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La virtud de la sabiduría

La sabiduría  (sapientia, sophía) es una virtud que perfecciona a la razón especulativa. Consiste en el conocimiento de Dios, causa última de todos los seres, y en la dirección y configuración de todos los saberes y de toda la vida según ese conocimiento. La sabiduría se concreta de modo sistemático y científico en la metafísica.

La sabiduría es la base racional del saber sobrenatural. Por muy importante que sea el saber que se adquiere por la fe, por mucho que supere a la sabiduría racional, no hace de ésta un saber inútil. Sería como decir que cuanto más grande es un edificio, más inútiles son sus cimientos.

Por eso, el descuido de la formación de esta virtud –piénsese en el olvido y desprecio de la metafísica-, tiene graves consecuencias, también para los que poseen el don de la fe. La fe sin la razón degenera en fideísmo, es decir, en una fe sostenida únicamente por el sentimiento; y sobre ese endeble fundamento, la fe no resiste las pruebas por las que necesariamente ha de pasar a lo largo de la vida.

EL CONOCIMIENTO DEL BIEN: SINDÉRESIS, SABIDURÍA, PRUDENCIA Y FE

Para poder hacer el bien, antes hay que conocerlo. El conocimiento del bien es espontáneo y natural al hombre, pero requiere y espera su progresivo perfeccionamiento mediante las virtudes intelectuales, que se estudian en este capítulo: el hábito natural de la sindéresis (1); la sabiduría, como integradora de todos los conocimientos y artes o técnicas (2); y la prudencia, que nos proporciona el conocimiento práctico sobre las acciones concretas (3).

Pero las virtudes humanas no bastan para los hijos de Dios llamados a ser otros Cristos, a penetrar en la intimidad misma de Dios: se requiere la gracia santificante, que, con la fe y los dones del Espíritu Santo, perfecciona la razón y transforma las virtudes anteriores, otorgando al cristiano una capacidad de conocimiento antes insospechada (4).

Por último, dedicaremos una breve reflexión a la virtud que regula el deseo de conocer la verdad: la estudiosidad o estudio (5).

La relación de las virtudes humanas y sobrenaturales. El organismo cristiano de las virtudes

«Las virtudes no existen aisladas; forman siempre parte de un organismo dinámico que las reúne y las ordena alrededor de una virtud dominante, de un ideal de vida o de un sentimiento principal que les confiere su valor y medida exactas. Al pasar de un sistema moral a otro, una virtud se integra en un organismo nuevo»[i].

El organismo de las virtudes del hombre cristiano, del hombre nuevo renacido en el Bautismo, es radicalmente nuevo respecto al concebido por la filosofía griega y romana y por el pensamiento judío. San Pablo pone de relieve esta novedad, sobre todo en la primera Carta a los Corintios y en la Carta a los Romanos.

La virtud dominante y el nuevo fundamento del edificio moral, sobre el cual se asientan las demás virtudes, es la fe en Jesús, crucificado, muerto y resucitado. El nuevo ideal de vida es la identificación con Cristo. En consecuencia, la moral humana es radicalmente transformada en su inspiración, en sus elementos, en su estructura y en su aplicación[ii].

El centro de la moral cristiana en una persona: Jesús. En su individualidad histórica, Jesús, Dios y Hombre, se convierte en la fuente de la santidad y de la sabiduría nuevas ofrecidas a los hombres por Dios. Las morales judía y griega y cualquier otra moral, dejan a los hombres solos ante la ley, ante las virtudes y sus exigencias. El cristiano, en cambio, posee un nuevo principio de vida que actúa desde el interior: el Espíritu Santo, que lo hace vivir en Cristo y lo modela a imagen de Cristo.

El centro y el fin de la vida del hombre cambian de lugar. Para el cristiano unido a Cristo por la fe y el amor, se encuentran en Cristo resucitado, hacia el que camina lleno de esperanza, pero sin despreciar las realidades terrenas, sino precisamente identificándose con Cristo en y a través de ellas.

La consecuencia de la fe es la caridad: una virtud que supera a todas las virtudes humanas, pues tiene su fuente en Dios. El amor de Dios se derrama en el corazón del cristiano (cf. Rm 5, 5) y penetra todas las virtudes, las purifica, las eleva y les confiere una dimensión divina. De este modo, las virtudes conocidas por los griegos son transformadas al ser introducidas en un organismo moral y espiritual diferente cuya cabeza son las virtudes teologales, que aseguran la unión directa con Dios[iii].

En la nueva estructura del organismo moral, virtudes como la humildad y la castidad adquieren un puesto particular. La humildad aparece «como el umbral de la vida cristiana contra el cual choca necesariamente toda moral que se quiera presentar como totalmente humana»[iv]. La castidad, por su parte, se hace más honda, pues recibe un nuevo fundamento: el que comete impureza peca no solo contra su cuerpo, sino contra el Señor, pues somos miembros suyos, y contra el Espíritu Santo, del cual nuestro cuerpo se ha convertido en templo. El elogio y la recomendación de la virginidad manifiestan también esta nueva dimensión y hondura que la castidad recibe en el Evangelio[v].


[i] S. PINCKAERS, Las fuentes de la moral cristiana, o.c., 170. En este apartado seguimos de cerca el capítulo V de esta obra, en el que el autor desarrolla ampliamente el tema que nos ocupa.

[ii] Ibidem, 157.

[iii] La especificidad de la moral cristiana se manifiesta especialmente –según Pinckaers- al considerar este nuevo organismo de las virtudes humanas y sobrenaturales en íntima relación con Cristo (cf. ibídem, 171).

[iv] Ibidem, 173.

[v] Cfr ibidem, 174-175.