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Voluntarismo

En la vida espiritual se entiende como voluntarismo un modo de obrar que prescinde de Dios y acaba confiando sólo en las propias fuerzas humanas, en la propia voluntad.

El voluntarista piensa él se hará santo a sí mismo; como la santidad fuera cuestión de esfuerzo de voluntad: el fruto de “empeñarse”, de poner más vehemencia en lo que se hace.

Al voluntarista le mueve muchas veces más el orgullo de “no fallar” que el amor a Dios y le cuesta abandonarse en Dios porque no confía, por encima de todo, en la misericordia y en la gracia, olvidando que Dios -y sólo Dios- es el que santifica.

La formación cristiana debe llevar a comprender –no sólo a vivir- esta realidad. En caso contrario, los fallos en los que, por debilidad, pueda incurrir una persona poco madura, pueden convertirse para ella en un foco de rigidez, de tensión interior y desasosiego, que le pueden quitar la paz interior.

Sin esa maduración espiritual, la simple adhesión intelectual, voluntarista, puede generar un conflicto en tiempos de dificultad interior o de cansancio.

El noventa por ciento


Es natural que los hijos sean un tema constante en la oración de los padres. Desde la primitiva cristiandad, los padres sueñan con que sus hijos respondan generosamente al querer de Dios.

Aunque los padres cristianos deseen que no haya nada en su hogar que separe a sus hijos de Dios, no siempre lo logran plenamente, porque sus hijos, además de ser hijos de sus padres, son también hijos de su tiempo, de su formación escolar, de su ambiente cultural, de su entorno de amistades, etc.; y sobre todo, son hijos de su propia libertad. Por eso hay padres que sufren la cruz —como Santa Mónica durante tantos años— de ver como sus hijos, a los que han procurado educar cristianamente, están lejos de Dios.

Hay estilos de vida que facilitan el encuentro de los hijos con Dios, y otros que lo dificultan. Es lógico que los padres cristianos procuren que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y pongan los medios para que su familia sea una escuela de virtudes donde sus hijos —uno a uno— puedan tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, de forma adecuada a su edad.

Por eso san Josemaría decía que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, porque una respuesta generosa germina habitualmente sólo en un ambiente de libertad y de virtud.

Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros padres se lamentan de que sus hijos ya mayores se resisten a dejar el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad.

Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso es siempre una muestra de madurez.

Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, etc. Se comprende que los padres cristianos deseen, además, que sus hijos aspiren a la santidad y no se queden en la mediocridad espiritual. En ese sentido, desean que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos. Recordaba Juan Pablo II:

“Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad” (Juan Pablo II, Nagasaki, Japón, 25.II.1981).

Recuerdos de un voluntario de Sui

Cristobal Medina, un voluntario de Sui, recuerda su encuentro con Vicente: “me explicó qué era SUI: una Asociación Universitaria que había nacido pocos años antes, cuando un grupo de universitarios de Madrid, sensibilizados ante el gran problema de los chicos que viven en las zonas marginales del extrarradio, habían empezado a atender, todos los fines se semana, a los niños del poblado chabolista de El Pozo del Huevo.

-¿Por qué no te vienes -me propuso- con nosotros este fin de semana?

Accedí, con una mezcla de curiosidad e inquietud. Era un mundo desconocido. Mi primera visita a aquel poblado del Pozo del tío Raimundo, cerca de la Celsa, me impresionó muchísimo.

A mí me sucedía como a miles de personas de Madrid: ignoraba cuántos problemas hay a muy poca distancia de mi propia casa. Cientos de niños vivían en chabolas sin las mínimas condiciones de higiene. Me fijé que de vez en cuando se acercaba una pareja de jóvenes de aspecto extraño:

-Son los pinchauvas -me explicó uno de los gitanillos.

Los pinchauvas -los drogadictos- recorrían las chabolas con mirada ansiosa; entraban en una; compraban la droga y se iban corriendo a un muro cercano a inyectársela; todo, ante la mirada indiferente, tristemente acostumbrada, de estos niños.

