Archivo de la etiqueta: formacion religiosa

5. Formación de la conciencia

a) Necesidad de esta formación

Por lo que llevamos dicho podemos concluir que es necesaria la formación y especialmente acuciante para un hombre de fe que quiere conocer mejor a Dios, y se da cuenta de que «la religión es la mayor rebelión del hombre que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma –que no se aquieta– si no trata y conoce al Creador»; por eso verá que «el estudio de la religión es una necesidad fundamental» y que «un hombre que carezca de formación religiosa no está completamente formado»(12).

Por eso recalca el Catecismo que «hay que formar la conciencia, y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas» (CEC, 1783).

En cualquier materia intentamos alcanzar el mayor número de conocimientos para ser doctos en aquel saber. Y si no los alcanzamos, evitamos hablar del tema por indoctos. Pero, ¿sucede lo mismo con los temas relativos a la fe ya la moral? Muchas veces se pontifica sobre lo que se ignora.

Por todo ello, «la conciencia tiene necesidad de formación. Una educación de la conciencia es necesaria, como es necesario para todo hombre ir creciendo interiormente, puesto que su vida se realiza en un marco exterior demasiado complejo y exigente»(13). Añade el Catecismo que «la educación de la conciencia es tarea de toda la vida (…) garantiza la libertad y engendra la paz del corazón» (CEC, 1784).

Por ello, la formación de la conciencia seguirá reglas parecidas a las de toda formación. Sin embargo, a la hora de aplicarlas, no podemos olvidar un dato importantísimo: lo que pretendemos al formar la conciencia no es simplemente alcanzar una habilidad o desarrollar una facultad, sino conseguir nuestro destino eterno. Esto nos lleva a ver unos cuantos presupuestos básicos de la formación de la conciencia.

b) Revelación y Magisterio eclesiástico

Los hombres, para conocer nuestro destino sobrenatural y los medios para alcanzarlo, necesitamos de la Revelación. En este sentido, no somos «espontánea y naturalmente cristianos». La palabra de Dios no sólo asegura que una cosa conduce al hombre a su fin natural, sino que informa también su meta sobrenatural y todo lo que le acerca a ella. Lo objetivamente revelado confirma y corrobora, además, las disposiciones sembradas por el Espíritu Santo en el alma que está en gracia.

Pues bien, como decía Pío XII, la moral cristiana hay que buscarla «en la ley del Creador impresa en el corazón de cada uno y en la Revelación, es decir, en el conjunto de las verdades y de los preceptos enseñados por el Divino Maestro. Todo esto –así la ley escrita en el corazón, o la ley natural, como las verdades y preceptos de la revelación sobrenatural– lo ha dejado Jesús Redentor como tesoro moral a la humanidad, en manos de su Iglesia, de suerte que ésta lo predique a todas las criaturas, lo explique y lo transmita, de generación en generación, intacto y libre de toda contaminación y error»(14).

La Iglesia, pues, a través de su Magisterio ordinario y extraordinario es la depositaria y maestra de la verdad revelada. De ahí que «los cristianos, en la formación de su conciencia, deben prestar diligente atención a la doctrina sagrada y cierta de la Iglesia»(15). Difícilmente podría hablarse de rectitud moral de una persona que desoiga o desprecie el Magisterio eclesiástico: «el que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia; y el que me desprecia, desprecia al que me envió» (Lc 10,16).

Por tanto, para un cristiano, sí no hay unión con la Jerarquía –con el Papa y con el Colegio Episcopal en comunión con el Papa–, no hay posibilidad de unión con Cristo. Ésta es la fe cristiana, y cualquier otra posibilidad queda al margen de la fe. Y no sólo cuando es Magisterio extraordinario, o bien ordinario y universal, sino también cuando es auténtico: «la mayor parte de las veces lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece por otras razones al patrimonio de la doctrina católica.

Y si los Sumos Pontífices pronuncian de propósito una sentencia en materia disputada, es evidente que según la intención de los mismos Pontífices, esa cuestión no puede considerarse ya como de libre discusión entre los teólogos»(16).

