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6. ¿Qué se busca con el acompañamiento espiritual?

  • Se busca fundamentalmente un medio para identificarse con Cristo, una ayuda, un apoyo sobrenatural y humano en el camino personal de santidad, de acuerdo con la propia vocación divina.
  • Son indudables los grandes frutos que esa ayuda ha generado en muchas almas de todas las épocas, como se constata en las vidas de los santos de la Iglesia: Santa Teresa, san Francisco de Sales, san Alfonso María de Ligorio, San Juan Bosco… hasta los santos de nuestra época.
  • El acompañamiento espiritual debe ser siempre una llamada a enfrentarse personalmente con la propia conciencia; y también y ante todo, un estímulo para la práctica efectiva del bien, junto con una apertura de horizontes evangelizadores. Debe ser, además, aliento en los momentos difíciles, luz en momentos de confusión y consuelo en el dolor.
  • En este acompañamiento no se trata de imitar al director espiritual o a la persona que acompaña (aunque el buen ejemplo acerque tanto a Cristo), sino de imitar a Cristo, mediante el aliento del que acompaña. Por eso el director espiritual debe huir de cualquier tipo de personalismo del que ya hablaba san Agustín (Trat. Evang. S. Juan, 123). “Los que conducen las ovejas de Cristo como si fuesen propias y no de Cristo, demuestran que se aman a sí mismos y no al Señor”.

Encuentro en Roma con Juan Pablo II con motivo de la Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte, 14-17 de marzo 2001


  • El prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, convocó en Roma, del 14 al 17 marzo, unas Jornadas de reflexión sobre la Carta Apostólica Novo millenio ineunte, con el fin de secundar el impulso evangelizador propuesto por el Papa Juan Pablo II a toda la Iglesia.

    Participaron 400 fieles de la Prelatura del Opus Dei, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, procedentes de 60 países. El encuentro concluyó con un encuentro con el Santo Padre en la Sala Clementina.


Saludo del Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría, al Santo Padre

  • Beatísimo Padre,

El Señor nos ha concedido con el Jubileo una gracia tan singular, que todos nos sentimos en el deber de atesorar esta extraordinaria experiencia, para dar un nuevo impulso a nuestro empeño evangelizador.

He querido que se dediquen unas Jornadas a la reflexión y al estudio de la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, secundando la invitación que hace su Santidad a toda la Iglesia en ese sentido. Han participado en estas Jornadas representantes del presbiterio y de los fieles laicos de la Prelatura del Opus Dei que trabajan en numerosos ámbitos profesionales y apostólicos.

Hemos meditado con profundidad durante esas Jornadas lo que se propone en esta Carta Apostólica, tan rica en perspectivas clarificadoras.

Santo Padre: deseo agradecerle, en nombre de todos los fieles de la Prelatura, la ayuda que nos ha prestado con la Novo millennio ineunte; gracias por habernos dado la posibilidad de expresarle en persona nuestros sentimientos; y gracias, de nuevo, por poder escuchar sus palabras en esta Audiencia.

Hemos intentado concretar, a lo largo de estas Jornadas, unas determinadas propuestas pastorales que ahora, a comienzos de un nuevo milenio, parecen responder a necesidades de acuciante actualidad. Nos encontramos con un panorama muy variado, porque es muy diverso el grado de desarrollo de los países en los que la Prelatura está presente; porque son muy diversos también los problemas sociales y humanos con los que se encuentra; y por tanto, son muy diferentes las necesidades de cada iglesia particular.

Hemos esbozado tan sólo —somos conscientes de ello— unas líneas generales de actuación que deberán adaptarse a las situaciones de cada lugar. El único deseo que anima la actividad apostólica de la Prelatura es —como afirmaba el Beato Josemaría Escrivá— servir a la iglesia como la Iglesia desea ser servida, como cada miembro sirve al resto de los miembros del cuerpo. Deseamos pues, continuar trabajando de este modo, en estrecha sintonía con las iglesias locales y sus respectivos Pastores.

