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Unión, no yuxtaposición ni confusión, de las virtudes humanas y sobrenaturales

En el sujeto moral cristiano, las virtudes humanas y sobrenaturales están unidas y forman un organismo moral, con un único fin: la identificación con Cristo y, en consecuencia, la realización en el mundo de la participación en la misión de Cristo. Las virtudes sobrenaturales y las humanas se exigen mutuamente para la perfección de la persona.

Cuando se intenta profundizar en el misterio de la unión de lo humano y lo sobrenatural (creación-redención) en el hombre, es fácil derivar hacia la comprensión de ambos órdenes como yuxtapuestos. No se trata de un problema trivial: las consecuencias para la vida práctica del cristiano son muy negativas, porque se reduce al hombre a un ser unidimensional, prevaleciendo en unos casos la dimensión natural (naturalismo, laicismo) y en otros la sobrenatural (espiritualismo, pietismo).

Para evitar este peligro, es necesario recordar que Cristo es el fundamento a la vez de la antropología y del obrar moral de todo hombre, pues todo hombre ha sido elegido en Cristo «antes de la creación del mundo» para ser santo y sin mancha en la presencia de Dios, por el amor, y predestinado a ser hijo adoptivo por Jesucristo (cf. Ef 1, 3-7).

De modo análogo a como en Cristo –perfecto Dios y hombre perfecto- se unen sin confusión la naturaleza humana y la divina, en el cristiano deben unirse las virtudes humanas y las sobrenaturales. Para ser buen hijo de Dios, el cristiano debe ser muy humano. Y para ser humano, hombre perfecto, necesita la gracia, las virtudes sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo.

«Cierta mentalidad laicista y otras maneras de pensar que podríamos llamar pietistas, coinciden en no considerar al cristiano como hombre entero y pleno. Para los primeros, las exigencias del Evangelio sofocarían las cualidades humanas; para los otros, la naturaleza caída pondría en peligro la pureza de la fe. El resultado es el mismo: desconocer la hondura de la Encarnación de Cristo, ignorar que el Verbo se hizo carne, hombre, y habitó en medio de nosotros (Ioh I, 14)»[i].

«Si aceptamos nuestra responsabilidad de hijos suyos, Dios nos quiere muy humanos. Que la cabeza toque el cielo, pero que las plantas pisen bien seguras en la tierra. El precio de vivir en cristiano no es dejar de ser hombres o abdicar del esfuerzo por adquirir esas virtudes que algunos tienen, aun sin conocer a Cristo. El precio de cada cristiano es la Sangre redentora de Nuestro Señor, que nos quiere -insisto- muy humanos y muy divinos, con el empeño diario de imitarle a Él, que es perfectus Deus, perfectus homo»[ii].


[i] S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Las virtudes humanas, en Amigos de Dios, o.c., n. 74.

[ii] Ibidem, n. 75.

El “corazón”

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  • Para que el corazón (un término que expresa las ilusiones, esperanzas, deseos, etc. del ser humano) sea enteramente de Cristo y vibre con los afanes de Cristo, se necesita vivir con realismo, sin caer en espiritualismos ni angelismos de ningún tipo.
  • Ese realismo profundamente humano lleva a asumir con humildad las enseñanzas de la Iglesia, experta en humanidad. La Iglesia es una Madre Sabia que cuenta con una experiencia de siglos, y nos recuerda que todos estamos abocados al pecado, por muy buenos, por muy “justos” que nos creamos.
  • Nadie está “preservado” del mal. El hombre no es un ángel, sino una criatura capaz de cometer cualquier pecado, que debe acudir con humildad a Dios para que le conceda gracia y fortaleza a la hora de la tentación.
  • Los autores espirituales recuerdan por eso la necesidad de poner la lucha lejos y de guardar el corazón del mismo modo que los que hacen rafting kayak evitan los torbellinos y las corrientes incontroladas; de cortar con decisión con cualquier tentación que aleje de Dios, por muy fiel a su Voluntad que se haya sido durante años.