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Identificación con Cristo y Eucaristía

La inserción en Cristo alcanza su vértice, desde el punto de vista sacramental, en la Eucaristía. «La participación sucesiva en la Eucaristía, sacramento de la Nueva Alianza (cf. 1 Co 11, 23-29), es el culmen de la asimilación a Cristo, fuente de “vida eterna” (cf. Jn 6, 51-58), principio y fuerza del don total de sí mismo, del cual Jesús –según el testimonio dado por Pablo- manda hacer memoria en la celebración y en la vida…»[i].

En la celebración eucarística, Cristo renueva su sacrificio por todos los hombres, y, como primogénito de toda criatura, hace de la asamblea litúrgica, signo de la Iglesia, co-víctima con Él al Padre. Participar en la celebración significa consentir ser introducidos, por el Espíritu Santo, en la santa Oblación de Cristo, es decir, participar sacramentalmente en su muerte y resurrección.

Pero la celebración no es una realidad cerrada sobre sí misma, sino abierta a la vida. Con la despedida del celebrante: «Glorificad a Dios con vuestras vidas. Podéis ir en paz», comienza la misión. De la lex orandi se pasa a la lex vivendi. Entonces, el cristiano debe proseguir existencialmente lo que el Espíritu Santo ha hecho de él sacramentalmente: una sola víctima con Cristo al Padre. Se trata de ser «sacerdotes de nuestra propia existencia»[ii]. Con esta expresión se alude a que todas las circunstancias de la vida son ocasión para vivir la propia vocación como don a Dios y a los demás, a imitación de Cristo que «se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios» (Ef 5, 2b).

La vida moral del cristiano debe ser, por tanto, una prolongación del sacrificio de Cristo, viviendo en todo momento el mandamiento del amor. Y puede serlo gracias, precisamente, a la donación de Dios al hombre en el mismo sacrificio.  Se entiende así que la Santa Misa sea «el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano»[iii]. En consecuencia, se puede afirmar también que la Eucaristía es el fundamento y la raíz de la moral cristiana[iv].


[i] VS, n. 21.

[ii] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 96.

[iii] «La Santa Misa nos sitúa de ese modo ante los misterios primordiales de la fe, porque es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia. Así se entiende que la Misa sea el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano. Es el fin de todos los sacramentos. En la Misa se encamina hacia su plenitud la vida de la gracia, que fue depositada en nosotros por el Bautismo, y que crece, fortalecida por la Confirmación» (S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Es Cristo que pasa, o.c., n. 87). Cf. CEC, n. 2031: «La vida moral, como el conjunto de la vida cristiana, tiene su fuente y su cumbre en el Sacrificio Eucarístico».

[iv] Cf. C. CAFFARRA, Vida en Cristo, EUNSA, Pamplona 1988, 23.

La unión con Cristo por la gracia. Gracia, virtudes y dones

La vida nueva en Cristo está llamada a crecer y fortalecerse, y a dar fruto para la vida eterna: «Los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y, finalmente, son alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la caridad»[i].

Para poder vivir como hijo de Dios, el cristiano recibe, con la gracia, las virtudes sobrenaturales y los dones. La gracia de la justificación que la Santísima Trinidad otorga al bautizado, lo capacita, mediante las virtudes teologales, para creer en Dios, esperar en Él y amarlo; mediante los dones del Espíritu Santo, le concede poder vivir y obrar bajo sus mociones e inspiraciones; y mediante las virtudes morales, le permite crecer en el bien. El bautizado es así un hombre nuevo, dotado de un organismo sobrenatural gracias al cual puede vivir una nueva vida: la vida divina, la vida de hijo de Dios[ii].


[i] PABLO VI, Const. apost. Divinae consortium naturae: AAS 63 (1971) 657.

[ii] Cf. CEC, n. 1266.

12. El apóstol San Pablo describe en términos patéticos el doloroso conflicto que existe

en el interior del hombre esclavo del pecado, entre la ley de su mente y la ley de la carne en sus miembros, que le tiene cautivo33. Pero el hombre puede lograr la liberación de su “cuerpo de muerte” por la gracia de Jesucristo34.

De esta gracia gozan los hombres que ella misma ha justificado, aquéllos que la ley del espíritu de vida en Cristo libró de la ley del pecado y de la muerte 35. Por ello les conjura el Apóstol: “Que ya no reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, sometido a sus concupiscencias” 36.

Esta liberación, aunque da aptitud para servir a una vida nueva, no suprime la concupiscencia que proviene del pecado original ni las incitaciones al mal de un mundo “que todo está bajo el Maligno” 37. Por ello anima el Apóstol a los fieles a superar las tentaciones mediante la fuerza de Dios 38, y a “resistir a las incidencias del diablo” 39 por la fe, la oración vigilante 40 y una austeridad de vida que someta el cuerpo al servicio del Espíritu 41.

El vivir la vida cristiana siguiendo las huellas de Cristo exige que cada cual «se niegue a sí mismo, y tome cada día su cruz» 42, sostenido por la esperanza de la recompensa: “Que si padecemos con El, también con El viviremos: si sufrimos con El, con El reinaremos”43.

En la línea de estas invitaciones apremiantes hoy también, y más que nunca, deben emplear los fieles los medios que la Iglesia ha recomendado siempre para mantener una vida casta: disciplina de los sentidos y de la mente, prudencia atenta a evitar las ocasiones de caídas, guarda del pudor, moderación en las diversiones, ocupación sana, recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía.

Los jóvenes, sobre todo, deben empeñarse en fomentar su devoción a la Inmaculada Madre de Dios y proponerse como modelo la vida de los santos y de aquellos otros fieles cristianos, particularmente jóvenes, que se señalaron en la práctica de la castidad.

En particular, es importante que todos tengan un elevado concepto de la virtud de la castidad, de su belleza y de su fuerza de irradiación. Es una virtud que hace honor al ser humano y que le capacita para un amor verdadero, desinteresado, generoso y respetuoso de los demás.