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El don del Espíritu Santo

La filiación divina es obra del Espíritu Santo. «Hijos de Dios son, en efecto, como enseña el Apóstol, los que son guiados por el Espíritu de Dios (cf. Rm 8, 14). La filiación divina nace en los hombres sobre la base del misterio de la Encarnación, o sea, gracias a Cristo, el eterno Hijo. Pero el nacimiento, o el nacer de nuevo, tiene lugar cuando Dios Padre ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo. Entonces, realmente recibimos un Espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abbá!, ¡Padre! Por tanto, aquella filiación divina, insertada en el alma humana con la gracia santificante, es obra del Espíritu Santo»[i].

En la progresiva identificación del cristiano con el modelo, que es Cristo, el Espíritu Santo -«el Espíritu de Jesús» (Hch 16,7)- asume el papel de modelador y maestro interior. El fin que pretende con sus mociones e inspiraciones –a las que el hombre puede ser dócil gracias también a sus dones y carismas- es ir formando en el cristiano la imagen de Cristo. Por eso puede afirmar San Ambrosio que el fin de todas las virtudes es Cristo[ii].

El modelo del cristiano es Cristo; el modelador es el Espíritu Santo, que quiere conformar a cada hombre con Cristo. Pero esta conformación será operada por el Espíritu Santo, si el cristiano se deja guiar por Él: «Porque los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios» (Rm 8, 14). Por eso, «la tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos adoptar ante el Espíritu Santo en un solo concepto: docilidad. Ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro alrededor y en nosotros mismos: a los carismas que distribuye, a los movimientos e instituciones que suscita, a los afectos y decisiones que hace nacer en nuestro corazón»[iii].


[i] JUAN PABLO II, Enc. Dominum et vivificantem, (18-V-1986), n. 52.

[ii] S. AMBROSIO, In Ps. CXVIII, 48: «Finis omnium virtutum, Christus».

[iii] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 130.

Seguimiento e identificación con Cristo

¿Qué implica la unión del cristiano con Cristo, la filiación divina? El nuevo ser comporta un nuevo obrar: vivir como hijos de Dios, es decir, imitar a Cristo, seguir a Cristo e identificarse con Él. No se trata de un aspecto accidental de la vida del cristiano, sino de su esencia. «Seguir a Cristo es el fundamento esencial y original de la moral cristiana»[i].

Si el cristiano es, por la gracia, el mismo Cristo, la vida del cristiano debe ser prolongación de la vida terrena de Cristo; debe pensar, sentir y actuar como Cristo, hasta que sea conforme con la imagen del Hijo (cf. Rm 8, 29).

Cristo no solo es el Salvador, sino también el modelo humano-divino de todo hombre; es el maestro de la vida moral, de todas las virtudes y de su culminación en el amor, manifestado especialmente en su pasión y muerte en la Cruz; es la Persona a la que el hombre tiene que seguir y con la que debe identificarse para vivir la vida de hijo de Dios, para la gloria del Padre, en el Espíritu Santo.

Por tanto, solo en la contemplación amorosa de la vida de Cristo se descubre en plenitud el sentido de las diversas virtudes y el valor moral de las acciones: solo Cristo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»[ii].

«Seguir a Cristo: este es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Rom XIII, 14). Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo»[iii].

La nueva vida y la conciencia de saberse hijo de Dios, que es la verdad más radical e íntima sobre la propia identidad, proporciona al cristiano un nuevo modo de ser y de estar en el mundo, cualesquiera que sean sus circunstancias, muy distinto al de quien solo se supiese criatura de Dios. Configura toda su existencia, su visión de la realidad y su conducta, el trabajo, el descanso y las relaciones con los demás hombres, sus hermanos.


[i] VS, n. 19.

[ii] CONCILIO VATICANO II, Const. Past. Gaudium et sepes, n. 22.

[iii] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Amigos de Dios, Rialp, Madrid 2001, 28ª, n. 299.

La unión con Cristo por la gracia. La filiación divina

El Bautismo no solo purifica de todos los pecados, sino que hace del hombre un hijo adoptivo de Dios (cf. Ga 4, 5-7), «partícipe de la naturaleza divina» (2P 1, 4), miembro de Cristo, coheredero con Él y templo del Espíritu Santo (cf. 1Co 6,19)[i].

«Insertado en Cristo, el cristiano se convierte en miembro de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. 1Co 12, 13. 27).  Bajo el impulso del Espíritu, el Bautismo configura radicalmente al fiel con Cristo en el misterio pascual de la muerte y resurrección, lo “reviste de Cristo” (cf. Ga 3,27): “Felicitémonos y demos gracias –dice san Agustín dirigiéndose a los bautizados-: hemos llegado a ser no solamente cristianos sino el propio Cristo (…). Admiraos y regocijaos: ¡hemos sido hechos Cristo!”[ii]»[iii].

El cristiano, el hombre injertado en Cristo, está divinizado, es verdaderamente hijo de Dios por participación, hermano de Cristo: pertenece en el sentido más auténtico a la familia de Dios (domestici Dei: Ef 2,19); por la gracia es introducido en la vida íntima de la Santísima Trinidad.

La filiación de Cristo y la del cristiano son distintas: la de Cristo es eterna, inmutable y plena; la del cristiano tiene un comienzo y es perfectible, su modelo es Cristo, Primogénito además de Unigénito. Pero, aunque se trate de una filiación distinta, el cristiano está incorporado realmente a Cristo. No se trata de una adopción meramente legal, sino de una verdadera participación en la naturaleza divina. Por eso, se puede decir que el cristiano unido a Cristo es “ipse Christus”, el mismo Cristo.


[i] Cf. CEC, n. 1265.

[ii] S. AGUSTÍN, In Iohannis Evangelium Tractatus, 21, 8.

[iii] JUAN PABLO II, Encíclica Veritatis splendor (VS), n. 21.