Será, pues, el Magisterio eclesiástico la fuente fundamental para la formación de la conciencia. Como recordaba Juan Pablo II: «Entre los medios que el amor redentor de Cristo ha dispuesto para evitar este peligro de error [hace referencia a la conciencia venciblemente errónea], se encuentra el Magisterio de la Iglesia: en su nombre, posee una verdadera y propia autoridad de enseñanza.

Por tanto, no se puede decir que un fiel ha realizado una diligente búsqueda de la verdad, si no tiene en cuenta lo que el Magisterio enseña; si, equiparándolo a cualquier otra fuente de conocimiento, él se constituye en su juez; si, en la duda, sigue más bien su propia opinión o la de los teólogos, prefiriéndola a la enseñanza cierta del Magisterio»(17). Pero ¿cómo encaja esta afirmación con la libertad religiosa proclamada por el Concilio Vaticano II? Vamos a verlo.
c) Libertad religiosa y libertad de las conciencias
La libertad religiosa proclamada por el Concilio Vaticano II tiene un sentido preciso: «La libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil»(18).

Lo que especifica es que no puede haber ninguna autoridad civil que pueda imponerse en el tema religioso. Pero en ningún momento habla de la libertad de conciencia, acuñada por la doctrina laicista, porque esta doctrina hace de la conciencia el sumo principio y criterio de verdad, negando la ley de Dios, de la que se declara independiente.

Por eso decimos: no a la libertad de conciencia (conciencia autónoma frente a Dios), y sí a la libertad de las conciencias (no se puede impedir desde fuera que cada uno siga su conciencia en materia religiosa).

Por lo tanto podemos decir con la Gaudium et spes: «…sean conscientes que no deben proceder a su arbitrio, sino que deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina, dóciles al Magisterio de la Iglesia que interpreta auténticamente esa ley, a la luz del evangelio».

12. Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Rialp, Madrid, n. 73.

13. Pablo VI, o. c.

14. Pío XII, Alocución, 23-III-1952.

15. Dignitatis humanae, nº 14; cfr Veritatis splendor, nº 64.

16. Pío XII, Enc. Humani generis.

17. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el II Congreso Internacional de Teología Moral, 12-XI-1988.

18. Dignitatis humanae, nº 1.

Dudar de la fe por falta de conocimientos adecuados.

Es frecuente que, por la falta de formación espiritual y doctrinal que sufren en la actualidad tantos jóvenes, algunos se planteen dudas de fe que tienen su origen, fundamentalmente, en la ignorancia religiosa, en la falta de información y formación sobre lo que enseña realmente la Iglesia.

Con frecuencia muchos jóvenes sólo conocen las respuestas que les dieron en la catequesis de niños. Con el paso de los años la formulación y el contenido de esas respuestas (que eran adecuadas para la infancia) les acaba pareciendo insuficiente; aunque lo insuficiente sea, en realidad, su propia formación religiosa.

Eso puede llevar a algunos jóvenes a considerar como una arrogancia la defensa de su propia fe.


Edith Stein

stein_clip_image002_0000


Juan Pablo canonizó el 11 de octubre de 1998 a Edith Stein, una de las figuras más apasionantes de nuestro tiempo por su trayectoria humana, espiritual e intelectual.

Nació en 1891 en Breslau, una ciudad alemana, que hoy se encuentra en Polonia, la actual Wroclaw. Era la menor de una familia numerosa de religión judía. Su padre falleció cuando tenía dos años y su madre tuvo que hacerse cargo del negocio familiar de maderas y de la educación de sus hijos, a los que infundió un elevado código ético.

Formación familiar en la fe

Edith aprendió de su madre muchas virtudes , como la sinceridad, el espíritu de trabajo, la capacidad de sacrificio, la lealtad…, pero le faltó una genuina formación en la fe.

Cuando tenía diez años un tío suyo muy querido se suicidó a causa de la quiebra de su negocio, Y años después recordaba su funeral, resaltando la falta de formación religiosa que había recibido en su juventud. “El rabino inició la oración fúnebre. Yo ya había escuchado otras oraciones fúnebres. Eran un resumen de la vida del muerto, en que se realza todo lo bueno que había hecho durante la vida, removiendo el dolor de los familiares y sin que por ello se recibiese ningún consuelo. Por fin, con solemne y engolada voz, dijo el rabino: «si el cuerpo se convierte en polvo, el espíritu vuelve a Dios, que es quien se lo dio». Pero, detrás de todo esto, no había una fe en la pervivencia personal y en un volver a encontrarse tras la muerte.

