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5º) Toda vocación involucra la entera existencia personal.-

La vocación divina involucra la entera existencia de una persona, la totalidad de su vida: Yo te he redimido y llamado por tu nombre: tú eres mío (Is 43,1). Por consiguiente, la respuesta a la vocación exige perseverancia, fidelidad, comprometerse con Dios de manera definitiva y total: «la entrega a Dios no es un estado de ánimo, una situación de paso, sino que es –en la intimidad de la conciencia de cada uno– un estado definitivo para buscar la perfección en medio del mundo» (San Josemaría, Instrucción, 1-IV-1934, n. 20, cit en AA.VV. El Opus dei en la Iglesia, p. 166).

Como determinaciones de la vocación común o general cristiana (nunca se da, por supuesto, en su pura y simple generalidad, sino siempre personalizada), la teología espiritual reconoce la existencia de «vocaciones peculiares» que implican no tanto una acción de la Providencia ordinaria de Dios, sino una iniciativa divina previa a toda reflexión y decisión de la persona llamada. Es, por tanto, obvio que Dios puede llamar así a alguien para hacer algo –una misión particular, incluso limitada en el tiempo–, de modo que esa vocación no afecte a la totalidad de su vida o la afecte sólo durante un periodo circunscrito de tiempo. Y también es evidente que Dios puede llamar con una vocación peculiar a asumir un modo de ser que afecte a la totalidad de la existencia; es por ejemplo, el caso de la vocación sacerdotal. La vocación divina es «permanente» en cuanto que es una iniciativa divina y por afectar en plenitud a la totalidad de la vida.

Las «vocaciones peculiares» suelen comportar –aunque, en principio, no necesariamente– una dimensional institucional; es decir, suelen ser llamadas de Dios a emprender un camino o cauce peculiar dentro de la Iglesia al servicio de esa espiritualidad y de esa misión específicas, y que corresponde a la Autoridad de la Iglesia misma reconocer su autenticidad cristiana y eclesial, pues es la Iglesia el lugar donde toda auténtica vocación cristiana acontece.

6º) La vocación, don divino irrevocable, personal e irrepetible.-

La fidelidad a la vocación se fundamenta en la fidelidad de Dios: Los dones y la vocación de Dios son sin arrepentimiento (Rom 11,29). Por ello, la vocación jamás se “pierde”: «Tienes vocación y la tendrás siempre. Nunca dudes de esta verdad, porque se recibe una vez y después no se pierde; si acaso, se tira por la ventana», decía san Josemaría. A medida que transcurren los años de perseverancia y se va teniendo más experiencia de las propias miserias y limitaciones, la tentación más peligrosa contra la vocación es la del desaliento, la de pensar que uno no es capaz, que no puede afrontar todas las exigencias de la misma. Esta tentación se supera con humildad y visión sobrenatural, considerando que la llamada de Dios es siempre eficaz, estos es, que cuando Dios llama a alguien, se compromete –por así decir– a otorgarle todas las gracias necesarias para que pueda corresponder a la llamada: Fiel es el que os llama y así lo cumplirá (1 Thes 5,24).

La vocación, realidad dinámica

La vocación sobrenatural, como ya dijimos, fenómeno central y sustrato de toda existencia personal, es una realidad dinámica. Aquello que confiere unidad y sentido a todos los acontecimientos de una vida, como la vida misma, es una realidad continuada y progresiva. En la vocación hay uno o varios momentos centrales donde se perciben las líneas maestras del proyecto divino, y que constituyen el punto de partida, pero todo lo que comporta el conjunto de la vocación –hasta en sus detalles más menudos– no se manifiesta de una vez, de repente, sino poco a poco, con el transcurrir de los años y durante toda la vida.

Esto se ve con mucha claridad en la vocación de san Pedro: al principio, el Señor le pide la barca (cfr Lc 5,3), luego le pide que vaya en pos de Él para ser pescador de hombres (cfr Mt 4,19) y más adelante le indica la manera en que ofrecerá su vida (cfr Jn 21,18-19).

En la vida de una persona, por tanto, todo tiene un carácter vocacional, en el sentido de que todo acontecimiento es una llamada de Dios a comportarse de modo coherente con el proyecto global que Él había manifestado a una persona en los comienzos de su vocación. «Todos nos encontramos en permanente estado de llamada» (J.H. Newman, Parochial and Plain Sermons, VIII, London 1901, p. 23). Quien vive fielmente su vocación va madurando en ella, es decir, va desarrollando todas las capacidades, todos los talentos que le fueron otorgados para poder realizar acabadamente el designio divino, y así se va realizando humana y sobrenaturalmente. De este modo, la plenitud de la vocación, es decir, todo lo que comporta la vocación, se manifiesta al individuo tan sólo cuando éste acaba su existencia terrena y entra en la eternidad.

«La vocación divina nos da una misión, nos invita a participar en la tarea única de la Iglesia, para ser así testimonio de Cristo ante nuestros iguales los hombres y llevar todas las cosas hacia Dios. La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía. Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con una voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: «Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum» (Mt 4,19), seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos» (San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 45).