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4. Por el Reino de los Cielos

Con frecuencia, el celibato es considerado como una “soltería por el reino de los cielos”. Esto significa algo así como: quien se decide por el amor de Dios manifiesta así el Reino de Dios. En su existencia física, toma anticipadamente lo que a todos los hombres les será otorgado en la Resurrección futura,[9] ya que, luego de la Resurrección, “no se casarán y serán como ángeles del cielo”.[10] De esta manera, se hace “testigo profético, en el tiempo, de ese mundo futuro donde habita la justicia”.[11]

Un cristiano vive con la mirada hacia el futuro, se orienta hacia un porvenir que no puede ser mejor, hacia el cielo. El cielo es la plenitud del bien, que el hombre ahora en su vida sobre la tierra y del cual aquí sólo puede participar. Es, por así decirlo, la plenitud de la recompensa divina.[12] “Por esta razón -explica un teólogo-, el gusto por la felicidad, el confiado optimismo, la alegría frente a la magnanimidad … no pertenecen además al cristianismo, sino que determinan totalmente la realidad cristiana, como la perspectiva y orientación hacia adelante, como la aurora de un día muy esperado”.[13]

El cristiano no tiene ningún motivo para estar abatido, triste o desanimado, para conformarse con el status quo, para aceptar las cosas tal “como están” y no tener ninguna esperanza.

No obstante, quien se decide por el celibato no sólo pone de manifiesto un mundo futuro, sino que más que nada, da testimonio de que el futuro ya ha comenzado hoy y aquí. Esperar, en sentido cristiano no significa que uno se dirija hacia algo que podría ocurrir, sino que señala más bien algo que desea vivamente y que, en cierto sentido, ya se posee de un modo imperfecto y provisorio. De acuerdo a un conocido principio teológico, la presencia de Dios, de la cual vive quien tiene esperanza, es ya “el comienzo de la gloria”.[14]

De tal manera que, para un cristiano, la vida eterna está, en la tierra, misteriosamente presente. ¡Dios nos ha prometido la felicidad, que comienza en esta vida! El amor de Dios no sólo es deseado y esperado, sino que se experimenta aquí. Los novísimos arrojan luces y sombras. Depende de nosotros descubrir, paulatinamente esas luces. Sólo cuando las hayamos descubierto todas, nuestro deseo de felicidad se encontrará completamente satisfecho.

El celibato “por el Reino de los Cielos” nos da un sabor anticipado de la felicidad eterna, pues comprende la dimensión más profunda y existencial de la humanidad y nos permite percibir algo de la vida en plenitud que nos quiere dar Cristo.

Sin duda, es una forma de vivir que, tal como el matrimonio, conduce a una madurez afectiva de la persona. Entonces, ¿quién puede renunciar al amor matrimonial? ¿Quién puede suponer que no necesita el apoyo de una pareja? Ciertamente, sólo aquél a quien Cristo invita y llama personalmente.

El celibato voluntario es una vocación cristiana, que no se puede “ganar”. Sólo Dios puede regalarla, en una demostración de su amor libre, generoso y magnánimo.

No obstante, todo cristiano debería estar dispuesto a aceptar este regalo, este don. Si una persona escucha la llamada de Dios, debe tener la audacia de abandonar la posición que se ha forjado, la vida que ha planeado, para entregarse del todo a la Divina Providencia. “Al detenerse, si se oye su llamada, en medio de todas las obligaciones y los deberes más apremiantes, al dejar de lado todo, da lo mismo lo que se haya tenido entre manos, para dedicarle a El una mirada…, ese es un acto de amor de adoración sin límites”.[15]

Cuando un ser humano se sabe amado por Dios, cuando acepta la gracia del celibato cristiano y actúa en consecuencia, experimenta cada vez más claramente que el celibato, más que una renuncia, es un regalo, más que indigencia, es riqueza. Entonces entiende que es enteramente comprendido y protegido por Dios, en quien puede confiar y contarle todo lo que le sucede. Sí, una vida con Cristo es la felicidad más grande que se puede desear.

Un benedictino alemán señala: “¿Dónde me siento a gusto? ¿Allí donde me he establecido? ¿Allí donde hay seres queridos, con los que puedo platicar? ¿O me siento a gusto con Dios? Viviré bien el celibato si me siento feliz con Dios”.[16]

[9] Cfr. Juan Pablo II, “Die Erlšsung des Leibes…”, ob. cit., p. 87.

[10] Cfr. Mc 12, 25.

[11] Alvaro del Portillo, “Escritos sobre el sacerdocio”, 2a. edición, Madrid 1970, p. 92.

[12] Cfr. Juan Pablo II, “Die Erlšsung des Leibes…”, ob. cit., p. 116.

[13] Ladislaus Boros, “Im Menschen Gott begegnen”, Mainz 1967, pp. 103 y ss.

[14] Sto. Tomás de Aquino, “Summa Theologiae” II-II, q. 24 a. 3 ad 2.

[15] Dietrich von Hildebrand, “Reinheit und JungfrŠulichkeit, 4a. edición, St. Ottilien 1981, p. 180.

[16] Anselm Grün, “Ehelos – des Lebens wegen”, Münsterschwarzach 1989, p. 57.