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Algunos objetivos


1. Un joven entregado a Dios que desea —aspira—ser del Opus Dei cuando sea mayor de edad necesita madurez: una madurez adecuada a su edad, pero por encima de lo habitual, ya que muchos de sus compañeros y amigos de su edad sólo piensan durante esos años en divertirse. Esa madurez se debe reflejar particularmente en la seriedad con la que aborda su propia vocación y misión en la vida.

2. Su entrega a Dios, unida a la formación humana, espiritual, profesional, etc. que recibe, deben darle una autoridad moral y prestigio entre sus amigos.

3. Conviene evitar en estos comienzos de vida cristiana el voluntarismo, que produce desaliento; y ayudarle a cultivar el el optimismo y la confianza en la misericordia de Dios, ya que la santidad no consiste en cumplir metas cada vez más altas: la santidad la regala Dios con la Gracia.

4. La entrega a Dios debe llevarle a realizar un apostolado personal de amistad y confidencia, aprendiendo a tratar a sus amigos, abriéndose a todos, por muy distintas que sean sus formas de pensar; aprendiendo a hacer amistad con personas de muy diversas mentalidades. Eso requiere mucha oración, y mucho esfuerzo y dedicación por parte de la persona que le ayuda en su camino.

Debe conocer que el espíritu del Opus Dei le lleva a abrir horizontes; si se diera el caso, hay que enseñarle a no retraerse o a encerrarse, por comodidad, en un pequeño círculo de amistades, sólo con amigos con los que se entiende: el amor a Cristo le debe llevar a tratar a todos.

5. Debe fomentar todos los ideales nobles, profesionales, culturales, artísticos, políticos, deportivos: su afán de entrega a Dios y su deseo de ser del Opus Dei debe llevarle a vivir esos ideales con especial intensidad, para poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas.

6. Hay que ayudarle a ejercitarse en la perseverancia en lo pequeño, en la reciedumbre, en la fidelidad y en la sinceridad, viviendo a contracorriente virtudes cristianas, como la Santa Pureza, que no están de moda. Eso exige carácter, capacidad de reflexión, autodeterminación, cultivo de la propia personalidad, sin mimetismos, y el desarrollo de un sentido crítico y de una valoración cristiana del mundo que le rodea.

La vocación profesional es parte integrante de la vocación divina



Una consecuencia importante de lo anterior es que la vocación profesional es parte integrante de la vocación divina. Un breve compendio de consecuencias de la vocación a la Obra, podríamos resumirlo en los siguientes aspectos:

1) No se saca a nadie de su sitio;

2) Fuerza transformadora “desde dentro”, como el fermento evangélico;

3) No comporta una especial “consagración” a Dios que se añada a la consagración bautismal;

4) No hay cambio de estado de vida: cristianos y ciudadanos corrientes.

5) La naturaleza de la Prelatura: la potestad del Prelado no deriva de un voto de obediencia, sino que es una determinada expresión (peculiar por la materia a la que se extiende) de la «potestad ordinaria de la Iglesia».

6) El Opus Dei no es un grupo apostólico, sino una «partecica» de la Iglesia, que no separa a los fieles de la «pars Ecclesiae» que es la Iglesia particular de cada uno.

7) El Opus Dei, en cuanto tal, no tiene más actividad que la formación doctrinal, espiritual y apostólica de sus miembros y de todas las personas que deseen beneficiarse de ella.

8) Obras de «apostolado corporativo»: algunos de los miembros, unidos a otros miembros y a otras muchas personas, llevan a cabo con su trabajo profesional algunas obras apostólicas de tipo educativo, asistencial, etc. de cuya orientación cristiana y dirección espiritual se hace responsable la Prelatura.

«La idéntica vocación que todos en la Obra hemos recibido nos lleva a valorar mucho las circunstancias corrientes de cada jornada, que son como la materia prima de nuestra santificación. Ahí nos espera el Señor, para que le ofrezcamos el holocausto de una existencia, gastada en el trabajo profesional intenso y en la convivencia con las demás personas, sin otra mira que la de ser instrumentos suyos para acercarle almas. Ése es el principal lugar de nuestro encuentro con Dios, la actividad imprescindible en la que hemos de ejercitarnos para buscar la santidad y hacer apostolado según las exigencias de nuestro espíritu, con esa igualdad de dedicación por parte de todas y de todos. Lo demás –los encargos de dirección espiritual o de formación espiritual que se puedan encomendar a algunos de vosotros, la participación en actividades apostólicas corporativas, etc.– están en función de lo verdaderamente importante, que –repito– se resume en que cada uno de mis hijos y de mis hijas encuentre al Señor, y se esfuerce para que los demás lo encuentren, precisamente con ocasión de su trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios» (J. Echevarría, Carta 28-XI-1995, n. 16).

En resumen, la vocación a la Obra compromete a toda la persona y a todos sus actos: no es una vocación para realizar una ilimitada actividad, sino para santificar todas las actividades, todos los aspectos de nuestra vida, y transformarlos en medio de santidad y apostolado, según el espíritu de la Obra. En consecuencia, todo, en nuestra actuación, puede ser valorado, medido y juzgado en términos de fidelidad a la vocación.

Dudar de la fe por falta de conocimientos adecuados.

Es frecuente que, por la falta de formación espiritual y doctrinal que sufren en la actualidad tantos jóvenes, algunos se planteen dudas de fe que tienen su origen, fundamentalmente, en la ignorancia religiosa, en la falta de información y formación sobre lo que enseña realmente la Iglesia.

Con frecuencia muchos jóvenes sólo conocen las respuestas que les dieron en la catequesis de niños. Con el paso de los años la formulación y el contenido de esas respuestas (que eran adecuadas para la infancia) les acaba pareciendo insuficiente; aunque lo insuficiente sea, en realidad, su propia formación religiosa.

Eso puede llevar a algunos jóvenes a considerar como una arrogancia la defensa de su propia fe.