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Voluntarismo

En la vida espiritual se entiende como voluntarismo un modo de obrar que prescinde de Dios y acaba confiando sólo en las propias fuerzas humanas, en la propia voluntad.

El voluntarista piensa él se hará santo a sí mismo; como la santidad fuera cuestión de esfuerzo de voluntad: el fruto de “empeñarse”, de poner más vehemencia en lo que se hace.

Al voluntarista le mueve muchas veces más el orgullo de “no fallar” que el amor a Dios y le cuesta abandonarse en Dios porque no confía, por encima de todo, en la misericordia y en la gracia, olvidando que Dios -y sólo Dios- es el que santifica.

La formación cristiana debe llevar a comprender –no sólo a vivir- esta realidad. En caso contrario, los fallos en los que, por debilidad, pueda incurrir una persona poco madura, pueden convertirse para ella en un foco de rigidez, de tensión interior y desasosiego, que le pueden quitar la paz interior.

Sin esa maduración espiritual, la simple adhesión intelectual, voluntarista, puede generar un conflicto en tiempos de dificultad interior o de cansancio.

Santificar el trabajo y el descanso

Trabajar: la suma del trabajo y del descanso


  • El trabajo exige esfuerzo, y el esfuerzo lleva al cansancio.
  • Trabajar y descansar son dos realidades que forman parte del camino del hombre en este mundo, y por tanto forma parte del camino de su santidad, porque la santidad no es algo alejado de lo terreno: el santo se hace en su persona: alma-cuerpo.
  • Los discípulos de Cristo siguen su ejemplo. El Evangelio nos muestra a Jesús trabajando (primero como carpintero, luego predicando) y descansando con sus amigos (Lázaro, Marta y María) o con los Apóstoles.
  • Santificar el trabajo incluye santificar el descanso, porque el descanso forma parte del trabajo bien hecho: para trabajar bien se necesita descansar.
  • Por tanto, aquel cristiano que no hace más que trabajar no se santifica, ya que no se es más santo porque se trabaje más y con mayor trepidación, sino porque ese trabajo se haga humanamente con perfección y sobrenaturalmente cara a Dios.
  • Trabajar humanamente bien significa cultivar la reciedumbre para trabajar y descansar el tiempo que se debe, cuando se debe y del modo que se debe.

Algunas manifestaciones de falta de reciedumbre: trabajar hasta el agotamiento físico o psíquico; el llamado “culto al trabajo”; la “profesionalitis”, etc. Todas estas manifestaciones suponen un desorden en lo humano –puede acabar desencadenando alguna enfermedad- y en lo espiritual.

El combate espiritual

  • La persona que forma en la vida cristiana debe procurar presentar la lucha interior por identificarse con Cristo como lo que es: un camino de amor.
  • Debe recordar a los jóvenes que cada uno es responsable de su propia santidad y de las decisiones que toma libremente de acercamiento o alejamiento de Cristo, respondiendo a las inspiraciones del Espíritu Santo.
  • Formarse es siempre una actitud activa: permitir que el Espíritu Santo vaya modelando el alma.
  • Por tanto, la lucha interior no es voluntarismo ni sentimentalismo.
  • El combate espiritual no se propone como último fin resolver y superar unos problemas o defectos que pueden durar toda la vida. Lleva al amor; al crecimiento en las virtudes humanas y sobrenaturales, en la vida de la gracia y de hijo de Dios.

  • Ese combate espiritual exige una lucha que requiere constancia, esfuerzo cotidiano más que grandes esfuerzos aislados.
  • Es como la construcción de un gran edificio, que exige un día y otro día de trabajo monótono, porque ninguna cosa grande se consigue de repente.
  • Conviene que la persona que da la formación cristiana ayude a distinguir entre el propio modo de ser -el propio camino de identificación con Cristo- y las manías, caprichos y rarezas. El camino propio hay que respetarlo; las rarezas hay que procurar evitarlas, y pedir ayuda a Dios para irlas superando, con esfuerzo personal.
  • El combate por Cristo lleva a comenzar y recomenzar: los santos no son los que no caen nunca, sino los que se levantan siempre por amor.
  • Ese combate espiritual lleva al conocimiento propio y a la humildad, pero no al apocamiento y a la autocrítica negativa. Esa humildad está unida al reconocimiento agradecido del don de Dios, que nos hace hijos suyos por la gracia.
  • La falta de vibración, la visión humana y la tibieza espiritual se vencen mediante la humildad, la oración sincera, la sinceridad, el examen de conciencia. La reconciliación con Dios en la confesión y la devoción a la Virgen.