Tuve una impresión totalmente distinta cuando al cabo de muchos años participé en un culto funerario católico, por primera vez. Se trataba del entierro de un sabio famoso. Pero nada se dijo en la oración fúnebre de sus méritos, ni del apellido que había llevado en el mundo. Solamente se encomendaba a la Misericordia de Dios su pobre alma mediante el nombre de pila. Ciertamente, ¡qué consoladoras y serenas eran las palabras de la liturgia que acompañaban a los muertos a la eternidad!”.

Formación intelectual

Al acabar brillantemente el bachiller, fue a Göttingen a estudiar filosofía. Era entonces una joven sin fe que buscaba decididamente la verdad. En la Universidad conoció a un destacado filósofo, Husserl, y quedó deslumbrada por la nueva fenomenología.

En 1914 comenzó la guerra y muchos de sus amigos al frente. Se alistó como enfermera voluntaria y la destinaron a un hospital austríaco, en el que atendió a soldados con tifus, con heridas, y otras dolencias. Aquel contacto inesperado con el sufrimiento la impresionó fuertemente . Tras la muerte de un soldado, contaba, ” ordené las pocas cosas que tenía el muerto reparé en una notita que había en su agenda. Era una oración para pedir que se le conservase la vida. Esta oración se la había dado su esposa. Esto me partió el alma. Comprendí, justo en ese momento, lo que humanamente significaba aquella muerte “. Recibió la Medalla al Valor por su trabajo en el hospital.

Cuando su maestro Husserl se trasladó a Friburgo, Edit le siguió y trabajó como su asistente. Poco después comenzó a preparar una cátedra universitaria, algo que no pudo lograr en aquel tiempo por ser mujer. Tuvo que conformarse con dirigir un colegio privado.

Conversión

Algunas conversiones de amigos suyos la impresionaron vivamente. Empezó a leer obras sobre el cristianismo, especialmente el Nuevo Testamento. Un día, por casualidad, cuando estaba en casa de unos amigos suyos, conversos, tomó un libro al azar de la biblioteca: era La Vida de santa Teresa de Jesús. La leyó entera, y al terminar, dijo, sobrecogida: “¡Esto es la verdad!”.

Compró un catecismo y un misal, estudió la fe y al poco tiempo se presentó en la parroquia más cercana pidiendo ser bautizada. El 1 de enero de 1922 recibió el bautismo con el nombre de Teresa.

Su familia

Su madre se echó a llorar al saber que se había convertido. Lo consideraba una traición a sus raíces. Sin embargo, no tuvo más remedio que admitir, al ver la conducta recta y sincera de su hija, que ” no he visto rezar a nadie como a Edith”.

Más costosa le resultó aún a su madre la decisión de hacerse carmelita descalza: una decisión largamente meditada durante años, que se hizo realidad en 1934.

Emitió sus votos en abril de 1935, en Colonia, con el nombre de Sor enedicto de la Cruz.

Muerte

Mientras tanto en Alemania se desataba la furia antijudia , desde la llegada al poder de Hitler en 1933. En 1939 sus hermanas del Carmelo de Colonia decidieron que lo mejor era que se trasladase al convento de Echt, en Holanda.

En la primavera de 1940 Holanda fue ocupada por los nazis y a comienzos de 1942 se decidió la “solución final”. La Jerarquía católica holandesa dirigió una carta al Comisario del Reich, Seyss-Inquart, protestando contra el trato vejatorio a los judíos, y algunos obispos, como el de Utrecht, protestaron desde el púlpito.

En represalia, las SS detuvieron a los católicos de origen hebreo y en agosto de 1942 fueron al convento de Echt en busca de Edith Stein y de su hermana Rosa, que se había refugiado allí.

Al cabo de unos días, las llevaron a destino desconocido. Los pocos datos que se conocen a partir de este momento hasta llegar a las cámaras de gas de Auschwitz testimonian la serenidad y entrega ejemplar de Edith, que entregó santamente su alma al Señor el 9 de agosto de 1942.

José Miguel Cejas