Archivo de la etiqueta: falso respeto libertad

21. Optimismo:

El optimismo es una virtud que hay que cultivar con tenacidad frente a varios peligros como el falso realismo o el derrotismo, que es la valoración exagerada y poco esperanzada de los fallos propios o ajenos, que llega a la conclusión de que “no hay nada que hacer, y si lo hacemos, saldrá mal”.

El optimista busca la perspectiva de conjunto, integrando cas¡da suceso en el marco general y busca siempre el lado bueno de las personas y de las cosas, sabiendo disfrutar de las cosas pequeñas y sencillas de cada día.

El cristiano siempre tiene motivos para ser optimista, porque sabe que ha sido redimido por Cristo; porque confía en la gracia y en el amor de Dios, y conoce que hasta los hechos más negativos de la historia son para bien para los que buscan a Dios, que es el verdadero Señor de la Historia.

El optimismo nace de la fe, de la esperanza, de la confianza en Dios.

Sobre el optimismo se puede construir la esperanza cristiana. Sin ella, puede quedarse en “pura fachada”, como señalaba el cardenal Ratzinger en su libro Mirar a Cristo:


“El temperamento optimista es algo muy hermoso y útil ante las zozobras de la vida: cuando una persona irradia alegría y confianza, ¿quien no se alegra con ella? ¿Quién no desea ese optimismo para sí? Como todas las disposiciones naturales, el optimismo es una cualidad moralmente neutra, que cada persona desarrollar y cultivar por su cuenta, del mismo modo que el resto de sus disposiciones personales, para formar de modo positivo su propia fisonomía moral.
Ahora bien, el optimismo puede ir engrandeciéndose, mediante la esperanza cristiana, hasta convertirse en algo más puro y profundo; o puede quedarse en una pura fachada, si esa persona lleva una existencia vacía y falsa”.

Los buenos padres cristianos

El comportamiento de los buenos padres cristianos de todas las épocas supone un buen punto de referencia:

  • No se mueven por un falso respeto a la libertad. No argumentan así: si mi hijo ha decidido irse de casa para seguir un mal camino, yo no debo hacer nada, salvo esperar a que venga, porque decirle algo sería coaccionarle). Los buenos padres intentan resolver todos los problemas con los medios a su alcance y confían más el cariño, en el afecto personal, que en los principios educativos generales.

  • Para ayudar a los jóvenes que dan los primeros pasos en su camino cristiano, no basta con tener con ellos conversación esporádica. Sería como un profesor de natación que se contentara con dar una clase teórica en una pizarra a las personas que desea aprender a nadar.
  • La atención de esos hijos, de esos alumnos, de esos jóvenes, deberá ser diaria o casi diaria, con un seguimiento constante, como hacen los buenos monitores de natación.
  • No se trata de pedir cuentas, ni de resaltar fallos, sino de enseñar a los jóvenes a moverse con autonomía y agilidad en su vida cristiana; mostrándoles modos concretos para vivir en cristiano en un mundo pagano.

  • No se trata sólo de enseñarles a apartarse del mal (no ahogarse, mantenerse a flote), sino de enseñarles a nadar a contracorriente: los padres y educadores deben mostrarles como pueden llevar a Cristo la sociedad en la que viven -con frecuencia, una sociedad alejada de Dios-, sin mimetizarse con ella.

  • Convendrá tener con ellos conversaciones distendidas que les ayuden a superar sus dificultades en el camino cristiano, buscando el momento oportuno para esas conversaciones.

  • Un buen acompañamiento espiritual por parte de los padres, de los educadores, del sacerdote, etc., debe llevar a:

    — estimularles en su apostolado personal y en su afán de almas.

    — preguntarles con oportunidad por las dificultades con las que se encuentran, dándoles sugerencias y consejos prácticos para su vida concreta, no sólo indicaciones generales de mejora.

    — ayudarles a organizar su vida cotidiana.

    — pedirles su opinión: tomarles en serio, sea cual sea su edad.