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Qué significa tener “unidad de vida”

Francisco Fernández Carvajal


Convertir en un acto de amor a Dios, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos…
I. Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él [1]. Vino al mundo para que los hombres tuvieran luz y dejaran de debatirse en las tinieblas [2], y, al tener luz, pudieran hacer del mundo un lugar donde todas las cosas sirvieran para dar gloria a Dios y ayudaran al hombre a conseguir su último fin. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron [3]. Son palabras actuales para una buena parte del mundo, que sigue en la oscuridad más completa, pues fuera de Cristo los hombres no alcanzarán jamás la paz, ni la felicidad, ni la salvación. Fuera de Cristo sólo existen las tinieblas y el pecado. Quien rechaza a Cristo se queda sin luz y ya no sabe por dónde va el camino. Queda desorientado en lo más íntimo de su ser.

Durante siglos, muchos hombres separaron su vida (trabajo, estudio, negocios, investigaciones, aficiones … ) de la fe; y, como consecuencia de esa separación, las realidades temporales quedaron desvirtuadas, como al margen de la luz de la Revelación. Al faltar esta luz, muchos han llegado a considerar el mundo como fin de sí mismo, sin ninguna referencia a Dios, para lo cual han tergiversado incluso las verdades más elementales y básicas.

De modo particular, en los países occidentales es preciso corregir esa separación, «porque son muchas las generaciones que se están perdiendo para Cristo y para la Iglesia en estos años, y porque desgraciadamente desde estos lugares se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo.

Este paganismo contemporáneo se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste, y por el correspondiente olvido -mejor sería decir miedo, auténtico pavor- de todo lo que pueda causar sufrimiento. Con esta perspectiva, palabras como Dios, pecado, cruz, mortificación, vida eterna…, resultan incomprensibles para gran cantidad de personas, que desconocen su significado y su contenido.

Habéis contemplado esa pasmosa realidad de que muchos quizá comenzaron por poner a Dios entre paréntesis, en algunos detalles de su vida personal, familiar y profesional; pero, como Dios exige, ama, pide, terminan por arrojarle -como a un intruso- de las leyes civiles y de la vida de los pueblos. Con una soberbia ridícula y presuntuosa, quieren alzar en su puesto a la pobre criatura, perdida su dignidad sobrenatural y su dignidad humana, y reducida -no es exageración: está a la vista en todas partes- al vientre, al sexo, al dinero» [4].

El mundo se queda en tinieblas si los cristianos, por falta de unidad de vida, no iluminan y dan sentido a las realidades concretas de la vida. Sabemos que la actitud ante el mundo de los verdaderos discípulos de Cristo, y de modo específico de los seglares, no es de separación, sino la de estar metidos en sus entrañas, como la levadura dentro de la masa, para transformarlo.

El cristiano coherente con su fe es sal que da sabor y preserva de corrupción. Y para esto cuenta, sobre todo, con su testimonio en medio de las tareas ordinarias, realizadas ejemplarmente. «Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos… ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! -Medítalo» [5]. ¿Vivo la unidad de vida en cada momento de mi existencia: trabajo, descanso…?

II. Todas las criaturas fueron puestas al servicio del hombre, dentro del orden establecido por el Creador. Adán, con su soberbia, introdujo el pecado en el mundo, rompiendo la armonía de todo lo creado y del mismo hombre. En adelante, la inteligencia quedó oscurecida y con posibilidad de caer en el error; la voluntad, debilitada; enferma -no corrompida- la libertad para amar el bien con prontitud.

El hombre quedó profundamente herido, con dificultad para saber y conseguir su bien verdadero. «Rompió la Alianza con Dios, sacando como consecuencia de ello por una parte la desintegración interior y, por otra, la incapacidad de construir la comunión con los otros» [6]. El desorden introducido por el pecado llegó más allá del hombre, afectando también a la naturaleza. El mundo es bueno, pues fue hecho por Dios para contribuir a que el hombre alcanzara su último fin.

Pero después del pecado original, las cosas materiales, el talento, la técnica, las leyes…, pueden ser desviadas de su ordenación recta y convertirse en males para el hombre, oscureciéndose su fin último, separándole de Dios en vez de acercarle a Él. Nacen así muchos desequilibrios, injusticias, opresiones, que tienen su origen en el pecado. «El pecado del hombre, es decir, su ruptura con Dios, es la causa radical de las tragedias que marcan la historia de la libertad. Para comprender esto, muchos de nuestros contemporáneos deben descubrir nuevamente el sentido del pecado» [7].

Dios, en su misericordia infinita, se compadeció de este estado en el que había caído la criatura y nos redimió en Jesucristo: nos ha vuelto a su amistad, y lo que es más, nos ha reconciliado con Él hasta el extremo de podernos llamar hijos de Dios y que lo seamos [8]; nos ha destinado a la vida eterna, a morar con Él para siempre en el Cielo.