Sin embargo, a pesar de la variedad de cada situación local, hay algunas constantes que deseo resaltar. porque constituyen rasgos característicos de la tarea pastoral. Son los argumentos—fuerza de la Carta apostólica Novo millennio ineunte: la búsqueda de la santidad como fin último de la evangelización; la pedagogía de la oración; la preparación a los sacramentos; la caridad; la unión de laIglesia; el ecumenismo;la solidaridad.

Estos ideales superan las fuerzas humanas: por eso, la Pesca Milagrosa constituirá siempre un punto de referencia actual en la vida de la Iglesia. Habrá que lanzar siempre las redes en Tu nombre, in verbo autem tuo (Lc 5, 5). Habrá que unir siempre la santidad y el apostolado; la acción y la contemplación; el trabajo y la oración.Por esa razón, el hecho de haber trazado en estas Jornadas un esbozo de ese programa pastoral, nos lleva a confiar con todo nuestro ser en la gracia divina y nos lleva a renovar cada día nuestro afán personal de santidad.

Duc in altum: las palabras de Cristo, que repiteel Papa, encienden en cada uno de nosotros el deseo deavanzar, cada vez con más empeño, en nuestro amor a Dios.

El Beato Josemaría Escrivá recordó, en una época en la que el laicismo intentaba arrojar de este mundo a Dios, que las actividades terrenas guardan dentro de sí la huella imborrable de Cristo Encarnado; que esas actividades pueden convertirse en medio de santidad y de encuentro con el Señor. Para llevar a Cristo al centro de las realidades humanas es necesario tenerlo primero en el centro del alma y del corazón: ésta es la médula y la esencia de nuestro programa pastoral.

Beatísimo Padre: solicitamos su Bendición apostólica para llevar a cabo estos empeños, al tiempo que reafirmamos la plena adhesión de la Prelatura a la Cátedra de Pedro.


Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los fieles del la Prelatura

¡Queridos hermanos y hermanas!

1. Sed bienvenidos! Os saludo de corazón a cada uno, sacerdotes y laicos, que os habéis reunido en Roma para participar en la Jornada de reflexión sobre la Carta Apostólica Novo millennio ineunte y sobre las perspectivas que he trazado en ella sobre el futuro de la evangelización.

Saludo especialmente a vuestro prelado, el obispo Mons. Javier Echevarría, que ha promovido este encuentro para potenciar aún más el servicio que presta la Prelatura a las Iglesias particulares en la que están presentes fieles de la Prelatura.

Os encontráis aquí en representación de los componentes de la Prelatura, que está orgánicamente estructurada, compuesta por sacerdotes y fieles laicos, por hombres y por mujeres, y que tiene como cabeza a su propio Prelado.

Esta naturaleza jerárquica del Opus Dei, que se establece en la Constitución Apostólica en la que he erigido la Prelatura (Cfr Const. ap. Ut sit, 28-XI-82), ofrece un punto de partida para consideraciones pastorales ricas en aplicaciones prácticas.

Deseo subrayar especialmente este punto: la pertenencia de los fieles laicos, tanto a la propia Iglesia particular como a la Prelatura a la que se han incorporado, hace que la misión particular de la Prelatura confluya en el mismo empeño evangelizador de cada Iglesia particular, como previó el Concilio Vaticano II al recomendar la figura de las prelaturas personales.

Esa convergencia orgánica de sacerdotes y laicos es uno de los ámbitos privilegiados en los que cobrará vida y se consolidará una pastoral con la impronta de ese “dinamismo nuevo” (Cfr. Carta ap.Novo millennio ineunte, 15) en el que todos nos sentimos comprometidos tras el Gran Jubileo. En este contexto se sitúa la importancia de la “espiritualidad de comunión”, que recomienda vivamente la Carta Apostólica (cfr. ibídem 42-43).

2. Los laicos —en cuanto fieles cristianos— deben llevar a cabo un apostolado misionero. Cada uno, en su trabajo profesional concreto dentro del ámbito de las actividades humanas, es un instrumento en el que Dios confía para que “el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura (Ibídem, 29) “.

