertemente condicionada por la intensa vida afectiva (estados de ánimo). Esto lleva a una falta de objetividad que explica el dogmatismo con el que frecuentemente procede en defensa de sus opciones.

La maduración afectiva expresa ahora un enriquecimiento como resultado de una mayor profundización en la intimidad, lo que hace que ahora el adolescente sea muy introvertido, observándose en ciertas actitudes un fuerte sentimiento de autoafirmación de la personalidad: obstinación, terquedad, afán de contradicción. (El adolescente se cierra a las razones, se aferra con obstinación a sus puntos de vista atrevidos y resoluciones imprudentes.

Si se le da la orden con violencia y rigor, lejos de conseguir el efecto deseado, sirve para fortalecer su obstinación, lo que le lleva a cierta agresividad).

Uno de los rasgos dentro de la madurez afectiva es la necesidad de amar y de ser amado. Lo que da lugar al nacimiento de la amistad y del primer amor.

A partir de los quince o dieciséis años no les satisface la relación de camaradería (asociación de compañeros para compartir una experiencia, no había intercambio de vivencias personales), a partir de ese momento es sustituido por la pandilla, donde se da una comunicación muy estrecha con capacidad de responder a un sentimiento de amistad.

El adolescente más tarde sentirá la necesidad de darse por completo a los demás, de llegar a una relación más profunda y personal, lo que hace que la pandilla o grupo de amigos sea sustituido por uno o dos amigos como máximo. -El sentirse distinto a los demás le mueve a buscar un amigo que le comprenda y con quien pueda compartir sus proyectos, sus ilusiones y sus fracasos-. Un rasgo típico es la idealización del amigo.

Otro rasgo típico de esta edad es la timidez, que tiene su origen en la desconfianza de sí mismo y en los demás. Este fenómeno se explica comparando la seguridad casi inconsciente del niño, que prácticamente se limita a actuar siguiendo las ideas de sus padres, con la inseguridad del adolescente a quien no le bastan o no les satisfacen plenamente aquellas ideas.

b) RASGOS NO COMUNES: en algunos adolescentes el desarrollo del sentido crítico les lleva a la duda sistemática de la autoridad intelectual de los adultos (que son desmitificados). Sus nuevos mitos pueden ser los amigos, los escritores, los actores de televisión o los cantantes de moda …. Aparece también, a veces, un entusiasmo por la verdad, por la conquista de la verdad, con el prurito de tener “sus propias ideas”.

A veces, la agresividad de esta fase se radicaliza, dando lugar a transgresiones de la ley moral de forma intencionada. Esto se debe a que desearía ser algo y mover la admiración por su obra, pero como nadie se lo toma en serio, entonces se orienta hacia lo que se siente capacitado: hacer groserías, brutalidades, excesos, transgresiones. Pero todo ello no es sino una defensa y protección de la propia personalidad.

Aun cuando disminuye el problema de la integración social, estas dificultades persisten en algunos adolescentes. El amigo único suele ser en estos casos la única persona a la que abren la intimidad.

También se puede observar en algunos adolescentes, sobre todo en el ámbito familiar, el fenómeno de mutismo. Son capaces de pasarse horas sin decir nada. No debe tomarse como síntoma de intimidad familiar, ya que en muchos casos, se trata de que no tiene nada que decir o no están en disposición de ello, debido al bloque afectivo que padecen.

c) AYUDAS POSITIVAS: ¿Cómo ayudar al que no quiere ser ayudado?. Los adolescentes quieren valerse por sí mismos, esto es positivo, están afirmando su personalidad. Las ayudas de los padres son tomadas como una ofensa: se sienten tratados como niños. A veces estas ayudas son innecesarias, (típico de padres perfeccionistas) bien por una actitud de autosuficiencia, fruto de la inexperiencia o porque les molesta el procedimiento utilizado para darlas.

De acuerdo con ello, el profesor Gerardo Castillo aconseja:

1. Ayudar al adolescente cuando tenga conciencia de que necesita ayuda o deseo de aceptarla. La tarea del educador es poner los medios para que descubra los límites de su capacidad y provoque el deseo de que se le ayude. En ocasiones, el mejor procedimiento es dejar al hijo que se equivoque.

2. Cuidar la forma o el procedimiento. Conviene prestar la ayuda como una colaboración, un trabajo juntos para resolver un problema.

3. Tratarle o hablar más que como es, cómo nos gustaría que fuera. Y sobre todo escucharle, escucharle, escucharle mucho.

La orientación educativa deberá centrarse, fundamentalmente, en dos puntos: educación del carácter y las relaciones con los demás (especialmente con los padres y con los amigos). También cabe referirse a la necesidad de orientación en temas de estudio, dinero, trabajo, tiempo libre, elección vocacional…(pero será objeto de otros temas específicos en este curso).

Con respeto al dogmatismo propio de la edad, convendrá aprovechar su capacidad para el pensamiento lógico: una postura radical se desmonta muchas veces haciendo pensar, razonándoles.

Proporcionando datos reales o remitiéndole a alguna fuente que le permita ampliar el punto de vista personal. Lo que no conviene es establecer discusiones al mismo nivel para intentar disuadir sus argumentos. La agresividad de esta edad (en forma de obstinación, terquedad, malos modales, etc.) no se resuelve con violencia o rigor, pues la raíz de estas dificultades no es la maldad, sino en la falta de maduración, de no poder valerse por sí mismos.

Lo fundamental, en este sentido, es que los padres no pierdan la calma, procurando ser sobrios en gestos y palabras. Los “dramatismos” son contraproducentes. Ante reacción agresiva del hijo, suele ser útil ignorar en un primer momento ese comportamiento y esperar a que el chico se calme. En un segundo momento, convendrá mantener una charla con el, con calma y tranquilidad, llevándole a analizar fríamente su comportamiento y que él mismo deduzca algunas consecuencias. De esta forma se fomentará el conocimiento de sí mismo y la autoexigencia.

Ante el problema de alejamiento de los padres y el refugio en el grupo de amigos, “hay que encajar el golpe con deportividad”, es un comportamiento normal en esa edad, Está en la línea del desarrollo de la autonomía personal. Satisfacer esa necesidad es una de las principales “cruces de la paternidad”. Sí bien pasada esa fase, el chico vuelve a la familia.

Siguiendo al profesor Gerardo Castillo:

no se trata de renunciar a la influencia paterna, sino de hacerla compatible con la de los amigos. Para ello integrar a los amigos en el ámbito familiar. Que la casa esté abierta desde el principio a los amigos de los hijos. Ello tiene la ventaja de poder conocer directamente quiénes son y cómo son los amigos de nuestros hijos.

Aquí cabría hablar de la educación para la amistad, pero será objeto de otro trabajo.

En todas las ayudas que nos hemos referido, hay un denominador común: la exigencia comprensiva o la comprensión exigente. Diremos, por último, que es muy importante ayudarles a encontrar un modelo a imitar.

El buen ejemplo de los padres, es un factor decisivo, especialmente si tienen relación con las virtudes más necesarias en este momento: autodominio, fortaleza, optimismo y sobriedad.

Es importante volver a insistir en la virtudes: fortaleza, perseverancia y optimismo. E intentar desarrollar, entre los trece y quince años con las siguientes: “pudor, sobriedad, sociabilidad, amistad, respeto, sencillez y patriotismo”