Nos toca a los cristianos, principalmente a través de nuestro trabajo convertido en oración, hacer que todas las realidades terrestres se vuelvan medio de salvación, porque sólo así servirán verdaderamente al hombre. «Hemos de impregnar de espíritu cristiano todos los ambientes de la sociedad.

No os quedéis solamente en el deseo: cada una, cada uno, allá donde trabaje, ha de dar contenido de Dios a su tarea, y ha de preocuparse -con su oración, con su mortificación, con su trabajo profesional bien acabado- de formarse y de formar a otras almas en la Verdad de Cristo, para que sea proclamado Señor de todos los quehaceres terrenos» [9]. ¿Estoy haciendo todo lo que puedo para llevar esto a la práctica? ¿Me doy cuenta de que para eso necesito tener cada vez más una honda unidad de vida?

III. La misión que el Señor nos ha encomendado es la de infundir un sentido cristiano a la sociedad, porque sólo entonces las estructuras, las instituciones, las leyes, el descanso, tendrán un espíritu cristiano y estarán verdaderamente al servicio del hombre. «Los discípulos de Jesucristo hemos de ser sembradores de fraternidad en todo momento y en todas las circunstancias de la vida. Cuando un hombre o una mujer viven intensamente el espíritu cristiano, todas sus actividades y relaciones reflejan y comunican la caridad de Dios y los bienes del Reino. Es preciso que los cristianos sepamos poner en nuestras relaciones cotidianas de familia, amistad, vecindad, trabajo y esparcimiento, el sello del amor cristiano, que es sencillez, veracidad, fidelidad, mansedumbre, generosidad, solidaridad y alegría» [10].

Las prácticas personales de piedad no han de estar aisladas del resto de nuestros quehaceres, sino que deben ser momentos en los que la referencia continua a Dios se hace más intensa y profunda, de modo que después sea más alto el tono de las actividades diarias. Es claro que buscar la santidad en medio del mundo no consiste simplemente en hacer o en multiplicar las devociones o las prácticas de piedad, sino en la unidad efectiva con el Señor que esos actos promueven y a que están ordenados.

Y cuando hay una unión efectiva con el Señor eso influye en toda la actuación de una persona. «Esas prácticas te llevarán, casi sin darte cuenta, a la oración contemplativa. Brotarán de tu alma más actos de amor, jaculatorias, acciones de gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales. Y esto, mientras atiendes tus obligaciones: al descolgar el teléfono, al subir a un medio de transporte, al cerrar o abrir una puerta, al pasar ante una iglesia, al comenzar una nueva tarea, al realizarla y al concluirla (… )» [11].

Procuremos vivir así, con Cristo y en Cristo, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos… Eso es la unidad de vida. Entonces, la piedad personal se orienta a la acción, dándole impulso y contenido, hasta convertir al quehacer en un acto más de amor a Dios. Y, a su vez, el trabajo y las tareas de cada día facilitan el trato con Dios y son el campo donde se ejercitan todas las virtudes.

Si procuramos trabajar bien y poner en nuestros quehaceres la dimensión trascendente que da el amor de Dios, nuestras tareas servirán para la salvación de los hombres, y haremos un mundo más humano, pues no es posible que se respete al hombre -y mucho menos que se le ame -si se niega a Dios o se le combate, pues el hombre sólo es hombre cuando es verdaderamente imagen de Dios. Por el contrario, «la presencia de Satanás en la historia de la humanidad aumenta en la misma medida en que el hombre y la sociedad se alejan de Dios» [12].

En esta tarea de santificar las realidades terrenas, los cristianos no estamos solos. Restablecer el orden querido por Dios y conducir a su plenitud el mundo entero es principalmente fruto de la acción del Espíritu Santo, verdadero Señor de la historia: «Non est abbreviata manus Domini», no se ha hecho más corta la mano de Dios (Is 59, 1): no es menos po

deroso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena» [13].

Le pedimos al Espíritu Santo que remueva las almas de muchas personas -hombres y mujeres, mayores y jóvenes, sanos y enfermos…- para que sean sal y luz en las realidades terrenas.


[1] Antífona de comunión. Jn 3, 17.
[2] Cfr. Jn 8, 12.
[3] Jn 1, 5.
[4] A. DEL PORTILLO Carta Pastoral, 25-XII-1985, n. 4.
[5] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Surco, n. 945.
[6] JUAN PABLO II, Audiencia General, 6-VIII-1983.
[7] S. C. PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instr. Libertatis consciencia, 22-III-1986, 37.
[8] Cfr I Jn 3, 1.
[9] A. DEL PORTILLO, loc. Cit., n. 10.
[10] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, lnstr. pastoral Los católicos en la vida pública, 22-IV-1986, 111.
[11] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 149.
[12] JUAN PABLO II, AudienciaGeneral, 20-VIII-1986.
[13] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 130.


Meditación de “Hablar con Dios”, Tomo II, Miércoles de la 4ª. Semana de Cuaresma por Francisco Fernández Carvajal.