De ese modo pueden poner sus conocimientos profesionales al servicio de esa nuevas fronteras,de esos nuevos desafíos con los que se encuentra la presencia salvífica de la Iglesia en el mundo.

Será el testimonio personal y directo de esos laicos cristianos en todos los campos profesionales los que pongan de manifiesto que los valores humanos más nobles sólo encuentran su plenitud en Cristo. Su afán apostólico, su amistad fraterna, su caridad solidaria convertirán sus relaciones humanas y profesionales en ocasiones para despertar en sus colegas esa sed de verdad que es la primera condición para un encuentro salvífico con Cristo.

  • Los sacerdotes, por su parte, desarrollan una función primordial insustituible: la de ayudar a las almas, una a una, a abrirse al don de la gracia, mediantelos sacramentos,la predicación y la dirección espiritual. Una espiritualidad de comunión pondrá de manifiesto vivamente cada una de estas realidades de la Iglesia.
  • Os exhorto, queridísimos, a que tengáis siempre presente en vuestro trabajo este punto central de la experiencia jubilar: el encuentro con Cristo. El Jubileo ha sido una continua y verdadera contemplación del rostro de Cristo, Hijo eterno, Dios y Hombre, Crucificado y Resucitado. Le hemos buscado como peregrinos en la puerta que abre al hombre el camino del Cielo. Hemos gozado de su dulzura en ese gesto, profundamente humano, de perdonar al pecador. Le hemos sentido como hermano de todos los hombres, escondido en el don del amor que nos salva. Sólo Cristo puede saciar esa sed de espiritualidad que sufre nuestra sociedad.

“No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!” (Carta. apostólica. Novo millennio ineunte, 29). Somos nosotros, los cristianos, los que debemos mostrar al mundo entero, a cada uno de nuestros hermanos los hombres, cual es el camino que conduce a Cristo. “Busco tu rostro, Señor “ (Sal.27 [26], 8) Esta exclamación nació muchas veces en los labios del Beato Josemaría, un hombre sediento de Dios, y por esa misma razón, un gran apóstol. “En las intenciones —escribió—-, sea Jesús nuestro fin; en los afectos, nuestro Amor; en la palabra, nuestro asunto; en las acciones, nuestro modelo”(Camino, 271).

Es tiempo de apartar cualquier tipo de temor; tiempo de lanzarse a aventuras apostólicas audaces. Duc in altum! (Lc 5, 4): la invitación de Cristo nos estimula a seguirle, a fomentar sueños ambiciosos de santidad personal y de fecundidad apostólica. Ciertamente, el apostolado es siempre fruto de la vida interior; pero también es acción; acción sostenida por la caridad. Y la fuente de la caridad se encuentra siempre en la dimensión más íntima de cada persona, allí donde se escucha la voz de Cristo, que nos llama para que le sigamos. Acoged en vuestra alma esta llamada de Cristo y corresponded con mayor generosidad cada día.

Con este deseo, mientras confío a la intercesión de María vuestro empeño de oración,de trabajo y de testimonio, os imparto con afecto mi Bendición.

El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas, aunque no necesariamente.

Se sirve, muchas veces, de un afán bueno: del afán de mies de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares adonde ellos habían soñado llegar. Será un motivo particular de gozo para esos padres ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa.

Gracias a esa respuesta generosa —de los padres y de los hijos— se hace realidad la nueva evangelización: la Iglesia está presente en nuevos países, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores, como el florecimiento de seminarios diocesanos, etc.

Muchos padres de familia se quejan de tantos males como aquejan al mundo: de la falta de recursos morales en la sociedad; de la falta de personas que puedan regenerar determinados ambientes; de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes; etc. La solución a esas faltas está, en gran medida, en la mano de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana; por sembrar en su alma ideales de santidad; por ensanchar su corazón con las obras de misericordia, creando en torno a sí un ambiente de sobriedad y de trabajo. Las grandes crisis son crisis de santos: faltan padres e hijos santos.