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Deberes de los padres

2221 La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse también a su educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en la educación “tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse” (GE 3). El derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables (cf FC 36).

2222 Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre del cielo.

2223 Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma. El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones “materiales e instintivas a las interiores y espirituales (CA 36). Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos:

El que ama a su hijo, le azota sin cesar…el que enseña a su hijo, sacará provecho de él (Si 30, 1-2).

Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor (Ef 6,4).

2224 El hogar constituye un medio natural para la iniciación del ser humano en la solidaridad y en las responsabilidades comunitarias. Los padres deben enseñar a los hijos a guardarse de los riesgos y las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.

2225 Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe de los que ellos son para sus hijos los “primeros anunciadores de la fe” (LG 11). Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la Iglesia. La forma de vida en la familia puede alimentar las disposiciones afectivas que, durante la vida entera, serán auténticos preámbulos y apoyos de una fe viva.

2226 La educación en la fe por los padres debe comenzar desde la más tierna infancia. Esta educación se hace ya cuando los miembros de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de una vida cristiana de acuerdo con el evangelio. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe. Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios (cf LG 11). La parroquia es la comunidad eucarística y el corazón de la vida litúrgica de las familias cristianas; es un lugar privilegiado para la catequesis de los niños y de los padres.

2227 Los hijos, a su vez, contribuyen al crecimiento de sus padres en la santidad (cf GS 48,4). Todos y cada uno se concederán generosamente y sin cansarse los perdones mutuos exigidos por las ofensas, las querellas, las injusticias, y las omisiones. El afecto mutuo lo sugiere. La caridad de Cristo lo exige (cf Mt 18,21-22; Lc 17,4).

2228 Durante la infancia, el respeto y el afecto de los padres se traducen ante todo por el cuidado y la atención que consagran en educar a sus hijos, en proveer a sus necesidades físicas y espirituales. En el transcurso del crecimiento, el mismo respeto y la misma dedicación llevan a los padres a enseñar a sus hijos a usar rectamente de su razón y de su libertad.

2229 Los padres, como primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En cuanto sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos (cf GE 6). Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio.

2230 Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación confiada con sus padres, cuyo parecer y consejo pedirán y recibirán dócilmente. Los padres deben cuidar no violentar a sus hijos ni en la elección de una profesión ni en la de su futuro cónyuge. Este deber de no inmiscuirse no les impide, sino al contrario, ayudarles con consejos juiciosos, particularmente cuando se proponen fundar un hogar.

2231 Hay quienes no se casan para poder cuidar a sus padres, o sus hermanos y hermanas, para dedicarse más exclusivamente a una profesión o por otros motivos dignos. Estas personas pueden contribuir grandemente al bien de la familia humana.


Algunos rasgos de los adolescentes actuales que conviene tener en cuenta en la formación cristiana

  • Por falta de formación familiar cristiana y de una catequesis adecuada, muchos adolescentes pueden tener poca familiaridad real con el Evangelio y con la vida de Cristo, aunque hayan oido hablar mucho de ella.

    Por eso, los padres y catequistas cristianos deben alentarles a la lectura y reflexión sobre los evangelios.

  • Muchos adolescentes pueden desconocer las ideas filosóficas y antropológicas que están detrás de algunos planteamientos culturales y sociales apartados de Cristo, que pueden asumir acríticamente (a pesar de que hayan decidido ser buenos cristianos), por falta de análisis.

    Los padres y educadores deben proporcionarles elementos para ese análisis, de forma que vayan ganando en madurez, sentido crítico y libertad.

  • Por la influencia de determinadas costumbres y hábitos sociales, es posible que en algunos casos, haya adolescentes que tengan excesiva información con respecto a la sexualidad y muy poca formación específica cristiana.

Tengo la sensación de que hablo otro idioma…

El apóstol debe poner los medios para hablar el idioma de sus amigos. Escribía san Josemaría en Surco 203:

No llegas a la gente, porque hablas un “idioma” distinto. Te aconsejo la naturalidad.

¡Esa formación tuya tan artificial!

Un quioskero de Buenos Aires
Durante la estancia de san Josemaría en Argentina, Luís Lozano, un quiosquero de Buenos Aires, le estuvo hablando, con marcado acento porteño, de los avatares de su vida: había llevado una vida dura, de muchacho sin recursos en un barrio humilde de los arrabales de la capital argentina.

Las dificultades le habían ido curtiendo como el estaño, y ahora quería acercar a Dios a todos los de su barrio, pero no sabía bien como expresarse…
-Padre, yo me crié en la calle, con los muchachos de la esquina, en la barra del café. Me convertí a los veinticinco años. Soy de los que dicen que tienen estaño…Y he aprendido a querer a Nuestro Señor con este corazón que tenemos, este corazón de barrio; y a veces tengo miedo de que, como también tengo un idioma de calle, no sepa expresarme, avisarle al mundo de la felicidad que se están perdiendo al no querer al Señor…
-¡Habla con sinceridad con ese idioma, porque te entienden! –le dijo san Josemaría, alentándole-.

Tú tienes, de verdad, el léxico mejor para ayudar a que las almas lleguen a amar a Jesucristo. ¡Háblales con tu lengua, que es una lengua buena! Si se te escapa alguna palabra fuerte, mientras no sea ofensa a Dios… ¡déjala que se escape!

Pero sé sincero, noblote como eres… ¡valiente¡ : ¡un hombre que confiesa su fe, así, delante de estos miles de personas, no puede preocuparse por un taco más o menos!

¡Hala! ¡Adelante!