CUIDAR DETALLES

Recordemos que también se pueden quebrantar las leyes del pudor sin mostrar siquiera un centímetro de epidermis. Basta, por ejemplo, usar una talla menor a la que corresponde; resaltar o remarcar de un modo u otro aquellas unidades anatómicas que llamábamos más impersonales e inexpresivas de lo que la persona en el fondo es; ceñir blusas, camisas, faldas, pantalones…

De otra parte, todo el mundo sabe que un levísimo gesto intencionado puede desencadenar una tempestad. Hay que estar, por tanto, en los detalles del atuendo y del gesto. El pudor, como toda virtud, estriba de ordinario en pequeñas cosas, en las que hay que estar tanto como en las grandes: quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho (cf. Lc 17, 1O)

Y todo esto vale para la vida en casa, en familia, ante los hermanos, hermanas, padres, madres, primos, vecinos… Que tampoco son de piedra y, por si no bastara esta razón, merecen que nos presentemos con la dignidad propia de personas que se saben hijos de Dios.

Sobre todo cuando el sentido común se enriquece con el sentido sobrenatural, resulta fácil saber cómo adecuar el atuendo, el gesto, la postura a cada circunstancia y descubrir aquellos rasgos de la moda que no se ajustan al aspecto que debe ofrecer la persona en cada situación .

El pudor, hemos dicho, es un sentimiento natural, pero requiere una delicada educación, como acontece con tantas otras cosas. Nadie duda de que robar es transgredir una ley natural y divino positiva. Sin embargo hay que enseñar a los niños a no apoderarse de lo ajeno y, cuando esto se hace, nadie medianamente sensato piensa que se comete un atentado a la libertad del niño, ni que se le va a crear un trauma tremebundo, sino que se está ayudando a la naturaleza y a la persona a conseguir sus propias metas, a la realización de sus más altas posibilidades.

Pues bien, decir que el sentido del pudor debe ser educado, y que requiere un cierto esfuerzo de atención, y en ocasiones lucha ascética, pasar más o menos calor, etcétera, no es negar su índole natural, sino más bien todo lo contrario: es afirmar que la traición a ese sentido es traición a la naturaleza, y no cabe duda de que, cuando la naturaleza se encuentra traicionada, se venga siempre y el traidor lo paga caro.

Una obra de misericordia

Tenemos pues por delante una gran obra de misericordia que hacer: vestir al/las desnudo/as. Verdaderamente la sociedad debiera ser más misericordiosa, comenzando por sus más altos dignatarios…

Ideas sobre el noviazgo

Extracto del artículo La Castidad y los Jóvenes de Mikel Santamaría. Palabra, 442-443, IV-01 (217)


NOVIAZGO, TIEMPO DE CONOCERSE Y DE SOPESAR LA CALIDAD DEL CARIÑO

El amor humano -sin mayores distinciones- tiene tres niveles: atracción física, enamoramiento afectivo y amor de entrega.

El amor es más que el enamoramiento, aunque lo suponga. El enamoramiento no es del todo libre: depende de uno mismo, pero a la vez es algo que «te sucede». Tampoco abarca la integridad de la otra persona, sino sólo sus aspectos que atraen.

El amor de entrega, en cambio, es algo que uno decide asumir con plena libertad. Incluye la total aceptación de la otra persona, también de sus defectos y limitaciones; si no, no se ama de verdad: se ama sólo el propio enamoramiento

El noviazgo es el tiempo en que un hombre y una mujer enamorados se tratan intensamente para conocerse uno a otro en profundidad, en orden a calibrar si pueden asumir un imponente proyecto de vida en común: fundar una familia. En otras palabras, el noviazgo es tiempo de sopesar si el mero enamoramiento de un varón y una mujer da o no lugar a un amor de entrega.

Nunca como en el noviazgo es más necesario mantener el corazón sometido a la cabeza. Esta lucidez -de importancia vital- lleva a renunciar al matrimonio si se descubre que no hay un amor de entrega -en uno mismo o en la otra persona-, lo que a la larga acarrearía el fracaso y la infelicidad. Entonces, lo obvio será cancelar las relaciones.

Castidad en el noviazgo: «Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno al otro de Dios.

Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad». Esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica (Nº 2350).

Entre novios, las caricias y besos son manifestación natural del cariño. El núcleo del asunto está en cuidar que el cariño sea auténtico, evitando que una caricia sincera pueda disparar la excitación sexual, que estaría fuera de lugar.

La dinámica de la excitación reclama llegar hasta el final, porque está diseñada por Dios para ser vehículo de expresión y realización de la mutua y total entrega. De ahí que el único lugar lógico de la excitación sea el matrimonio, la unión conyugal de los esposos, la comunión de amor del único con la única. Buscarla, pues, sólo tiene sentido cabal cuando antes se ha dicho públicamente: «soy tuyo para siempre». Por eso, si se consiente o se busca fuera del contexto del amor matrimonial, se falsea su sentido y se estropea su sabor.