Y así es como, gracias a Vicente, empecé a colaborar en SUI: iba cada fin de semana con un grupo de amigos a hacer todo lo que estuviera en mi mano por aquel grupo de veinte niños, que estaban sin escolarizar, que no tenían futuro alguno en la vida, y que ya empezaban a dar los primeros pasos en el camino de la delincuencia: jugábamos al fútbol, hablábamos con ellos para inculcarles algunos valores -el trabajo, la disciplina, la honradez-, hacíamos excursiones a la sierra…

Para algunos, era la primera vez que salían de sus chabolas y suponía todo un reto enseñarles algunos hábitos elementales de comportamiento que nadie les había enseñado.

Habían crecido en hogares problemáticos, sin atención, sin educación alguna; sólo en el mejor de los casos, sus padres tenían un oficio, y se dedicaban a la fruta y la chatarra; muchos eran nómadas, por lo que resultaba muy difícil integrarlos en el colegio de una forma estable.

Poco a poco, Vicente me fue explicando “las señas de identidad” de SUI, que nacía para promover la solidaridad, especialmente con los jóvenes de las zonas marginales de las grandes ciudades y los que viven en las zonas más pobres de Hispanoamérica; con los enfermos, con los ancianos en soledad; con los niños abandonados, colaborando con todas las entidades que se ocupan de esas personas -asistentes sociales, párrocos, etc- a lograr sus objetivos.

Me explicó también que todas las actividades con aquellos chicos de los chabolarios del extrarradio de Madrid debían complementarse siempre con una preceptuación personalizada; cada voluntario debía responsabilizarse de un chico, como máximo de dos; teníamos que plantearnos objetivos concretos, por difíciles que pareciesen: su escolarización, su integración en este punto, en otro.

La Celsa, Madrid

Guardo esta imagen grabada en mi retina: Vicente hablando con uno de esos niños entre los desperdicios del chabolario, intentando ayudarle, en medio de la chatarra y la miseria.

No era una tarea sencilla. Sin embargo, a pesar de esas dificultades hicimos lo que pudimos: intentamos enseñarles a escribir, a darles algunas nociones elementales de matemáticas… Debo reconocer que era muy difícil.

También primero de ingeniería me resultó muy difícil, con lo cual, durante el curso 90-91 no pude asistir a las actividades de SUI. Pero Vicente me fue contando cómo iba creciendo la Asociación, adaptándose a las nuevas situaciones con las que se iban encontrando aquellos niños. Él, por ejemplo, comenzó a ir al Ruedo, un edificio en Moratalaz, donde habían realojado a muchos de los muchachos que habíamos tratado en el Pozo del Tío Raimundo. Ahora luchaba para que se integraran bien en la sociedad; para que se formaran bien humanamente y encontraran un trabajo.

Procuraba trasmitirles todo lo que poseía: a muchos de esos chicos, católicos, pero que no habían hecho la Primera Comunión por desidia o desinterés de sus padres, les ayudó a hacerla. Les daba la formación cristiana que él había aprendido en su casa y en el Opus Dei. Organizó actividades de teatro; fue de excursión con ellos muchos fines de semana; organizó charlas para sus padres, de formación familiar.

A finales de segundo de carrera volví a participar en SUI. Muchos de los chicos que vivían en las chabolas por las que yo iba años atrás estaban ya realojados y otros voluntarios seguían atendiéndoles; entonces Vicente, y los que colaboraban con SUI, me propusieron que comenzase en un sitio nuevo. Y ésa fue luego mi tarea en tantos lugares donde trabajó el voluntariado: dar los primeros pasos, hasta que se creaba por fin un grupo más organizado.

Fui, durante ese año, y todo el tercer curso de carrera, a un chabolario que estaba a lo largo de una carretera, en San Fernando de Henares. El espectáculo, al llegar, fue muy penoso: les habían quemado la mayoría de las chabolas y estaban reconstruyendo sus casas -por llamarlas de algún modo- con cartones y latas viejas.

No tenían agua ni luz. Aquellos niños estaban todavía en una situación peor que los otros, porque la mayoría eran de origen portugués: no sabían español, y les resultaba todavía más difícil la integración en la escuela. Hicimos por ello lo que pudimos: actividades deportivas, de lectura, de escritura, de integración social, de catequesis…